La espada de Kaigen 21 El señor de las tormentas #3
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21 El señor de las tormentas #3

—Hyori —murmuró tras apoyarle la frente en el pelo a su amiga—.

No fue culpa tuya. —Hyori no se apartó, sino que se limitó a encogerse aún más con un sonido diminuto y miserable, pero Misaki se negó a dejar que su amiga se retrajese en la oscuridad.

Y menos por el comportamiento deshonroso de un hombre—.

Era más fuerte que tú. No podías haber hecho nada por ti o por tu hijo.

Tu marido, más que cualquier otra persona, debería entenderlo.

Cualquier guerrero que conozca la victoria y la derrota debería entenderlo.

—Hyori se sorbió la nariz y, aunque Misaki no pudo ver las lágrimas, pudo percibir el agua salada que se le derramaba de los ojos y se le vertía por la manga—.

Dai-san te adoraba. Jamás habría dejado de quererte por algo que no fuese culpa tuya.

—¿C-crees que…? —tartamudeó Hyori y, a pesar del dolor, hubo un ínfimo destello de algo que hizo que Misaki se derritiese de alivio. Esperanza —. ¿Crees que él podría… perdonarme?

—No, Hyori-chan. —Misaki levantó la mano para acariciarle la cabeza a su amiga—. No hace falta. No hay nada que perdonar.

—Pero ya no soy… Ya no soy pura.

—Fue culpa de otra persona, que te arrebató la virtud —contestó Misaki con violencia—, sin ninguna clase de honor. Igual que también fue otra persona quien le arrebató la vida a él.

—¿Crees que su muerte fue deshonrosa?

—No seas boba, Hyori-chan. ¿Crees que alguien podría acabar con el Relámpago Dai en una pelea justa?

—Misaki no mencionó que parecía como si a Dai le hubiesen destrozado la cabeza con un ataque por la espalda.

Era la clase de detalle que una persona delicada como Hyori no apreciaría; y, por lo visto, tampoco fue necesario, porque una sonrisa de lo más frágil le recorrió el rostro a Hyori.

Fue la cosa más hermosa que Misaki había visto nunca, así que estrechó a su amiga entre sus brazos, desesperada por que no desapareciese.

—Supongo que tienes razón… —contestó con vacilación.

—Los responsables de esto… las personas que pelearon sin honor y destruyeron sin miramientos, pagarán por ello ardiendo en el fuego del Infierno. No tu marido. Y tú tampoco.

—¿E-estás segura?

—Segurísima —respondió Misaki—. Si alguna de las presentes necesita el perdón de Dai, esa soy yo.

—¿De qué hablas?

—Debería haber llegado antes. Sabía que podías estar en peligro; debería haber venido a ver cómo estabas en cuanto supe que mis hijos estaban a salvo.

Que Nami me perdone, sabía que podía avecinarse un ataque ranganés.

Tuve… tuve tantas oportunidades de hacer algo, pero te he fallado.

He fallado a todo el mundo. Así que permíteme disculparme con Dai-san, y tú…

—Misaki se apartó para sujetar a Hyori con fuerza por los hombros e intentó darle ánimos—.

Tú limítate a mandarle todo tu cariño, ¿vale?

—Vale. —Hyori asintió mientras se estremecía, con las lágrimas todavía temblándole en los ojos.

Cuando Hyori terminó de pronunciar una plegaria, Misaki y Setsuko se sentaron con ella.

Ninguna tuvo palabras para calmar su sufrimiento.

Pero al final dio igual qué palabras escogiesen.

Hyori simplemente se arrodilló y se quedó mirando el cadáver de forma ausente, al parecer incapaz de ver o de escuchar nada de lo que la rodeaba.

Aun así, se quedaron con ella y le sostuvieron las manos, como si su presencia pudiese hacer que se sintiera menos sola.

Misaki seguía murmurando palabras de consuelo cuando el ondear de unos colores que le resultaron familiares le llamó la atención.

—Vaya. —Se levantó, preguntándose si se había imaginado el símbolo, pero era real. La ola coronada de blanco de los Tsusano se alzaba entre los estandartes de los Ameno.

Setsuko asintió como para decirle a Misaki: «Yo la cuido».

Misaki le dio un apretón en el brazo a modo de agradecimiento silencioso.

—Ahora vuelvo, Hyori-chan. —Le recorrió la espalda con la mano a Hyori antes de apresurarse tanto como podía una dama y salir al encuentro de los Tsusano.

Su mirada aterrizó primero en el haori azul y plateado de su padre, pero cuando el líder de los Tsusano se dio la vuelta para mirarla, no era él.

—¡Kazu-kun! —Se le quebró la voz.

Nunca se había alegrado tanto de ver al memo de su hermano pequeño, y se abalanzó sobre él sin darse cuenta.

Puede que el vacío de haber dejado marchar a Mamoru todavía fuese reciente en su corazón, puede que ver la cara de Kazu fuese tan solo un recordatorio de una época previa a todo eso.

Pero antes de poder dar con el autocontrol para detenerse, ya había rodeado a su hermano con los brazos.

El señor del Fuerte de las Tormentas soltó un gruñido de sorpresa y abrió la boca como para decir algo, pero acabó tosiendo cuando Misaki lo estrujó entre sus brazos.

Olía a sal y a brisa marina, a un hogar que ya no existía.

Había tenido que dejar marchar a Mamoru, pero al menos Kazu estaba ahí.

Podía abrazarlo así, como cuando eran pequeños y él había venido corriendo a su habitación porque le daban miedo los truenos.

—¡Nee-san! —Kazu no podía haber sonado más sorprendido si le hubiese metido un puñetazo en la cara.

De pequeños, siempre había sido ella la que lo reñía por sus faltas de decoro.

Si en algún momento él se hubiese aferrado a ella de esa forma, Misaki le habría dado un golpe y habría siseado que esa no era forma de comportarse para un joven señor—.

Nee-san… ¿Va todo bien? —preguntó cuando Misaki se apartó—.

¿Estás…? —¿Loca? La insinuación estaba ahí—. ¿Qué ha ocurrido?

Misaki negó con la cabeza, incapaz de expresarlo.

Los hombres de Kazu la observaban con unas expresiones que iban de la confusión a la preocupación.

Tras el arrebato de emoción, se dio cuenta de que reconocía a algunos.

Eran miembros de las familias vasallas de los Tsusano, que habían servido a su padre y habían entrenado en su dojo de pequeños.

—Umiiro-san, Hakuyu-san. —Se alejó de Kazu para hacer una reverencia en condiciones—. Me alegro de volver a verlos.

—Matsuda-dono. —Hicieron una profunda referencia.

—¿C-cómo va todo por Ishihama? —añadió Misaki, que dejó de mirar a los vasallos para volver a dirigirse a su hermano—. ¿Qué tal está nuestra familia?

—Nuestros padres ya están instalados con nuestros primos y todo el mundo tiene un sitio donde alojarse por lo menos a corto plazo.

—Bien. —Asintió Misaki—. Bien, me alegro mucho.

A diferencia de Takayubi, que estaba rodeada de aldeas pesqueras y agrícolas pobres, las ciudades vecinas de Ishihama podían acoger a un grupo pequeño de refugiados.

—De todos modos, el ataque de Ishihama es reciente. ¿Cómo…?

—Ya sé lo que vas a decir, Nee-san —contestó Kazu con una sonrisa de culpabilidad—. Quizá no debería haberme marchado de casa tan pronto después de… del desastre, pero he dejado a Kaito y a Raiki al cargo de la familia.

—Claro. —A Misaki se le había olvidado que incluso sus hermanos más pequeños ya estaban en la veintena y eran perfectamente capaces de cuidar de la familia en ausencia de Kazu—.

Aun así… —Los tiempos no cuadraban—. ¿Cómo habéis llegado tan rápido?

—Ishihama tampoco estaba tan cerca de Takayubi y las carreteras no eran buenas—. ¿Cómo habéis…?

—Zarpamos hace dos días —contestó Kazu.

—¡Habéis venido por mar! —exclamó Misaki, sorprendida.

Un grupo de jijakalu poderosos podía recorrer una masa de agua impulsándose sobre formaciones de hielo hidrodinámicas más rápido que cualquier coche o tren.

Sin embargo, a pesar de la velocidad, viajar por mar era peligroso y por lo general estaba reservado para emergencias.

Ni siquiera los jijakalu más poderosos eran lo bastante necios como para ponerse a merced del océano.

Kazu y sus hombres debían de haber recorrido cientos de clics de mar abierto, lejos de la costa, para haber llegado tan rápido.

Eso explicaba por qué parecían tan agotados.

—Debisteis salir antes de que los ranganeses llegaran aquí —dijo Misaki, confundida.

—Ya hablaremos de eso más tarde —contestó Kazu—. Siento que tenga que ser en estas circunstancias, pero me alegro de verte, Nee-san.

Misaki asintió y se tomó un instante para mirar a su hermano de arriba abajo.

A los treinta y dos, ese Kazu distaba mucho del chico risueño e hiperactivo que había llorado al escuchar truenos.

Para sorpresa de Misaki, parecía… en fin…

señorial , con esa mirada benevolente y esos hombros que llenaban el haori que antaño había pertenecido a su padre.

Llevaba la gigantesca espada ancestral de los Tsusano, Anryuu o Aguas Revueltas, atada a la espalda, lo que indicaba que no solo era el patriarca de su casa, sino también el guerrero principal de Ishihama.

Llevaba varios cortes y moratones desperdigados por la piel, que parecían haber sido causados por la caída de unos escombros.

Era evidente que el par de heridas más profundas que tenía en el rostro dejarían cicatrices, a pesar de las costras bien cerradas que se había creado encima.

A Misaki le hizo gracia darse cuenta de que las cicatrices no le sentarían mal.

Le darían un aspecto curtido, intimidante.

Fue bajando la vista y ladeó la cabeza al ver una herida más profunda en la clavícula derecha que parecía ser sospechosamente obra de una espada.

—Ah… —Kazu se levantó el cuello del kimono con rapidez para ocultarla—. ¿Sabes? A veces se me olvida el frío que hace aquí.

Misaki le echó una mirada de complicidad. Ninguno de sus hermanos pequeños había sacado su propensión a mentir, pero de todos ellos Kazu siempre había sido al que peor se le daba.