La espada de Kaigen 18 El refugio #2
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18 El refugio #2

A esas alturas, Misaki había empezado a acostumbrarse a la ráfaga que sucedía a la muerte de un fonyaka; una brisa inquietante pero inofensiva en el caso de los soldados más débiles y un aullido en toda regla en los soldados de élite vestidos de negro.

Nada podía haberla preparado para el poder que salió con un estallido de ese hombre al cortarle el cuello.

La ráfaga hizo que la sangre de su portador saliese disparada en todas direcciones, hizo añicos un par de jarrones cercanos y tumbó a Misaki, reavivando el dolor punzante del pecho.

Se puso a cuatro patas con esfuerzo entre los trozos de porcelana a medida que los últimos vestigios de fonya del hombre rugían por el resto de la casa y hacían temblar las paredes.

Con un sonido horripilante, a medio camino entre un chillido y un sollozo, Hyori, salpicada de sangre, empezó a patalear para salir de debajo del cuerpo decapitado.

—¡Lo siento! —exclamó Misaki, que se acercó penosamente para quitarle el cadáver de encima a su amiga—. Lo siento, Hyori-chan. Eso ha sido… mucho más desagradable de lo que pretendía.

Hyori estaba ensangrentada y tenía la cara surcada por las lágrimas, pero el alivio inundó a Misaki al comprobar que el nyama de su amiga seguía fuerte.

La mayor parte de la sangre había salido de su atacante.

Hyori trató de cerrarse el kimono para taparse mientras sollozaba, pero le temblaban tanto las manos que no pudo hacerlo.

—Hyori, lo siento muchísimo —se disculpó Misaki a la vez que le apoyaba una mano en el hombro a la otra mujer—. Siento no haber llegado antes.

Teniendo en cuenta el poder del fonya moribundo del soldado, Misaki habría tenido muy pocas probabilidades de acabar con él de no haber sido por el factor sorpresa, pero debería haberlo intentado. Alguien debería haberlo intentado. De alguna forma. Eso jamás tendría que haber pasado.

Misaki extrajo agua del aire y se la pasó a su amiga por el cuerpo para limpiarle la sangre y el resto de fluidos que el soldado ranganés le había dejado.

Entonces, intentó cerrarle a Hyori el kimono, pero la prenda estaba tan destrozada que no conseguía taparle los pechos amoratados después de que unos dedos se los hubiesen arañado.

Misaki apretó los dientes. Hasta ese momento, no había sentido un odio real por los ranganeses, aunque de pronto deseó no haberse cargado tan rápido a ese hombre.

Pensó con tristeza en todas las cosas que podría haberle hecho antes de matarlo, en la de veces que podría haberlo apuñalado y en la de partes que podría haberle cercenado…

pero ninguna clase de violencia bastaría para sanar a Hyori.

A pesar de la rabia que sentía, Misaki se obligó a decirle a su amiga con ternura mientras le frotaba los brazos:

—Tranquila, Hyori-chan. Está muerto. Se ha ido. Todo saldrá bien.

—No, no es cierto. No es cierto. —Se le derramaron más lágrimas de los ojos, que le descendieron por las mejillas—. ¡Ha matado a mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi pequeño!

Una parte de lo que hacía que Hyori fuese tan hermosa era su simplicidad. Aquellos ojos tiernos eran tan claros como el deshielo primaveral, no podían ocultar nada. Su amor, su alegría y su dicha eran puros. Al igual que su dolor. Sin filtros. Verlo resultaba insoportable.

Misaki se tragó las lágrimas con crueldad. Todavía no estaban a salvo.

—Sigues viva —insistió—. Sobrevivirás a esto.

—No quiero hacerlo. —A Hyori se le quebró la voz—. No quiero, no quiero.

—Lo siento muchísimo, Hyori-chan. —Misaki le retiró un mechón de pelo detrás de la oreja—.

Sé que no va a ser fácil, pero necesito que te levantes.

—Ya habría tiempo para desmoronarse cuando todo el mundo estuviese a salvo.

Misaki se quitó el abrigo, envolvió a su amiga con él y se lo ciñó con fuerza para taparle lo que el kimono no podía—.

Yosh, Hyori-chan. —Misaki tiró del brazo de Hyori e hizo lo posible por apremiarla con suavidad—. Buena chica. Levanta.

—No puedo —respondió Hyori a la vez que negaba con la cabeza—. Me duele.

—Tienes que hacerlo. En cualquier siira, empezarán a bombardear la montaña.

—Me da igual. Déjame aquí.

—No puedo —contestó Misaki—. ¿Qué voy a decirle a Dai-san cuando regrese entonces?

—Él no me querrá. —Hyori se tapó la cara con las manos y sollozó—. Estoy mancillada. Estoy sucia.

Misaki le pasó el brazo por los hombros a Hyori y se levantó, tirando de su amiga sin hacer caso de sus protestas. Hyori soltó un grito de dolor lastimero y le cedieron las piernas.

—¡Por favor! Misaki, ¡déjame! ¡Déjame que me quede con mi hijo!

—No —respondió Misaki con los dientes apretados—. No. No vas a morir aquí. Ninguna de las dos lo hará.

Para cuando Misaki consiguió sacar a Hyori hasta las puertas rotas del recinto de los Yukino, la mujer se había desmayado. Takeru las estaba esperando allí, con Setsuko todavía al hombro.

—No tenemos tiempo para esto —declaró. Se pasó a Setsuko al otro hombro como si la mujer robusta no pesara nada y alargó el brazo para que le pasase a Hyori.

—No. —Misaki se agachó y se echó el cuerpo flácido de Hyori a hombros—. Yo me encargo. Tú corre.

—Misaki…

Una explosión ensordecedora hizo temblar el suelo y a Misaki se le cayó el alma a los pies.

El bombardeo había comenzado. Echó a correr.

Hyori era bastante más alta que Misaki, pero Robin Thundyil, Elleen Elden y unas cuantas personas más habrían muerto si Misaki no pudiese poner a salvo a alguien más grande que ella con rapidez.

Takeru también se puso a correr. E incluso aunque hubiesen tenido tiempo para discutir, tampoco habrían podido escucharse el uno al otro.

Las bombas sacudieron la falda de la montaña como un trueno e hicieron temblar el suelo bajo los pies de Misaki.

Unos hombres gritaron en la lejanía. Lo único que pudo hacer fue rezar para que esos gritos perteneciesen a los ranganeses en lugar de a los habitantes que no conseguían llegar al refugio.

En medio del ruido ensordecedor y de la oscuridad, no había forma de discernirlo.

Takeru, que iba por delante, frenó en seco en la nieve. Misaki casi se chocó contra él hasta que vio por qué se había detenido. Había una silueta delgada delante de él en la oscuridad; Atsushi, el hijo del espadero.

—¡M-Matsuda-dono! —chilló el niño. Tenía un color ceniciento en el rostro, como si hubiese presenciado cosas que le hubiesen separado el alma del cuerpo.

—Atsushi —respondió Takeru—. ¿Y tu familia?

—M-mi padre… —Al pequeño herrero le temblaron los labios.

Señaló el paso del sur—. Una de las bombas le ha dado.

S-se ha quedado sin pierna. M-m-me dijo que huyera.

N-no pude ayudarlo. Sigue en el camino, pero yo no soy lo bastante fuerte como para cargar con él.

Por favor… Matsuda-dono. Tiene que volver.

Tiene que salvarlo. —Takeru se quedó mirando al chico numu durante un momento.

Luego, lo levantó en brazos por la cintura y siguió corriendo—.

¡Espere! ¡Matsuda-dono, no! —Las lágrimas descendieron por la cara de Atsushi mientras forcejeaba y pataleaba en vano contra Takeru—. ¡Por favor! ¡Por favor!

—Esto es indecoroso, muchacho —contestó Takeru con frialdad—. No me obligues a dejarte inconsciente.

Con un último sollozo desesperado, Atsushi dejó de forcejear y se aferró a Takeru, hundiendo la cara en el kimono de su señor como si ahí fuese a encontrar un ápice de consuelo.

Los gritos de Atsushi le partieron el corazón a Misaki, pero no podía culpar a su marido por esa decisión en concreto.

El desvío para salvar a Hyori ya había puesto sus vidas en peligro.

Volver al paso del sur en mitad de un ataque aéreo sería casi una muerte segura.

Incluso aunque fuese para salvar al mejor espadero de Takayubi, no merecía la pena.

Divisaron el refugio a un par de bounds, cuando el sonido de un caza que voló bajo partió el aire.

Misaki, aturdida, trastabilló por la fuerza del viento.

Entonces, una bomba estalló a solo unos bounds de distancia.

Si no hubiese llevado carga, quizá podría haberse mantenido en pie, pero entre el viento y el peso muerto de Hyori desestabilizándola, se cayó.

Los pilotos tenían buena vista, pero el sol había desaparecido. Y en la oscuridad era imposible distinguir a los fonyakalu de los jijakalu.

Misaki rodó para quedarse a cuatro patas. Incapaz de dar con las fuerzas para levantarse, se arrastró hacia Hyori. La otra mujer gruñó y abrió los ojos afligidos cuando Misaki la sujetó por el brazo. A pesar del pitido que escuchaba en los oídos, Misaki la oyó lloriquear:

—¿Por qué? ¿Por qué nos disparan?

Porque damos igual , pensó Misaki, impasible. Lo único que le importa al Imperio es detener aquí a los ranganeses, sin importar cuántos de nosotros quedemos atrapados en el fuego cruzado.

Antes de que Misaki pudiese levantar a Hyori, notó el jiya de Takeru alzarse a su alrededor.

La nieve sobre la que estaba se convirtió en un avión de hielo tan liso como la superficie de un lago helado.

La mayoría de los jijakalu eran incapaces de crear formaciones de hielo lo bastante sólidas como para levantar a varias personas a la vez, pero Takeru no era como la mayoría de los jijakalu.

Alzó la mano, el hielo liso se inclinó y mandó a todas las personas que estaban encima deslizándose hasta la entrada del refugio.

Una lluvia de balas quebró el hielo sobre el que Hyori había estado hacía unos instantes, pero la estructura no cedió.

Un momento después, Misaki, Hyori, Atsushi y una Setsuko inconsciente cayeron sobre el suelo de cristal jonjo del búnker.

Las manos del resto de los aldeanos se apresuraron a agarrarlos para meterlos dentro.

—¡Kaa-chan! —exclamó una voz con alivio, y Misaki se topó con Nagasa aferrado a su brazo.

—Atsushi —dijo Chul-hee mientras ayudaba al joven y magullado herrero a ponerse en pie—. ¿Estás bien, numuden? ¿Y tu familia?