25 Los dioses #2
—Pero… —La alusión a las pruebas científicas pareció hacer reflexionar a Chul-hee—. Los registros fósiles también indican que los humanos modernos nacieron en Yamma y que luego migraron por el resto del mundo, tal y como atestiguan las canciones.
—Supongo que eso tendría importancia si nuestro poder proviniese de la vida humana. —Kotetsu se encogió de hombros.
—Yo… ¿c-cómo?
—Otra parte fundamental del Ryuhon Falleya es la certeza de que descendemos de la sangre de los dioses.
Nagi y Nami no se limitaron a crearnos de la espuma del mar.
Mucho antes de eso, extrajeron vida del agua, empezaron por las criaturas simples y serpenteantes de la prehistoria.
Algunas de esas primeras criaturas estaban hechas con partes de los propios creadores, eran hijos de dioses, que tuvieron un sinfín de generaciones de hijos con algún vestigio del poder de los creadores.
»La sangre de esos dioses aún discurre por las criaturas oceánicas más imponentes: los tiburones y calamares gigantes, y los monstruos olvidados que moran en las profundidades.
Puede que los descendientes de Nagi y Nami adoptasen forma humana en Yamma y se mezclasen entre humanos inferiores.
Eso no tiene importancia. En este momento, puede que muchos humanos tengan distintas clases de poderes, pero solo los descendientes directos de Nagi y Nami son capaces de blandir el poder auténtico del océano.
»Por eso, en Shirojima profesamos el Ryuhon Falleya con tanta devoción, y por eso nos esmeramos tanto por proteger nuestro linaje. Guardamos la sangre de los dioses.
Chul-hee parecía reticente, aunque un poco asombrado. Era evidente que las palabras del espadero lo habían impresionado.
—Así que ¿los Rhyuhon Fallekalu de verdad creen que los Matsuda y las otras familias jijaka descienden directamente de los dioses del océano? —Pasó la mirada de Kotetsu a Misaki.
—Más o menos —respondió Misaki con una sonrisa—.
Algunos linajes son más puros que otros.
El linaje de los Matsuda es célebre por ser el más puro a lo largo de la historia, seguido muy de cerca por el de los Yukino y el de los Ginkawa.
Después, existen varias familias que se cree que poseen buena parte de la sangre de los dioses, aunque menos, incluidos los Kotetsu, los Ishino, los Ameno, los Katakouri y los Tsusano.
—Se llevó la mano al pecho—. Se cree que algunas ramas de la familia Mizumaki, como la que tenemos aquí en Takayubi, llevan la sangre de los dioses, mientras que otras son jijakalu normales y corrientes.
—Lo dice como si fuese algo mensurable, Matsuda-dono —declaró Chul-hee con incredulidad.
—Bueno —contestó Misaki al mismo tiempo que hacía rebotar a Izumo sobre sus rodillas—, según vuestra mitología del Nagino Falleya, se pueden contar los ancestros de toda la humanidad con diez dedos.
—Son dieciséis, Matsuda-dono —contestó, ofendido—. Hay dieciséis ancestros.
—Ah, sí. Lo siento. Hace tiempo que no repaso mis herejías. —Parecía como si hubiese abofeteado a Chul-hee.
—Bueno, ahora sé de dónde sacaba Mamoru su… —Frenó de golpe con una expresión consternada—. Perdón.
—No te preocupes, continúa. —Misaki esbozó una sonrisa de satisfacción, se alegraba de la pequeña distracción que Chul-hee le había proporcionado—. ¿De dónde sacaba Mamoru el qué?
—Con el debido respeto a su espíritu, Matsuda-dono…
su actitud —contestó Chul-hee—. De todos modos, los dieciséis ancestros son una metáfora .
Todo el mundo sabe que lo más probable es que no hubiese solo ocho parejas casadas en el mismo momento.
El mito tan solo explica el origen de las distintas clases de theonitas.
Quiero decir, los tajakalu no van por ahí diciendo que tienen más o menos sangre de Bemba y Kri.
—No —contestó Misaki—, solo aluden a su repertorio milenario de reinas, reyes y generales.
—Sí, pero eso tiene sentido —protestó Chul-hee—. Se trata de literatura oral bien conservada que data de varios miles de años. No creen que descienden de… un pez prehistórico divino.
—No es algo que se piense , sino que más bien se sabe —respondió Kotetsu con tranquilidad—, con la misma certeza que el regreso de la nieve y de las mareas. Es un sentimiento.
—Qué conveniente. —Chul-hee sonrió, a esas alturas ya estaba bastante cómodo con Kotetsu como para saber que al espadero no le importarían sus réplicas irreverentes—. Es algo que se sabe porque lo sientes. Es imposible de demostrar.
—Si dudas es porque nunca has visto a un Matsuda valerse de los poderes de las profundidades.
Chul-hee se quedó un momento en silencio. Miró hacia arriba, en dirección al lago Kumono y a la escuela que descansaba en lo alto, que en ese momento estaba abandonada.
—Creo que sí que lo he hecho.
—Ah, ¿sí?
—Una vez vi meditar a Mamoru.
—¿Y?
—Parecía… como si fuese capaz de ver cosas imposibles de saber. Estaba oscuro, pero trazó un mapa mental de cabo a rabo de la montaña a partir de la niebla de las rocas, el rocío de la hierba y la corriente de los arroyos. Fue impresionante.
—Si crees que eso puede hacerse sin un ápice del poder de los dioses, entonces, adelante, quédate con tu Nagino Falleya.
—Kotetsu se encogió de hombros. Chul-hee estaba en silencio, parecía tener la mirada perdida entre la niebla que rodeaba el lago—.
Esos finawu están aquí porque son los únicos que saben despachar las almas de nuestros muertos adonde les corresponde, a los brazos de su verdadera madre en las profundidades.
—¿Vuestra versión del Laaxara? —preguntó Chul-hee sin apartar la vista del lago.
—El Océano de las Almas. —Kotetsu asintió. Alargó una mano grande y le dio una palmada a Chul-hee en el hombro, sacándolo de su ensimismamiento de un susto—. Ahora, sé buen chico y ayuda a este viejo saco de sangre de los dioses a subir por la montaña.