La espada de Kaigen 18 El refugio #3
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18 El refugio #3

Atsushi negó con la cabeza. Su llanto fue uno de los muchos que llenaron el pequeño búnker.

En cuanto Misaki se puso en pie, Takeru entró deslizándose con su propio hielo al búnker a medida que una lluvia de balas lo seguía casi hasta el umbral.

Se las ingenió para aterrizar con más suavidad que los demás, incluso cuando los disparos levantaron una rociada de esquirlas de hielo cortantes a su alrededor.

—¡Retroceded! —ordenó a los aldeanos mientras detenía las esquirlas con las palmas de las manos antes de que pudiesen entrar al búnker.

—¿Y su hijo, Matsuda-dono? —Chul-hee pasó la mirada de Takeru a Misaki—. ¿Dónde está Mamoru?

—¿No está aquí? —Misaki escudriñó a la gente apiñada en las oscuras profundidades del búnker, pero no lo vio.

A simple vista, no había más de treinta y cinco personas, la mayoría mujeres y niños.

¡Era imposible que no hubiese más supervivientes!

No obstante, cuando se volvió para mirar hacia la aldea, no había nadie más subiendo la montaña.

—Matsuda Mamoru sigue desaparecido —afirmó Kwang Tae-min, el padre de Chul-hee—. Junto con su tío, Yukino Dai y casi todos los hombres.

—¿Qué? —preguntó Hyori en voz baja.

Takeru sujetó la pesada puerta del refugio y se dispuso a cerrarla.

—¡Espere, espere! —Hyori se aferró a la manga de Takeru—. ¡Matsuda-dono, mi marido sigue ahí fuera!

Takeru hizo caso omiso y empezó a cerrar la puerta.

—Espera —insistió Misaki en voz más alta—. Hyori tiene razón. ¿Y los guerreros? —¿Y Mamoru? ¿Dónde está?

—No va a venir nadie más —contestó Takeru de forma monótona sin mirarla.

Misaki sintió que el mundo se volvía gris. La energía desenfrenada que se había apoderado de ella e hizo que siguiese avanzando se esfumó.

—¿Qué?

—Cuando abandoné la línea, mi hermano y mi hijo eran los únicos guerreros que seguían con vida. Aún había más de cien ranganeses acercándose a ellos. No va a venir nadie más.

La fuerza abandonó los miembros de Misaki.

—No… no… —comenzó a repetir Hyori con un gemido metódico en voz baja que se fue volviendo cada vez más estridente hasta convertirse en un chillido—. ¡No puede ser! ¡No puede ser!

—Deberías estar orgullosa, Yukino-san. —Takeru bajó la vista hacia la mujer destrozada—. Murió con la espada en la mano.

Hyori gritó.

Aquella noche en el búnker fue lo más cerca que estuvo el reino de Duna de parecerse al Infierno.

La oscuridad apestaba a sangre y a vómito.

Hyori llamó a su marido y a su hijo a gritos.

La mujer de Ameno Samusa insistió en que su hija había estado despierta cuando entraron al búnker, a pesar de que quienes estaban a su alrededor trataron de decirle que la chica tenía el cráneo destrozado.

Una de las ancianas Ikeno murió ahí mismo, en la oscuridad abarrotada, mientras sus nueras intentaban curarle las heridas con el escaso material médico que había en el refugio.

Entre el ruido, Misaki apenas fue consciente de Izuko, que berreaba sobre su regazo, pero no parecía ser capaz de levantar los brazos para estrecharlo.

Fue entonces cuando empezó a salir del frenesí de la contienda, cuando se dio cuenta de qué había impulsado a su cuerpo a seguir moviéndose a pesar de ese calvario, a pesar de las heridas que deberían haberla dejado fuera de combate.

Era algo más que adrenalina. Había albergado la esperanza, por muy ridícula que fuese, de que todos conseguirían salir de esta con vida.

Esa esperanza había comenzado a desvanecerse en el recinto de los Yukino, cuando vio el cadáver del pequeño Ryota.

El golpe sordo cuando se cerró la puerta del búnker había descendido como una espada, rematándola.

El refugio estaba cerrado y Mamoru no estaba ahí. Mamoru no iba a venir.

Después de haber pasado tanto tiempo reprimiéndolo, el agotamiento se cernió sobre ella con saña y la debilitó hasta paralizarla.

Se dio cuenta a regañadientes de que Takeru había tenido razón con respecto a la conmoción.

Le palpitaba la cabeza. Los contornos que debería haber visto con nitidez se desdibujaban a la luz tenue.

Incluso sus sentidos de jijaka, que nunca le fallaban, empezaron a esfumarse.

El latido de los corazones humanos que solía distinguir con tanta facilidad en la oscuridad se deformó y se confundió con el dolor que le pulsaba en la cabeza y en el pecho.

Las lágrimas, la saliva, la sangre, el sudor y el ácido estomacal se volvieron indistinguibles a medida que recorrían y salían del cuerpo de la gente.

—¿Kaa-chan? —preguntó la voz aterrada de Nagasa junto a su hombro, lo único que la mantuvo anclada a la realidad, un hilo fino que evitaba que cayese presa de un caos informe—. Kaa-chan, ¿qué está pasando? —El niño le tiró de la manga para intentar que su madre volviese con él—. ¿Qué está pasando?

No consiguió que le funcionase la voz para responderle. Ni siquiera podía levantar la mano para ofrecerle consuelo. No cuando la piel desaparecía y Misaki ni siquiera era capaz de discernir qué líquido salía de los cuerpos allí presentes.

—¡Kaa-chan, bebé llora! —La voz diminuta de Nagasa se quebró—. ¡Bebé llora!

Al no conseguir que su madre le respondiese, Nagasa también se echó a llorar.

Al final, los sollozos, los gritos y los quejidos de dolor se fundieron en una marea pegajosa de sonidos que solo variaba cuando el retumbar de las bombas se acercaba demasiado al refugio y hacía que aumentase.

El mar devoró a Misaki. El fuego y el ácido parecieron colarse en sus pulmones y reavivar las punzadas del pecho.

El dolor la paralizó, como si una lanza que la dejase clavada a la pared del búnker estuviera atravesándole el pecho.

Necesitaba que alguien le hablase, una voz serena que la mantuviese anclada a la realidad antes de que todo se fundiese en esa sopa de sangre y ruido, pero Setsuko seguía inconsciente, Hyori estaba desplomada en el suelo, al parecer demasiado sumida en su propia agonía como para percatarse de lo que sucedía a su alrededor, y Takeru…

en fin, Takeru por supuesto ni siquiera se giró para mirar a su mujer.

Se quedó dándole la espalda a los otros aldeanos, delante de la puerta del búnker, una estatua de piedra inamovible en la oscuridad.

En ese momento, Misaki tuvo la extraña sensación de que él era la clave.

Si pudiese alargar el brazo y sujetarse, quizá podría estabilizarla.

Su silueta rígida parecía lo único inmóvil en aquella masa de carne humana que se retorcía y sollozaba.

No obstante, Takeru estaba tan distante como inmóvil y, tras años de experiencia, Misaki sabía que alargar el brazo y llamarlo no supondría ninguna diferencia.

Era intocable.

Y ella estaba sola, ahogándose en los gritos.