22 Los soldados
L as tropas imperiales no estaban solas.
Como en Ishihama, las acompañaban unos soldados yammanka.
Había pasado mucho tiempo desde que Misaki había visto a los yammankalu, o, en realidad, a cualquiera de fuera de Kaigen.
Para algunos de los habitantes de Takayubi, ver a un extranjero era toda una novedad.
Las mujeres y los niños se apiñaron para mirarlos boquiabiertos y cotillear, aunque permanecieron a una distancia prudencial de las filas yammanka, como si estuviesen preocupados por que los soldados que dominaban el fuego fuesen a sufrir una combustión espontánea.
—No sabía que serían tan altos. —Se maravilló una mujer.
—Son guapísimos —suspiró otra—. ¡Qué piel tan oscura! ¡Igualito que en las películas!
—Y su pelo parece tan… esponjoso —añadió Mizumaki Fuyuko mientras arrugaba la nariz—. ¿Creéis que conseguiré que uno de ellos me deje tocarlo?
—No seas boba, Fuyu-chan —replicó otra adolescente—. Te quemaría los dedos.
—Creía que para eso tenían que estar en llamas. —Fuyuko ladeó la cabeza.
—No. Estoy bastante segura de que llevan el fuego por dentro, debajo de la piel, como nosotros la sangre.
—Y… esperad un dinma… ¿eso son mujeres ? —Mizumaki Fuyuko se quedó perpleja, como si eso fuese incluso más descabellado que la idea de que la gente tuviese fuego en lugar de sangre en las venas.
—Es imposible —contestó su madre con desdén—. Tienen lanzas.
—También tienen pechos, Mizumaki-san —declaró Setsuko, divertida—. Estoy bastante segura de que son mujeres.
—Tonterías. Si las mujeres no pueden…
—¡Mire! —exclamó Setsuko, al parecer complacida por la oportunidad de escandalizar aún más a sus ya traumatizados vecinos—. ¡Esa tiene un buen par de melones ! —Señaló a una yammanka que estaba cerca.
La soldado en cuestión echó una ojeada a las mujeres kaigenesas que estaban parloteando y puso los ojos en blanco con un buen suspiro de sufrimiento.
Estar destinada en Kaigen tenía que ser una experiencia agotadora para una soldado.
Misaki estuvo a punto de compadecerse de ella hasta que vio los patrones que llevaba en el uniforme: eran patrones de piloto.
Esa mujer y el tajakalu que estaba a su lado eran los responsables de haber bombardeado Takayubi hasta hacerlo pedazos.
En la oscuridad y la confusión del ataque aéreo de la noche pasada había sido imposible discernir a qué país pertenecían los aviones, aunque a Misaki no le sorprendió que los yammankalu hubiesen respondido antes que el ejército imperial.
Yamma tenía bases militares repartidas por el Imperio kaigenés, y eran bastante conocidos por auxiliar en las crisis con rapidez.
De todas formas, era perturbador que el emperador permitiese que unos aviones extranjeros bombardearan sus tierras.
—Parecen bastante cabreados —comentó una mujer mientras recorría la hilera de soldados yammanka con la mirada.
—Son tajakalu —respondió Misaki—. Estamos en pleno invierno y están en una montaña helada.
Los tajakalu de tez oscura temblaban en sus uniformes de bogolán; tenían una apariencia decidida pero terriblemente infeliz en la nieve que les llegaba hasta las espinillas.
Por lo menos no se habían presentado con los uniformes de hacía cuarenta años, que era más de lo que podía decir Misaki sobre las tropas kaigenesas.
Vestían los mismos hanbok de color azul y marrón que llevaban desde la Keleba.
La primera persona en dirigirse a Takeru fue un oficial kaigenés corpulento y algo barrigudo que se presentó como el coronel Song. Iba acompañado de un jaseli kaigenés vestido como un intérprete militar, y eso irritó un poco a Misaki. ¿Cuán ignorantes se creían esos hombres que eran?
—Me han informado de que usted es el jefe de la aldea —dijo el coronel Song en kaigengua.
—Sí, señor —respondió Takeru despacio, el idioma imperial estándar sonaba más raro en su lengua que su dialecto de Shirojima nativo—, desde ayer por la tarde más o menos.
—¿En serio? —El coronel Song enarcó las cejas—. ¿Desde ayer? —A Misaki le molestó el deje condescendiente con el que lo dijo—. ¿Me explica cómo ocurrió?
—Se ha dado por muerto al alcalde, ya que por ahora no hemos encontrado muchos supervivientes de la aldea occidental en la que vivía.
Yo era su contable, su asistente administrativo y la persona al cargo de su oficina cuando se marchaba al cuartel general de la provincia.
Así que, por ahora, asumiré sus responsabilidades hasta que encuentren su cadáver o designen a un sustituto.
Se ha confirmado la muerte de mi hermano, el cabeza de la casa guerrera dirigente, un par de waatinu antes de que llegasen, así que he ocupado su puesto como cabeza…
—Ya veo —interrumpió el coronel Song, que evidentemente se había cansado del kaigengua lento y demasiado forzado de Takeru—. Así que ¿esta gente responde ante usted?
—Quienes viven aquí en Takayubi, sí, señor.
—¿Puede mantenerlos bajo control?
A Misaki no le hizo gracia cómo se refirió Song a ellos, como si fuesen un rebaño problemático. Le gustó aún menos escuchar a Takeru responder sin vacilar:
—Sí, señor.
—Muy bien. Lo primero que necesitaré es que su gente lleve todos los cadáveres a los restos del asentamiento al sureste de la aldea.
—¿Se refiere a la aldea de los herreros?
—Ah, ¿eso era? —contestó el coronel Song con un tirón divertido de las comisuras de los labios que hizo que Misaki quisiera sacarle los dientes a puñetazos—. Entonces, sí, eh… a la aldea de los herreros. Nuestros aliados yammanka han empezado a montar su equipamiento allí.
—¿Su… equipamiento? —repitió Takeru despacio.
—Su equipamiento —espetó el intérprete en el dialecto de Shirojima, y Takeru le dedicó una mirada fría.
—Los yammankalu están llevando a cabo una investigación forense importante para nuestro emperador —declaró Song—. Usted y todos los habitantes de la aldea deberán cooperar con ellos por completo.
—Por supuesto, general —respondió Takeru, aunque pareció ser la primera orden que lo hizo vacilar.
Puede que los yammankalu llevasen siendo aliados de Kaigen desde la Keleba, pero seguían siendo extranjeros, y las aldeas tan antiguas y aisladas como Takayubi no se tomaban bien que los extranjeros se inmiscuyeran en sus asuntos.
Esa era una aldea donde la simple presencia de gente ajena a Kaigen como los Kwang podía armar revuelo.
—¿Entiendo que ha mandado a su gente a trasladar los cadáveres a este edificio?
—Solo los cuerpos de los nuestros —dijo Takeru—, aquellos que tienen amigos y familiares para darles sepultura. Hemos estado esperando la llegada de los finawu desde la montaña vecina para que les dispensen los ritos pertinentes.
—Lo comprendo —contestó el coronel Song—, pero necesitamos llevarles todos los cuerpos a los yammankalu que están en su aldea de los herreros, tanto los kaigeneses como los ranganeses.
Se produjo una pausa.
—Disculpe… ¿qué? —Takeru se quedó mirándolo con los ojos abiertos de par en par.
El intérprete, que estaba muy emperrado en ser condescendiente o bien simplemente era pésimo en su trabajo, abrió la boca y soltó:
—El coronel ha dicho «todos los cuerpos, tanto los kaigeneses como los ranganeses».
—Sigo sin entenderlo. —Takeru mantenía la vista clavada en Song.
—Usted ordenará a su gente que lleve todos los cadáveres de los fallecidos durante el ataque hasta los yammankalu.
Eso incluye todos aquellos cuerpos que se trajeron aquí por error.
—Señaló el cadáver tapado de Mamoru con la cabeza—.
En caso de que solo queden fragmentos de un cuerpo, necesitarán todo lo que se pueda recuperar.
Misaki fue incapaz de culpar a Takeru por quedarse ahí pasmado.
—¿No he sido lo bastante claro, Matsuda?
—¿Quiere que les arrebate los muertos a las familias que los están llorando? —La voz de Takeru sonaba tan carente de emociones como de costumbre, pero había algo más, estaba hueca.
—Es la voluntad del emperador.
—Lo lamento, señor. Es solo que… —El kaigengua de Takeru, que apenas utilizaba, había empezado a atropellarse—. Sigo sin entenderlo.
—El coronel dice: «Es la voluntad del…».
—¿Eres imbécil? —le espetó Misaki al intérprete—.
Está claro que conoce la frase «la voluntad del emperador».
Tenemos tele. —Tener una oportunidad de emplear su kaigengua fluido después de haberse pasado tantos años hablando en dialecto debería haber sido una experiencia agradable, pero Misaki se dio cuenta de que estaba enseñando los dientes al pronunciar las vocales—.
Aprende a interpretar la situación, inútil.
Los tres hombres se quedaron en silencio, mirándola.
Ay, Misaki, menuda mema estás hecha.
—Chou, puedes retirarte —indicó Song un momento después. Cuando el intérprete, avergonzado, hizo una reverencia y se largó, el coronel se volvió hacia Takeru—. Dijo que podía controlar esta aldea. ¿Le importaría controlar a su mujer?
—Sí, señor. Le pido disculpas —contestó Takeru mientras se interponía entre Misaki y el coronel—. Está en shock y sufre una pequeña conmoción.
—Estoy seguro de que habrán sufrido mucho, pero consuélense sabiendo que todo es por el Imperio.
—Por supuesto.
—Ahora que hemos llegado a un entendimiento, haré que mis soldados empiecen a mover los cuerpos. —Misaki sintió que su mundo se hacía añicos cuando el coronel se giró hacia Mamoru y le apoyó una mano encima—. Empezando por este de aquí.
—Ese es Mamoru —soltó Takeru cuando el coronel Song dio indicaciones a algunos de sus hombres para que procedieran—. Es mi hijo. —Su voz no contenía queja alguna, pero había algo. Misaki tenía que creer que había algo. Era imposible que fuese a permitirles…
—Perfecto entonces. Empezaremos por su hijo.
—Sí, señor. —Takeru se agachó y recuperó la espada envainada que estaba al lado de Mamoru justo cuando los soldados levantaban el cuerpo—. Gloria a Kaigen. Larga vida al emperador.
La rabia le retumbó a Misaki en las venas y la hizo avanzar.
—No —gruñó con los dientes apretados—. No podéis…
Kazu se movió sorprendentemente rápido y sujetó a su hermana por la cintura antes de que Takeru o los soldados se percatasen de lo ocurrido.
—¡Nee-san, no lo hagas! —siseó mientras tiraba de ella hacia atrás.
—¡Suéltame! —Misaki se echó hacia delante para liberarse, pero Kazu no cedió y volvió a tirar de ella. Santa Nami, ¿desde cuándo se había vuelto su hermano tan fuerte ?—. ¡No pueden hacer esto! ¡No pueden…!
El jiya de Takeru aplastó el suyo y una oleada gélida le recorrió la sangre y la médula espinal.
Su marido no la había tocado, apenas se había movido , pero el efecto la dejó aturdida.
Todo el mundo sabía que un theonita más fuerte podía sobreponer su poder al de otro más débil y neutralizarlo, pero Misaki jamás se había enfrentado a un jiya con una fuerza tan devastadoramente superior a la suya.
—¡Matsuda-dono! —La voz de Kazu sonaba muy lejana, parecía sorprendido y un poco espantado.
Misaki fue vagamente consciente del nyama de su marido, mucho más frío que el de su hermano, que se interpuso entre ella y Kazu y la envolvió como las aguas de un lago helado cubriéndole la cabeza.
La sensación la dejó tan aturdida que ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba pasando hasta que las manos frías de Takeru la guiaron para que se arrodillase en un tatami.
Estaba dentro del recinto, en la sala donde descansaba Kotetsu Katashi.
Los hijos del herrero estaban arrebujados con los suyos en un futón cercano.
—No puede volver. —Atsushi se estaba esforzando por explicárselo a Nagasa, que lloraba, y a sus propios hermanos.
—¿Por qué no? —preguntó Naoko, su hermana pequeña.
—La gente no vuelve del Laaxara. Bueno, algunas veces sí, pero… —Atsushi tembló y tiró de Naoko hacia sí—. No en el buen sentido. Cuando regresan… no son ellos . Son algo distinto, algo malo.
—Mi hermano no es malo —contestó Nagasa.
—No, no lo es —coincidió Atsushi—, o más bien, no lo era. Por eso no volveremos a verlo.
—Me alegro de que al menos haya podido conservar la espada, Matsuda-dono —le estaba diciendo Katashi a Takeru.
—Habría sido un desperdicio no hacerlo —contestó Takeru—. Es un arma excepcional.
—Es el arma de un héroe, Matsuda-dono —afirmó el herrero—. Deberían mantenerla en la familia para que las generaciones venideras la admiren y la blandan. Su nombre debería repetirse con orgullo junto al de otras similares como Kurokouri y Kumokei.
—La espada de mi hijo no tiene nombre.
—Pues claro que sí, Matsuda-dono —respondió Kotetsu con esa voz cálida y retumbante que tenía—. Se ha ganado el nombre de su forjador y portador. Esa es Mamoriken. —Señaló la espada con la cabeza—. La Protectora.
Por un instante, algo muy parecido a una emoción le atravesó las facciones a Takeru. Casi. Misaki se preguntó por qué tratar de dar con una emoción en el rostro de ese hombre se asemejaba a intentar sujetar el hilo de una telaraña, a intentar acordarse de un sueño…
—Gracias, Kotetsu-kama. —Takeru hizo una reverencia. Antes de salir, se detuvo donde Misaki estaba arrodillada y se acuclilló a su altura para susurrarle—: Tu comportamiento ha sido deshonroso. Te quedarás aquí en silencio hasta que seas capaz de actuar de forma respetable. ¿Entendido?
—Por supuesto, señor —respondió Misaki, arrastrando las palabras y burlándose de la voz grave de Takeru y de su acento de Shirojima—. Gloria a Kaigen. Larga vida al emperador.
Si pensaba matarla, entonces más le valía hacerlo ya. A fin de cuentas, parecía que perder a los miembros más cercanos de la familia no había significado prácticamente nada para él. Sin embargo, no le levantó la mano. Se limitó a darle un apretón en el hombro como para confirmar que no se movería.
—Estás indispuesta —dijo—. Descansa.
Y entonces se marchó, como aquel día en el que Misaki tuvo su primer aborto, igual que hacía siempre. Lo observó irse y deseó que le hubiera pegado.