21 El señor de las tormentas #4
—Y tú parece que te lo has… ¿pasado bien?
—Kazu le recorrió los moratones y los espantosos cortes que le había hecho la fonyaka del abanico en los antebrazos.
Un hermano normal se habría preocupado por su hermana, pero Kazu seguro que recordaba todas esas veces que Misaki lo había vapuleado en el dojo de los Tsusano y sabía que más le valía preocuparse por los enemigos de su hermana—.
Misaki-nee-san… —Bajó la voz para que los demás no pudiesen oírlo—. ¿No habrás ido al frente ?
—Ay, Kazu-kun, me halaga que pienses que podría haber sobrevivido a eso, pero no me hizo falta. —Señaló la aldea destrozada que tenía detrás—. El frente vino a mí.
—Tendríamos que haber llegado antes. —Sonaba dolido—. ¿Los representantes militares están aquí? —Echó un vistazo a su alrededor y Misaki vislumbró un eco del chico asustadizo que tanto había temido los truenos.
—No. Quiero decir, los aviones aparecieron para bombardear hasta el último fonyaka de la ladera, pero nadie ha hablado con nosotros. No he visto a ninguna de las tropas imperiales en tierra.
—Bien.
—¿Qué?
—Aquí no —contestó Kazu rápidamente.
—Entonces… ¿lo sabías? —preguntó—. La tormenta sobre la que me escribiste… ¿Era una tormenta de verdad o…?
—Te he dicho que aquí no —repitió, esa vez con más firmeza—. Lo siento, Misaki-nee-san, sé que es un momento difícil para ti, pero necesito hablar en privado con tu cuñado. ¿Te importaría llevarme hasta él?
—Matsuda Takashi no sobrevivió a la batalla —anunció mientras negaba con la cabeza—. Ahora, mi marido es el cabeza de la casa.
—Vaya… —respondió Kazu al mismo tiempo que algunos de sus hombres emitían sonidos de sorpresa y de negación—. Lo lamento mucho. ¿Te importaría llevarme con tu marido entonces?
—Sí. —Misaki asintió—. Por supuesto. Lo siento mucho. Tus hombres y tú debéis de estar cansados y hambrientos. Os invitaría a tomar el té, pero no queda mucho de la cocina… ni de la casa, en realidad. —Señaló el recinto de los Matsuda con la cabeza.
—¿Y tu familia? —preguntó Kazu, inquieto—. Quitando tu cuñado, que el nyama sea con su alma, ¿están todos bien? —Misaki bajó la vista y apretó los labios—. ¿Nee-san?
—Acompañadme —murmuró.
Kazu y sus hombres la siguieron por el agujero en el muro del recinto hasta donde los voluntarios habían colocado a los muertos. Habían tapado el cuerpo de Mamoru, pero la katana del chico descansaba a su lado, y Kazu conocía la espada de su sobrino.
—Ay, Nee-san… —Le tembló la voz.
Por un momento, tenía el mismo aspecto que cuando era pequeño, estaba al borde de las lágrimas.
El señor de una casa no lloraba delante de sus hombres, pero Misaki se sintió absurdamente agradecida por ese momento de debilidad de su hermano.
Se alegraba de saber que a uno de los hombres de su vida le importaba que Mamoru hubiese fallecido.
Uno a uno, Kazu y sus hombres presentaron sus respetos a Mamoru, hicieron una reverencia al cadáver y le dedicaron sus plegarias. Misaki dio media vuelta, incapaz de soportarlo, y se marchó a buscar a su marido, como le había pedido Kazu.
Llevaba sin hablar con Takeru desde el día anterior, cuando había intentado impedirle volver a por Hyori.
Para entonces, ya se habría enterado de que habían encontrado el cadáver de Mamoru.
Su primogénito había muerto. Sin embargo, esa información no pareció afectarle mientras iba de un lado a otro de la aldea, organizando los suministros y dando órdenes a los voluntarios.
—Estoy ocupado. —Fueron las primeras palabras que pronunció nada más verla.
—Lo sé, Takeru-sama. —Agachó la vista y habló con dulzura. Era la única forma de mantener a raya la rabia que le bullía en la garganta—. Perdone, pero mi hermano, lord Tsusano, ha venido a verlo. Dice que es urgente.
—Ameno-san —Takeru se dirigió al representante principal de la familia Ameno—. Por favor, encárgate de las operaciones.
—Sí, Matsuda-dono. —El hombre hizo una reverencia.
—Espero no tardar —declaró, y siguió a Misaki hasta donde Kazu lo estaba esperando. Pasó junto al cadáver de su hijo sin siquiera dignarse a mirarlo—. Tsusano-dono —saludó tras hacer una reverencia cordial—. Ha pasado mucho tiempo. Me alegro de verlo.
—Igualmente, Matsuda-dono —respondió Kazu, con una reverencia visiblemente más profunda que la de Takeru. Misaki sabía que a su hermano siempre le había intimidado Takeru, pero hizo un esfuerzo admirable por disimularlo cuando se irguió—. Lamento mucho su pérdida.
Takeru asintió con brusquedad.
—Sin embargo, me alegro de que, al menos, el marido de mi hermana haya sobrevivido al ataque —añadió Kazu—. Y también me tranquiliza saber que se ocuparán de ella.
Otro asentimiento.
—¿Podemos ir a algún lugar más privado, Matsuda-dono? —preguntó Kazu.
—Lo lamento, pero ahora mismo los heridos están en mi casa.
—¿Vamos a otro sitio entonces? ¿A algún lugar donde no vayan a escucharnos?
—Sígame, Tsusano-dono —dijo Takeru—. Misaki, puedes irte —añadió por encima del hombro.
—No… si no es mucha molestia, preferiría que nos acompañase, Matsuda-dono —dijo Kazu con vacilación—. Es mi hermana, así que me gustaría que escuchase lo que tengo que decir. Doy por hecho que, al ser su marido, no le importará…
—Está bien —contestó Takeru a la vez que le lanzaba una mirada sombría a Misaki—, pero mantendrás la boca cerrada.
—Sí, señor —respondió en voz baja.
La mirada de Kazu voló de su hermana a Takeru con una incomodidad visible, pero no dijo nada.
No le incumbía. Takeru no solo era el nuevo patriarca de los Matsuda, sino que además le sacaba más de diez años a Kazu.
Un joven señor no comentaba el tratamiento que le dispensaba uno mayor a su mujer, ni siquiera aunque la mujer en cuestión fuese una hermana que hace tiempo había acunado a cierto joven señor hasta dormirse y le había enseñado sus primeras posturas con la espada.
—¿Quiere invitar a alguien más, Matsuda-dono? —preguntó Kazu.
—¿Cómo?
—¿Estoy seguro de que tendrá más hombres de confianza? —dijo Kazu—. Hombres que le gustaría que estuviesen presentes en esta reunión.
Kazu estaba tan dispuesto a aceptar la autoridad de Takeru que lo más probable era que no se plantease que el segundo hijo de los Matsuda ni siquiera llevaba un día entero siendo el cabeza de la familia.
—Los confidentes más cercanos a mi hermano éramos Yukino Dai y yo —respondió Takeru—. El primero ha muerto.
—¿El Relámpago Dai? —preguntó Kazu, estupefacto—. ¿Él también se ha ido?
—Perdimos a la mayoría de nuestros mejores guerreros.
—Takeru aminoró la marcha al pasar frente a los restos de la casa de los Mizumaki, donde Kwang Chul-hee y su padre estaban ayudando a los hombres de la familia Ameno a organizar y a distribuir entre las mujeres los escasos suministros que los voluntarios habían subido por la montaña.
Pareció reflexionar durante un instante, recorrió con la mirada a cada uno de los Ameno de alto rango, a los dos ancianos Mizumaki que habían sobrevivido y al Katakouri tullido.
Los Ameno de fuera, pese a estar haciendo una labor estupenda para ayudar, no solían involucrarse mucho en los asuntos de Takayubi.
Los Mizumaki y los Katakouri eran aliados cercanos y de fiar, pero los hombres que quedaban no eran los líderes.
Katakouri Hisato, el de la pierna torcida, era un quinto hijo que se había pasado toda la vida adulta trabajando como dependiente en una tienda de alimentación en la aldea occidental.
Los ancianos Mizumaki habían sido hombres buenos en su época dorada, pero hoy en día solo podían recordar la mitad de lo que escuchaban, y la otra ni siquiera podían oírla. Takeru entornó los ojos, pensativo.
Entonces, llegó a una conclusión.
—Kwang Tae-min.
—¿Sí? —El norteño levantó la vista.
—Tu hijo puede relevarte y ocuparse de lo que estás haciendo, ¿verdad?
—Claro. —Tae-min echó un vistazo a Chul-hee.
—Vendrás conmigo.
—Ah… —Tae-min parecía sorprendido—. Claro, dame un momento.
—Es un… norteño —susurró Kazu mientras le lanzaba una mirada de inquietud a Takeru. Puede que Kwang Tae-min hubiese sustituido el hanbok y el chaleco de bogolán por un kimono del estilo de Shirojima, pero el acento era inconfundible—. No es uno de los nuestros.
—Es un ciudadano del Imperio, al igual que nosotros —contestó Takeru—; además, ha viajado mucho, lo cual le aporta una perspectiva que puede que nosotros no tengamos.
—Misaki tenía la misma perspectiva, aunque Takeru no parecía estar especialmente interesado en escucharla si salía de su boca—.
Además, también es uno de los pocos hombres cuerdos de los que han sobrevivido.
—Asumo que no habrá peleado, ¿no? —preguntó Kazu.
—Posee otras destrezas —afirmó Takeru—. Los dos llevamos trabajando juntos desde hace unos meses en uno de los proyectos del alcalde.
Lo único que sabía Misaki de la relación que tenían Kwang Tae-min y su marido era que los dos habían trabajado codo con codo en el plan de las torres de comunicación.
Sabía que había sido Takeru el que sugirió el proyecto en primer lugar, y era evidente que había estrechado lazos con el norteño a medida que se esforzaban por convertir ese proyecto en una realidad.
Takeru no dejaba de insistir en que se implementasen más avances: asfaltar una carretera un año, instalar mejores tendidos eléctricos al siguiente y, en las pocas ocasiones en las que daban luz verde a sus proyectos, siempre acababa gestionándolos él.
El alcalde era, o mejor dicho había sido, más bien un representante, un funcionario de gobierno soso pero inofensivo, que se conformaba con dejar que el personal hiciese mejor su trabajo que él mismo.
El Imperio no solía enviar a sus mejores trabajadores ni tampoco a los más brillantes a supervisar aldeas de montaña diminutas.
—¿Y el alcalde? —preguntó Kazu.