La espada de Kaigen 23 Aguas Revueltas #2
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23 Aguas Revueltas #2

—Yo siempre me pregunté lo mismo —declaró Kazu—.

Llevo desde hace años repitiéndoselo, pero nunca me da una respuesta clara, solo me suelta clichés vagos sobre la fuerza de voluntad…

Dijo que, para empuñar a Anryuu, «un hombre debe ser más grande que sí mismo», algo que para mí nunca tuvo mucho sentido.

Dijo que ya lo entendería cuando creciera.

Entonces, cuando los ranganeses atacaron, de pronto cobró sentido.

Peleé contra ellos, Nee-san. Luché con Anryuu.

—¿En serio? —exclamó Misaki—. ¡Entonces debes tener unos brazos de acero! —Ya se había quedado impresionada con la fuerza de su hermano cuando la alejó de Song y de sus soldados. Pero blandir a Aguas Revueltas en una pelea…

—No se basa en los brazos —dijo Kazu a la vez que doblaba los dedos—. En realidad, quería hablarte sobre ese tema.

—¿A mí? —preguntó Misaki, sorprendida.

—Bueno… hubo tanto caos después del ataque que no tuve la oportunidad de comentarlo con Tou-sama. Supuse que la única persona que podría entenderlo además de él serías tú.

Misaki solo había pretendido sacar a colación a Anryuu para distraer a Kazu y dejar de hablar de Takeru. Ahora que había funcionado, su hermano la tenía intrigada. De todos modos, tenía que mantener el decoro, así que se obligó a chasquear la lengua con reproche.

—Kazu-kun, sabes que dejé de hacer esas cosas. Soy madre y ama de casa.

—Pues claro. —Kazu le dedicó una sonrisita frustrada—. Entonces, no te importará que haga esto. —Le apretó uno de los cortes profundos que llevaba en el brazo.

—¡Auch! —Apartó el brazo de sopetón y se lo llevó de forma protectora al pecho a la vez que fulminaba a su hermano con la mirada—. Lo capto. ¿De qué va esa revelación impresionante sobre la que necesitas fardar?

—Soy lo bastante listo como para no fardar delante de ti, Nee-san. No hay ni una sola técnica en mi arsenal que no hubieses descubierto ya al cumplir siete. Si peleas para defender a tus seres queridos, estoy seguro de que tú también lo habrás sentido.

—¿El qué? ¿Superfuerza? ¿Un ascenso a la divinidad? No puedo afirmarlo. —Misaki se quedó mirándolo, perpleja.

—¿De verdad? —Kazu parecía sorprendido—. Pero si Setsuko-nee-san me dijo que habías acabado con una horda entera de ranganeses, incluidos soldados de élite, después de haber estado años sin entrenar con la espada. ¿Cómo lo hiciste?

—De forma bastante chapucera. —Misaki levantó los brazos para enseñarle los cortes de los abanicos—. Como puedes comprobar. ¿Cómo lo hiciste tú ?

—Todo empezó con un error —dijo Kazu—, fui demasiado impulsivo, como de costumbre.

Cuando el primer ranganés apareció en el acantilado, dejé que la adrenalina se apoderase de mí y me adelanté al resto de los hombres.

No me di cuenta de que había tantos enemigos, y de repente estaba rodeado.

Un fonyaka, uno de esos monstruos de negro, me dio en el brazo con el que sujetaba la espada nada más llegar; mi katana salió despedida y me partió la muñeca.

En ese momento, todo debería haber acabado. Debería haber muerto…

—¿Pero? —interpuso Misaki.

—Pero mi mujer y mis hijos todavía no estaban a salvo.

Los hombres seguían desperdigados, desorganizados.

Me di cuenta de que, si me dejaba morir ahí, Ishihama caería conmigo.

Noté mi jiya alzarse como nunca antes. No de forma más amplia, sino más profunda, con más fuerza en mi interior.

Desenvainé a Anryuu y, de pronto, no estaba herido.

El peso de la espada ya no importaba. Fui más rápido que nunca, mucho más que cualquiera de los ranganeses.

Hice cosas que un hombre corriente no puede hacer; atravesé a cinco fonyakalu de un solo corte, le asesté un puñetazo tan fuerte a otro que mi puño le salió por la espalda.

Uno de mis hombres tenía la pierna atascada debajo de una roca del tamaño de una casa pequeña y se la quité de encima como si no pasara nada.

Parecía… esa clase de cosas que pasan en las leyendas.

Misaki podría haberlo acusado de estar mintiendo, pero a Kazu se le daba de pena mentir, y tampoco hablaba como si estuviese alardeando. Sonaba asombrado, como si ni siquiera él pudiese creerse del todo lo que estaba contando.

—¿Cómo? —preguntó.

— Sangre , Nee-san. —Se volvió hacia ella y la miró entusiasmado—. Nosotros podemos dominar la sangre. ¡Es tan simple! Cuando blandí a Anryuu contra aquellos fonyaka, no fue cosa de mis músculos sino de la sangre que me recorría las venas, de toda ella , moviéndose al son de mi voluntad.

—¿Qué?

—Creo que hay una razón de que Anryuu sea nuestra espada ancestral —declaró Kazu—, y no es solo porque uno de nuestros antepasados fuese un semidiós gigante.

Creo que un Tsusano consumado, y solo esa clase de Tsusano, puede blandirla.

Somos la única gran casa cuyo jiya puede mover nuestra sangre.

Y, por lo visto, si se hace con la destreza suficiente, la fuerza de ese dominio de la sangre puede sobrepasar las limitaciones físicas corrientes.

—Por los dioses, Kazu —jadeó Misaki—. ¡Es impresionante!

Entonces, así era como Tou-sama había conseguido que su cuerpo siempre hiciese lo imposible, y cómo seguía haciéndolo a pesar de la vejez.

No solo tenía fuerza física, sino que también convertía su sangre en una extensión directa de su voluntad.

Como el flujo de la sangre se encargaba de mover su cuerpo por él, no hacía falta que sus huesos y músculos envejecidos soportasen el esfuerzo.

—Nee-san, eres tan hábil que me sorprende que no lo hayas descubierto hace años —espetó Kazu mientras la observaba.

—No es cierto —contestó Misaki.

Era evidente que lo que Kazu estaba describiendo era cosa de voluntad, además de destreza, y la voluntad nunca había sido el fuerte de Misaki.

En ese momento, le pareció como si su hermano pequeño hubiese crecido mientras ella seguía teniendo el jiya superficial de una cría.

Sí, podía blandirlo con más habilidad que cualquier niño, pero se suponía que el jiya se intensificaba a medida que una persona maduraba.

En algún lugar de su alma, Misaki seguía siendo una niña.

—Pero si el dominio de la sangre siempre se te ha dado genial —respondió Kazu, confuso.

—Solo son truquitos con sangre —afirmó Misaki—, garras y agujas que requieren mucha precisión y apenas necesitan poder.

Además, es siempre con sangre ajena —añadió—, no con la mía.

—Pocas veces volvía su jiya hacia dentro.

No le hacía mucha gracia pensar en lo que yacía en las profundidades de sí misma.

Por lo que sabía, era algo retorcido y malvado, así que mejor dejarlo en paz.

—Sea como sea —contestó Kazu—, hacía una semana ni siquiera habría soñado con retar a una Espada Susurrante. Aunque ahora… no puedo explicarlo, pero ahora soy algo más. Soy algo más que Tsusano Kazu.

—¿Estás seguro de que lo que ocurrió en el campo de batalla no fue solo un golpe de suerte? —preguntó Misaki—. ¿De que no fue cosa de un intenso frenesí del combate?

—No lo fue.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Sigo teniendo el brazo derecho roto. ¿Lo has notado?

—No —contestó Misaki—. Ni siquiera cuando… —Ni siquiera cuando la sujetó en el recinto—. ¿Has estado manipulando tu propia sangre para compensar la herida?

—Del mismo modo que Tou-sama compensa el envejecimiento de su cuerpo. Este poder… puede que no lo entienda del todo, pero sé que nace de la voluntad de proteger a mis seres queridos. Podría hacerlo por ti, Nee-san. Sé que eso no me corresponde, pero si lo necesitases, te protegería .

—Qué dramático eres. —Se rio para intentar disimular el arrebato repentino de emoción que sintió.

—Lo sé —contestó él a modo de disculpa—, pero va en serio.

—No deberías inmiscuirte en el matrimonio de otro señor.

—Lo sé —repitió con determinación—, pero si me lo pides, lo haré.

Le sostuvo la mirada con una intensidad que rayaba entre la confianza expectante de un niño y la determinación de un hombre. Su hermano pequeño todavía confiaba en su sensatez, igual que había hecho Robin, igual que había hecho Mamoru…

—Mi palabra no tiene mucho valor, Kazu-kun. Solo soy una mujer estúpida. —Misaki clavó la vista en los pies.

—Misaki. —Algo en la voz de Kazu se ensombreció—. ¿Te ha hecho daño?

—No. —Físicamente, no. Misaki podía lidiar con la violencia física.

Era lo que entendía. Debería haber vuelto a reñir a su hermano, haberle repetido que lo que un señor hiciera con su esposa era cosa suya, pero la maternidad debía de haberla vuelto blanda.

No podía ser tajante con Kazu cuando la miraba con tanta preocupación—.

Te has convertido en un buen hombre, Kazu-kun —afirmó—, pero parte de ser un gran líder es entender qué responsabilidades tienes en realidad.

Me conmueve que te preocupes, pero tú ya tienes una familia y una aldea de las que ocuparte.

Deja que tu hermana mayor se preocupe de sí misma, ne?

Kazu la miró como si quisiese decir algo más; sin embargo, cerró la boca tras asentir con rigidez. Sí que había crecido.

—¿Tú cómo estás? —preguntó Misaki—. Todavía no he podido preguntarte por tu mujer y tus hijos. ¿Cómo se encuentran?

Observó con calidez y algo de envidia cómo se le iluminaba la cara a su hermano. La pregunta hizo que empezase a parlotear con alegría sobre las buenas notas de su hija en el colegio, las primeras palabras de su hijo pequeño y el bebé que acababa de nacer en verano.

—Kaida se está volviendo muy testaruda con la edad. Doy gracias a los dioses por Aicha y su paciencia infinita. No sé qué haría si tuviese que discutir con los tres pequeños como hace ella. Esa mujer es una santa.

—¿La amas? —A Misaki se le escapó la pregunta después de que llevara varios dinmanu con ella en la punta de la lengua. Puede que fuese extraña, pero tenía que saberlo.

—¿Perdón? —preguntó Kazu tras hacer una pausa, desconcertado.

—A tu mujer, Aicha. ¿La amas?