La espada de Kaigen 20 La última vez
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20 La última vez

M isaki llegó a la conclusión lógica de que estaba en el Infierno.

Era lo único que tenía sentido para su mente confusa; ninguna noche en Duna podía alargarse tanto como aquella en el refugio antiaéreo de Takayubi.

En algún punto del caos le habían disparado una bala que había enviado su alma dando vueltas a los fuegos imperecederos.

Era imposible que un alma retorcida como la suya hallase la paz en el Laaxara. Tenía sentido.

Sin embargo, por la mañana los altavoces declararon que la zona era segura y las puertas del búnker se abrieron hacia la luz diurna del reino de los mortales.

Al principio, el brillo fue cegador. Misaki pestañeó, desconcertada al ver que estaba en el mundo real, dolida pero viva. Aturdida, bajó la vista y se dio cuenta de que no tenía a Izumo en el regazo.

El pánico la hizo ponerse en pie de un salto y unas astillas de dolor le atravesaron el pecho. Buscó a tientas a su alrededor, toqueteó la vaina vacía de Siradenyaa, pero ahí no había ningún bebé.

—¿Izu-kun? —Se dio la vuelta, frenética—.

¿Naga-kun? —A medida que se le acostumbraba la vista, vio a Ayumi en brazos de una de las mujeres Mizumaki, pero ¿dónde estaban sus hijos?

Acababa de inspirar para ponerse a gritar cuando los vio.

Se le relajaron los hombros y dejó escapar el aire con suavidad—. Vaya.

Un par de brazos manchados de hollín acunaban a Izumo, que estaba profundamente dormido contra el pecho de Atsushi.

En algún momento de la noche, puede que, en busca de contacto humano o quizá para calmar los sollozos que Misaki estaba demasiado absorta como para oír, el hijo del herrero debió de hacerse con el bebé.

Nagasa había conseguido meterse debajo de uno de los brazos de Atsushi y se había dormido con la cabeza apoyada contra la de Izumo, mientras que Hiroshi estaba apoyado de espaldas contra el grupo de niños.

Era una imagen curiosa: el chico Kotetsu vestido con la túnica de herrero y los Matsuda con sus kimonos elegantes, hechos una maraña, con salpicaduras de sangre y mugre.

A Atsushi se le habían secado las lágrimas en la ceniza que le manchaba las mejillas, un indicio de que había llorado hasta quedarse dormido.

Pero, aun así, el niño de diez años había abrazado a los chicos Matsuda durante toda la noche, cuando sus padres estaban demasiado petrificados para hacerlo.

Hiroshi fue el primero en despertarse pestañeando a la frágil luz de la mañana. O puede que no llegara a dormirse. Las ojeras oscuras indicaban que se había pasado la noche como Misaki, con la vista clavada al frente en la oscuridad.

—¿Estás bien, Hiro-kun?

Hiroshi tenía los ojos inyectados en sangre cuando levantó la vista para mirar a su madre. Asintió con rigidez. Si su segundo hijo había tenido alguna parte de niño en realidad, a esas alturas había desaparecido.

Misaki miró al pequeño numu que abrazaba a sus dos hijos menores. No quería despertarlo.

—Atsushi. —Estiró el brazo y le tocó el hombro con suavidad—. Atsushi-kun.

El niño se despertó y movió los labios:

—¿Kaa-chan? —susurró, y Misaki tuvo que tragarse una oleada espontánea de remordimiento.

—No, Atsushi-kun —contestó mientras el niño pestañeaba para enfocar la vista—. Soy yo.

El dolor se debatió con la vergüenza en su rostro.

—Ay… Yo… M-Matsuda-dono, lo siento mucho.

Misaki quiso poder ofrecerle una sonrisa. Pero su cara era incapaz.

—No pasa nada, Atsushi-kun. Gracias por cuidar de mis hijos.

Se agachó para sujetar a Izumo, pero se detuvo con una mueca cuando el dolor volvió a aflorarle en el pecho.

—¿Se encuentra bien, Matsuda-dono? —preguntó Atsushi.

—Sí —respondió Misaki, aunque pronunciar esa única palabra ya le dolió.

—Si lo necesita, puedo llevar al bebé.

—Ya me ocupo yo —dijo otra mujer, la más joven de las dos Mizumaki que habían ayudado a llevar a los bebés Matsuda la noche anterior.

Fuyuko. Así se llamaba. Su padre y su hermano no habían regresado del frente—.

Con su permiso, Matsuda-dono —dijo la chica mientras alargaba los brazos para recibir a Izumo.

—N-no… — No tienes por qué hacerlo, empezó a decir Misaki, pero sus pulmones maltratados se lo impidieron.

—No es molestia —contestó Fuyuko, que levantó a Izumo en brazos con cuidado.

Misaki la dejó que lo sujetase mientras los aldeanos iban aventurándose fuera del búnker. Incluso aceptó el brazo que le tendió Atsushi como apoyo cuando los habitantes restantes de Takayubi salieron desde el refugio hacia la luz.

La destrucción se extendió frente a ellos, humeante. La oficina del alcalde, que estaba cerca de la entrada del búnker, había quedado reducida a polvo, junto con la torre de comunicación que había al lado.

—Id con cuidado, niños —les advirtió Fuyuko a Atsushi, Hiroshi y Nagasa a la vez que se levantaba el dobladillo del kimono para pasar por encima de una de las vigas de las torres de comunicación derruidas.

—Al menos les hemos dado un buen uso a las torres, ¿no? —le preguntó Chul-hee a su padre en su lengua nativa, el kaigengua. Sonó impasible.

—Yo no sé si llamaría a eso un buen uso —contestó Tae-min.

Las bombas habían dejado unos agujeros enormes en algunas casas; la mayoría estaban completamente destruidas, reducidas a astillas.

La ladera estaba plagada de cadáveres, muchos de ellos hechos trizas, cuerpos kaigeneses y ranganeses hechos un amasijo de sangre y huesos.

A medida que andaban, Misaki se acercó a Nagasa a la cadera y le tapó los ojos, como si de verdad pudiese protegerlo de todo aquello.

El ataque aéreo, pese a ser devastador, puede que no hubiese sido excesivo.

A juzgar por la cantidad de cuerpos uniformados de amarillo y de negro esparcidos entre los escombros, daba la sensación de que los ranganeses habían seguido subiendo la montaña de noche, dándoles a los pilotos algo a lo que disparar.

Como consecuencia, la aldea había quedado diezmada.

Los únicos habitantes que quedaban de Takayubi salieron poco a poco; la pena y la conmoción los ralentizaban.

Algunos se pusieron a hurgar entre los escombros de sus hogares en busca de los cadáveres de sus seres queridos.

Otros se limitaron a quedarse donde habían vivido y criado a sus familias con el rostro impasible por la incredulidad.

La aldea había sido un sacrificio necesario. Desde un punto de vista táctico, Misaki lo entendía. Por eso no podía justificar la rabia y el horror que le subieron por la garganta como si fuesen bilis.

Ya había visto esa devastación antes. Estuvo en Livingston durante el apogeo del reinado de terror de Kalleyso, pero, de algún modo, en esa época no le había parecido para tanto.

Se dio cuenta con mucha vergüenza de que, para ella, aquellos horrores pertenecían a los violentos países de los adyns, al otro lado del océano.

Pero no ahí. No a donde había acunado a sus bebés para dormirlos y les había enseñado sus primeras palabras.

No a donde había conocido a Hyori. No a donde se había reído con los chistes y las dotes culinarias de Setsuko.

Durante muchos años, Misaki creyó que jamás se haría un hueco en Takayubi, pero, de alguna forma, cuando había dejado de prestar atención, aquel lugar se había convertido en su hogar. Alguien había bombardeado su hogar.

Hyori, cuyas piernas temblorosas apenas parecían haberla sostenido en el refugio, se derrumbó ante las ruinas ennegrecidas del recinto de los Yukino.

La piedra tallada con el emblema familiar, que había estado colocada sobre las puertas, en ese momento descansaba agrietada en la nieve.

Hyori trazó los surcos de la piedra con dedos temblorosos.

Misaki notó un tirón en los dedos y bajó la vista para ver que Nagasa se había apartado la mano de los ojos. Estaba mirando los restos del recinto de los Yukino, en el que había pasado tantos días jugando.

—¿Ryota-kun? —preguntó en voz baja.

Hiroshi se había detenido detrás de ellos y siguió la mirada de su hermano pequeño hacia el recinto de los Yukino.

—Creo que… Ryota-kun se ha ido —dijo despacio.

—¿A dónde? —Nagasa echó un vistazo a su hermano mayor y luego a su madre con una mirada suplicante—. ¿A dónde ha ido?

—Eh… —interpuso Mizumaki Fuyuko con nerviosismo—, creo que lo mejor será sacar a sus hijos de aquí, ¿no cree, Matsuda-dono? —Miró a Misaki—. ¿Los llevamos a su casa?

—No. —Misaki levantó una mano para detener a Fuyuko antes de que pudiera llevarse a Hiroshi y a Nagasa hacia el recinto de los Matsuda—. No hasta que la limpien.

Lo que había dejado Misaki dentro de la casa era bastante peor que cualquier cosa que pudieran ver los niños fuera.

—¿Cómo…? —La mujer joven echó un vistazo a su alrededor—. ¿Cómo van a limpiarla? Somos muy pocos, y… — Hay tanta destrucción.

—El ejército imperial no tardará en llegar para echarnos una mano —contestó Misaki. Tampoco esperaba que la milicia kaigenesa fuese a ayudarles mucho, pero sería raro que no apareciesen. Por lo menos, les proporcionarían la mano de obra necesaria para mover algunos cadáveres.

Sin embargo, no fue el gobierno quien llegó para ayudar primero.

Fueron las aldeas vecinas. Los pescadores, granjeros y herreros que habían visto el tornado avanzar desde la costa en su dirección y habían notado dónde se había detenido.

Aparecieron cuando el sol despejó los últimos vestigios de niebla.

Cuando los habitantes de Takayubi fueron a su encuentro, vieron, con un arrebato de esperanza, que algunos de los voluntarios estaban ayudando a subir a los supervivientes de la zona baja de la montaña.

Atsushi fue el primero en encontrar la cara que estaba buscando.

—¡Tou-san! —chilló.