24 El Imperio
S e intentaron llevar a cabo tentativas más comprometidas que la de Takeru para disuadir al coronel de la incineración en masa.
Kwang Tae-min, Kazu y los representantes Ameno de alto rango le rogaron que se detuviese en cuanto se dieron cuenta de lo que estaba pasando, pero para entonces las llamas ya habían transformado la mayoría de los cuerpos en cascarones calcinados.
En cuestión de un par de waatinu, solo quedarían cenizas.
Takeru estaba perceptiblemente ausente cuando el coronel reunió a los aldeanos y voluntarios para comunicarles las órdenes del emperador.
Hubo quejas. Ni siquiera los ciudadanos kaigeneses más leales y con el cerebro más lavado estaban dispuestos a sacrificar la dignidad de sus seres queridos que habían muerto sin pelear.
No obstante, lo único que tuvo que hacer el coronel Song fue repetir: «Es la voluntad del emperador. Estoy seguro de que no querrán contrariarlo», hasta que las quejas se disolvieron en lágrimas silenciosas.
Como Takeru seguía desaparecido, Kazu y los voluntarios de alto rango de las casas Ameno y Ginkawa hicieron cuanto pudieron por tranquilizar a la gente y preservar el orden. En ausencia de Takeru, el pueblo incluso empezó a acudir a las mujeres de la familia en busca de guía.
Aquella tarde, Misaki y Setsuko acabaron rodeadas de mujeres que no podían expresarles sus quejas a los hombres por decoro o bien las respuestas que habían recibido no las habían satisfecho. Las mujeres se apiñaron en los aposentos provisionales que habían sido el dojo de los Matsuda.
Los hombres, tanto los que habían sobrevivido como los voluntarios que no disponían de una aldea cercana donde pasar la noche, consiguieron hacerse hueco a duras penas en los dormitorios y despachos que estaban intactos por la noche.
El dojo era un espacio sagrado para los hombres, pero era la única habitación interior lo bastante grande como para acoger a todas las mujeres y niños que carecían de un techo donde dormir.
Takeru había quitado el santuario y el estante de armas.
Ahora, cada noche, el dojo que antaño había sido construido para acoger a cincuenta estudiantes de espada se convirtió en el lugar de descanso de veintipico mujeres con hijos y, esa noche, en el sitio donde celebraron su propia asamblea.
—¿Cómo han podido hacer esto? —preguntó Mizumaki Fuyuko por décima vez, o eso parecía—. ¿Queman a nuestros muertos y luego ni siquiera nos dejan recordarlos?
—Aún podemos recordarlos, Mizumaki-san. —Misaki trató de adoptar un tono de consuelo, pero era difícil mantener una apariencia alentadora cuando era muy evidente que sus palabras estaban vacías—. Siempre los recordaremos… Lo único que se supone que debemos hacer es no mencionar cómo murieron.
—Eso no es recordarlos —espetó Fuyuhi, la madre de Fuyuko, exasperada—.
No tal y como eran. Mi marido y mi hijo, su hijo…
—Se volvió hacia Misaki— y su marido… —le dijo a Setsuko— y el suyo…
—A Hyori—. Todos nuestros hombres eran guerreros.
Si no recordamos cómo murieron, entonces no estaremos recordando quiénes eran en realidad.
—Las mujeres se quedaron en silencio. Nadie podía negar las palabras de Mizumaki Fuyuhi—.
Y ni se les ocurra decirme que podemos recordarlos sin mencionar lo que ocurrió aquí —declaró la anciana, aplastando la respuesta débil y penosa de Misaki antes de que esta pudiese tomar forma en sus labios—.
El legado de un guerrero es vital para su alma.
Negar lo que sucedió aquí, ya sea entre nosotros o a otra persona, es lo peor que podemos hacerles a nuestros muertos.
—Por no hablar de las personas indefensas a las que asesinaron —añadió Mayumi, una de las pocas Katakouri que habían sobrevivido—: Nuestras mujeres, los numuwu, los finawu y los niños.
—La viuda del arquero estaba llorando; sin embargo, las lágrimas solo parecieron dar fuerzas a su voz—.
¿Se supone que debemos negar su sufrimiento?
Durante muchos años, Misaki había despreciado a esa gente por tragarse la propaganda del Imperio.
Durante muchos años, la habían frustrado su ignorancia y su falta de miras.
Era una experiencia extraña, extraña y triste, presenciar a una aldea entera repleta de gente darse cuenta de lo mismo que había hecho ella hacía mucho tiempo: que el emperador se parecía más a un tirano egoísta que a un padre protector.
A la luz de esa espantosa revelación, las mujeres de Takayubi fueron más fuertes de lo que Misaki había previsto.
Pese a toda la ternura y el recato que exhibían, esas mujeres nobles estaban bien educadas, eran versadas en poesía, historia y filosofía kaigenesas.
Puede que hubiesen nacido en una cultura de la negación, pero cuando la sangrienta verdad las miró a la cara, fueron más que capaces de entenderla.
Fueron más que capaces de enfurecerse. Misaki quiso saber cómo apaciguar esa ira.
De haber sido así, se habría ahorrado años de dolor.
—¡Es como si al Imperio le diese igual! —La voz de Mizumaki Fuyuhi se alzó a medida que se le llenaban los ojos de lágrimas—.
¿Cómo han podido hacer esto? ¿Cómo les han permitido que lo hiciesen?
—preguntó, desatando su furia sobre Misaki—.
¡Se supone que su casa debe protegernos!
Su marido desaparece cuando nos arrebatan a nuestros muertos, y ahora usted nos dice que simplemente nos olvidemos de…
—Oye. —Setsuko interrumpió a la mujer con brusquedad—. No hace falta que le hables de esa forma.
—Nos está diciendo que neguemos lo que les ocurrió a nuestras familias. Es una cobarde…
—¡Vigila esa lengua! —gritó Setsuko, y Mizumaki Fuyuhi no fue la única que se asustó.
Nadie había escuchado a Matsuda Setsuko, la alegre y sencilla pescadora, dirigirse a otra persona con ese tono—.
Sé que estáis enfadadas, pero aquí todas somos damas y te convendría cuidar ese tono —dijo, demostrando que podía ser tan arrogante y autoritaria como cualquier koro de alta cuna—.
Misaki es la esposa del líder de la aldea. La tratarás con respeto.
Se produjo un silencio conmocionado.
Entonces, Fuyuhi agachó la cabeza hacia Setsuko.
—Lo lamento, Matsuda-dono.
—No necesito tus disculpas, Mizumaki —declaró Setsuko—. No soy más que la hija viuda de un pescadero. Discúlpate con ella. —Señaló a Misaki.
—Discúlpeme, Matsuda-dono. —Mizumaki Fuyuhi hizo una reverencia.
—Parece que todo el maldito mundo nos quiere ver muertos —declaró Setsuko, e hizo caso omiso del par de mujeres que se avergonzaron al escuchar el lenguaje vulgar—.
No podemos permitirnos saltarnos a la y ugular como si fuésemos una manada de perros rabiosos.
Ahora bien, si supieseis de lo que estáis hablando, Misaki-sama sería la última persona a la que le gritaríais.
Ha luchado con más ahínco que cualquiera de nosotras para proteger esta aldea.
—Es cierto —susurró Hyori. Era la primera vez que hablaba—. Durante el ataque Misaki volvió a buscarme, a pesar de que el bombardeo ya había empezado. Cuando estaba lo bastante débil para levantarme, ella me llevó al refugio. Si no hubiese venido a por mí, habría muerto con mi hijo.
—Lo siento… No lo sabía —respondió Fuyuhi.
—Incluso trató de advertírnoslo —afirmó Hyori—, hace meses, cuando todavía no había noticias de las tormentas, intentó decirnos a Setsuko-san y a mí que los ranganeses podían venir.
No le hicimos caso. —Hyori tenía la vista clavada en el regazo, con una mirada suave y triste—.
Deberían escuchar todo lo que tenga que decir desde ya.
—Así que ¿sabía que el Imperio nos estaba mintiendo? —inquirió Mayumi—. ¿Sabía que iban a atacarnos?
—No —contestó Misaki—. Solo lo sospechaba.
—Entonces, ¿por qué no lo contó? —preguntó Mizumaki Fuyuhi.
—Por el mismo motivo por el que usted no va a hacerlo —dijo tras inspirar.
—¿Cómo?
—Puede que el Imperio no sea tan fuerte como pensábamos, pero es peligroso. Es posible que el emperador no tenga al ejército más competente, pero sí que dispone de asesinos competentes. Si mostramos nuestro desacuerdo, me temo que la gente empezará a desaparecer.
—Pero… ¡el emperador no nos haría eso! —protestó Katakouri Mayumi—. ¡Nuestros hombres defendieron sus fronteras!
—Y después ordenó quemar sus cuerpos sin haberles administrado los ritos —replicó Setsuko—. No creo que le importe su trabajo. No creo que le importemos en absoluto.
—¡Pues eso no está bien! —espetó Mayumi mientras otras gritaban para mostrar consenso—. Tenemos que hacer algo. Tenemos que pararles los pies.
—Desafiar al Imperio no cambiará nada; solo hará que nos maten. —Misaki negó con la cabeza.
—Entonces, ¿qué podemos hacer? —preguntó Mizumaki Fuyuko, y Misaki reconoció el temor en la voz de la muchacha… el insoportable temblor de la rabia que daba paso a la resignación—. ¿Qué podemos hacer por nuestros muertos? ¿Cómo podemos hacer lo correcto por ellos?
—Podemos vivir —contestó Misaki—. Podemos mantener con vida a Takayubi por ellos.
Parecía una oferta lamentable.
—Pero…
—Escúcheme, Fuyuko-san —prosiguió Misaki con amabilidad—.
Hace un par de meses, mi hijo, Mamoru, acudió a mí en busca de consejo.
Supongo que las circunstancias no son relevantes, pero había descubierto ciertas cosas sobre las mentiras del Imperio.
Me preguntó cómo podía pelear por un Imperio en el que no confiaba.
—¿Y usted qué le respondió, Matsuda-dono?