19 El farol #4
—Dije que hablaría con mis padres. No te prometí que fuese a elegirte ni que te comunicaría la decisión cuando estuviese tomada.
—Menuda estupidez. Tú…
—Te seguí el juego, Thundyil —respondió—, por respeto a lo que vivimos juntos en Carytha, pero deberías haber sabido que esto era imposible. ¿En serio creías que me casaría con un huérfano disanka? ¿Con un chico que creció en la calle?
—No —musitó Robin en voz baja tras dar un respingo—. No hagas eso.
—¿El qué? —espetó Misaki—. ¿Decir la verdad?
—Intentar protegerme.
—¿Protegerte? —se burló ella en un intento por disimular lo mucho que la conmocionaban las palabras suaves de Robin—. Estoy intentando que te largues…
—Estás intentando hacerme daño —contestó—, para que pueda marcharme de aquí sin sentirme culpable. —Misaki apretó la mandíbula—. Conozco tus tácticas, Misaki. Conmigo no funcionan —lo dijo con tanta ternura, con una comprensión insoportable…
—Y yo las tuyas —respondió ella con aspereza—.
No me hables así. No soy una loca con un machete contra el cuello de alguien.
—Aunque bien podría haberlo sido. La tensión y la desesperación, la furia impotente que había entre ambos podría haber rivalizado con cualquier situación en la que hubiese rehenes—.
Has sido tú el que ha venido desde tan lejos para intentar meterte donde no te llamaban.
Si alguien necesita relajarse, ese eres tú.
—No contestaste a mis mensajes.
Misaki vaciló un instante, confundida. No había recibido ningún mensaje. ¿Por qué? ¿Acaso su marido o su suegro los habían interceptado? ¿De verdad…? No. Daba igual. Tampoco era como si fuese a responder.
—¿Alguna vez te has planteado que igual no me apetecía hablar contigo? —contestó.
Creyó que podía evitar molestar a alguien. Si obedecía a su padre y no volvía a tener contacto con Robin, su viejo amigo la olvidaría, pasaría página y ella no tendría que volver a enfrentarse a él. Maldito Robin por echarlo todo a perder. ¡Maldito sea!
— Solo necesito entenderlo —dijo—. Necesito que seas sincera conmigo. ¿Es esto lo que quieres?
Misaki se irguió y adoptó la postura que había aprendido para imponerse a theonitas más altos.
—Sí —espetó con frialdad. No se sentía alta.
—No te creo. —Ese tono tan suave le provocó una punzada de rabia a Misaki.
—¿Cómo te atreves? —Apretó los puños.
—¿Qué?
—¿Cómo te atreves a afirmar que respetas mis decisiones y luego negarte a aceptarlas porque no estás de acuerdo? ¿Cómo te atreves a decir que respetas mi autonomía y después negármela porque eso significa no quedarte conmigo?
—Yo… eso no es lo que…
—¿Entonces qué pasa, Thundyil? ¿Respetas o no respetas mis decisiones?
—Las respeto —insistió Robin, levantando la voz—.
¡Sabes que sí, Misaki! Por eso estoy preocupado por ti.
Esto… —Señaló a su alrededor, abarcando el kimono restrictivo de Misaki y al resto de la aldea silenciosa y la montaña helada que la rodeaba—.
No me parece algo que habrías elegido por voluntad propia.
—Bueno, pues lo es —respondió Misaki con cabezonería. Pero ¿por qué las lágrimas le escocían en lo más hondo de la garganta? ¿Por qué había venido Robin? ¿Por qué le estaba haciendo eso?—. Quizá no me conozcas tan bien como crees.
—Pero…
—¿Das por sentado que me entiendes solo porque fuimos un par de años juntos a la escuela? —Se armó de valor para combatir las lágrimas—. Pero ¿quién te crees que eres?
—Tu amigo —contestó Robin con sinceridad, y maldita Nami, Misaki jamás había visto tanto dolor en esos penetrantes ojos negros—. No solo fuimos juntos a la escuela; peleamos juntos, aprendimos juntos, nos salvamos la vida el uno al otro…
—Soy hija de la familia Tsusano. —Misaki levantó la voz y le costó mantenerla bajo control—. ¿Crees que tus peleítas incivilizadas de callejón eran algo más que un pasatiempo para mí? ¿Esperabas que me quedase ahí, en esa ciudad mugrienta, infestada de adyns?
Eso le tocó la fibra y envió el primer vestigio de rabia sincera a la expresión de Robin.
—No digas eso.
—Perdona —contestó con tranquilidad a la vez que aprovechaba la ventaja, pese a que algo gritaba en su interior—. Creía que querías honestidad, pero es evidente que no lo entiendes…
—Entonces, explícamelo —respondió Robin con voz suplicante y contundente al mismo tiempo—.
Con sinceridad, porque esto se parece bastante a un matrimonio concertado.
—Pero Misaki no podía ser sincera. Para eso, tendría que admitir que todavía estaba enamorada de él.
Y no podía hacerlo. No podía hacerle eso a Robin.
Ni tampoco a sí misma o a nadie—. Xuro , Misaki, sabía que querías a tu familia, pero no pensaba que fueses una cobarde.
—¿Eso es lo que soy? Como he tomado una decisión que no te hace gracia, ¿ahora soy una cobarde?
—¡No se trata de mí! —exclamó Robin—. No tienes por qué casarte conmigo si no es lo que quieres. No tienes por qué regresar a Carytha ni volver a verme si no es lo que quieres, pero, por favor… no puedes quedarte aquí. Como tu amigo, no puedo permitírtelo.
Misaki no retrocedió cuando Robin le sujetó el brazo y tiró de ella. No obstante, sí que dio un respingo al percibir la oleada de nyama que barrió el porche un instante después. Takeru .
—Misaki —dijo su marido mientras se colocaba a su lado como un muro de hielo—. ¿Qué pasa aquí? ¿Este quién es?
—¡Vaya…! —Misaki dio un tirón para soltarse y pasó la mirada entre Takeru y Robin, aterrada—. Este es… eh…
Robin apretó las manos en un puño. Estaba mirando a Takeru con una furia ardiente que solía reservar para los asesinos, y Misaki se dio cuenta de que Robin se había percatado de que se encogió y había asumido lo peor. Dioses, ¿por qué había dado un respingo? ¿Por qué?
El jiya de Takeru hizo que la temperatura descendiera hasta resultar estremecedora. Robin y él no hablaban el mismo idioma, pero las miradas fulminantes que intercambiaron no necesitaban traducción. Las dos decían claramente que alguien estaba a punto de morir.
—Esperad… —empezó a decir Misaki en voz baja, pero no tenía ni idea de cómo seguir. ¿Qué se suponía que debía hacer en esa situación?
Robin estaba haciendo un buen trabajo al no echarse a temblar por la fuerza del frío, pero Misaki vio su expresión desconcertada. Los theonitas tan poderosos como Robin no estaban acostumbrados a que su nyama se viese aplastado por otro.
—Así que tú eres el marido de Misaki, ¿eh? —dijo Robin en yammaninke, aunque tampoco iba a servir de mucho; el yammaninke no se enseñaba demasiado bien en el Kaigen rural como para que hubiese hablantes con fluidez—. ¿Cuántos años le sacas, el doble?
Takeru dio un paso adelante y las llamas crepitaron en las puntas de los dedos de Robin.
Era imposible que ganase.
Era un luchador callejero apañado, mucho mejor de lo que debería ser cualquier huérfano autodidacta.
Una elegancia natural y un taya por encima de la media lo volvían imparable a la hora de combatir contra delincuentes de poca monta y sin entrenamiento de Livingston, pero eso no era Carytha.
Allí descansaba un poder que había protegido al Imperio durante años.
La mezcla de pensamiento crítico de Robin y su voluntad incansable estaban bien para pelear con torpeza contra un theonita más fuerte, pero Takeru era un guerrero de un calibre con el que nunca se había topado.
Llevar a cabo un enfrentamiento directo con el Matsuda, ahí, entre tanto hielo y nieve, supondría una sentencia de muerte.
—Robin, no —le advirtió Misaki en lindés—. No tienes posibilidad de ganar.
—¿Por eso te quedas aquí? —exigió saber él con una expresión asqueada—. ¿Porque le tienes miedo?
Su expresión indicaba desastre. Estaba listo para darle una paliza a alguien, pero Takeru no caería como un matón de Livingston ni como un delincuente con un machete. Si llegaba a esos extremos, mataría a Robin.
—Dile a este hombre que aquí no es bienvenido —dijo Takeru—. Debería marcharse antes de que acabe con la cabeza separada del cuerpo.
Las palabras la dejaron helada. Intentó no parecer asustada cuando se las tradujo a Robin al lindés.
—Le tienes miedo —afirmó Robin—. No puedo abandonarte aquí.
A Misaki empezó a darle vueltas la cabeza. En ese momento, la vida de su amigo sí que corría peligro. Si le decía que Takeru era demasiado fuerte, no lograría convencerlo; tenía que pensar en otra táctica. Calma, Misaki. Calma. Levantó la barbilla y adoptó el tono más hiriente del que fue capaz.
—¿En serio, Robin? ¿De verdad te crees que soy tan estúpida como para casarme con alguien que podría hacerme daño? Como al parecer necesitas que te lo deje bien claro, mi marido está intentando protegerme de un demente que ha salido de la nada para acosarme.
Los ojos oscuros y brillantes de Robin, como carbones candentes, fueron de ella a Takeru.
Misaki conocía esa mirada. Estaba planteándose qué era lo correcto.
No lo más sencillo, sino lo correcto. En ese momento, Robin parecía perplejo, pero siempre hacía lo correcto, sin importar lo difícil que fuese.
Por eso, Misaki siempre lo había seguido, por eso lo amaba.
—Aquí no eres bien recibido, forastero —repitió Takeru y, esa vez, fue imposible que Robin no captase el mensaje—. Es tu última oportunidad para marcharte de una pieza.
—Yo… —Robin parecía no estar seguro—. Misaki, no pienso irme sin ti.
Takeru avanzó otro paso y el aire se enfrió. Robin se puso en guardia…
—¡No! —Sin poder contenerse, Misaki le sujetó la muñeca de la mano con la que empuñaba la espada a Takeru, perturbando su jiya antes de que la legendaria Espada Susurrante pudiese formarse en sus dedos.
Su nuevo marido, que todavía era un desconocido, bajó la vista para mirarla con algo de sorpresa—.
S-solo es un chico —se esforzó por explicarle—.
No está en sus cabales. No sería correcto que lo asesinase, Takeru-sama.
Por favor… no quiero que tenga que cargar con eso en su conciencia.
Matsuda Takeru trató de intimidarla con la mirada mientras ponía una expresión impasible.
—¿Puedes encargarte entonces de que este loco te deje tranquila?
—Sí, señor.
Misaki le lanzó una mirada gélida a Robin, a su mejor amigo, a la única persona a la que había querido nunca.
—Como es lógico, mi marido está preocupado por mi seguridad, pero ha accedido generosamente a no matarte si te marchas ahora mismo y no vuelves a aparecer por aquí. —Robin vaciló, así que le dijo con voz gélida—: Si de verdad no respetas mi decisión, entonces adelante. Pelea contra él. Muere.
Las llamas de Robin parpadearon con indecisión. Su mirada reflejaba desconcierto y traición, pero Misaki lo había visto enfrentarse a cosas peores. Siempre peleaba, contra todo pronóstico. Siempre hacía lo correcto.
Las llamas que tenía entre los dedos disminuyeron y se extinguieron a la vez que agachaba la mirada.
—Si esto es lo que quieres de verdad.
—Lo es —respondió Misaki con los dientes apretados.
—Entonces siento haberte importunado. —Robin dio media vuelta con la cabeza gacha y se marchó.
Al lado de Misaki, el jiya de Takeru retrocedió y la frígida dentellada abandonó las moléculas de agua que lo rodeaban. Pero Misaki se percató de que ella estaba completamente tensa, frenética.
¿Robin se estaba dando por vencido? Robin se estaba dando por vencido.
Misaki abrió la boca para llamarlo: ¡Vuelve! ¡Vuelve! ¡Robin, por favor! ¡Llévame contigo! Pero no salió ningún sonido. Se le había congelado el aliento en el pecho.
Takeru le sujetó el brazo.
—Vamos, Misaki. Deberías entrar para ponerte a salvo.
Estaba paralizada, así que fue incapaz de resistirse cuando la fría criatura con la que se había casado la llevó al interior del recinto de los Matsuda y cerró las puertas.
¿Por qué se ha dado por vencido? , chilló una voz agonizante en su interior. Es Robin. Robin salva a todo el mundo. Robin nunca abandona a sus amigos. ¿Por qué se ha dado por vencido?
Pero la parte sincera y reprimida de sí misma sabía la verdad: porque solo era un chico.
A pesar de todas sus destrezas y logros, de su espíritu sobrenatural, Robin Thundyil solo tenía diecinueve años.
Había estado como pez fuera del agua, en una cultura que no entendía, atrapado entre gente mayor y, a pesar de estar equivocado, se había creído más listo de lo que era.
A todas luces, había hecho lo correcto, lo único que pudo hacer cuando ella lo miró a los ojos y le dijo que se largase.
Robin siempre había recurrido a ella en cuestiones de protocolo, política y gente.
¿Por qué había esperado que pudiese comprender las cosas que ella apenas entendía como por arte de magia?
¿Por qué había esperado que supiese ver lo quería en realidad y que actuase como un hombre?
La respuesta la acechó, desagradable: Porque tienes demasiado miedo como para hacerlo tú misma. Eres una cobarde, Misaki.
Si ella no era lo bastante mujer como para librar sus propias batallas, entonces ¿cómo iba a merecer que Robin la ayudase?
¿Cómo podía esperar que la salvase cuando Misaki no estaba dispuesta a mover ni un solo dedo para ocuparse ella misma?
Además, ¿qué se había creído que iba a hacer Robin?
¿Pelear contra las Espadas Susurrantes y el resto de la montaña para que luego se fuese con él?
No estaba en su mano. Nunca había tenido ninguna clase de poder para cambiar esa situación…
la única persona que lo había tenido era ella.
Y había sido demasiado débil para ejercerlo.
Una cobarde como ella no tenía derecho a estar con alguien como Robin, no tenía derecho a conseguir el futuro que se había permitido imaginarse con él.
Aun así, se dobló sobre sí misma y lloró por ese futuro.
Unos sollozos fuertes habrían perturbado el silencio y atraído la atención de los hombres de la casa Matsuda, así que ahogó los ruidos con las mangas largas que llevaba.
Takeru la encontró un waati después, hecha una bola en mitad del dormitorio, temblando.
—¿Misaki…? —Su voz, por lo general, gélida, había adquirido un deje de preocupación—. ¿Te encuentras bien?
—Sí. —Escondió la cara, se deshizo de las lágrimas convirtiéndolas en vapor y se obligó a dejar de temblar—. Sí, Takeru-sama.
No fue hasta el día siguiente cuando Misaki encontró la bolsa que le había dejado Robin, remetida en una esquina del porche delantero. Solo contenía una cosa: la espada que la había acompañado durante todas sus aventuras, un último ruego para que recordase todo lo que habían vivido juntos.
Misaki se había arrodillado, sosteniendo a la Hija de la Sombra durante un buen rato mientras sus dedos trazaban la empuñadura de cristal zizalen.
Tou-sama dijo que había cosas mejores y más hermosas que el frenesí del combate.
Lo entenderás cuando tengas hijos. Todo merecería la pena cuando tuviese hijos.
Tou-sama se lo había prometido.