La espada de Kaigen 20 La última vez #4
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20 La última vez #4

Los pies de Misaki se detuvieron con un crujido sobre la nieve y la mirada del pescador siguió la suya.

El soldado vestido de negro que tenían enfrente estaba cortado en dos, partido por la mitad por un golpe de katana que debió ser brutalmente decisivo. Y ahí, delante de él sobre la nieve, apenas a una zancada de distancia, estaba Mamoru.

La lluvia indiscriminada de balas le había hecho agujeros en la espalda del kimono, unos círculos chamuscados que atravesaban los diamantes del emblema Matsuda.

—¡Misericordiosa Nami! —exclamó el pescador sin disimular su indignación—. ¡Esos pilotos lo han acribillado! ¿Y si todavía seguía con vida?

—No seguía con vida —contestó Misaki en voz baja. Gracias a los dioses. En su corazón no había cabida para más rabia.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Chiba.

—Apenas hay sangre por las heridas de bala —indicó Misaki, impasible.

—¿Cómo?

—La sangre ya había dejado de fluir para cuando las balas impactaron contra su cuerpo. Su corazón dejó de latir mucho antes.

El pescador la miró de soslayo, visiblemente incómodo.

—¿Cómo sabe que…?

—Antes de casarme y entrar en la familia Matsuda, era Tsusano Misaki. Conozco la sangre. —Se percató de que el hombre retrocedía un poco. Era supersticioso—. Por favor, ¿te importaría dejarme un momento a solas con mi hijo?

—Sí, claro, Matsuda-dono. Solo… —Chiba Mizuiro se arrodilló e hizo una reverencia delante del cuerpo hasta hundir la frente en la nieve.

Una plegaria silenciosa le recorrió los labios.

Entonces, se movió para ponerse delante de Misaki e hizo otra reverencia igual de profunda—.

Que el nyama sea con usted, Matsuda-dono, y con su hijo.

—Si los dioses quieren —murmuró Misaki, y el hombre se retiró, dejándola sola con el cadáver que ya no era Mamoru.

Había comparado el refugio antiaéreo con el Infierno.

Pero eso, la claridad de esa quietud era mucho peor.

Lo raro de Misaki era que podía sentirse como en casa en el Infierno.

El caos tenía la capacidad de calmarla. En el búnker, los gritos, el latido de la sangre y el sonido de los disparos se habían ensordecido los unos a los otros y la habían asfixiado hasta aturdirla.

Allí, donde no existía el estrépito del fluir de la sangre ni regueros de lágrimas que acaparasen su atención; esa sangre se había congelado en algo sólido e irrefutable.

Ningún movimiento le hizo pasar a la acción, no había nada que enmendar o destruir.

Solo estaba la gélida certeza de la muerte de su hijo.

Misaki se hundió de rodillas poco a poco junto al cadáver.

Recorrió los detalles preservados por el frío con la vista.

Puede que los agujeros de bala no hubiesen sangrado, pero había bastante sangre congelada que inspeccionar, un mapa del esfuerzo que condujo a Mamoru a la muerte.

Unos cortes pequeños le recorrían la cara y los antebrazos, tenía moratones y la piel irritada alrededor del cuello que indicaba que alguien había intentado estrangularlo, y el labio partido de un fuerte golpe en la boca, pero ninguna de esas heridas fue la que lo mató.

Era evidente que la responsable había sido el profundo corte que tenía en el costado.

Misaki deseó no haber visto nunca heridas como esa en las víctimas que habían sufrido ataques con machete en Livingston. Deseó no haber presenciado de primera mano la insoportable lentitud con la que esas personas tardaban en morir.

Un golpe de espada que iba de la cadera derecha hasta justo debajo del brazo izquierdo del fonyaka que Mamoru tenía delante lo había partido limpiamente en dos; era la clase de corte que acababa con la vida de un hombre al instante.

Ni siquiera el mejor guerrero del mundo podría levantarse y contratacar después de eso.

El golpe de Mamoru había sido el último…

lo cual solo podía significar que su niño había luchado aún con la herida que puso fin a su vida.

A pesar de esa herida espantosa en el costado que le drenaba la sangre e iba inhabilitándole órganos vitales, había peleado.

Tenía la mano derecha mutilada, le faltaban dos dedos, así que Misaki alargó el brazo y le tocó la izquierda, rozándole los nudillos magullados suavemente.

La primera vez que Misaki tuvo en brazos a Mamoru, cuando era un bebé, odió la sensación de su jiya solo porque le recordó al del padre de la criatura.

Le dieron ganas de vomitar y de alejarse.

En ese momento, era incapaz de comprender aquel odio cuando trató de dar con él, lo rozó con los dedos y agudizó los sentidos en busca de un suspiro de aquella energía, pero, como era lógico, no existía.

La fuerza vital que lo había convertido en Mamoru se había ido y estaba de camino a un plano distinto de la existencia.

A Misaki se le escapó un sollozo jadeante.

Hundió los dedos revestidos de hielo en la parte trasera del kimono de su hijo y deseó, deseó con todas sus fuerzas , desde las dolorosas profundidades de su pecho, que sus garras pudiesen arrastrar una vida de vuelta a Duna con la misma facilidad que podían arrancarla de ella.

Su siguiente respiración se pareció más a un grito que a un sollozo, y el dolor que le recorrió los pulmones fue angustiosamente pequeño comparado con la ausencia absoluta que sintió bajo las manos.

Dejaría que un fonyaka le absorbiese la vida por la boca mil veces.

Daría su alma mil veces con tal de traer de vuelta a Mamoru. Haría cualquier cosa…

No fue hasta que notó la sangre líquida en los dedos cuando retrocedió de un respingo y se percató de lo que estaba haciendo.

Como ansiaba sentir el pulso y el nyama de Mamoru, su subconsciente se había alzado para tirar del cuerpo sin vida.

No le hizo recobrar el pulso de verdad, claro.

Lo único que logró fue descongelarle las arterias y perturbar el rigor mortis , y provocó que las heridas de bala y los cortes de Mamoru volviesen a sangrar.

Misaki retrocedió un paso del cuerpo, espantada.

—¡Lo siento! —jadeó a la vez que se limpiaba la sangre de las manos en la nieve—. ¡Lo siento mucho! —Hizo una reverencia y apoyó la frente contra el suelo congelado hasta que le dolió, hasta que el hielo y después la roca se le clavaron en el cráneo—. Lo siento mucho.

Se quedó ahí durante un buen rato, aplastándose contra el suelo a modo de disculpa, como si existiesen disculpas suficientes en Duna que compensasen cómo le había fallado.

Cerró los ojos y rezó a Nagi para que le diese fuerzas y a Nami para que la calmase.

Ninguno la ayudó. Le temblaban con fuerza las manos manchadas de sangre, incluso tras apoyarlas contra el suelo para recobrar cierta apariencia de estabilidad.

Los sollozos no dejaban de salir de su cuerpo con una sacudida, pero no había ido hasta allí para perturbar al espíritu de Mamoru y dividirlo en dos.

Había ido hasta allí para ayudarlo, para que los dioses le concediesen una última oportunidad de ser una buena madre.

No hacía falta ser un fina para comprender que el remordimiento era como veneno para los espíritus de los muertos.

Un espíritu que se arrepentía de lo que no había logrado conseguir en vida no podría adentrarse en la paz del Laaxara.

Esos espíritus que quedaban atrapados en el llameante reino de los confines de Duna, incapaces de morir del todo, sufrían cada vez más conforme su arrepentimiento se enconaba.

Era una existencia horrible. Eran precisamente las almas de quienes morían jóvenes, aquellas que albergaban más esperanzas, asuntos sin zanjar y potencial por alcanzar, las que más corrían ese riesgo.

Entre los temblores, Misaki logró dar con la voz para hablarle a su hijo.

—¿Sabes? Kotetsu Katashi y Atsushi siguen con vida —le dijo en voz baja—.

El linaje Kotetsu, junto con todos sus conocimientos, sobrevive gracias a ti.

—Eso era lo primero que debía saber: que no había muerto en vano.

En ese momento, a Misaki le parecían irrelevantes las vidas de los Kotetsu, pero Mamoru era mejor persona que ella.

A él sí que le importaría—. Sé que dudaste.

Sé que te preocupaba no saber qué hacer.

Pero mírate… luchaste de maravilla. —Y además de la pena, Misaki se percató de que el orgullo también le hizo un nudo en la garganta.

Se entrelazó con el dolor y lo intensificó—.

Eres solo un chico, pero luchaste hasta el final como un hombre.

Lo hiciste muy bien. Aunque estoy segura de que eso ya lo sabes…

—Una sonrisa dolorosa, casi histérica, le tiró a Misaki de las comisuras de los labios—.

Ningún guerrero que no hubiese estado seguro de sí mismo podría haber peleado con heridas como las tuyas.

—Misaki se mordió el labio tembloroso y se le cerró la garganta.

Allí no había hombres devotos que pudiesen dar con palabras sabias y adecuadas para despedir al espíritu de Mamoru.

Como su madre, como la única persona viva allí, a Misaki le correspondía encontrarlas.

Era lo menos que podía hacer por él. Así que, a pesar de que le temblaba el cuerpo y de estar sufriendo un dolor inimaginable, se obligó a seguir hablando—.

Has hecho lo correcto por tu familia y por tu país a pesar de que…

creo que ninguno de nosotros hicimos lo correcto por ti.

No tienes que lamentar nada en este mundo. Nada en absoluto.