20 La última vez #3
La pendiente que bajaba hasta el frente era espantosa.
Ahí yacían los herreros que habían intentado huir a las cuevas pero habían fracasado.
Más abajo, estaban los cadáveres de los guerreros.
Resultaba difícil identificar si los habían obligado a retroceder desde el paso del norte o si habían ascendido la ladera deliberadamente al escuchar los gritos de los civiles más arriba en la montaña.
Ahí estaba Ameno Samusa, el instructor de espada que le había dado clase a Hiroshi, y a Mamoru antes de él.
Ahí estaba la mujer numu que había diseñado las joyas de Misaki cuando se casó, de la mano con su marido, que venía cada tres meses a limpiar y arreglar el tejado del recinto de los Matsuda.
Los voluntarios se habían detenido esperanzados frente a cada cuerpo en busca de indicios de vida, pero por lo visto parecía que no había habido suerte.
Lo más seguro es que cualquiera que estuviese herido en las laderas hubiese sufrido el impacto de las balas del ejército imperial o de la metralla de las bombas.
Misaki ya había visto cuerpos desmembrados, caos de sangre y órganos, gente hecha trizas a machetazos.
Sin embargo, en ese momento no le había afectado.
Al fin y al cabo, Livingston y Carytha habían sido tierras exóticas de curiosidades morbosas y un peligro emocionante.
En realidad, esa había sido la diferencia entre ella y Robin Thundyil: para él, la tragedia de los suburbios de Livingston había sido real.
Para Misaki, la hija privilegiada de una familia noble intocable a un mundo de distancia, no había sido más que un juego, una emoción pasajera para saciar su ingenua sed de aventuras.
No había sido del todo real. Pero eso sí lo era.
—Por favor, Matsuda-dono —dijo uno de los pescadores, cuya voz parecía provenir desde muy lejos—. Una dama no debería ver esto.
—No —respondió Misaki en voz baja—. Nadie debería verlo.
¿Cómo había podido mostrar tanta indiferencia hacia las vidas que a Robin le importaban? ¿Cómo había desestimado las atrocidades y después había tildado eso de fuerza? Allí, en la ladera de su montaña, donde cada cuerpo suponía una pérdida personal, no se sentía fuerte en absoluto.
—¿Por qué no vuelve con su familia, Matsuda-dono? —preguntó el pescadero.
—Todavía falta alguien —contestó—. Necesito encontrar a mi hijo.
—Entonces… al menos, permítame que la acompañe. Algunas zonas de la montaña pueden seguir siendo peligrosas.
Misaki no necesitaba un escolta que la ayudase a bajar una pendiente escarpada, pero de todos modos le dio las gracias al pescador y le permitió que la siguiese.
Puede que ese hombre no tuviese la autoridad suficiente para ordenarle volver a la aldea principal, pero no era de buena educación dejar que una dama deambulase por los restos de una batalla a solas.
—¿Cómo te llamas, pescadero? —preguntó a medida que fueron bajando el sendero escarpado.
Quizá fuese un momento extraño para mantener una conversación banal, pero Misaki notó que el silencio era insoportable.
Le dejaba demasiado espacio para reflexionar sobre a dónde se dirigía y con lo que acabaría topándose irremediablemente.
—Chiba Mizuiro, Matsuda-dono. —Su voz dejaba entrever la impaciente inquietud de un hombre que no solía tener la oportunidad de dirigirse a miembros de familias de alta cuna.
—Chiba. —Misaki sonrió en un débil intento por calmar al hombre—. ¿Sabes? Mi cuñada es una Chiba.
—Matsuda Setsuko-sama —respondió él—. Sí, m-me enteré de lo del casamiento. —Pues claro que sí. Se había armado un buen escándalo—. Mi rama de la familia es… era cercana a la suya.
—Entonces, la aldea pesquera a los pies de la montaña —dijo Misaki—, donde el tornado tocó tierra, ¿en qué estado está?
—En… en ninguno , Matsuda-dono. Ha desaparecido. Si no fuera por los trozos pequeños de madera, nadie diría que ahí había habido una aldea.
—Lo lamento mucho. —Misaki trató de centrarse en eso, en la tragedia de la aldea pesquera desaparecida y en la compasión que sentía por Setsuko.
No era ni por asomo un pensamiento agradable; de hecho, era bastante doloroso.
Pero esa era la cuestión; era lo bastante importante como para no pensar en a dónde la estaban llevando sus pies.
Casi—. Entonces, ¿imagino que no ha habido supervivientes? —preguntó.
—No que nosotros hayamos encontrado —contestó Chiba—, aunque algunos de los nuestros se quedaron para buscar, sobre todo la gente que espera dar con sus familiares perdidos.
Misaki asintió. Pobre Setsuko. Pobre Setsuko.
—Vi el tornado —anunció—. Para cuando tocó tierra, mi mujer y mis hijas ya se habían echado a llorar. Creíamos que íbamos a morir todos.
—Lo siento —susurró—. Habrá sido espantoso para vosotros.
—Por favor, no se disculpe, Matsuda-dono —respondió Chiba con valentía—. De no haber sido por usted y su familia, ninguno de nosotros estaría aquí. Solo lamento que no podamos hacer más para ayudar.
Misaki echó un vistazo a su escolta y sus ojos se toparon con la mirada sincera del pescador.
Matsuda Susumu siempre se había quejado de que los campesinos y las casas menores de la península no fuesen tan leales como lo habían sido cuando él era joven.
Hablaba sobre los días en los que toda la gente de Kusanagi respetaba y veneraba a la casa Matsuda.
Durante la Keleba, las casas más fuertes de Shirojima se habían ganado la lealtad de sus vasallos gracias a unas demostraciones de fuerza indiscutibles contra los enemigos de Kaigen.
La casa Matsuda llevaba criando guerreros poderosos generación tras generación después de la Keleba, pero ninguna persona de la generación de Misaki había sido testigo de las pruebas de ese poder… hasta ahora.
Parecía como si parte de ese asombro de antaño hubiese despertado de su letargo cuando los habitantes de la costa de Kusanagi vieron desaparecer el tornado frente al poder de Takayubi.
La lealtad nacía del mismo asombro que brillaba en la mirada de ese pescador.
Y en ese momento, los koronu subieron la montaña a raudales, dispuestos a hacer cuanto estuviese en su mano para servir.
—Su hijo y su cuñado… todos ustedes que han peleado aquí… son héroes —afirmó Chiba con fervor—. Les debemos la vida.
Misaki no supo si le alegraba o le entristecía que Matsuda Susumu no hubiese vivido para presenciar el renacer de esa lealtad. Deseó poder sentir algo… cualquier otra cosa que no fuese la inevitabilidad de cada uno de sus pasos, que la conducían al fin de su mundo.
Para entonces ya se veían los restos chamuscados de la aldea de los herreros, que se aproximaban cada vez más.
—¿Sabes? Nunca he tenido la oportunidad de visitar las otras aldeas pesqueras de la región —anunció Misaki de forma demasiado atropellada, con la voz inusualmente estridente por la tensión—. Cuéntame más sobre tu aldea.
—Vaya. —El hombre parecía sorprendido—. Matsuda-dono, ¿no cree que deberíamos buscar a su…?
—Háblame de ella —ordenó Misaki con aspereza—. Háblame de tu casa, de tu bote o de tu familia. — Simplemente sácame de aquí .
Estaban rodeando los restos humeantes de la aldea numu, donde el olor familiar a madera quemada y a carbón se mezclaba con el pérfido hedor de la carne chamuscada.
—Tu mejor incursión pesquera —espetó con desesperación—. Háblame de ella.
—Está bien, Matsuda-dono —respondió Chiba con vacilación—.
Eh… la mayor parte del salario de mi familia no proviene del pescado.
Mi esposa es una buscadora de perlas excepcional, una habilidad que ha comenzado a transmitirle a mis hijas.
Vendemos perlas a los numuwu para que las usen al forjar joyas y pendientes para damas como usted.
Misaki trató de centrarse en las palabras de Chiba Mizuiro a pesar de que sus ojos ya habían comenzado a escudriñar la nieve cenicienta manchada de sangre. Intentó imaginarse que estaba en el bote con la buscadora de perlas y sus hijas.
—A veces, me preocupo por mi mujer y por su forma de adentrarse tanto en las oscuras profundidades los días donde las aguas están embravecidas.
Verá, mi madre falleció buscando perlas.
Al igual que muchas mujeres todos los años.
Pero cuando más me inquieté fue cuando mi hija mayor empezó a acompañar a mi mujer.
Y entonces, cuando decidimos que mi pequeña estaba lista para intentarlo, bueno, creía que me iba a dar un mal.
Pero aquel primer día, el agua estaba tan serena y transparente que las tres se sumergieron juntas.
Fue como si Nami se alegrase tanto de verlas que despejó la costa de olas, tiburones y rocas afiladas solo para ellas.
Ese día apenas atrapé peces, pero la diosa hizo que mis chicas saliesen con las manos llenas de perlas.
—Suena maravilloso —contestó Misaki mientras intentaba sentir un ápice de la alegría de la familia de pescadores.
Como era lógico, no pudo. Nunca había tenido que sumergirse en busca de riquezas.
Si quería collares de perlas o adornos para el pelo, alguien se los traía.
Nunca les había dado muchas vueltas a las perlas en sí ni a las gentes que arriesgaban su vida para recolectarlas del suelo oceánico.
—Creo que ese fue el día que entendí que la península estaba bendecida por la sangre de los dioses. La gente de ciudad, que a veces está de paso, dice que está languideciendo, pero aquí habita la divinidad.
—¿La divinidad? —La voz de Misaki parecía venir desde muy lejos. Sus ojos se toparon con una silueta delgada en la nieve, la espada de Mamoru. Estaba empapada de sangre.
— Vi cómo un tornado se detuvo aquí —afirmó Chiba con fervor—, antes de llegar a mi aldea. Creo que este es un lugar donde se producen milagros. Como solía decir mi madre: por cada submarinista que reclama el mar, hay un día perfecto en el que colma de perlas brillantes y de amor a una familia.