21 El señor de las tormentas
S etsuko se despertó más tarde, quejándose de que le dolía horrores la cabeza con su buen humor de siempre.
Cuando Misaki le contó en voz baja lo que le había ocurrido a su marido, se quedó muy callada.
Era evidente que había estado esperando la noticia.
Si Takashi hubiese sobrevivido a la batalla, habría sido él quien hubiese estado junto a su esposa al despertar.
—¿Cómo murió? —preguntó por fin—. ¿Se podía descifrar?
—Murió peleando —contestó Misaki. Hasta ahí, había sido fácil deducirlo.
De hecho, decir eso era quedarse corto. Puede que los términos diezmando o masacrando encajasen mejor con la escena que había dejado Takashi en el paso del sur—.
Después de ordenarle a Takeru que subiese a la aldea para protegernos, fue el último de nuestros hombres en caer. —Mamoru y él.
—¿Y su cuerpo? —preguntó Setsuko con una calma extraña.
—Bueno… en realidad no hay un cuerpo —explicó Misaki.
Los voluntarios habían levantado planchas de hielo dentro del recinto de los Matsuda, donde colocaron los cuerpos que recogieron.
Pero no había habido mucho que recoger de Matsuda Takashi.
Habían metido sus huesos en una cesta de mimbre—.
Los voluntarios recuperaron sus espadas, aunque por lo visto su jiya al morir fue tan fuerte que transformó toda la sangre de su cuerpo en estacas de hielo.
Era espectacular —añadió Misaki por impulso.
Puede que describir algo tan violento de esa forma no fuese muy propio de una dama, pero pensó que a Setsuko le gustaría saberlo.
—Conque espectacular, ¿eh? —La expresión complacida de Setsuko le indicó que había estado en lo cierto.
—Y aterrador.
—Bueno. —Setsuko consiguió soltar una risa—. ¡Viniendo de ti, lo considero todo un halago!
A Misaki se le crispó una de las comisuras de los labios, pero no pudo devolverle del todo la sonrisa a Setsuko.
Una parte de ella había esperado que el golpe de la cabeza le hubiese arrebatado el recuerdo de lo que había presenciado durante el ataque al recinto Matsuda, de la masacre que había creado, pero si a Setsuko le incomodaba compartir su banco hecho de escombros con un monstruo, no dio muestras de ello cuando se inclinó hacia delante.
—Cuéntame más —pidió.
¿Más? ¿Quería saber más sobre la horripilante muerte de su marido?
—Nunca he visto un jiya moribundo como ese —respondió Misaki mientras hacía lo posible para describir las estacas de sangre—.
Jamás he conocido a un guerrero que fuese tan absolutamente indomable hasta el final.
A juzgar por el campo de batalla, consiguió llevarse a varios fonyakalu con él al morir, por no mencionar a los cien o más con los que acabó antes de eso.
Setsuko esbozó una sonrisa extraña, al filo entre la brutalidad y la adoración.
—Ese es mi marido —espetó, con los ojos llenos de lágrimas.
Y esa es mi Setsuko , pensó Misaki mientras le sujetaba las manos con fuerza a su cuñada, animada y entera incluso al enfrentarse a lo impensable—.
¿Has oído eso, Ayumi-chan? —Setsuko sonrió de oreja a oreja a pesar de las lágrimas cuando su hija se despertó y empezó a berrear en sus brazos—. ¡Tu padre es un héroe y un dios!
Misaki deseó tener la fuerza de Setsuko.
Durante muchos años, pensó que ella era la fuerte por obligarse a sonreír pese al dolor y la ira, pero esa habilidad sincera para sonreír de corazón iba mucho más allá de cualquier cosa que Misaki hubiese tenido jamás.
Era la razón por la que había seguido a Robin como una polilla a la luz.
Era el motivo por el que Setsuko era y siempre sería la mujer más guapa del mundo.
—Ven, pequeñina. —Setsuko se levantó y acarició a Ayumi con la nariz hasta sacarle unas risitas—. Vamos a presentar nuestros respetos.
—Ya he dicho que no hay cuerpo —repitió Misaki.
—Sí. —La sonrisa se desvaneció del rostro de Setsuko en cuanto miró a Misaki—. Pero tengo que despedirme del valiente de mi sobrino, ¿no crees?
Misaki levantó la vista hacia su cuñada, sorprendida. Acababa de despertarse.
—¿Cómo lo has…?
Setsuko le apoyó una mano en la cara a Misaki y le recorrió la ojera suavemente con el pulgar.
—No eres de lágrima fácil, hermanita —dijo con dulzura—. Nunca te he visto los ojos tan rojos.
Algo en la expresión de Misaki debió de abrirse paso entre la calma de Setsuko, ya que, durante un instante, pareció más triste de lo que Misaki la había visto jamás. La mano que tenía apoyada en la mejilla tiró de ella. Misaki aceptó la invitación y apoyó la cabeza contra el pecho de Setsuko.
No hubo palabras. Solo un apoyo silencioso.
Misaki cerró los ojos y recordó la forma en la que su madre solía abrazarla durante una tormenta y les aseguraba a sus niños que el viento y el trueno nunca les harían daño. Era un consuelo que Misaki sabía que no volvería a sentir, uno que tampoco podía ofrecerles a sus hijos.
—Creo que te debo una disculpa —anunció Setsuko por fin—, ya que mi marido no está aquí para hacerlo.
—¿A qué te refieres?
—Takeru regresó para protegernos siguiendo sus órdenes… Podía haber enviado a Mamoru y… — Y Mamoru seguiría con vida . Era algo a lo que Misaki había estado intentando no darle muchas vueltas—. Lo siento.
—No es culpa tuya —afirmó Misaki. En realidad, ni siquiera era culpa de Takashi.
Debió de darse cuenta de que defender la línea suponía una muerte segura, de que la persona a la que ordenase subir la montaña tendría que liderar la casa Matsuda en su ausencia.
El propio Takashi podría haberle intercambiado el puesto a Takeru, pero Mamoru era demasiado joven.
Un chico de catorce años no podía liderar a la familia, y mucho menos a la aldea entera, en un momento de crisis.
Ignoró la vocecilla de su cabeza que exigía saber por qué Mamoru no podía haber subido la montaña con su padre. ¿Por qué Takeru no había insistido? ¿Cómo pudo dejar morir a su propio hijo sin rechistar? ¿Cómo?
—Fue necesario —insistió Misaki, como si eso pudiese mitigar el dolor—. No hace falta que me pidas perdón.
—Mmm. —Setsuko le frotó la espalda a Misaki—. Pero alguien debería hacerlo.
Un flujo constante de cadáveres subió por la montaña ese día.
Escuchar los gritos de dolor y de negación de los familiares al recibir cada cadáver era espantoso, pero Misaki se dio cuenta de que era aún peor que el silencio recibiese a un cuerpo al aparecer por la cresta.
Algunas de esas personas habían muerto junto con todas aquellas que podrían recordarlas.
Yacieron a solas en sus plataformas de hielo, sin nadie que llorase su pérdida.
Cuando Setsuko fue a hablar con los pescadores que habían recogido los huesos de su marido, Misaki se quedó de pie frente al cadáver de Mamoru, con una mano apoyada en la cabeza de Nagasa y otra en el hombro de Hiroshi, y trató de explicárselo a sus hijos.
Nagasa no lo entendía. ¿Cómo iba a hacerlo a su edad?
No dejaba de zarandear a Mamoru y de preguntar por qué no se despertaba.
Mientras Nagasa se aferraba a la manga de Mamoru, Hiroshi lo recorrió despacio con la mano y se detuvo en la vaina lacada de la espada de su hermano.
—Mamoru-nii-san era el primogénito… —pronunció, despacio.
—Sí —contestó Misaki.
—Y… el tío Takashi era el primogénito.
—Así es —respondió Misaki a la vez que le echaba un vistazo a Hiroshi. Lo vio entornar los ojos a medida que la mente del niño de cinco años iba ascendiendo cuidadosamente por la jerarquía en la que había nacido—. Entonces, ahora yo soy…
Hiroshi aún no había aprendido las palabras «heredero» o «sucesor», pero fue evidente por la forma inquisitiva en la que levantó la vista para mirar a Misaki que tenía ciertas nociones de los conceptos.
En un solo día, había pasado de ser el segundo hijo de un segundo hijo a convertirse en el heredero Matsuda.
Aunque no pudiese comprender del todo el cambio, lo notaba.
Se le habían tensado los pequeños hombros, como si tuviesen que soportar una carga física.
Apretó los puños y Misaki se percató de que su segundo hijo, que desde el momento en que nació había sido tan inalterable como un bloque de hielo sólido, estaba temblando.
Cuando lo miró a los ojos, vislumbró algo en su interior que no había visto nunca.
Ni siquiera cuando se enfrentó a un soldado ranganés cuatro veces más grande que él. Miedo.
—Todavía no soy lo bastante mayor —declaró—. Todavía no soy lo bastante fuerte.
—No. —Misaki intentó dedicarle una sonrisa a Hiroshi mientras le acariciaba el pelo y le puso una mano en el hombro—. No eres lo bastante mayor, pero sí lo bastante fuerte. Si algo eres, es fuerte, Hiro-kun.
—Todavía no puede irse. —Hiroshi no pareció oírla. Se quedó mirándola sin verla, casi parecía preocupado—. No puede hacerlo.
—Ya se ha ido, Hiro-kun. No podemos hacer nada al respecto.
—Pero no puede hacerlo . —Su cara se crispó de rabia, con la mirada todavía desenfocada—. Aún no le he alcanzado.
A medida que Nagasa sollozaba e Hiroshi temblaba en silencio bajo sus manos, Misaki se dio cuenta de la parte tan importante de su mundo que había sido Mamoru.
No solo era el primogénito, sino que también les sacaba diez años a sus hermanos pequeños, por lo que debía haberles dejado mucha huella.
Había sido un punto de referencia y un baluarte que se interponía entre ellos y el lejano mundo de los adultos.
Para Nagasa, había sido un amigo y un protector.
Es posible que no hubiese sido un amigo para Hiroshi, sino algo más importante: había sido algo a lo que aspirar.
—Aún no lo he alcanzado.
—Oye, Hiro-kun, no pasa nada. No hace falta que dejes de perseguirlo. Puede que él ya no vaya a estar presente, pero estoy segura de que a su espíritu le alegraría saber que seguiste su ejemplo. Todavía puedes crecer y convertirte en alguien fuerte como él con el tiempo.