La espada de Kaigen 24 El Imperio #2
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24 El Imperio #2

—Confieso que al principio no supe darle una buena respuesta.

Aun así, él era un chico inteligente, creo que más que su madre.

La última vez que hablé con él, había decidido que, si los enemigos asaltaban Takayubi, él se enfrentaría a ellos pasara lo que pasase.

Sin importar si el emperador lo ordenaba o no, sin importar si iban a recordarlo después o no, lucharía para defender a los habitantes de esta montaña y a todos los granjeros y pescaderos más adelante.

Y eso fue justo lo que hizo. Él… —Misaki se detuvo y tragó saliva con fuerza.

No quería echarse a llorar delante de esas mujeres, no cuando estaba intentando darles ánimo.

Pero tenían que saberlo. Las hijas, viudas y madres no eran las únicas que aguardaban las palabras de Misaki.

Hiroshi estaba arrodillado cerca, escuchándola con una especie de intensidad desesperada.

Nadie había hablado con él sobre la muerte de Mamoru, salvo para decirle que su hermano mayor no iba a volver.

Al fin y al cabo, solo tenía cinco años.

No obstante, ya había visto cosas, ya había hecho cosas, que un niño de cinco años jamás debería.

Quizá necesitase oírlo. Si iba a asumir el papel de Mamoru y perseguir su imagen, esa imagen debía tener sentido.

Si tenía que seguir adelante a sabiendas de que era un asesino, esa muerte debía tener sentido.

Cada par de ojos clavado en Misaki tenía una expresión dolorosa y tensa.

Para todos ellos, eso debía tener sentido.

»Mamoru murió peleando, con varias heridas, además de un par de dientes menos y un corte tan profundo en las entrañas que debería haberlo incapacitado en el acto.

Siguió en pie y luchó. —Las lágrimas que Misaki no se permitió derramar cayeron por las mejillas del resto de las mujeres—.

La propia Takayubi fue lo bastante importante para él como para seguir peleando a pesar de ese dolor.

Me imagino que muchos de los compañeros guerreros de Mamoru, vuestros maridos, padres, hermanos e hijos, habrán sentido lo mismo.

Con Imperio o sin él, creo que muchos habrían muerto para proteger esta montaña.

—Podía ver por la expresión de las mujeres que había conseguido conectar con ellas. Lo entendían.

»Dieron sus vidas para defender a Takayubi —prosiguió Misaki, con una voz más fuerte de lo que había pensado—. Ahora nos toca a nosotras defenderla. Eso es lo que podemos hacer por ellos.

—O sea que… ¿Nada? —preguntó Mayumi.

—Sobrevivir no es lo mismo que no hacer nada, Katakouri-san —respondió Setsuko—. Vamos a sobrevivir.

—¿Cómo? Sin la ayuda del gobierno, jamás superaremos el invierno.

—Pues claro que sí, boba. —Setsuko se rio.

—¿Cómo puede estar tan segura? —contestó Fuyuhi.

—Porque yo ya lo he hecho antes… —Setsuko hizo una pausa y empezó a contar con los dedos—, veinticuatro veces.

Recordad que, antes de casarme con mi Takashi-sama, que el nyama sea con su alma, yo vivía en la aldea de pescadores en la falda de la montaña.

Algunos inviernos, no había suficiente comida que llevarse a la boca, y más os vale creerme cuando digo que la casucha de mi familia tenía tantos huecos como agujeros de bala hay aquí, pero de algún modo siempre nos las apañábamos.

—Pero… nosotras no somos pescadoras —dijo Fuyuko.

—Tienes razón —respondió Setsuko con alegría—. Os habéis criado mejor que unas pescadoras. Todas y cada una de vosotras descendéis de guerreros. La misma sangre que convirtió a vuestros padres, hermanos e hijos en guerreros poderosos discurre por vuestras venas, ¿no es cierto?

—Sí. —Las mujeres asintieron con reticencia.

—Eso es. —Setsuko esbozó una sonrisa radiante—.

Así que, si un par de pescadoras de clase baja pueden sobrevivir a un invierno en Takayubi, para vosotras que sois damas debería ser pan comido.

Sé que las nobles no estáis acostumbradas a pasar estrecheces o a que os pisoteen, ni tampoco a dormir doce personas en una habitación, pero sois duras de pelar. Estaréis bien.

A medida que Misaki veía cómo la esperanza regresaba poco a poco a la habitación, volvió a plantearse que era una pena que Takashi no hubiese intercambiado el puesto con Takeru.

Setsuko habría sido, estaba siendo, una dirigente de la aldea estupenda.

No muchas pescadoras podrían plantarse delante de una habitación llena de mujeres nobles y ganarse su lealtad.

—Gracias a los dioses que está Setsuko —suspiró Misaki cuando se sentó en el porche delantero con su hermano aquella noche.

Estaba postergando el momento de acostarse y, por conveniente que fuese, parecía que Kazu también estaba demasiado inquieto para dormir, y eso le daba a alguien con quien conversar.

—No ha sido solo cosa de Setsuko-san —afirmó Kazu—. He oído a mucha gente comentar lo mucho que los has inspirado y calmado.

—¿Yo? —preguntó Misaki, sorprendida.

—Tienes don de gentes, Nee-san.

—¿Que tengo qué? —Misaki se rio.

—Se te da bien tratar con las personas: animarlas, hundirlas. Siempre se te ha dado bien.

En ese momento, se lo planteó y se dio cuenta de que Kazu tenía razón.

Cuando estaba en Ishihama y durante su estancia en la Academia del Alba, se había dirigido a los demás con la confianza de que daría con las palabras adecuadas que decir.

En algún punto entre la gélida indiferencia de Takeru y el abuso de Matsuda Susumu, había perdido esa habilidad.

—Ojalá yo tuviera ese don —suspiró Kazu—. Ojalá pudiera brindar más consuelo a estas gentes.

—No es tu deber —señaló Misaki. Sinceramente, eso le correspondía a Takeru, pero seguía desaparecido en combate.

—Es que yo mismo sigo… muy desconcertado —confesó Kazu—. No sabía que el Imperio fuese a hacer esto. Tú asististe a una escuela en el extranjero, Nee-san. ¿Lo sabías?

—En realidad, no —contestó Misaki—. A ver, sabía que nuestro gobierno no estaba contándonoslo todo, ¿qué gobierno lo hace? Pero nunca imaginé algo así… Quizá podría haberlo hecho si hubiese prestado más atención.

—No le veo ningún sentido. Pensaba que al emperador le importábamos, que quería que fuésemos fuertes. ¿Qué está pasando?

—No lo sé —suspiró Misaki—. Es evidente que hay más fuerzas políticas que desconocemos en juego.

—Sí, pero… ¿acaso existe un fin político que justifique esto? —preguntó Kazu. Misaki negó con la cabeza. No tenía respuesta—. Me revuelve las tripas. —Kazu puso una mueca—. Es como si mi propio padre me hubiese apuñalado por la espalda.

—Kazu —dijo Misaki—. Si está ocurriendo lo mismo en Ishihama, tienes que volver a casa.

—Él no respondió. Clavó la vista al frente con la mandíbula apretada y, por su expresión, Misaki supo que su hermano llevaba todo el día pensando lo mismo, pero no había querido expresarlo—.

Dijiste que a tu mujer le daban miedo las tormentas —prosiguió ella—.

Estoy segura de que estará deseando que estuvieses allí con ella.

—Pero las cosas aquí están mucho peor, Nee-san —protestó Kazu—. Tu pueblo necesita ayuda…

—Lo sé. No pienso discutírtelo —respondió—, pero no es responsabilidad tuya.

—Además, si en Ishihama está pasando lo mismo que aquí, ¿qué puedo hacer yo? —Kazu juntó las manos delante de él y se las retorció; se le pusieron blancos los nudillos—. Quiero decir, se trata del ejército imperial , Nee-san. ¿Qué puedo hacer yo?

—Puedes estar presente para tu pueblo —contestó Misaki—. Puedes guiarlos. Las familias de Ishihama no te culparán de lo que haga el Imperio. Agradecerán que estés allí, haciendo todo cuanto esté en tu mano.

Kazu apretó los labios y frunció el ceño.

—Tienes razón, Nee-san —suspiró por fin—. Siempre la tienes. Si hubieses sido mi hermano mayor…

—Tienes que darte más mérito —lo interrumpió Misaki—, igual que Tou-sama, si no ha cambiado. El trabajo que has hecho aquí, el liderazgo que has demostrado, ha sido admirable.

—No me tomes el pelo, Nee-san. Estaba intentando hacerte un cumplido.

—Lo digo en serio —dijo Misaki—. No querría que ningún otro fuese el cabeza de mi antigua casa.

—¿Qué…? —Kazu negó con la cabeza y echó una mirada de soslayo a su hermana, como si estuviese seguro de que era una trampa.

—Tienes algo de lo que carecen muchos theonitas poderosos, incluyendo tu hermana mayor.

—Lo miró a los ojos—. Eres un buen hombre, Tsusano-dono.

—Por primera vez, empleó su título sin sarcasmo—.

Te has convertido en lo que era Tou-sama, en algo más grande que tú mismo.

Puede que no lo entienda, pero estoy muy orgullosa de ti.

Para cuando Misaki se despidió de su hermano a la mañana siguiente, Takeru todavía no había vuelto.

—Dejaré a algunos de mis hombres para que se ocupen de ti y de tu pueblo —declaró.

—¿No tienen familias con las que regresar? —preguntó Misaki.

—Hakuyu-san no está casado, y los dos Umiiro se han ofrecido voluntarios.

—Vale. —Sonrió Misaki—. Pero no hace falta…

—Sí que la hace —contestó Kazu con seriedad—. Necesito asegurarme de que se encarguen de ti.

Lo primero que hicieron los hombres de Kazu fue barrer la montaña en busca de Takeru, que todavía no había vuelto para el mediodía.

Fue Misaki quien acabó encontrándolo en el claro nevado sobre la Academia Kumono.

A nadie más se le había ocurrido buscar tan arriba de la montaña.

Estaba subido a un saliente, en su postura favorita para meditar: con una rodilla clavada en el suelo, la cabeza agachada y las dos palmas apoyadas contra la roca.

—¿Takeru-sama? —preguntó cuando aunó aire suficiente en los pulmones doloridos.

El jiya de su marido estaba tan inmóvil, tenía el cuerpo tan frío, que parecía formar parte de la nieve.

El jiya de Misaki, capaz de percibir la sangre, apenas captó el latido inhumanamente débil de su corazón y el flujo de la sangre.

De no haber sido por el haori azul de los Matsuda, puede que ni se hubiera inmutado de su presencia.

—Takeru-sama —repitió, esa vez más alto.

Se le crisparon los hombros, un movimiento apenas perceptible en la imagen de la quietud absoluta.

Después, se irguió poco a poco. En cuanto apartó las palmas de la nieve, abrió los ojos y su nyama regresó a su estado natural, Misaki captó un latido humano en condiciones y el discurrir de la sangre.

—Sabes que no debes importunarme cuando estoy meditando —dijo.

—¿Es eso lo que ha estado haciendo todo el tiempo? —Misaki se esforzó por evitar que el enfado se filtrara en su voz—. ¿Meditar?

—Sí —contestó Takeru sin el menor indicio de disculpa en su voz.

—Lleva aquí arriba más de un día.

Se levantó, pasó junto a Misaki y bajó la montaña sin mediar palabra. Misaki apretó los puños.

—Te necesitábamos, ¿lo sabes? —le gritó al emblema de los Matsuda que llevaba a la espalda—: ¡Tu pueblo te necesitaba!

Takeru siguió andando.