La espada de Kaigen 19 El farol #2
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19 El farol #2

—No es cualquier persona —contestó Misaki—. Son mis padres. Me conocen mejor que nadie y yo me fío de su decisión. Por eso sabía que les caerías bien. —Sonrió.

—Si tú lo dices… Supongo que tendré que confiar en tus conocimientos. —Robin se rio—. Yo no estoy muy versado en… asuntos de familia.

Robin había perdido a sus padres y a todos sus hermanos salvo a su gemelo, Rakesh, cuando tenía cinco años, durante las escaramuzas en la frontera entre Ranga y Disa.

Una pérdida como esa bastaría para hacer añicos a un niño sin posibilidad de recomponerse, pero, de algún modo, él había conseguido volver a unir esos pedazos en una sonrisa amplia y un corazón dispuesto a recibir a cualquiera.

Una voz para quienes no tienen voz, un refugio para los desamparados y un par de puños para los indefensos.

Misaki fue en contra de su sentido común: se puso de puntillas como si fuese a saltar y sus labios atraparon los de Robin en otro beso.

El farol se le resbaló de los dedos y cayó al suelo con un chapoteo, olvidado, cuando sus manos se enredaron en el pelo de Robin.

Su cabello era más áspero que el de un kaigenés, más liso que los rizos de un yammanka; era una anomalía, como todo lo referente a él.

Su guerrero que salvaba vidas. Su theonita que besaba como un adyn.

Su tajaka, que se empapaba del frío como si pudiese saciarlo.

Se separaron justo cuando el bus subió el camino traqueteando y los faros brillaron entre la lluvia.

Se alejaron hasta colocarse a una distancia apropiada, con las mejillas sonrosadas, a medida que los faros iluminaban el vapor que se dispersaba y el bus se detenía con un chirrido.

El conductor salió y entornó los ojos para ver a los adolescentes a través de la lluvia torrencial.

—¿Dos? —preguntó en el dialecto de Shirojima, con un deje del acento de Ishihama.

—No. —Misaki negó con la cabeza y señaló a Robin—. Solo uno. No habla kaigengua ni tampoco el dialecto de Shirojima, así que, por favor, asegúrese de que no se le olvide bajarse en la estación de Shirojima.

—Por supuesto, Ojou-sama —contestó el conductor respetuosamente al reparar en el emblema de los Tsusano que Misaki llevaba en la yukata—. Me ocuparé de él. ¿Lleva más equipaje? —preguntó mientras señalaba el compartimento debajo del asiento de pasajeros.

—No —contestó Misaki cuando Robin levantó la única mochila que llevaba, resistente al agua, y se la echó al hombro.

A pesar de que los gemelos Thundyil acababan de heredar una cantidad absurda de dinero, las costumbres de Robin todavía no se habían adecuado a eso.

Seguía haciendo la maleta como si fuese un chico que había crecido en un orfanato.

—Bueno. —Robin se alisó el abrigo empapado—. Adiós, Ojou-sama—. Hizo una profunda reverencia y se llevó los dos primeros nudillos a los labios en una mezcla extrañamente enternecedora entre una despedida yammanka y la despedida kaigenesa que acababa de aprender.

—¡Oye, espera! —Misaki recuperó el farol del charco donde lo había soltado—. ¡Robin, espera! —Secó la linterna con una sacudida rápida de jiya y se la tendió—. Antes de que te marches…

—Ah. —Robin sonrió—. Claro. —Metió la mano dentro del farol y se prendió una llama en la punta del dedo. El vapor siseó y encendió la pequeña mecha.

El farol iluminó a Robin cuando se subió al autobús y le dedicó una última sonrisa. Las puertas se cerraron y el vehículo se alejó, haciendo crujir la grava bajo las ruedas.

Había una buena caminata hasta el Arashiki, pero el farol de Misaki permaneció encendido durante todo el trayecto, aunque no dejase de llover.

Los besos perduraron, provocándole un cosquilleo en los labios junto con su promesa: No tardaré en seguirte .

Cuando emergió de los árboles cerca del borde del acantilado y empezó a descender la escalera resbaladiza tallada en la pared de roca, las llamas de más faroles parpadearon a su vez e iluminaron las ventanas del imponente Fuerte de las Tormentas.

Por aquel entonces, la mayor parte de la región empleaba electricidad para iluminar sus casas, pero las tormentas que azotaban el Arashiki la convertían en algo poco fiable.

Seguían utilizando faroles de kayiki portátiles como fuente de luz.

Los peldaños que bajaban hasta el Arashiki disponían de una barandilla sólida para evitar que los Tsusano y sus invitados se precipitasen al océano que se extendía más abajo.

A Misaki ya no le preocupaba caerse como cuando era pequeña.

Ya no se colocaba una fina capa de hielo bajo los tabi para anclar cada paso a la piedra con el viento.

Habían dejado de darle miedo cosas como las rocas o las alturas.

Lo que la asustaba entonces era algo más grande e intangible.

—Ah, Misaki. —Tou-sama le dedicó una amplia sonrisa cuando bajó—. ¿Tu amigo ha llegado bien a la parada?

—Sí. —Misaki tenía el pelo y la yukata empapados, pero con un rápido movimiento de manos convirtió el agua en vapor.

—Espero que, por su bien, hayáis llegado antes de que empezase a llover.

—No, pero sobrevivirá. En Carytha también llueve de vez en cuando. Lo que pasa es que no está acostumbrado a la fuerza con la que llueve aquí.

Robin se había pasado una semana en el Arashiki.

Varias personas habían comentado que les parecía absurdo que cruzase el mundo para quedarse tan poco tiempo, pero era lo máximo que Robin podía salir de la ciudad sin que las cosas empezasen a desmoronarse.

Durante los pocos días que había estado en el hogar de los Tsusano, había logrado hacer buenas migas con todo el mundo, a pesar de la barrera lingüística.

Eso hizo. Cumplió con su parte para que la cosa saliera bien.

Ahora le tocaba a Misaki hacer lo propio.

Respiró hondo, mareada por los nervios.

—¿Ocurre algo, Misaki?

—Ahora que ya se ha marchado, tengo… tengo algo que decirle, Tou-sama.

Había planeado esperar al día siguiente. Se había hecho tarde y su padre tendría ganas de acostarse, pero no podía esperar. No conseguiría pegar ojo si tenía que quedarse tumbada con la pregunta todavía rondándole por la cabeza.

—La tormenta no tardará en arreciar. Hablemos dentro.

Misaki siguió a su padre a una de las salas de estar del Arashiki, que estaba tan metida en la fortaleza que básicamente era una cueva esculpida en la pared del acantilado.

Incluso allí, las gotas de lluvia seguían azotando el Arashiki con fuerza y se mezclaban con el sonido de las olas al romper contra las rocas.

Misaki se arrodilló delante de su padre y colocó el farol entre ambos.

—Bueno, Misaki —dijo Tou-sama con amabilidad—, ¿qué ocurre, niña?

—Tou-sama… no pretendo faltarle al respeto…

—No lo has hecho, Misaki —contestó con ligereza y humor—. ¿Tienes pensado hacerlo?

—Es que… sé que se ha tomado muchas molestias para asegurar mi compromiso con Matsuda Takeru.

No quiero que piense que no lo valoro. De verdad que lo hago.

Pero… yo solo… —Santo Nagi, ¿por qué balbuceaba tanto?

Se detuvo para organizar sus palabras—. Sé que Robin le dijo…

bueno, yo le obligué a que le dijera… que había venido porque formaba parte de un proyecto de investigación.

—Aunque no lo has traído hasta aquí por eso. —Lo más probable era que Tou-sama hubiese cazado la mentira en cuanto la pronunció; interpretaba a la gente de la misma forma que los patrones meteorológicos, como nadie.

—Siento haberle mentido, Tou-sama. —Agachó la cabeza—. Necesitaba que lo conociera para que pudiese entender lo que… lo que estoy a punto de preguntarle.

—Vaya, mi florecilla, ahora sí que has despertado mi curiosidad. Desembucha.

—Yo, eh… No deseo casarme con Matsuda Takeru —lo dijo de golpe, con los ojos cerrados—.

Quiero volver con Robin a Carytha. —Abrió los ojos y se topó con la expresión inescrutable de Tou-sama a la luz temblorosa del farol—.

Ha accedido a casarse conmigo —añadió apresuradamente.

Se sentía mareada, como si su pecho careciese del aire suficiente para pronunciar todas las palabras que necesitaba para que su padre lo entendiese—.

Soy consciente de que Kaa-san quiere que me case joven y de que a usted le preocupa mi seguridad a futuro.

Ya ha visto lo buen guerrero que es, y justo acaba de heredar dinero suficiente para mantener a una familia, y seguiría casándome de acuerdo a mi estatus; técnicamente, sería un matrimonio por encima de mi estatus, ya que los Thundyil son manga koronu de honor en su tierra natal.

Por supuesto, usted es mi padre. No podría llevarlo a cabo sin su permiso…

Echó un vistazo a Tou-sama con inquietud y pesar. Tenía los puños apretados con tanta fuerza que las uñas le estaban dibujando medialunas en las palmas.

—Ay, Misaki… es un buen chico. —Su voz sonaba sincera, así que ¿por qué parecía tan triste?

—Entonces —contestó cuando no pudo soportar más el silencio—, ¿cuál es su respuesta?

—No.

Misaki reprimió la oleada de ira, de dolor , que se alzó en su pecho.

Era la respuesta que había previsto. Sabía que las posibilidades eran ínfimas.

No podía enfadarse con su padre. Solo podía enfadarse consigo misma por albergarlas, por habérselas dado a Robin.

Cuando los gemelos Thundyil descubrieron lo de su herencia, Misaki creyó que había una oportunidad.

Robin era un buen guerrero, venía de una buena familia y acababa de heredar una buena fortuna.

De pronto, había cumplido con todos los requisitos para casarse con una hija de una gran casa. Había habido una oportunidad…

—Misaki —dijo Tou-sama, e incluso pese a la ira irracional ella no podía soportar verlo tan triste—. Lo sien…

—Por favor —contestó ella con una voz tan pequeña y crispada que parecía demasiado frágil para ser suya—. No se disculpe, Tou-sama. Lo comprendo.