21 El señor de las tormentas #5
—Muerto —respondió Takeru sin mostrar ninguna clase de emoción por el hombre para el que había trabajado desde hacía muchos años—. Estaba en casa, en la aldea occidental, cuando llegaron.
Una vez que terminó de darle indicaciones a su hijo, Kwang Tae-min se apresuró a acercarse.
—Tsusano-dono, este es Kwang Tae-min, representante de Comunicaciones Geomijul —declaró Takeru—. Kwang-san, este es Tsusano Kazu de Ishihama, señor del Arashiki y hermano de mi mujer.
Después de que ambos hombres hiciesen una reverencia e intercambiasen saludos, Takeru los guio fuera de la aldea y subieron hacia la cima de la montaña. La nieve se fue intensificando a medida que ascendían, pero se apartó de su camino con el roce del jiya de Takeru.
Dos de los hombres de Kazu los siguieron hasta que él se volvió hacia ellos.
—Quedaos aquí —ordenó—. Aseguraos de que nadie nos siga.
—Sí, señor.
Cuando los hombres adoptaron posiciones en la nieve, Misaki tuvo la sensación de que sus sospechas estaban a punto de confirmarse. Ese ataque y lo que quiera que hubiese ocurrido en Ishihama estaban relacionados, y el gobierno se estaba tomando muchas molestias para ocultarlo.
Takeru los guio hasta un claro nevado que daba a la Academia Kumono.
El templo transformado en escuela era la única estructura a la que por lo visto no habían alcanzado las bombas ni el fonya.
Se erguía tan orgulloso y sereno como siempre contra la roca.
Puede que estuviese en una zona demasiado alta de la montaña o demasiado alejada de la mayor parte de la acción para que alguien se molestase en destruirlo.
A los pulmones doloridos de Misaki se les hizo cuesta arriba.
—Bien, lord Tsusano. —Takeru se volvió hacia Kazu—. ¿De qué quería hablar?
—Yo… —Kazu vaciló—. Lo primero, quiero disculparme por no avisaros en condiciones.
—Explíquese.
—Como seguro que ya os habréis imaginado, Takayubi no es la única ciudad que han atacado los ranganeses durante las últimas semanas. También fueron a Ishihama. Eso fue lo que destruyó el Arashiki y la ciudad que lo rodea, no una tormenta como afirmaron las noticias.
Takeru asintió como si lo hubiese sospechado durante todo ese tiempo, como si no hubiese apaleado a su hijo por todo el dojo solo por sugerirlo.
—A juzgar por las partes de la costa donde azotaron el resto de las tormentas, nosotros, mi padre y yo, supusimos que estaban persiguiendo a las antiguas familias guerreras de Kaigen.
Creímos que Takayubi podía ser la siguiente.
Por supuesto, teníamos la esperanza de que no fuese así, pero…
—Kazu negó con la cabeza—. Lo menos que puedo hacer es advertiros de lo que se avecina.
—¿A qué se refiere? —preguntó Takeru—. ¿Deberíamos esperar más ataques?
—No, no, Matsuda-dono —se apresuró a contestar Kazu—.
Nada de eso. Quería advertiros sobre el ejército kaigenés antes de que llegue.
—Al ver la expresión confusa de Takeru, Kazu prosiguió—.
Existe un motivo por el que no podía explicar nuestra situación en la carta que le mandé a mi hermana.
En cuanto las tropas kaigenesas llegaron a Ishihama, nos dejaron bien claro que no podíamos hablar del ataque entre nosotros ni tampoco contárselo a otras personas.
—¿Por qué? —Takeru frunció el ceño, pensativo.
—No lo sé. —Kazu negó con la cabeza—. No nos lo quisieron decir, pero está claro que intentaban evitar que las noticias del ataque se propagasen. Los soldados del emperador incluso nos trasladaron a la ciudad vecina mientras las tropas yammanka los ayudaban a deshacerse de los daños.
—¿Los yammankalu están metidos en esto? —preguntó Misaki.
No era inusual que el aliado más poderoso de Kaigen le ofreciese apoyo militar, sobre todo en lo referente a Ranga, pero eso añadía otra capa de complejidad a la situación. Yamma jugaba en solitario y tenía sus propios motivos.
—Sí. Los soldados yammanka llegaron prácticamente a la vez que nuestro ejército.
—¿Qué hicieron? —preguntó Misaki—. ¿Os dijeron algo o…?
—Te he dicho que no hablases —interrumpió Takeru con brusquedad.
—Eh… —La mirada de Kazu volvió a pasar entre Misaki y su marido de forma incómoda.
Puede que no tuviese la valentía o la autoridad para dar la cara por su hermana, pero respondió a la pregunta—.
Los yammankalu apenas se dirigieron a nosotros.
La mayoría solo habló con el ejército kaigenés y después fue a ayudar con las tareas de limpieza o…
lo que sea que estuviesen haciendo en la zona del ataque.
Ni siquiera se nos ha permitido volver para buscar los cuerpos de nuestros familiares o para recuperar nuestras pertenencias.
No sé si la situación habrá cambiado, pero la cosa se quedó ahí cuando me fui.
—¿Entonces cree que podría ocurrir algo similar en Takayubi? —preguntó Takeru.
—Es posible. Yo solo quería advertiros antes de que arribasen las tropas kaigenesas. Siento mucho que mis hombres y yo no hayamos llegado en mejor momento —añadió con sinceridad—. Siento que no hayamos podido ofreceros un apoyo más significativo.
—No se disculpe —contestó Takeru—. Como ha visto, nuestros guerreros bastaron con creces para repeler a los atacantes hasta que llegaron las fuerzas del Imperio. —Lo dijo con su desinterés habitual, como si la muerte de su hermano, su hijo y tantos civiles no significara nada.
—En Ishihama no nos enfrentamos a nada como esto —contestó Kazu.
—¿Los ranganeses no enviaron a tantos soldados?
—No lo sé, creo que la mayoría de los ranganeses que nos atacaron no llegaron hasta nosotros.
Hasta donde sabía Misaki, la ciudad de los Tsusano, situada en lo alto de ese acantilado escarpado, era mucho más fácil de defender que Takayubi o que cualquier otro sitio del mundo.
Ningún ejército había conseguido atravesarla nunca, así que le tranquilizó escuchar que esas fuerzas nuevas y aterradoras ranganesas no eran una excepción.
—¿Arremetieron con un tornado? —preguntó Takeru.
—Al principio, sí. Al ver cómo se formaba sobre el agua, mi padre se percató casi al instante de que eran los ranganeses.
—Vaya, ¿su padre ya se había topado con los fonyakalu?
—preguntó Takeru, seguramente intentando plantearse cómo era posible que Takashi y él se hubiesen quedado desconcertados durante varios siiranu al ver el tornado hasta que Misaki y Chul-hee los convencieron de que era obra de los ranganeses.
Se preguntó con frustración si tendría la decencia de avergonzarse.
—No, Matsuda-dono.
Solo que no es un imbécil, pensó Misaki con rabia.
—Creo —empezó a decir Kazu con más tacto— que simplemente mi padre había presenciado tantos cientos de tormentas a lo largo de su vida que pudo darse cuenta al instante de que una se estaba comportando de forma inusual.
A sabiendas de que las casas más cercanas al borde del acantilado estaban condenadas, evacuamos tantas como pudimos y reunimos a los soldados para enfrentarnos a los ranganeses que consiguiesen llegar a la orilla.
—¿Y?
—El tornado se disipó nada más tocar el acantilado —declaró Kazu.
A Misaki no le sorprendió que el acantilado de Ishihama hubiese logrado lo que ni siquiera las rocas afiladas y la pendiente escarpada del monte Takayubi pudieron hacer—.
Evidentemente, nuestro Arashiki acabó destrozado, junto con las casas que estaban cerca del saliente.
Los últimos coletazos del tornado hicieron que algunos de los ranganeses llegasen al saliente, creo que fueron unas dos docenas.
Los matamos. —Eso explicaba el corte de espada que le recorría la clavícula—.
Imagino que el resto de los ranganeses intentó escalar el acantilado, pero no lo consiguieron antes de que aparecieran los yammankalu y los acribillasen a tiros.
—Así que ¿no sufrieron muchas bajas? —preguntó Takeru tras asentir.
—Solo murieron dos de nuestros guerreros en combate, pero los escombros que salieron despedidos causaron estragos a varios clics en los alrededores.
Por desgracia, no hubo tiempo para evacuar toda la zona y el tornado arrancó las partes más sueltas del borde del acantilado y las rocas nos llovieron encima, algunas del tamaño de casas.
Muchas personas fallecieron por culpa de ellas, creemos que fueron casi cien.
—¿Creéis?
—Ese era el número de desaparecidos cuando nos pusimos a salvo e hicimos un recuento, pero, como ya he dicho, no se nos ha permitido volver a nuestras casas y los soldados no nos cuentan nada. —Negó con la cabeza—. Me pregunto qué sacarán ellos de encubrir todo esto.
Una sensación de seguridad, pensó Misaki. Si se propagasen las noticias de los ataques, quizá la gente entraría en pánico y las cosas se volverían más difíciles de controlar. De todos modos, eso tampoco explicaba qué se traían entre manos los yammankalu.
—Eso no tiene importancia —contestó Takeru—. Le agradezco la advertencia, pero no está en nuestra mano cuestionar la voluntad del emperador. Si esas son sus órdenes, entonces nuestra única labor es acatarlas.
—Matsuda —dijo Tae-min con incomodidad—. Me da la sensación de que puede que no os vaya a hacer gracia lo que el emperador os pida que hagáis.
—¿A qué te refieres? —preguntó Kazu, pasando al kaigengua cuando se volvió hacia Tae-min.
—Sé que los medios parecen dar a entender que el núcleo del Imperio es fuerte y tiene un sinfín de recursos, pero yo vengo de Junsang y creo que…
—Tae-min hizo una pausa y fue mirando a los dos hombres de Shirojima con inquietud.
Se estaba arriesgando; no conocía a Kazu, ¿y hasta qué punto podía conocer alguien a Takeru?
—. La realidad del ejército imperial es muy distinta de la imagen que da.
—Se volvió hacia Kazu—. Si el ejército ya se ha presentado en Ishihama, ya te harás una idea de a qué me refiero.
—Bueno… —Kazu estaba frunciendo el ceño—. Tampoco es que interactuase mucho con los soldados. —La reticencia en su voz revelaba que parte de lo que había dicho Kwang Tae-min era cierto.
—No pretendo menospreciar al Imperio ni disgustarte, Tsusano —prosiguió el norteño con cuidado—, pero, Matsuda…
—miró a Takeru—, en este momento tu aldea está en una situación difícil.
Por ahora tenemos cuarenta y dos supervivientes, muchos de los cuales están heridos.
Solo disponéis de la parte del recinto Matsuda que sigue en pie y lo poco que queda de la casa de los Mizumaki para dar cobijo a todas esas personas.
Mi hijo sigue haciendo inventario de la comida que hemos recuperado, pero no será suficiente para alimentar a tantas…
—Soy consciente de ello, Kwang —contestó Takeru de forma tensa—. ¿Qué tiene que ver eso con el ejército?
—Solo quiero advertirte… No quiero que cometas el error de asumir que el Imperio va a ayudar a tu comunidad a pasar por esto. Ya llevo tiempo suficiente por aquí como para saber que acabaréis decepcionados.
—No deberías decir esas cosas del Imperio —respondió Kazu, frunciendo aún más el ceño.
—Entonces, ¿tu ciudad ha recibido la ayuda que precisa, Tsusano? —preguntó Tae-min.
—Me fui poco después del ataque —declaró Kazu—. Estoy seguro de que, a estas alturas, sí. —No parecía muy convencido—. Además, Ishihama tampoco necesitaba tanta ayuda como Takayubi. Mi pueblo todavía tiene techos bajo los que dormir y una forma de recuperarse. Si esta aldea no recibe ayuda…
Dejará de existir , pensó Misaki con tristeza.
—Sean cuales sean las órdenes del emperador, nuestra labor es acatarlas —reiteró Takeru con firmeza. Sus palabras hacían que sonara fácil, como si no hubiese vidas en juego—. Hacer todo lo que esté en nuestra mano para servir al Imperio kaigenés es un privilegio.
—Pues claro —coincidió Kazu—, pero he de admitir que todo esto es raro. No solo el asunto con las tropas imperiales y los yammankalu; los ataques no parecen seguir ninguna lógica.
—¿A qué se refiere? —preguntó Takeru.
—Un guerrero astuto ataca a los puntos débiles de su enemigo.
—¿Y?
—Entonces, ¿por qué Ranga está lanzando esos ataques concentrados en las ciudades donde están los guerreros más poderosos de Kaigen? Si el objetivo era adentrarse en el interior y contaban con el factor sorpresa, ¿por qué iban a asaltar las casas de quienes más posibilidades tenían de repelerlos?
El argumento de Kazu era sorprendentemente bueno.
Era como dar un espadazo a una armadura o atacar un hueso con una Aguja de Sangre: en el peor de los casos, fracasaría; en el mejor, sería una pérdida de tiempo.
Unas tropas ranganesas tan numerosas y diestras podrían haber arribado a cualquier parte y haber asesinado a todo el mundo con facilidad, o incluso colarse sin que las viesen de noche.
—Puede que adentrarse no fuese su objetivo —sugirió Misaki, a pesar de la mirada de desaprobación que le lanzó Takeru—. Esos ataques podrían formar parte de un plan más elaborado. Puede que su intención fuese debilitar a las grandes casas.
—¿A expensas de tantos soldados? —preguntó Kazu con incredulidad.
También era un buen argumento. Había formas de deshacerte de tus enemigos sin sacrificar a cientos de buenos guerreros.
Cierto es que ninguna de las que se le ocurrieron eran especialmente honorables; la mayoría de las cosas que se le vinieron a la cabeza a Misaki involucraban a asesinos y veneno, pero masacrar niños no era honorable.
Quemar herreros en sus casas no era honorable.
Violar a las mujeres del enemigo tampoco era honorable.
Si los ranganeses estaban dispuestos a cometer esas atrocidades, ¿por qué no iban a rebajarse al envenenamiento o a una bomba puesta de forma estratégica? ¿Por qué sacrificar a tantos guerreros?
Los soldados rasos de amarillo puede que hubiesen sido un recurso prescindible para la Unión Ranganesa, pero los de negro eran uno entre diez mil.
Cuando Misaki había asistido a la Academia del Alba, entrar en las fuerzas especiales ranganesas había estado reservado solo para los linajes más fuertes de Ranga: los Sheng y los Tian.
Los soldados de ese calibre eran activos de un valor incalculable.
¿Por qué iban a enviar a docenas de ellos a morir en un enfrentamiento directo?
Antes de que los hombres tuviesen la oportunidad de seguir con la conversación, uno de los guerreros de Kazu subió corriendo la pendiente hacia ellos y se detuvo jadeando, exhausto por la subida.
—Lo sien… —Se atragantó y le costó recobrar el aliento, sus pulmones no estaban acostumbrados al aire ralo de Takayubi—. S-siento interrumpir, Matsuda-dono, Tsusano-dono. —Hizo una reverencia.
—¿Qué ocurre, Hakuyu-san? —preguntó Kazu.
—Han llegado las tropas imperiales. Preguntan por el dirigente de la aldea. —Hakuyu echó un vistazo a Takeru cuando se irguió—. Les dije que era usted, Matsuda-dono.
—Ahora mismo voy.