La espada de Kaigen 23 Aguas Revueltas #3
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23 Aguas Revueltas #3

—Yo… —Kazu pestañeó. Por la forma en la que frunció el ceño pensativo, a Misaki le dio la sensación de que nadie se lo había preguntado hasta entonces—. Sí —contestó después de un buen rato.

—¿Acabas de darte cuenta? —preguntó Misaki con sorna, aunque su curiosidad era genuina—. Llevas siete años casado con la muchacha.

—Bueno, es que no pasó de golpe —replicó Kazu—.

Como es lógico. Cuando nos casamos, éramos prácticamente desconocidos.

Al principio, sobre todo, me preocupaba.

El primer año de matrimonio echaba mucho de menos su hogar.

Añoraba a su familia y sus campos en Hakudao.

Yo crecí en el Arashiki, así que no me di cuenta de lo desagradable que podría resultarle eso a alguien con miedo a las alturas, a las tormentas y al océano.

—A ti también te daban miedo las tormentas de pequeño —indicó Misaki, incapaz de contenerse.

—Pero tú siempre sabías qué decir para tranquilizarme. Lo cierto es que recordarlo, recordar cómo solías hablarme, me ayudó mucho cuando tuve que consolar a mi mujer.

—¿En serio? —contestó Misaki, sorprendida. Recordaba que se impacientaba un poco cuando Kazu se echaba a llorar.

—Siempre tenías paciencia… Así que yo hice lo mismo con ella, y cuando pasó más o menos un año, se acabó recuperando.

—Me sorprende —respondió Misaki—. La paciencia nunca ha sido uno de tus fuertes.

—Bueno, sabía que nuestros padres nos habían escogido específicamente para estar con el otro. —Kazu se encogió de hombros—. Además, Tou-sama y Kaa-san son muy sabios y buenos; confié en su criterio, y al final, eligieron bien.

—¿Sí? —Misaki ladeó la cabeza. Kazu llevaba bastante tiempo casado, pero se le seguía haciendo raro pensar en su hermano pequeño como en un marido y padre. No porque no fuese a dar la talla en ninguna de esas cosas. Simplemente, era raro.

—En cuanto Aicha dejó de temer que fuésemos a despeñarnos por el acantilado, resulta que se convirtió en una persona de lo más tranquila, además de inteligente. Me compensa cuando estoy…

—¿Demasiado emocionado…? —sugirió Misaki.

—Me buscaron una buena pareja.

—Hmm —contestó ella, pensativa.

—Creyeron que habían hecho lo mismo contigo —confesó Kazu un instante después.

—¿Eso pensaron? —Misaki sabía que la amargura se había filtrado en su voz. Le dio igual.

—Recuerdo que cuando estaban organizando la boda, tú seguías fuera, en la Academia del Alba —contó Kazu—.

Tou-sama se desvivió por buscarte al marido más fuerte que pudo.

Lo primero que les dijo a las casamenteras fue que ni se molestasen en buscar una casa más débil o de clase más baja que la nuestra.

Cuando le preguntaron por qué, contestó: «Misaki es más fuerte y hábil que la mayoría de los hombres. No respetará a un hombre débil».

—No… no tenía ni idea.

Misaki nunca había tenido el valor suficiente para preguntarles a sus padres cómo habían conseguido que se casase y entrase en la familia Matsuda.

Ese tema le había traído demasiado dolor.

Quería poder quererlos, agradecérselo, hacer que se sintiesen orgullosos.

Pero eso se volvió más difícil cuando pensó en el hecho de que habían estado vendiéndosela a hombres que no conocía cuando todavía era una cría que iba al colegio y estaba enamorada de otra persona.

—Yo no tuve nada que ver en el proceso, claro —dijo Kazu—. En ese momento, era demasiado joven, pero he de admitir que sí que me escabullí y escuché buena parte a hurtadillas.

—Pues claro que lo hiciste. —Sonrió Misaki.

—Recuerdo que al principio hablaron de casarte con Matsuda Takashi.

—¿Qué? —contestó Misaki, anonadada. Supuso que tenía sentido.

Un padre que tuviese en cuenta lo mejor para su hija intentaría casarla con un primogénito.

Así, su marido heredaría y eso garantizaría su futuro—.

Pero Matsuda Susumu se negó, ¿a que sí? —Su suegro se había quejado día sí, día también, de su sangre Tsusano impura.

Seguro que no habría querido que se mezclase con la de su preciado primogénito.

—No —respondió Kazu, y la miró con sorpresa—. Matsuda Susumu estuvo bastante receptivo. Le dio a elegir a Tou-sama entre su primer y su segundo hijo.

—¿De verdad? —A Misaki jamás se le había pasado por la cabeza que Susumu hubiese podido dar el visto bueno a su matrimonio; siempre había parecido odiarla con ganas.

Aunque, por otra parte, el hombre parecía odiar a todo el mundo, incluidos sus propios hijos, así que supuso que tampoco era tan raro.

Lo más probable era que hubiese tratado a cualquier nuera con la misma frialdad y desdén—.

Así que ¿fue nuestro padre quien escogió a Takeru?

Kazu asintió.

—Claro que, al principio, Kaa-san y él quedaron en que lo más conveniente sería que te casases con el primogénito de los Matsuda.

Entonces, vinimos aquí para conocer a la familia al completo, Matsuda Susumu les presentó a sus hijos a nuestros padres y, después de eso, Tou-sama cambió de opinión. En fin… dijo que…

—¿Qué dijo? —preguntó Misaki, de pronto le picaba la curiosidad.

—Bueno, eh… No debería repetirlo —contestó Kazu a modo de disculpa—, por respeto al espíritu de Matsuda Takashi.

—Su espíritu podrá soportarlo —respondió Misaki para quitarle hierro al asunto—. Cuéntamelo.

—A Kaa-san le gustó más Takashi —suspiró Kazu—.Tou-sama y ella se pasaron todo el viaje de vuelta discutiendo. Kaa-san no dejaba de decir: «Takashi es tan apuesto, ¡además es un jijaka muy fuerte!». A Tou-sama le pareció que Takeru era en realidad el mejor guerrero de los dos. No sé cómo lo supo…

—Tou-sama solía tener buen ojo para ese tipo de cosas —afirmó Misaki mientras asentía—. Tenía razón. ¿Y ya? ¿Todo se redujo a cuál de los dos era más fuerte?

—No creo que fuese tan simple. Creo que Takeru también le pareció más sensato y responsable. Dijo: «No podemos casar a nuestra hija inteligente con un memo de remate».

Misaki sintió cómo se le escapaba una carcajada y ni siquiera le importaron las punzadas de dolor que le atravesaron los pulmones.

—Nee-san, no se lo puedes contar nunca a nadie —soltó Kazu con una expresión algo aterrada—. Prométeme…

—No se preocupe, Tsusano-dono —se burló—. Mantendré la boca cerrada.

La sonrisa se desvaneció del rostro de Misaki; no obstante, el dolor se le quedó en el pecho al bajar la vista hacia la luz matutina que se colaba entre la niebla.

Fue su padre quien había escogido a Takeru…

No sabía si sentirse conmovida o terrible y espantosamente dolida.

Tou-sama la había querido, había bromeado con ella, le había enseñado a blandir una espada.

Se suponía que la conocía. Se suponía que era sabio.

En los restos de la aldea de los herreros más abajo, la luz matutina dejó entrever movimiento.

—¿En Ishihama hicieron lo mismo? —preguntó cuando Kazu bajó la mirada hacia el campamento.

—Eso creo. Aunque te repito que en realidad no pudimos verlo.

—¿Qué crees que hacen? —Los yammankalu se movían entre las tiendas de bogolán como hormigas, su actividad era indistinguible desde esa distancia—. ¿Para qué crees que necesitan los cadáveres?

—No lo sé —respondió—. Lo más conveniente será no cuestionarlo.

—Debe de ser muy importante —contestó Misaki con algo de petulancia—, como para dedicarle todas sus energías en vez de ayudarnos a reconstruir la aldea o recolectar suministros.

Las tropas kaigenesas y yammanka llevaban dos días en Takayubi y, por ahora, no habían hecho nada salvo adoptar la imagen propagandística de soldados serviciales que ofrecían comida y mantas.

No les habían suministrado atención médica, ni comida, ni les habían ayudado a reparar los daños que habían causado sus propias bombas.

Lo único que parecía interesarles era recoger los cadáveres en nombre de los yammankalu.

Solo un par de soldados se habían puesto a quitar vigas rotas y lamas de las casas para despejar la zona, pero hasta ahí.

—He enviado a algunos de mis hombres a las aldeas vecinas a por más suministros —declaró Kazu—, y los Ameno han mandado a uno de sus hombres a los fuertes de la montaña del interior para pedir ayuda a los Ginkawa.

Los pescadores dijeron que la rama principal de los Ginkawa almacena mucha comida para crisis como estas, así que eso debería servir para alimentar a tu pueblo durante un tiempo.

—Si están dispuestos a echarnos una mano —contestó Misaki.

—Pues claro que lo estarán —respondió Kazu—. Todos nacimos de la sangre de los dioses.

Misaki no compartía la confianza de su hermano, pero resultó que tenía razón. Al día siguiente más estandartes coronaron la cima de la cresta; portaban el emblema del dragón de río plateado de los Ginkawa.

Hacía siglos, las grandes casas de Shirojima: los Matsuda, los Tsusano, los Ginkawa y los Yukino, habían combatido con ahínco por la supremacía.

Resultaba extraño que ahora fuesen un solo pueblo debatiéndose para sobrevivir a los ranganeses y a un Imperio que parecía empeñado en ignorar su modo de vida.

Justo después del ataque, Misaki no se había percatado mucho de la ausencia de su cuñado, pero fue volviéndose cada vez más evidente a medida que pasaban los días.

Puede que Takashi no hubiese estado del todo preparado para dirigir la aldea tras un desastre, pero por lo menos él habría tomado las riendas de la situación.

Lo único que Takeru ofrecía a los voluntarios que llegaban era un saludo frío y formal y apenas instrucciones.

Takeru estaba saludando a un grupo de voluntarios recién llegados cuando Mizumaki Fuyuko se acercó corriendo hacia ellos.

—Mizumaki-san —saludó Takeru sorprendido cuando la mujer joven se arrodilló frente a él en la nieve—. ¿Se puede saber qué hace? Estamos en mitad de…

—¡Matsuda-dono! —chilló de forma estridente, le faltaba tanto el aliento que por un instante apenas pudo hablar—. Siento interrumpirlos. Tiene que venir de inmediato.

—¿A dónde?