23 Aguas Revueltas #4
—A la aldea de los herreros —jadeó Fuyuko—. Los soldados e-están… ¡Tiene que venir a verlo!
Takeru y el resto de los hombres siguieron a Fuyuko.
Misaki se ató a Izumo a la espalda a toda prisa y fue detrás de ellos.
Llegaron a la aldea de los herreros y se encontraron con que los yammankalu habían quitado las tiendas y habían cavado un foso enorme.
El foso, que casi no llegaba a un bound de profundidad, abarcaba la antigua aldea de los herreros al completo.
Los soldados habían arrojado los cientos de cuerpos que habían recogido durante los días anteriores dentro, tanto los kaigeneses como los ranganeses, los de guerreros y los de civiles, todos apilados.
Entre el amarillo y el negro, era fácil discernir el azul de los Matsuda.
Mamoru descansaba entre un amasijo de cadáveres fonyaka, con la cabeza apoyada contra el hombro de uno de los numuwu masacrados.
El cadáver de un niño pequeño yacía sobre él, tan chamuscado que no se podía identificar a qué kafo o familia pertenecía.
Si esa imagen no la hubiera dejado horrorizada, Misaki habría admirado la eficiencia.
Solo el ejército yammanka podía mover tanta tierra y cadáveres en cuestión de waatinu, y era evidente que habían querido despachar la tarea cuanto antes.
La oleada de aldeanos que Mizumaki Fuyuko había traído consigo al bajar la montaña comenzó a gritar espantada y a exigir saber qué estaban haciendo los soldados.
Los pocos yammankalu que quedaban se apresuraron a recoger su equipamiento y a marcharse en cuanto bajaron los aldeanos.
Estaba claro que ya no tenían nada que hacer en Takayubi una vez concluida su investigación secreta y tras haber llevado a cabo todo el trabajo pesado que las tropas imperiales del coronel Song eran demasiado débiles y desorganizadas como para hacer ellas mismas.
—Coronel Song —dijo Takeru, dirigiéndose a zancadas adonde estaba ese hombre engreído de pie sobre la tierra en un hanbok limpio—. ¿Qué ocurre aquí?
—Si no le importa alejarse, Matsuda —contestó el coronel. Parecía no interesarle demasiado la presencia de Takeru—. Y dígales a sus conciudadanos que vuelvan al trabajo. No tienen por qué ver esto.
—No puedo hacerlo —respondió Takeru.
—¿Disculpe? —El coronel Song enarcó una ceja.
—Ahí abajo están los cuerpos de sus familiares —declaró Takeru—. No puedo pedirles que retrocedan.
El coronel le lanzó una mirada de asco a Takeru, como si el patriarca de los Matsuda no fuese más que una mosca que se había encontrado en su té.
—De acuerdo —contestó, e hizo una señal a sus soldados. Estos se adelantaron y sujetaron a las mujeres que lloraban para alejarlas de la fosa a rastras.
Cerca, Ginkawa Aoki intervino e intentó liberar a una mujer que lloraba del agarre de un soldado.
El soldado le pegó. No le dio un puñetazo en condiciones, sino un revés con la mano, como si estuviese abofeteando a un niño que se estaba portando mal.
El sonido atravesó el caos creciente e hizo que todo el mundo se detuviese y se quedase mirándolo en un instante de estupefacción indignada.
El Ginkawa parecía más desconcertado que otra cosa.
Fue una de las mujeres quien habló primero:
—¿Cómo se atreve? —le gruñó al soldado—. ¿Es que no sabe quién es? ¡Él luchó para defender este Imperio! ¿Cómo se atreve?
El jiya de los aldeanos y de los voluntarios se alzó. Las manos de ambos bandos se precipitaron hacia las espadas.
—Desarmad a quien se resista —ordenó el coronel con frialdad.
La parte violenta e irracional de Misaki quería que el coronel Song lo intentase.
Ver cómo la pobre excusa de cerebro lavado que tenía por soldados se las apañaba enfrentándose a guerreros de verdad .
Esos ciento y pico soldados imperiales tendrían suerte si sobrevivían en una pelea real contra la docena de espadachines Ameno y Ginkawa que tenían delante.
Y que los dioses los asistiesen si se enfrentaban a Takeru o a Kazu.
—¡Bajad las armas! —ordenó Takeru, y su voz resonó por la fosa—. Ginkawa, Ameno, pueblo de Takayubi, ¡bajad las armas!
Hubo un momento de quietud tensa.
Entonces, poco a poco, las mujeres y los voluntarios afligidos se alejaron, apartaron las manos de las empuñaduras de las espadas y la oleada colectiva de jiya se calmó como la marea al retroceder.
El coronel Song levantó las cejas, parecía ligeramente sorprendido por lo rápido que habían obedecido.
—No ha ofrecido ninguna explicación, coronel. —La voz de Takeru había adquirido un deje peligroso—. ¿Qué se supone que están haciendo?
—Vamos a quemar los cadáveres —contestó el coronel, como si lanzar los cuerpos de los guerreros caídos en combate a un agujero como si fueran basura fuese de lo más normal.
—¿Todos?
—Es un procedimiento estándar para prevenir enfermedades.
Solo entonces Misaki se percató de la capa de tablas y de vigas que había bajo los cuerpos, al fondo de la fosa. Los soldados que habían ido a quitar madera de las casas derruidas no habían estado ayudando a despejar Takayubi de escombros; habían estado recolectando leña.
—Pero deberían devolverles los cuerpos kaigeneses a sus familias para administrarles los ritos funerarios pertinentes —espetó Takeru.
—Esta es la voluntad del emperador. Tenemos que mantener sana a su aldea.
—Lo entiendo —respondió Takeru—, pero al menos podría cederles a las familias que están en duelo los restos de sus familiares. Le aseguro que los incineraremos de inmediato.
—Lo siento, Matsuda —contestó el hombre con brusquedad—. Es el procedimiento estándar.
—¡El cuerpo de nuestro hijo está ahí dentro! —gritó Misaki, incapaz de morderse la lengua más tiempo. Takeru ni siquiera había rezado por Mamoru. ¿Qué clase de persona quemaría el cuerpo de un chico sin dejar que su padre rezara por él?—. Yukino Dai está ahí dentro. No pueden…
—Silencio, Misaki —siseó Takeru—. General, me disculpo por el comportamiento de mi mujer.
—No se preocupe —respondió el coronel con una simpatía de lo más falsa—. Ha sufrido mucho.
—De todos modos, si van a quemar los cuerpos aquí, ¿cómo va mi pueblo a darles sepultura a sus muertos con propiedad? —Takeru formuló la pregunta que la mente de Misaki repetía a gritos—. Tenemos que enterrarlos.
—No habrá tumbas —declaró el coronel Song—, y este no es su pueblo, Matsuda. Usted y estos aldeanos pertenecen al emperador.
Misaki echó un vistazo a su marido y lo vio apretar la mano en un puño. No sabía por qué esperó que alzase la voz para cuestionar a ese hombre insufrible. Había recibido peores tratos de su padre y de su hermano sin quejarse. Había acatado la orden de dejar morir a su hijo sin rechistar.
—No pretendía faltarle al respeto, general. —Takeru agachó la cabeza—. Estoy seguro de que el emperador tendrá sus motivos.
—Es un hombre inteligente, Matsuda. Creo que usted y yo trabajaremos bien juntos —declaró mientras se le torcía la boca en una sonrisa condescendiente.
Takeru asintió. Los pocos tajakalu que quedaban alrededor del foso les estaban encendiendo unas antorchas a los soldados kaigeneses.
—A falta de un alcalde aprobado por el gobierno, ¿accede a responsabilizarse de esta aldea durante los meses venideros?
—Por supuesto, señor.
—Entonces, ocúpese de que la gente entienda una cosa: nadie mencionará el ataque ranganés. Si algún extranjero pregunta, quienes fallecieron fueron víctimas de otra tormenta costera.
—Murieron combatiendo —replicó Takeru.
—No. —El coronel Song les hizo otro gesto con la cabeza a sus hombres y ellos arrojaron las antorchas a la fosa, prendiendo la pira—.
Murieron en una tormenta. —Las llamas treparon por la tela amarilla.
A medida que la piel quemada comenzó a crepitar y a despegarse de los cadáveres apilados, Misaki por fin lo entendió.
No se estaban deshaciendo de los cuerpos para prevenir enfermedades.
El Imperio estaba quemando todas las pruebas del ataque—.
El emperador es consciente del sacrificio que han hecho, y les agradece su trabajo.
Seguro que, a unos súbditos tan leales, con eso les basta.
—Por supuesto… —contestó Takeru, impasible—. Con eso basta.
—Los yammankalu partirán esta tarde, y mis hombres y yo nos iremos mañana.
—¿Mañana? —Takeru echó una mirada de sorpresa a Song—. ¿Ninguna de sus tropas se quedará para ayudarnos con la reconstrucción?
—Por desgracia, las fuerzas del emperador tienen bastantes cosas con las que lidiar en este momento. Mis superiores de la capital volverán dentro de dos meses para asegurarse de que todo marche según la voluntad del emperador.
—¿Nos ayudarán entonces? —preguntó Takeru.
Su voz, por supuesto, no mostró ninguna clase de desesperación, a pesar de que estuviesen en una situación muy desesperada.
Era pleno invierno, y la mayoría de la gente no tenía un hogar donde cobijarse.
Puede que los voluntarios de las zonas aledañas estuviesen dispuestos a ayudarlos entonces, pero Takayubi no podía depender de su generosidad durante el resto del invierno.
—Sí, es posible. —El coronel Song se cruzó de brazos—. Ya veremos si todo marcha de acuerdo con la voluntad del emperador. —Era evidente lo que quería decir: «Cerrad el pico y entonces puede que os concedamos la ayuda que necesitáis para sobrevivir. Sé un buen perrito y podréis vivir » .
Takeru se quedó inmóvil durante un instante, con la vista clavada en las llamas conforme trepaban por la pila de cadáveres hacia el cuerpo de Mamoru.
—Discúlpeme —dijo un momento después—, tengo asuntos que atender.
Dio media vuelta y se marchó, dejando a Misaki al borde de la fosa con el coronel Song, rodeada por los sollozos y lamentos de las mujeres de Takayubi.
—Lo de su hijo es una verdadera pena —afirmó el coronel—, pero estoy seguro de que un buen muchacho kaigenés como él habrá estado encantado de morir por su emperador. Estará orgullosa de que su familia pudiese servir al Imperio.
Misaki inspiró y se dispuso a decirle al coronel exactamente lo que pensaba del Imperio, pero en ese momento Izumo se movió con suavidad contra su espalda y se dio cuenta de que no podía hacerlo.
Ese hombre representaba al Imperio. Si lo insultaba, si él la veía como una traidora, tendría motivos para matar a toda su familia.
Sería la única responsable del fin de los linajes Matsuda y Tsusano, y todo ese sufrimiento no habría servido para nada.
El coronel Song le dedicó una expresión expectante de placer, como si estuviese retándola a decir lo que tenía en la punta de la lengua.
Ella apretó los dientes para contenerse.
El dolor le afloró en la herida del pecho de cuando la guerrera del abanico había intentado arrancarle el alma del cuerpo.
Así es como comenzó Ranga , se percató. Con una respiración contenida demasiado tiempo, con personas que ya no eran capaces de seguir doblegándose ante hombres como este.
Pero Ranga se había comprado con cientos de miles de vidas, y Misaki no podía sacrificar ni una más. Así que, cerró la boca y bajó la vista hacia el fuego que se levantaba.
—Ha pasado un par de días difíciles, Matsuda —dijo el coronel—, igual lo mejor es que no vea esto.
—Mmm —contestó Misaki sin apartar la vista de la pira—. Puede que tenga razón.
Mantuvo los ojos abiertos y observó arder a Mamoru. Era el único desafío que podía permitirse.