21 El señor de las tormentas #2
—Pero… yo no soy el primogénito —protestó Hiroshi, con voz tensa por la inquietud—. No he crecido lo suficiente.
En ese momento, Misaki entendió que a Hiroshi le costaba expresar un miedo que sobrepasaba su vocabulario.
Hiroshi había considerado que los primogénitos de los Matsuda, Takashi y Mamoru, habían «crecido» lo suficiente no solo en cuanto a la edad o el tamaño.
Hablaba de su destreza, su fuerza y su responsabilidad.
Los dos habían sido figuras increíblemente poderosas en el mundo de Hiroshi, responsables de lidiar con los anodinos peligros adultos que el resto de la familia era incapaz.
Ambos habían muerto enfrentándose a esos peligros y habían dejado a Hiroshi en el mismo punto en el que habían estado ellos. Pero él era demasiado pequeño.
—No estoy listo.
—Lo sé, Hiro-kun. Ninguno de nosotros lo está, pero haremos lo que podamos juntos, ¿vale?
—Hiroshi asintió, más tenso que un arco Katakouri—.
Por el momento, tenemos que ofrecerle a Mamoru nuestras plegarias y ayudarlo a marcharse.
Lo único que podemos hacer es dejarlo partir sin que se preocupe demasiado por nosotros.
Si queréis decirle algo a vuestro hermano, cualquier cosa que deba saber, deberíais hacerlo ahora.
Hiroshi se quedó de pie y observó el cuerpo de su hermano durante un buen rato. Después, dio un paso atrás, se arrodilló y tocó el suelo con la frente.
Misaki solo pudo suponer lo que ocurrió entre Hiroshi y el espíritu de su hermano.
Era imposible averiguar si estaba echándole la bronca a Mamoru por haberlo abandonado, si le pedía que le diese fuerzas, si se estaba disculpando por ocupar su lugar o si le prometía crecer y convertirse en alguien fuerte para proteger a la familia; rezara lo que rezase, debió de sentirlo con intensidad, ya que su jiya se alzó con una fuerza tangible y transformó la nieve que lo rodeaba en hielo.
Durante todo el tiempo, Nagasa no dejó de llorar.
—¿Qué haremos con los funerales? —preguntó Setsuko mientras ella y Misaki estuvieron sentadas con sus hijos en el porche delantero medio derruido del recinto.
—No lo sé. —Misaki le estaba frotando la espalda a Nagasa despacio.
El niño había sollozado desconsoladamente durante mucho rato, pero Misaki le había dejado sostener a Izumo y eso parecía haberlo calmado por el momento—.
En realidad, no tengo ni idea de cómo suele gestionarse una oleada de muertes así en Takayubi.
—Los nobles seguro que tenéis un montón de ceremonias superelegantes, ¿a que sí?
—Las tenemos, sí. —El día después de que falleciese Matsuda Susumu, pareció como si todos los monjes de Takayubi se hubiesen presentado allí para vestir el cuerpo, cantar el Donkili, montar un escándalo por la decoración del ataúd y disponer un lugar para incinerarlo.
La propia Misaki se había pasado varios waatinu para asegurarse de que llevara el pelo, el obi y el kimono de color hueso perfectamente acicalados para evitar ofender al espíritu del amargado de su suegro.
Tras cada uno de los abortos, los finawu la habían hecho pasar por tantos ayunos, plegarias y purificaciones que pensó que nunca acabaría.
—Deberíamos haber tapado el santuario de casa para protegerlo de los malos espíritus —dijo Misaki cuando recordó el ritual que solía llevarse a cabo tras una tragedia.
—Vaya. —Setsuko agachó los hombros. El santuario de los Matsuda estaba en la parte derruida de la casa—. ¿Podríamos echar sal por la zona? —sugirió.
—Claro. —A veces, a Misaki se le olvidaba que las clases bajas creían que la sal era la panacea para acabar con todo lo sobrenatural y aterrador. Teniendo en cuenta el presupuesto de un campesino, era mucho más factible que acudir a un monje exorcista cada vez que un espíritu llamaba a la puerta.
—¿Se me nota que vengo de clase baja? —preguntó Setsuko por la expresión de Misaki.
—No, no es mala idea —contestó Misaki con cautela—, lo que pasa es que la sal está en la cocina.
La cocina, a pesar de que no había recibido el impacto de ninguna bomba, estaba completamente destrozada tras la pelea de Misaki contra los dos soldados fonyakalu de élite.
El grifo roto había seguido vertiendo agua durante toda la noche y el suelo y las habitaciones aledañas estaban inundados.
Cuando Takeru y los voluntarios despejaron la casa, alguien congeló la llave para cerrarlo y levantó un muro de hielo para evitar que el agua se extendiese por el resto del recinto, pero la cocina estaba insalvable.
—También nos hemos quedado sin cementerio —declaró Misaki—.
Los pescadores que estaban ayudando a recuperar los cadáveres dijeron que quedó arrasado.
—El tornado se había alejado bastante de la aldea occidental antes de que los hombres de Takayubi lograsen frenarlo, y acabó llevándose el cementerio, los santuarios y los árboles de más arriba de la montaña.
—Entonces, ¿no tenemos dónde colocar las cenizas de los muertos? —preguntó Setsuko.
Misaki negó con la cabeza. Takashi y Takeru llevaban teniendo unas tumbas preparadas al lado de la de su padre desde los treinta; sin embargo, el viento había desperdigado las lápidas, las cenizas y los huesos de diez generaciones de Matsuda por la montaña.
—He oído que los Ameno han pedido que trajeran monjes para ayudar con los ritos —anunció Setsuko.
—Bien —contestó Misaki, e intentó sonar tranquila—. Ellos sabrán qué hacer. —De todas formas, ¿cómo iba a ayudar un fina en esa situación? Tantos niños muertos. Tantos muertos de golpe. ¿Acaso había una ceremonia capaz de purificar el miasma de tanto dolor?
—¿Y Takeru-sama? —preguntó.
—No lo sé. —Misaki se encogió de hombros—. Seguirá dándoles instrucciones a los voluntarios. No tengo ni idea. —Sinceramente, le importaba un comino. Había dejado morir a Mamoru. ¿Y para qué? ¿Solo para llegar a la aldea justo a tiempo de intentar impedirle rescatar a Hyori?
—¿Ha rezado por Mamoru?
—No lo sé. —Misaki volvió a encogerse de hombros—. No tiene importancia.
—Pues claro que la tiene… —Setsuko dejó la frase en el aire y se quedó mirándola, confundida—. Estás cabreada con él —dijo un momento después.
—¿Y tú no? —preguntó Misaki—. Dejó morir a tu marido.
—También me salvó.
—Tu marido te salvó —espetó Misaki—. Takeru solo seguía órdenes.
—Bueno, entonces tampoco puedes culparlo por abandonar el frente, ¿no? —dijo Setsuko—. Si solo estaba cumpliendo órdenes…
Misaki no contestó. Lo que sí hizo, en todo caso, fue tirarle del brazo a Setsuko al ver pasar el cadáver de Yukino Dai en una de las camillas.
Una tela le tapaba la cara al espadachín, lo que habría hecho que fuese imposible distinguirlo del resto de los hombres Yukino que habían muerto defendiendo la línea, pero Misaki reconoció la katana que descansaba junto a él en la camilla.
De todas las espadas hermosas de Takayubi, Takenagi era la que Misaki había envidiado.
Era más ligera que otras espadas Kotetsu, y adquiría una rapidez sorprendente en manos de Dai.
Supo, con una triste certeza, que ningún espadachín volvería a ser digno de blandir esa arma.
—Deberíamos irnos —murmuró Setsuko.
Misaki asintió. Tras dejar a sus hijos al cuidado de los Kotetsu y de algunas pescadoras, las cuñadas fueron a hacer compañía a Hyori.
La encontraron justo donde se había desplomado aquella mañana, medio tumbada sobre la piedra con el emblema de los Yukino.
Tenía la cabeza apoyada en el hueco del brazo como si estuviese durmiendo, pero Misaki supo antes de agacharse para ponerse a su altura que no estaba dormida.
Había una frágil tensión en sus hombros que solo podía provenir de una vigilia dolorosa.
—¿Hyori-chan? —Misaki le apoyó una mano a su amiga en la espalda.
Estaba tan tensa e inmóvil que, por un espantoso momento, a Misaki le recordó a los cadáveres que yacían en la nieve, rígidos por culpa de la mezcla del hielo con el rigor mortis.
Se quedó inmóvil cuando los hombres dejaron a Dai sobre la plataforma de hielo junto al fardo que contenía los restos de su hijo.
—¿Hyori-chan? —repitió Misaki.
Unos ojos confusos pestañearon y contestó con desconsuelo:
—¿Qué?
—Han encontrado el cadáver de tu marido.
—No. —Hyori emitió un sonido tenso de negación semejante al balido de una oveja entre las fauces de un lobo y le dio la espalda a Misaki—. No. —Hundió la cara en los brazos.
—Al menos deberías ofrecerle tus plegarias, Hyori-chan —dijo Setsuko con suavidad—, para que pueda ir en paz. Te quería muchísimo.
Hyori solo se limitó a apretarse más contra la piedra y se llevó las rodillas al pecho.
—No puedo hacerlo.
—¿A qué te refieres, Hyori-chan?
—No soy digna —respondió en una voz ahogada por el dolor y amortiguada por las mangas—. No debería tocarlo. Ni siquiera debería mirarlo.
—Hyori-chan, ¿de qué estás hablando?
—Le fallé.
—¿Cómo? —Setsuko parecía confusa—. ¿Te refieres a Ryota-kun? Hyori-chan, eso no fue culpa tuya…
Hyori retrocedió cuando Setsuko intentó apoyarle una mano en el hombro y se acurrucó sobre sí misma mientras negaba con la cabeza.
Misaki no le había contado a Setsuko lo que ese último soldado ranganés le había hecho a su amiga, y nunca lo haría.
Esa no era la clase de cosa que una dama kaigenesa pudiese expresar con palabras. Era demasiado vergonzoso.
Misaki esperó hasta que Setsuko se hubiese alejado para presentar sus respetos a Dai antes de arrodillarse en la nieve y pasarle el brazo por los hombros a Hyori. Intentó hablar en voz baja y con ternura, como siempre había hecho su madre, y trató de apoderarse de esas dotes mágicas para consolar.