19 El farol #3
Era cierto. Robin era un disanka. Los poderes de su pueblo derivaban de haberse mezclado con los conquistadores yammanka, lo que significaba que eran de sangre impura.
Misaki, por supuesto, había visto suficiente como para saber que las habilidades de alguien no dependían tanto de la pureza de su linaje como creía la gente de por allí, pero tampoco esperaba que su experiencia fuese a cambiar esas nociones kaigenesas tan arraigadas sobre la pureza de sangre.
Si Misaki se casara con Robin, sus hijos serían aún más mestizos y, por tanto, peores según los estándares tradicionales.
Puede que el fuego y el agua se equilibrasen, pero en lo referente a la descendencia no eran una buena combinación.
Misaki lo sabía. ¿Por qué lo había hecho?
¿Por qué se había planteado siquiera que sus padres pudiesen dejar que se casase con un extranjero?
¿Cómo había podido pensar que iba a funcionar?
¿Por qué había creído que presentarle a Robin a su padre le haría cambiar de opinión?
—Entonces… —Intentó respirar con normalidad—. ¿Me obligará a casarme con el Matsuda?
—No, Misaki. Ni siquiera se me pasaría por la cabeza obligarte a hacer algo que no quieras hacer.
Eres una Tsusano, indomable como una tormenta, pero te ordeno que te cases con Matsuda Takeru.
—Era evidente lo que quería decir. Podía darle la espalda al compromiso.
Podía irse a Carytha con Robin, pero lo haría desafiando a su padre.
Esa idea se le retorció dentro del pecho como una punzada de dolor.
¿Por qué? Dioses, ¿cómo podía hacerle eso su padre?
—. Misaki… —La voz de Tou-sama no era severa ni tampoco cruel.
A su manera callada, parecía igual de dolido que ella—. No pretendo hacerte daño.
—¿Por qué? —Misaki fue incapaz de reprimir las lágrimas que le corrieron por las mejillas—.
¿Es porque Robin no es un jijaka? ¿Es porque sus poderes no son genéticamente compatibles con los míos?
¿Por qué habría de importar eso? Soy una chica, de todos modos, tampoco es como si fuese a continuar con el apellido…
—Para mí, eso no tiene importancia —contestó Tou-sama con decisión—. Daría igual que fuese un jijaka o un adyn sin poderes ni apellido; mi respuesta seguiría siendo la misma.
—No lo entiendo. Si no se trata de la sangre, ¿entonces qué es? ¿Qué tiene de malo?
—Nada, mi dulce niña. No tiene nada de malo.
No me hacía falta conocerlo en persona para saberlo.
Puede que no haya sido el mejor padre para ti, pero los dioses saben que no crie a una idiota.
Jamás te apegarías a alguien que no fuese, como mínimo, brillante, y él lo es .
Es brillante, decidido y amable… —suspiró—, pero no debes seguir el mismo camino que él.
Por eso, no puedo permitir que os caséis.
—¿Por qué?
—Ese muchacho, el hombre en el que va a convertirse, te pondrá en peligro e, inevitablemente, acabará en tragedia. No me he metido en esos asuntos tan violentos que te traes en la Academia del Alba, pero él es el responsable, ¿verdad?
—Yo… —Misaki no podía negarlo, pero tampoco podía dar voz al problema subyacente. Me atrae el peligro —. Sí, Tou-sama —musitó.
—Entiendo que eso es parte del atractivo —respondió Tou-sama—. No creas que no lo veo. Cuando tenía tu edad y estaba entrenando para empuñar a Aguas Revueltas, quería que se desencadenase otra guerra.
—¿Que usted qué? —repitió Misaki, sorprendida. Tou-sama siempre había sido una especie de pacifista, tan compasivo como fuerte. Desear una guerra no parecía propio de él.
—Crecí con las historias de gloria sobre la Keleba y sobre los días que la antecedieron, cuando nuestro pueblo hundía barcos y peleaba contra los invasores.
A medida que entrenaba, ansiaba la oportunidad para demostrar mis habilidades en batalla como los héroes de nuestras leyendas.
Soñaba con que los ranganeses o un enemigo desconocido zarpasen contra nuestro Fuerte de las Tormentas solo para saciar esa sed.
Entonces, un buen día, todo eso desapareció.
¿Sabes cuándo fue exactamente? —Misaki negó con la cabeza—.
Fue el día que naciste. Fue cuando empecé a construir algo mejor y más bello que el relato de un guerrero, cuando pensar en la guerra me revolvió las tripas.
Pensar en que mi pequeña sufriera o en que mis pequeños se viesen obligados a ir a la guerra…
No es algo que un padre cariñoso quiera plantearse, ni siquiera el guerrero más curtido.
Y ahora que soy viejo y mis días de pelear han quedado atrás, considero una bendición enorme el no haber tenido que desenvainar nunca la espada en una pelea de verdad.
No podría soportar verte a ti o a tus hermanos correr peligro, ni siquiera por toda la gloria del mundo.
—Lo entiendo, Tou-sama —dijo Misaki, con las lágrimas todavía húmedas en las mejillas. Al menos, entendía la lógica que había detrás—. Pero ¿qué tiene eso que ver con…?
—Puede que una vida de aventuras peligrosas te parezca que merece la pena ahora mismo, cuando eres joven y te crees invencible, pero un día tendrás hijos y no querrás que ellos lleven esa vida.
—Robin jamás pondría en peligro a sus hijos —protestó—. Su labor se basa en salvarlos. Jamás pondría en riesgo a los suyos.
—Estoy seguro de que no conscientemente. Pero a esa clase de hombres… el mal los sigue dondequiera que vayan. Es un buen chico —repitió Tou-sama—, pero es arriesgado, y yo no puedo arriesgar la vida de mi hija. Ya lo entenderás cuando tengas hijos.
Misaki agachó la cabeza para ocultar la expresión afligida de su rostro.
Había perdido la discusión. ¿Acaso esperaba otro resultado?
Su padre era la persona más sabia y metódica que había conocido.
Consideraba todas las opciones. ¿Cómo podía haber esperado superar eso solo con un corazón lleno y lágrimas?
—Matsuda Takeru dispone de todas las cualidades de un guerrero, además del buen juicio para daros a ti y a tus futuros hijos una vida estable y pacífica —dijo Tou-sama—. No es la clase de persona que buscaría meterse en líos y arrastrarte a ellos. Te mantendrá a salvo.
Tou-sama pareció sentir el sufrimiento de su hija y entender con resignación que nada que pudiese decir mitigaría su dolor.
—Te dejaré a solas —declaró, y salió de la habitación.
La luz del farol se extinguió.
Un mes más tarde, Misaki estaba casada con Takeru, segundo hijo de la familia Matsuda, maestro de la Espada Susurrante.
Takayubi era inquietantemente tranquilo.
Echaba de menos el romper de las olas del Arashiki o el tráfico constante de Livingston, cualquier cosa con tal de evitar el silencio que la asfixiaba.
Puede que fuese gracias a ese silencio que aquel paso en el porche delantero captó su atención de inmediato.
Fue a abrir la puerta, esperando encontrarse con otro vecino con un regalo de bodas atrasado.
No estaba preparada para toparse con el fulgor y el olor ahumado que había intentado olvidar con tanto ahínco.
—¡Robin! —Se le aceleró el corazón con demasiadas emociones: conmoción, terror y algo que no debería haber estado allí en absoluto. ¿Esperanza? No estaba bien. No tenía ningún sentido.
—¡Misaki! —Se le dividió la cara con una sonrisa de alivio—. Así que ahí sí que pone «Matsuda». —Echó un vistazo a la nota que sujetaba en la mano y luego a la señal de piedra encima de las puertas del recinto.
—¿Qué haces aquí?
—Tenía que verte.
—¿Por eso has venido a casa de mi marido desde Carytha? ¿Te has vuelto loco? —Incluso con la fortuna recién adquirida de Robin, seguía siendo un viaje caro, uno que por lo visto había hecho a solas.
—Tenía que asegurarme de que estuvieras bien… y ayudarte a escapar si no era así.
—¿Ayudarme a escapar? —Misaki quería sonar ofendida, pero le salió demasiado estridente… entrecortado, impotente—. Robin, me he casado con Matsuda Takeru. Ahora, este es mi hogar. No puedo marcharme.
—Pues claro que puedes —contestó Robin con ese feroz destello de determinación en los ojos, lo primero que la había atraído hacia él—. No eres una prisionera. Eres Sirawu, la Sombra. Puedes ir a cualquier parte.
Alargó la mano para sujetarle el brazo, pero ella lo apartó con brusquedad.
—No me toques. No puedes… Quiero decir, Robin, soy una mujer casada .
—Lo sé. Intenté escribirte en cuanto me enteré. Misaki… ¿por qué? —Se le quebró la voz y ella apartó la vista, incapaz de mirarlo a los ojos—. ¿Cómo ha ocurrido?
—No… no tiene importancia —contestó, con la vista clavada en los pies—. Ocurrió. Está hecho.
—No. —Robin negó con la cabeza—. Me niego a aceptarlo. No puedes tirar la toalla.
—¿Quién ha dicho que esté «tirando la toalla»? Tomé una decisión.
—¿Por qué no me lo contaste? —Por primera vez, el dolor se filtró en su voz—. Desapareciste sin más. ¿Por qué?
La esperanza y la negación se enredaron en el interior de Misaki, debatiéndose mientras intentaba dar con las palabras. Pero no existían. No había forma de que pudiera explicárselo…
—Tienes que irte —dijo de forma tensa.
—No, Misaki. No pienso irme. No puedo.
—Estoy bien, Robin —mintió—. Tienes que irte ya. Te prometo que todo va bien.
—Eso es justo lo que dijiste la última vez. —Parecía tan traicionado—. No debería haberte abandonado entonces y no pienso volver a hacerlo ahora.
Pues claro que un simple «tienes que irte» no sería suficiente para Robin.
Si de verdad quería que se marchase tendría que hacerle daño, convertirse en su enemiga.
Así, él podría armarse de valor y superarlo.
Robin podía vencer a cualquier enemigo, pero nunca había podido lidiar bien con la culpa.
Misaki siempre había sido más elocuente y despiadada que su amigo.
Durante años, se había servido de eso para apoyarlo, llenando los huecos que el temperamento de Robin dejaba en su labor. Ahora, podía usarlo para hacerle daño.