19 El farol
E l fuego que sostenía Robin en la mano se extinguió cuando el retumbar de un trueno les obsequió con otro chaparrón. Hizo un ruido de insatisfacción con la garganta.
—Al final tendremos que usar esa cosa pronto —dijo mientras señalaba con la cabeza el farol de kayiri apagado que pendía de los dedos de Misaki—. Si la lluvia arrecia, no conseguiré prender una buena llama.
—Has sido un buen farol, Robin. Ya hemos llegado. —Misaki señaló la lucecita que tenían enfrente, la farola que señalaba la única parada de autobús de Ishihama.
—Tu padre lo vaticinó —contestó Robin a la vez que levantaba la vista al cielo vespertino, prácticamente había anochecido y estaba nublado—. Incluso acertó el volumen de los relámpagos y el tamaño de las gotas.
—Suele hacerlo.
—¿Cómo?
—Si lo supiera, entonces habría solicitado un puesto para dar la previsión meteorológica en vez de dedicarme a la atención sanitaria de emergencia.
—Tenía que haberle pedido que me enseñase —musitó Robin cuando llegaron a la parada, que solo tenía una señal de madera clavada a la farola para indicar su posición.
—No sé yo cómo habría ido.
—¿Es porque soy un tajaka?
—No. Creo que es cuestión de experiencia. Ya sabes que él nació en el Arashiki. Cuantas más tormentas ves, mejor puedes distinguir las señales.
La lluvia se intensificó y la llama de Robin por fin se apagó, dejando la farola solitaria de la parada como única fuente de luz.
—Ya lo siento —se burló Misaki. Colocó la palma abierta por encima de la cabeza de Robin, una tarea difícil ya que el tajaka le sacaba unos cuantos koyinu, y desvió las gotas de lluvia que cayeron a su alrededor—. Deberíamos habernos esforzado más en buscarte un paraguas.
— A posteriori, cualquiera. —Se encogió de hombros, al parecer no dio importancia al viento del océano que esquivó el escudo de Misaki y le mojó el cuello y la cara.
Se quedaron en silencio un momento. Misaki se puso cerca para resguardarlo de la lluvia, lo suficiente como para notar el calor que irradiaba su cuerpo a través del abrigo negro.
Suspiró, derritiéndose contra la calidez, e intentó disfrutarlo por si esa era la última vez…
pero, no. No iba a darle vueltas al tema.
Era imposible que Robin supiese en qué estaba pensando.
Si Misaki quería hacerlo bien, entonces él tendría que seguir adelante.
—Bueno —soltó, y ella lo miró desconcertada cuando salió de sus pensamientos cada vez más sombríos—. ¿Lo he hecho bien? ¿O solo fingían que les he caído bien?
—¿Fingir? No, Robin. Les has encantado… sobre todo a Kazu.
—Para haberle caído tan bien me ha soltado bastantes golpes —respondió Robin a la vez que se frotaba un moratón en la barbilla, donde Kazu le había dado un puñetazo suave en un combate cuerpo a cuerpo.
—Fuiste tú quien aceptó la invitación para entrenar —señaló ella—. De todas formas, tiene dieciséis y es un Tsusano. Es su manera de demostrar cariño. Me habría parecido más preocupante que no te hubiese hecho ningún moratón.
—Vale. —Se rio Robin—. Confiaré en ti y me sentiré halagado entonces.
—Gracias por no quemarlo —respondió ella—, y por concederle un par de victorias. Eso te honra.
—¿Concederle? —repitió Robin—. Ha peleado bien. —Misaki se limitó a enarcar una ceja y le lanzó una mirada de complicidad a su amigo—. Se estaba esforzando mucho —suspiró Robin. Misaki puso los ojos en blanco.
—Dioses, mira que eres blando, Thundyil.
Los Tsusano dominaban la espada a la perfección, pero el combate cuerpo a cuerpo era la especialidad de Robin.
Kazu se había venido muy arriba al retar a su invitado extranjero a una pelea a mano desnuda.
Aunque Robin no solía rehuir un reto, tampoco era la clase de persona que disfrutase humillando a un guerrero más joven que intentaba dar lo mejor de sí.
Por mucho que Misaki estuviese acostumbrada a darle una paliza a Kazu y marcharse con una sacudida arrogante de pelo, Robin había dejado que el chico conservara el orgullo.
—Además —añadió Robin un instante después—. Pensaba que la idea era caerles bien a tus padres. Creí que arrastrar a su heredero por todo el dojo no sería la mejor forma de conseguirlo.
—Ay, Robin —suspiró Misaki con una risa—.
No tienes ni idea de cómo es la cultura de Shirojima.
Ser el más fuerte es bueno. Por eso todas esas familias poderosas de Shirojima no dejan de casarse entre sí.
Yo diría que dejar que Kazu te acertase un par de golpes sería un error si no fuera porque mi padre sabe distinguir una pelea amañada cuando la ve.
Se ha quedado bastante impresionado. —Eso esperaba.
—Poder —dijo Robin—. ¿En serio la gente se basa en eso para decidir con quién casarse?
Misaki asintió.
—Todo esto del compromiso… —Había intentado no sacar el tema durante todo ese tiempo, no sabía por qué lo sacaba en ese momento—. Mis padres han estado peinando la región en busca de la casa más poderosa que quiera aceptarme.
—¿Y has conseguido una buena? —preguntó Robin sin darle importancia, pero Misaki podía escuchar la tensión en su voz.
—¿Con quién te crees que estás hablando? Pues claro que sí —contestó Misaki con la misma tensión, aunque trató de hacerla pasar por indignación—. Los Matsuda, la casa de la Espada Susurrante.
—Langana, Misaki, ¡no está nada mal! —Robin se esforzó demasiado por fingir indiferencia. Negó con la cabeza—. Es solo que parece muy… desfasado.
Aquel comentario le arrancó una carcajada sincera a Misaki.
—¿Ahora te das cuenta de que vamos desfasados?
¿Es que no has visto cómo iluminamos la casa?
—Meneó el farol de kayiri que sujetaba con la mano izquierda; con la derecha seguía protegiendo a Robin de la lluvia—.
¿O que mi padre no dejaba de llamarte «hijo de Kri»?
—Un título que se había usado hacía siglos para dirigirse a los tajakalu cuya procedencia era desconocida—.
Mantenemos las antiguas tradiciones guerreras que el resto del mundo ha olvidado y nos enorgullecemos de ello.
Había pasado de lloviznar a llover a cántaros; Robin le sujetó la mano y dejó que el agua lo empapase.
Las criaturas de fuego solían languidecer y temblar bajo la lluvia, pero Robin Thundyil no parecía encajar con el resto de los de su especie.
Tenía piel de disanka, mucho más oscura que la de Misaki, pero más clara que la de un yammanka; luminosa como el aura de un littigi, pero más cálida.
Resplandecía bajo el aguacero. Las gotas de lluvia se evaporaban en cuanto lo tocaban con un suave siseo.
La niebla que producían captó el ardiente brillo de su piel y lo envolvió con unos vapores semejantes a unas llamas.
—No quiero irme sin ti —dijo.
Misaki lo miró entre la lluvia y atisbó una emoción que no reconoció en aquellos ojos color carbón. Robin Thundyil, el Pájaro de Fuego, el luchador contra el crimen que hacía que los delincuentes reincidentes temblasen nada más ver su sombra, tenía miedo.
—No tardaré en seguirte. —Le apretó el brazo—. Como habíamos planeado.
—Una semana —respondió Robin con firmeza—. ¿Volverás a Carytha en una semana?
—Sí. — Si al final todo acaba saliendo según lo planeado —. Volveré.
No obstante, si las cosas se torcían… en fin… Misaki no podía planteárselo en ese momento. Si dejaba que su mente fuese por esos derroteros, jamás podría soltarle la manga a Robin.
—Claro. —Robin asintió, casi más para sí mismo que para Misaki—. Tú sabes más que yo sobre el tema. Confío en ti.
Necio, se mofó una voz en su mente, pero una parte de ella que rezaba a todos los dioses para que Robin no estuviese siendo un necio y no se hubiese equivocado al confiar en ella la acalló.
Seguía tan enfrascada en sus pensamientos que no notó cuando Robin se agachó hasta que sus labios se toparon con los suyos.
Se puso tensa y soltó un sonidito de sorpresa.
El agua se las había ingeniado para mojarle la ropa a Robin y, calentada por el taya, se convirtió en vapor con un siseo al tocar la piel fría de Misaki.
En vez de apartarse para evitar el riesgo de congelación como haría cualquier tajaka cuerdo, Robin se hundió en él y se empapó del frío como un hombre sediento en un río a medio helar. Misaki se derritió.
Los besos eran una de esas extrañas costumbres carythias que en un principio había asqueado a Misaki, pero que había terminado por conquistarla.
Por lo visto, fueron los esclavos blancos que trajeron de Hades quienes introdujeron esa costumbre romántica en Carytha durante el apogeo del colonialismo yammanka.
La mayoría de los tajakalu no se besaban, pero Misaki recordó que la primera vez que los labios de Robin se encontraron con los suyos nunca se había alegrado tanto de que ese tajaka en concreto se hubiese criado en unos suburbios de bárbaros blancos.
Arropada por su calor, tuvo que preguntarse qué atractivo tenía aquello para los adyns blancos que carecían de jiya o de taya.
¿Qué tenía de mágico algo que no hirviese entre extremos?
¿Qué tenía de emocionante un beso que no provocaba chispas y vapor y que no quemaba de esa forma?
Robin la mantuvo ahí, enroscada entre los zarcillos de humo, antes de separarse.
—Perdona —se disculpó cuando Misaki se llevó una mano a los labios, que le cosquilleaban, e hizo lo posible por parecer ofendida en lugar de enternecida—. Tenía que hacerlo… por si acaso… Lo siento. Estoy nervioso.
—¿Por qué? —Misaki se rio para disimular que estaba igual de inquieta o peor—. Has cumplido con tu parte. Has estado increíble.
—¿Y si no basta? —preguntó Robin—. ¿Y si se niegan?
—No lo harán.
—Pero ¿y si lo hacen?
—Entonces la respuesta es «no». —Misaki se encogió de hombros.
—Es solo que me parece raro que dejes que alguien tenga la última palabra sobre con quién pasas el resto de tu vida.