La espada de Kaigen 20 La última vez #5
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20 La última vez #5

No obstante, no eran los remordimientos de Mamoru los que Misaki temía en realidad.

Su hijo había sido sincero consigo mismo y con los demás.

Había vivido bien y había muerto con un propósito.

En ese momento, la propia Misaki era la mayor amenaza para el espíritu de su hijo.

Los remordimientos de los seres queridos de un espíritu también podían anclarlo allí.

La amargura que la consumía podía condenarlo al fuego eterno, salvo que encontrase una manera de ser mejor persona.

Respiró una última vez para armarse de valor, levantó la cabeza para mirar a Mamoru a la cara y le sorprendió toparse con algo similar a la paz.

De algún modo, el espantoso daño que le habían causado a su cuerpo no logró crisparle las facciones, tan claras y limpias como las de su padre, aunque más delicadas, como los bordes brillantes de una luna apenas suavizados por la niebla.

No tenía la mandíbula apretada ni el ceño fruncido por el dolor.

En su lugar, tenía la expresión inocente y sorprendida de alguien que no se ha despertado del todo de un sueño.

Sus ojos, vidriosos y congelados por el frío, habían dejado de funcionar, pero en algún punto de un espacio liminal, su espíritu aun podía verla.

Todavía la escuchaba. Clavó la mirada en esos ojos, y se aferró a ellos cuando empezó a hablar.

—Mamoru-kun…

El sonido de su propia voz titubeante le recordó a la primera vez que había mantenido una conversación de verdad con su hijo: aquel amanecer en el porche delantero hacía solo unos meses, cuando vieron salir el sol. En aquel momento, tampoco había sabido muy bien qué decirle para guiarlo.

Ve poco a poco, se dijo a sí misma, habla. Las palabras adecuadas llegarían si despegaba los labios que el tiempo le había anquilosado.

—¿Recuerdas aquella mañana, Mamoru, después de la pelea que tuviste con Chul-hee, cuando me pediste ayuda? Me preguntaste si… si algún día te hablaría de cuando estuve en la escuela, de mi vida antes de Takayubi.

»Me hizo muy feliz que me lo preguntases, y tenía muchas ganas de contarte esas historias.

Serían historias divertidas, de aventuras.

Estoy segura de que las habrías disfrutado, aunque ahora que lo pienso…

quizás esas historias sobre Tsusano Misaki, sobre Sirawu, la Sombra, no tenían tanta importancia como yo les daba.

Quizá no merecía la pena contarlas o aferrarse a ellas del modo en que lo hacía.

»Verás, Mamoru, en esas historias, había algunas personas que sabían por qué luchaban, héroes nobles y con voluntad de hierro que merecen ser recordados…

igual que tú. Pero yo no era una de ellos.

Sirawu no era más que eso. Una sombra. Esa historia pertenecía a otra persona, yo solo estaba de paso.

Esto… tú eres mi historia… y fui tan egoísta, estaba tan aferrada a esa sombra que me la perdí .

Hijo mío… siento mucho haber tardado tanto en entenderlo.

Lo siento… —Las palabras se le atascaron en la garganta y la ahogaron, hasta que el dolor le atravesó el pecho y le obligó a soltarlas—.

Siento no haberte querido como debía. —Las lágrimas bajaron por las mejillas de Misaki.

Por primera vez desde que llegó a Takayubi, y quizá por primera vez en su vida, sabía que era humana.

Dolorosa e insoportablemente humana. Ahora que era demasiado tarde—.

Tu madre es una mujer egoísta, Mamoru. —Se agarró una de las mangas con la mano y se secó las lágrimas de los ojos, solo para que otras nuevas se los volviesen a llenar—.

No lo negaré. Me he pasado la vida sin poder librarme de todos los «y si» y «ojalá».

No pude librarme de ellos por mi marido.

No pude librarme de ellos por el amor de mi vida, y por culpa de eso, todos hemos acabado sufriendo.

Fue el veneno de mis remordimientos el que mató a mis hijos nonatos, los que habrían venido después de ti y antes de Hiroshi.

Mi arrepentimiento lleva años emponzoñando a esta familia, pero, Mamoru, te juro que no permitiré que te alcance.

»El caso es que… tú eres más importante que cualquiera de ellos.

Así que lo que no pude hacer por mis padres, por Robin, por Takeru o por mis bebés nonatos, lo haré por ti.

Hijo mío, lo haré por ti. Has hecho más en este mundo de lo que cualquiera podría haberte pedido.

Por esta vez, déjame ser la madre que debí haber sido desde un principio.

Déjame que me ocupe del resto, ¿vale? —Se acercó hasta él a rastras para tocarle la mano de nuevo, pero esa vez no sollozó ni tiró de él.

Su jiya estaba bajo control. Lloró en silencio, y sus lágrimas fluyeron con libertad.

Lo dejó quedarse inmóvil—. Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero, por favor…

si tu pobre y estúpida madre puede pedirte una última cosa…

déjame abrazarte por última vez. Solo una vez más, deja que Kaa-chan te abrace y te quiera como debería haber hecho desde el día en que naciste.

Después, te dejaré marchar con todas mis bendiciones. ¿Te parece bien?

Los finawu decían que no era bueno que una mujer tocase a los muertos, pero el tornado se había llevado a los finawu de Takayubi junto con su templo. No quedaba nadie que pudiese juzgar a Misaki cuando se colocó a su hijo en brazos y se agachó para abrazarlo por última vez.

Por favor, Nami; por favor, Nagi, suplicó entre lágrimas. Es un chico muy bueno. No dejéis que su estúpida madre lo eche todo a perder. Por favor… dadme fuerzas para dejarlo marchar.

Se suponía que una madre debía asistir al templo tras la muerte de un hijo.

Se suponía que debía hablar con los espíritus de los muertos hasta haberle dicho todo lo que necesitaba al hijo, hasta haber zanjado todos los sentimientos que tenía pendientes, hasta haber resuelto todos los conflictos y haber acabado con todos los rencores, hasta que los finawu estuviesen satisfechos y creyesen que el fallecido podía ir en paz.

No obstante, el templo había desaparecido, junto con todas las máscaras y monjes sabios de su interior.

Lo mejor que podía hacer Misaki era sujetar a su bebé, quererlo y quererlo, y esperar que eso fuese suficiente para que pudiese dejarlo marchar.

—No te queda ninguna deuda pendiente en Duna —murmuró, apoyando la mejilla contra su cabeza fría—.

Basta con que, aunque solo fuese durante un momento, haya tenido a un hijo como tú.

Basta con que Hiroshi, Nagasa e Izumo tengan un hermano como tú al que admirar cuando crezcan y se conviertan en hombres jóvenes.

Con eso basta —se dijo a sí misma, a pesar de que nunca volvería a escucharlo reírse con sus hermanos pequeños, nunca volvería a verlo hacer una bella rendición de otra kata, nunca volvería a ver esa sonrisa infantil, con esos hoyuelos, hundirse hasta convertirse en la sonrisa de un hombre.

Por un instante, había tenido las manos llenas de perlas.

Se meció y repitió—: Con eso basta. Con eso basta.

Con eso basta. —Hasta que Chiba Mizuiro regresó con un grupo de voluntarios para ayudarla a subir el cuerpo por la montaña.

Antes de irse, Misaki se detuvo frente al cadáver del soldado ranganés que había asesinado a su hijo. Se arrodilló, le pasó la mano sobre los ojos para cerrárselos y se permitió perdonarlo. Era fácil perdonar a un muchacho que se limitaba a cumplir órdenes.

Demasiado fácil.

Aunque eso no le quitó ningún peso del pecho a Misaki, porque ese ranganés desconocido no era quien necesitaba que lo perdonasen de verdad.