La espada de Kaigen 25 Los dioses
73%

25 Los dioses

D urante los próximos días los finawu acudieron en tropel, arrastrando sus túnicas largas y rojas al subir por la montaña.

Se disculparon sin cesar por la tardanza, pero habían tenido que recorrer un largo camino.

El Ryuhon, la religión que profesaban las grandes casas de Shirojima, era una versión antigua del Falleya, distinta del Nagino Falleya que se practicaba en la mayor parte de Kaigen.

El templo de Takayubi había sido uno de los últimos bastiones reales que quedaban de la religión.

Habían cubierto de tierra la pira donde Mamoru, Dai y cientos de personas más habían sido reducidas a cenizas y después la habían compactado en un círculo pulcro.

El coronel Song había prohibido cualquier indicio que señalase la fosa como una tumba, pero los finawu se colocaron a su alrededor y se pasaron varios días cantando plegarias mientras los aldeanos y los voluntarios se iban uniendo a ellos por turnos.

Misaki visitó la tumba al segundo día con sus hijos; llevaba el pelo recogido con una cinta blanca.

Los atuendos de duelo tradicionales eran completamente blancos, pero pocas personas de Takayubi disponían siquiera de una muda de ropa, y mucho menos de un conjunto entero de duelo en condiciones.

En su lugar, improvisaron y se ataron trozos de tela blanca alrededor de la cintura o del pelo.

Por irónico que fuera, la visita de los finawu coincidió con el Año Nuevo, que por lo general era una época de decoraciones alegres, dulces coloridos y esperanza para el futuro.

Sin embargo, el Año Nuevo también era un momento importante para despachar a los malos espíritus, así que Misaki lo vio como un día tan bueno como cualquiera para que su familia acudiese a rezar.

Los Matsuda llevaron a cabo los rituales, cantaron y recitaron plegarias por Mamoru, aunque Misaki rechazó amablemente la ofrenda de los espíritus enmascarados de actuar como intermediarios para que conversase con su hijo.

—Ya hablé con su espíritu largo y tendido, Fina-sama —explicó mientras le dedicaba una profunda reverencia al monje más anciano—, y también sus hermanos, poco después de que muriese. No tenemos nada más que ofrecerle.

—¿Y el padre del chico? —preguntó el hombre calvo con una voz temblorosa por la edad—. ¿Ha rezado ya por él?

—No… no lo sé, Fina-sama. —Esa respuesta no la hacía quedar como una buena esposa, pero no convenía mentirle a un monje Ryuhon de alto rango—. Lleva aislándose desde la tormenta.

—Mmm. Según tengo entendido, ha estado meditando, ¿cierto?

—Así es, Fina-sama.

—¿Se unirá a usted entonces?

— Ano… —Misaki se lamió los labios—. Creo que no lo tenía pensado, Fina-sama. —Llevaba sin hablar con Takeru desde que lo había encontrado meditando cerca de la cima de Takayubi.

—Hmm. —Las arrugas del rostro del hombre se unieron en lo que Misaki asumió que era un ceño fruncido—.

Eso no es bueno, joven Matsuda. Un hombre y su mujer deberían permanecer juntos tras la pérdida de un hijo.

El chico, cuando vivía, era parte de ambos.

Quieren que su espíritu no se divida en dos, pero, aun así, no han venido juntos.

—Lo lamento, Fina-sama. Intentaré hablar con mi marido y lo traeré aquí mañana.

—No, hija mía —contestó el fina con un movimiento lento de su mano marchita—. Si viene por obligación, perjudicará al espíritu de su hijo. Su marido tiene que venir por su propio pie, por voluntad propia.

Misaki asintió, y se alivió para sus adentros de no tener que intentar mantener esa conversación con Takeru.

—Si fuera posible, me gustaría hablar con mi cuñado, Matsuda Takashi, a través de una máscara.

Necesitaba comprobar si podía perdonarle sus últimas órdenes.

Una vez acabadas las plegarias, Misaki reunió a sus hijos y se preparó para volver a subir la montaña con los Kotetsu, que se habían presentado a la misma hora para rezar.

Los acompañaba Kwang Chul-hee, sobre todo para servirle de apoyo a Kotetsu Katashi, mientras Atsushi reunía a los más pequeños.

Kotetsu estaba en proceso de diseñarse una silla con la que pudiese moverse fácilmente con su jiya, pero como le faltaban materiales para acabarla, seguía dependiendo de Atsushi y de otras personas para ir de un lado a otro.

Como el maestro espadero estaba relativamente inmóvil, esa era la primera oportunidad que la familia numu había tenido para rezar en el lugar de descanso de quienes habían perdido.

Durante los ritos, Chul-hee se había quedado esperando en un lateral del círculo.

Solo había venido para asegurarse de ayudar a Kotetsu a subir la montaña cuando lo necesitara, pero el chico curioso no tardó en quedarse maravillado por los procedimientos.

Pareció agradecido cuando Kotetsu optó por descansar un rato en un banco de hielo antes de enfrentarse al escarpado camino de subida a la aldea, que en ese momento era el único lugar habitable de la montaña.

—No lo entiendo —murmuró el norteño a la vez que observaba a los monjes que cantaban en sus hábitos rojos—. ¿Por qué se necesitan finawu especiales?

—Los monjes que practican el Nagino Falleya estándar del Imperio no serían capaces de realizar los ritos pertinentes —contestó Misaki.

—¿No es lo mismo? —Misaki, Kotetsu y hasta Atsushi se rieron al escuchar la pregunta—. ¿Qué pasa?

—El Ryuhon Falleya es muy distinto de la religión que conoces, chico —respondió Kotetsu.

—¿A qué se refiere, Numuba? —preguntó Chul-hee.

— Numuba . —Kotetsu volvió a reírse al oír el título—. ¿No te has dado cuenta de que nosotros no usamos esos títulos yammanka tan rimbombantes que tanto le gustan al resto del mundo?

—Sí. —Chul-hee parecía avergonzado—. Pensaba que era cosa del dialecto.

—Pues claro que es «cosa del dialecto» —explicó Kotetsu—, porque quienes hablamos el dialecto de Shirojima no damos mucha importancia a la versión de los yammanka sobre el origen del mundo y su jerarquía.

—Pero… La Primera Plantación ocurrió en Yamma —contestó Chul-hee, confuso.

—Si eso es lo que crees —dijo Kotetsu.

—¿Cómo no va a creerlo, Numu Kotetsu? Siguen adorando a Nagi y a Nami como todos nosotros, ¿verdad?

—Para vosotros, ¿qué son Nagi y Nami en el Nagino Falleka? —preguntó Kotetsu.

—Son vástagos de las semillas de mangle que plantaron los Falleke: Kiye, el dios del alma y del fuego, y Nyaare, la diosa de la carne y la materia.

—Chul-hee recitó lo que obviamente era una historia que tenía muy arraigada después de haberla repetido muchas veces en la escuela.

Su voz incluso adquirió la entonación un tanto musical de los mitos Falleya importados de Yamma.

»El mangle fue la sexta semilla de la que luego nacerían nuestros ancestros humanos: de la primera semilla de baobab, nacieron Kri y Sura; de la segunda semilla de baobab, Bemba y Sibi; de la primera semilla de acacia, Nege y Joya; de la segunda semilla de acacia, Nyanga y Chaka, y de la semilla de sicomoro, nació Sayandana, el Heraldo de la Muerte.

—Conque seis semillas, ¿eh? —preguntó Kotetsu con un poco de diversión.

—Sí. Las vainas no se abrieron hasta que Kiye y Nyaare no purgaron la tierra del mal del Heraldo de la Muerte con fuego.

Bemba las protegió del fuego con su cuerpo hasta que Kri domó las llamas y se convirtió en el primer tajaka.

Entonces, cuando el canto de Sura llamó al diluvio que anegó el mundo, emergieron de sus vainas y adoptaron la forma de peces gigantes para poder sacar del agua las semillas de sus hermanos.

Tras salvar a los demás ancestros humanos de ahogarse, descansaron y nadaron hacia el este con el agua que desaparecía y esculpieron los dos grandes ríos gemelos de Yamma.

—Narrar la historia pareció calmar a Chul-hee mientras observaba el extraño grupo de finawu cantarines—.

Siguieron nadando más allá de la frontera de Kelendugu, arrastrando consigo el agua que acabó convirtiéndose en los océanos del mundo.

No se detuvieron hasta llegar aquí y hacer que Kaigen emergiese de las aguas.

Entonces, crearon a los primeros kaigeneses de la espuma del mar. ¿De qué se ríen?

—Nagi y Nami son los dioses del océano —contestó Kotetsu.

—Sí —respondió Chul-hee.

—¿Se supone que tenemos que creer que solo son hijos de las deidades de la tierra y del fuego?

—Bueno… yo…

—La noción de que todas las razas humanas vienen de semillas nos resulta ridícula —afirmó Kotetsu—.

Es indiscutible que toda la vida nace del océano.

Por eso, es lógico que los dioses originales sean los del océano.

Nagi y Nami no son hijos de ningún dios yammanka.

Nami y Nagi son el dios y la diosa supremos, padres de todos nosotros.

—Un momento… ¿Negáis la existencia de Kiye y de Nyaare? —Chul-hee parecía completamente escandalizado—. ¿ Eso es el Ryuhon Falleka?

—Ah, no —contestó Kotetsu con seriedad—.

Ninguno de esos monjes llegaría al extremo de negar la existencia de esos Kiye y Nyaare a los que adoráis.

Aceptamos que la versión de los acontecimientos en Yamma se desarrolló más o menos como narra el Donkili; los yammankalu simplemente los malinterpretaron.

—¿Que los qué?

—Nagi y Nami no eran hijos de Kiye y Nyaare. Ellos fueron creadores, solo que renacieron con una forma distinta.

—Entonces, básicamente… ¿Creéis que la madre y el padre de todas las cosas eran los dioses del océano, y no los de la tierra y el fuego? —preguntó Chul-hee despacio—. Supongo que no es lo más descabellado que he oído.

—Heraldos cantores del cielo, domadores del matorral ardiente; todo eso suena muy bien en las canciones, y puede que en algún momento existiesen, pero no fueron los primeros seres en el planeta Duna.

Antes de todo eso, de las plantas, los humanos y otras criaturas, había un agua infinita.

El océano es la fuente definitiva del poder y de la vida.

En Shirojima llevamos teniéndolo claro desde mucho antes de que los registros fósiles comenzaran a darnos la razón.