La espada de Kaigen 23 Aguas Revueltas
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23 Aguas Revueltas

L os yammankalu no dejaron que ningún civil se acercara a las tiendas durante los dos días siguientes; Misaki trató de hablar con uno de los soldados yammanka con la esperanza de que fuese más servicial que el coronel Song y el imbécil de su intérprete.

En su favor, el tajaka era bastante más amable y respetuoso que el coronel, aunque, de todos modos, tampoco consiguió sonsacarle mucho.

—Lo lamento, Koroyaa —repetía cada vez que intentaba preguntarle qué estaban haciendo con los cuerpos—. En este momento no puedo darle más detalles.

Los yammankalu tendían a acercarse más que los kaigeneses al mantener una conversación. Eso le permitió a Misaki quedarse lo bastante cerca del hombre como para percibir el latido de su corazón; aunque el calor tampoco le resultó desagradable.

—Estamos aquí para ayudarlos —declaró con vehemencia—. Lo juro por el Falleke. Si nuestro trabajo tiene éxito, lograremos prevenir que esta y otras aldeas sufran más ataques.

No se le alteró el pulso, así que o bien estaba siendo sincero o era un mentiroso de primera.

La espía impulsiva que llevaba dentro se planteó colarse en el campamento.

Escabullirse entre tajakalu por la noche era fastidiosamente difícil, porque su primer instinto al oír cualquier sonido inusual era arder para iluminar el espacio.

A Misaki se le daba fenomenal moverse en silencio, claro está, y sabía hacer que su temperatura corporal descendiese hasta la misma que la de la nieve para eliminar cualquier rastro de calor que pudiese detectar un tajaka, pero lo más seguro era que en el campamento también hubiese jijakalu imperiales, que quizá fuesen capaces de detectar su jiya.

Después de repasar varios supuestos mentalmente, Misaki bajó la vista hacia Izumo, que dormía en sus brazos, y se preguntó en qué reinos habría estado pensando.

Era Sirawu, la chica egoísta y adicta a las emociones, la que arriesgaba vidas para saciar su curiosidad.

¿Es que no le había explicado a Mamoru lo despreciable e inocente que había sido esa chica?

¿Es que no había aprendido a obrar mejor?

Esa no era la misma historia de aventuras que había vivido en Livingston, en la que sus acciones no tuvieron consecuencias. En esa, sus hijos podrían morir.

—Lo siento —murmuró hacia el campamento, se ciñó a Izumo y le apoyó la mejilla en la cabeza—. Kaa-chan no te haría eso. Otra vez, no.

Regresó a lo alto de la montaña sin dedicarles otra mirada a las tiendas de los yammanka, pero su curiosidad no se aplacó.

Aquella noche, vio el cuerpo de Mamoru cada vez que cerró los ojos, y no logró conciliar el sueño.

El amanecer la encontró sobre una cresta que daba a los restos de la aldea de los herreros.

La niebla ocultaba casi todo el campamento que estaba mucho más abajo, aunque la titilante luz de las llamas en la quietud azul de la ladera indicaba que los tajakalu se habían pasado la noche trabajando.

La nieve crujió con suavidad bajo unos tabi y Misaki notó la presencia de su hermano, que se acercó para colocarse a su lado en el saliente.

—Buenos días, Tsusano-dono —saludó, sin apartar la vista de la luz del fuego que iba cobrando nitidez a medida que la niebla se disipaba.

Takeru había insistido en que se dirigiese a Kazu con el «título correspondiente», aunque todavía se le hacía raro pronunciarlo.

Una respiración divertida en el hombro le indicó que Kazu opinaba lo mismo.

—Buenos días, Matsuda-dono —replicó—. ¿Su señoría no podía dormir?

—¿Su señoría no puede meterse en sus asuntos? —Misaki seguía frustrada con él por haberla sujetado cuando se dirigió hacia el coronel Song. Sabía que no debería estarlo, ya que él había sido el más prudente de los dos en esa situación, pero, aun así, lo estaba.

—No sé por qué creí que serías más agradable conmigo cuando me convirtiese en el cabeza de la casa. —Kazu se rio.

—Yo tampoco —contestó Misaki de forma despreocupada—. Menuda bobada.

—¿Siempre vas a ser así de mala conmigo?

—Hasta el día en que me muera.

—Misaki-nee-san… ¿Estás bien?

—¿Qué se supone que tengo que contestarte, Kazu-kun? Acabo de perder a mi hijo.

—Lo siento. Claro, pero no es… No me refería a eso. Lo que quería decir… —Kazu hizo una pausa, era evidente que no estaba seguro de si debía explayarse. Tragó saliva—. ¿Va todo bien… con tu marido?

—¿Disculpa? —Misaki enarcó las cejas, sorprendida por el descaro de su hermano.

—¿Te… te ha tratado bien?

—No seas tonto, Kazu.

—¿Cómo?

—Un koro inteligente debe tener en cuenta su posición antes de lanzarse a formular esa clase de preguntas.

—¿Mi posición? —Kazu se quedó mirándola, sin entender.

—Supongamos que sí me he quejado de mi marido. Supongamos que te he dicho que es el mal personificado, que está poseído por un demonio, y tú te sintieses obligado a defenderme en combate. ¿Cómo crees que saldría?

—Yo…

—¿Podrías ganar? —preguntó Misaki—. Si la respuesta es «no», entonces deberías plantearte mantener la boca cerrada.

—Soy buen guerrero —protestó Kazu, y sonó tan tierno como cuando tenía diez años.

—Eres muy buen guerrero —contestó Misaki—, pero como estratega eres pésimo.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Un buen estratega sabe cuándo lo superan.

—Ahora veo por qué Tou-sama sigue echándote tanto de menos. —Kazu le lanzó una mirada de amargura—. Sonáis exactamente igual. Tampoco estaría mal que tuvieseis un poquito de confianza en mí.

—Vale. —Misaki se cruzó de brazos, dispuesta a morder el anzuelo si eso significaba cambiar de tema de conversación—.

Inspíreme, Tsusano-dono. ¿Cuál es su plan maestro?

Hipotéticamente, si tuviese que enfrentarse a una Espada Susurrante, ¿qué haría?

Ni siquiera ha traído una espada propia en condiciones.

—No se le había pasado por alto que Kazu solo llevaba a Anryuu, la espada descomunal, y que había abandonado la katana de repuesto que solía empuñar el líder de los Tsusano.

—Tengo a Aguas Revueltas —contestó Kazu a la defensiva a la vez que echaba el brazo hacia atrás para darle unos golpecitos a la empuñadura de Anryuu, que medía un antebrazo de largo.

—Ah, sí —respondió Misaki con un tono dramático y socarrón—. La poderosa Anryuu, la Enterradora, la Perdición de los Barcos.

La espada ancestral tenía un tamaño absurdo, tan grande que solo un patriarca Tsusano podía llevarla en la espalda, sujeta con una tira ancha de cuero para que no se chocase ni arrastrase por el suelo.

Según decía la leyenda, fueron los herreros Ishino quienes la habían forjado para el héroe de guerra Tsusano Raiden, coetáneo de Matsuda Takeru primero.

Se decía que Raiden medía más de dos pisos de alto, lo que le permitía vadear por el mar y partir barcos enteros en dos con su Hoja de las Tormentas.

A Misaki siempre le había hecho gracia esa leyenda en concreto teniendo en cuenta la modesta estatura de los Tsusano actuales, aunque sí que explicaba por qué alguien iba a forjar una espada tan descomunal.

Misaki envidiaba muchas cosas de su hermano pequeño, pero aprender a blandir a Aguas Revueltas no era una de ellas.

Le ardían los hombros y los antebrazos solo de pensar en manipular un arma tan gigantesca.

Del mismo modo que los hombres legos no entendían por qué los maestros Matsuda entrenaban con espadas de acero, muchos eran incapaces de comprender por qué los Tsusano entrenaban con Aguas Revueltas.

Si un hombre podía cortar y girar empuñando a Anryuu, entonces con una espada normal era imparable.

Solo era cuestión de practicar para alcanzar toda la velocidad y la fuerza posibles, algo muy similar a entrenar con peso en las muñecas y en los tobillos.

Anryuu era una herramienta para entrenar con pretensiones.

A pesar de que los herreros de Ishihama mantenían la hoja afilada, empuñarla en una pelea de verdad era un disparate.

—¿No me digas que esperas batirte en duelo con alguien con esa monstruosidad?

—Funcionó bastante bien contra los ranganeses. —Kazu se encogió de hombros.

—¿Qué? —Misaki abrió los ojos de par en par—. Kazu, no es bueno que un señor se invente cuentos.

—Que no me lo estoy inventando —respondió, frustrado.

—Pero eso es imposible —contestó Misaki—. Yo también luché contra los ranganeses. Y ni siquiera los soldados rasos eran precisamente lentos. Sé que eres fuerte, Kazu, pero nadie podría empuñar un arma tan pesada con la rapidez suficiente como para combatir contra esos fonyakalu.

—Tou-sama podría —afirmó Kazu—. Sabes que tengo razón, Nee-san. Ya lo viste hacer las katas de la Hoja de las Tormentas.

—Sí… —Pues claro que lo había visto. Recordó haberse arrodillado a una distancia prudencial a medida que su padre iba cortando y girando conforme ejecutaba las antiguas posturas de la espada creadas por los ancestros Tsusano específicamente para empuñar a Aguas Revueltas.

De pequeña, creía que su padre era un dios y no se había cuestionado si podría blandir una espada que pesaba tanto como un hombre adulto como si no pesara nada—.

Pero… es Tou-sama —contestó Misaki—. Además, por aquel entonces era joven.

—Claro —dijo Kazu—. Se me olvida que llevas tiempo sin verlo. ¿Sabes que ahora, a los sesenta, sigue siendo igual de veloz que antes? Todavía puede empuñar a Anryuu, y no me refiero solo a levantarla, sino a blandirla con más rapidez que cualquier persona de veintitantos con una espada normal.

—¿Qué? ¿Cómo? —preguntó Misaki, aturdida.