La espada de Kaigen 20 La última vez #2
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20 La última vez #2

Dos pescadores estaban ayudando a Kotetsu Katashi a subir por el camino.

Apenas estaba consciente, le faltaba parte de la pierna izquierda, de rodilla para abajo, pero aun así se las apañó para esbozar una amplia sonrisa cuando su hijo fue corriendo hacia él.

El hermano y la hermana pequeños de Atsushi también estaban sanos y salvos, y un par de mujeres los llevaban en brazos.

Un magullado fina y un par de niños aterrados eran los únicos supervivientes que habían encontrado en la aldea occidental arrasada.

No había ni rastro de Mamoru.

—Hemos dejado a un par de hombres más abajo de la montaña para que continúen con la búsqueda de supervivientes —explicó el pescador más anciano.

—Muy bien —contestó Takeru—. Gracias por su ayuda.

—Somos nosotros quienes debemos agradecérselo, Matsuda-dono.

—El hombre se arrodilló y el resto de los voluntarios lo imitaron e hicieron una profunda reverencia en la nieve frente a Takeru—.

Usted y los suyos frenaron a ese ejército antes de que nos alcanzase.

Jamás podremos agradecérselo lo suficiente.

Cuando los aldeanos se reunieron con los miembros de sus familias entre lágrimas, un Kotetsu Katashi sorprendentemente lúcido explicó que los numuwu con buenas piernas se habían dispersado en cuanto los ranganeses atacaron.

Por supuesto, habían atrapado y asesinado a muchos de ellos, pero el primer grupo de ranganeses que asaltó la aldea fue demasiado escueto como para que no se les escapase un buen número de herreros.

—Nuestra casa quedó destruida casi al instante —declaró—, antes de que pudiésemos plantearnos huir. Por suerte, mis dos pequeños eran lo bastante menudos como para gatear bajo los escombros y huir antes de que los fonyakalu nos encontrasen.

Salvo quizá los Matsuda y los Yukino, las antiguas familias de herreros conocían la montaña mejor que nadie. Los hermanos pequeños de Atsushi, junto con otros numuwu, se habían refugiado en las cuevas que a los forasteros les resultarían imposibles de encontrar.

Después de hacerse un torniquete en la pierna destrozada, Katashi se las había ingeniado para arrastrarse hasta la cueva más cercana y ponerse a salvo.

Las formaciones rocosas de Takayubi habían actuado como refugios antiaéreos naturales, protegiendo a los numuwu no solo de los ranganeses, sino de los bombardeos sucesivos.

Permanecieron escondidos bajo tierra hasta que escucharon las voces kaigenesas de los pescadores llamando a los supervivientes.

Por sorprendente que fuera, tres hombres habían sobrevivido a la masacre del paso del norte: Ginkawa Aoki, de treinta y dos años; Ikeno Tsuyosa, de cuarenta y tres, y su primo de diecisiete, Ikeno Shun.

En el primer enfrentamiento contra los fonyakalu, Ginkawa se había llevado un golpe en la cabeza que lo había dejado inconsciente y se había quedado ahí tirado sin que nadie reparase en él durante el resto del ataque.

Había recuperado la conciencia cuando empezaron a llover las bombas y se había arriesgado a gatear entre los cadáveres en busca de supervivientes.

En la oscuridad, consiguió arrastrar a los dos Ikeno malheridos y ponerlos a salvo.

En tono pesimista, le dijo al desesperado grupo de mujeres y madres que no había más corazones latentes en esa oscuridad.

Ikeno Tsuyosa había perdido un brazo, y el muchacho de diecisiete estaba incluso peor: había sufrido varias puñaladas en el torso y un trauma craneal intenso que lo dejó delirando.

—Los hemos traído aquí con la esperanza de que dispongan de médicos para atender a los heridos —indicó el pescador anciano a Takeru—, o quizá de un edificio donde llevar a cabo operaciones…

—Echó una ojeada a los restos llameantes de la aldea principal—.

Lo lamento mucho, Matsuda-dono. No sabíamos que la aldea había sufrido tantos estragos por las bombas.

—Montaremos una base de operaciones en mi casa —dijo Takeru, y señaló la mitad del recinto de los Matsuda que seguía en pie—.

Quizá tengamos que deshacernos de unos cuantos cadáveres ranganeses y reforzar parte del tejado con hielo, pero creo que es el edificio que mejor conserva su estructura en este momento.

Takeru les dio la espalda a los pescadores y alzó su jiya hacia la parte del muro exterior del recinto derruida. Quitó un par de ladrillos sueltos y luego aplastó una capa de nieve compacta sobre los trozos de madera y roca para crear un camino hasta la parte del edificio que seguía en pie.

—Tú y tú. —Señaló a los pescadores más altos—. Seguidme y ayudadme a despejar los cadáveres y los escombros.

—¡Sí, Matsuda-dono! —exclamaron los hombres, que se dispusieron a obedecer.

—Congelaremos los cadáveres de los fonyaka en el patio hasta que podamos deshacernos de ellos —indicó Takeru sin echar la vista atrás mientras los hombres lo acompañaban al recinto—.

Aseguraos de limpiar tanta sangre como podáis después de apartar cada cadáver.

Todo tiene que estar lo más desinfectado posible antes de llevar allí a los débiles y heridos.

El resto de los pescadores se apresuraron a ayudar a los habitantes de Takayubi a crear plataformas y refugios de hielo contra el muro externo del recinto.

De haber sido una comunidad distinta de theonitas, cobijarse habría sido una preocupación más acuciante al estar en pleno invierno montañoso, pero los jijakalu de Kusanagi estaban hechos de otra pasta.

El jiya de su subconsciente permitía que la sangre siguiese circulando incluso cuando su calor corporal descendía a temperaturas bajo cero.

Por eso, Misaki se había pasado toda la noche descalza sin que se le congelaran los dedos.

Incluso un bebé tan pequeño como Izumo, que ahora estaba dormido en brazos de Fuyuko, apenas corría peligro con el frío.

Aun así, ni siquiera los jijakalu de clase más alta podían sobrevivir indefinidamente en invierno.

En un par de días, empezarían a quedarse sin energía y a helarse.

Sin comida, tardarían menos. Recuperaron las mantas de los hogares destrozados, que utilizaron para cubrir unas plataformas de hielo y así crear asientos cómodos para que los ancianos y los heridos descansasen mientras esperaban a que limpiasen el recinto de los Matsuda.

Las pescadoras crearon unas cunas para Izumo, Ayumi y el resto de bebés, y las cubrieron con mantas y ropa de sobra.

Para cuando los pescadores terminaron de preparar el recinto de los Matsuda, habían llegado más voluntarios.

Eran los guerreros y los herreros de las dos montañas vecinas de Takayubi.

La familia de herreros Tetsukai había traído médicos consigo, incluidos dos doctores formados en la ciudad.

Los profesionales se ocuparon de administrar los primeros auxilios de inmediato y fueron dando instrucciones al resto sobre qué hacer.

Los representantes del fuerte Ameno, en la montaña aledaña de Tatsuyama, habían traído cestas con comida y una docena de guerreros para ayudar con la búsqueda de supervivientes.

Acompañaron a Misaki y a los niños hasta el recinto. El despacho de Takashi, que apenas había usado, se había transformado en un pequeño hospital. Setsuko ya estaba tumbada entre unas mantas, todavía inconsciente, con dos médicos encorvados sobre ella.

—Ninguno de nosotros tiene heridas serias —aseguró Misaki al médico de Tetsukai cuando la hizo pasar a la sala y le pidió que se sentase.

—Lo siento, Matsuda-dono. Su marido ha insistido en que la examinásemos.

Las heridas más preocupantes de Misaki eran los pinchazos dolorosos y persistentes que le había provocado la fonyaka de los abanicos con el Lazou Linghun.

Si tenía los pulmones dañados, harían falta más que un par de vendas para que sanasen, pero, de todos modos, le siguió la corriente al numu y le permitió desinfectarle y vendarle los cortes de los brazos.

En cuanto el médico fue a examinar a Nagasa en busca de heridas, Misaki se arrodilló y tiró de Hiroshi para acercarlo a ella.

—Vigila a tus hermanos pequeños y a tu prima —le susurró al oído—. Kaa-chan volverá pronto.

—¿A dónde vas? —preguntó Hiroshi.

—Voy a salir a buscar a tu hermano. —Misaki le apoyó la mano en la cabeza durante un instante antes de escabullirse de la habitación y cruzar el pasillo. Se detuvo en un armario que seguía en pie para esconder la vaina de Siradenyaa y buscar un par de tabi.

—Hola, Matsuda-dono —la saludó Kotetsu Katashi cuando la sorprendió yendo de puntillas hacia la puerta trasera.

Atsushi y uno de los pescadores le habían limpiado la herida de la pierna al espadero, que estaba dando unos pasos para evitar que se le infectase mientras sus hijos descansaban cerca—.

¿Se puede saber a dónde va? —preguntó en un tono bastante amistoso para un hombre que había perdido la pierna y a un tercio de su familia.

—Yo… eh…

La sonrisa de Katashi se desvaneció y agachó la vista.

—No está en el frente donde murieron los demás.

—¿Qué?

—Creo que Atsushi fue el último en verlo. —Katashi echó un vistazo a su hijo, que asintió—. Fue en la aldea de los herreros, señora, cerca de nuestra… de lo que solía ser nuestra casa.

—Gracias —contestó Misaki con toda la ternura que pudo aunar, y se escabulló del recinto.

No albergaba ninguna clase de esperanza de que fuera a mimetizarse con los voluntarios de la ladera. Tampoco es que fuese la única mujer, había otras mujeres y madres ansiosas por encontrar a sus guerreros, pero sí la única noble.

—Por favor, Matsuda-dono —dijo uno de los pescadores al reparar en el emblema de su kimono—. Debería volver a entrar y descansar. Nosotros nos ocuparemos de hacerles llegar los muertos y los heridos. Este no es lugar para una dama.

—He visto… — He visto cosas peores, quiso decir Misaki, pero las palabras se le atragantaron dolorosamente en la garganta.