La espada de Kaigen 18 El refugio
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18 El refugio

M isaki se sobresaltó al escuchar un estruendo y abrazó a Hiroshi con más fuerza.

Pero el joven fonyaka que apareció en la entrada ya estaba muerto, una sola mano blanca alrededor del cuello le había partido la columna.

La invadió una oleada de jiya glacial cuando Takeru tiró el cuerpo flácido del chico a un lado y entró en la habitación.

—Estás hecha un desastre —dijo a modo de saludo—. Los dos. ¿Dónde están Setsuko y los niños?

—S-Setsuko está inconsciente —contestó Misaki mientras señalaba la sala contigua.

Su jiya le confirmó rápidamente que a su cuñada aún le latía el corazón, aunque no estaba segura de si estaba muy herida.

No había conseguido moverse, no quería soltar a su hijo—.

Izumo, Nagasa y Ayumi están escondidos en el sótano.

—Bueno, ¿entonces a qué estáis esperando?

—Mamoru —empezó a decir Misaki, desesperada—. ¿Dónde está…?

Entonces, un rugido desgarró el cielo en el exterior. ¿Otro tornado? No. Aviones.

«Ciudadanos de Takayubi —una voz amplificada partió la noche en kaigengua—. Para velar por la seguridad nacional, su majestad imperial ha ordenado bombardear la zona. Tenéis diez siiranu para llegar al refugio antiaéreo más cercano».

¡Chul-hee lo había conseguido! Ahí estaban los refuerzos.

«Su majestad imperial ha ordenado bombardear la zona —repitió la voz—. Tenéis diez siiranu para llegar al refugio antiaéreo más cercano».

—Bien, tenemos nuestras órdenes —anunció Takeru como si el alcalde le acabase de mandar rellenar un par de papeles—. En marcha.

—¿Y qué pasa con los demás? —preguntó Misaki—. ¿Y tu hermano? —¿Y Mamoru?

—Escucharán el aviso —contestó Takeru con el mismo tono indiferente—. Son rápidos. Nos reuniremos con ellos en el refugio. Vamos a buscar al resto de los niños.

Misaki asintió, se puso en pie y fue corriendo hasta el sótano.

Cuando abrió las puertas de golpe, los tres pequeños estaban acurrucados entre las conservas.

Ayumi lloriqueaba en el suelo, todavía medio arropada en la tela que se había quitado Setsuko del hombro.

Nagasa estaba arrebujado al fondo del sótano, tapándole los oídos a Izumo, que descansaba en su regazo.

—Ven, Naga-kun —dijo mientras se arrodillaba para consolar a la pequeña Ayumi—.

Tráeme al bebé. —Takayubi solo disponía de un refugio antiaéreo, que estaba más arriba de la montaña, junto a la oficina del alcalde, y solo tenían diez siiranu para llegar—.

Naga-kun. Lo siento mucho. —Le acarició el flequillo a Nagasa antes de sujetar a un bebé en cada brazo—.

Voy a necesitar que corras. Puedes correr solo, ¿verdad?

—Sí, Kaa-chan —respondió Nagasa con los ojos abiertos de par en par por la confusión cuando los aviones descendieron. Misaki no estaba segura de si lo entendía de verdad o de si había contestado de forma automática, pero solo tenía dos brazos.

—Hiro-kun —dijo cuando salió del sótano con Nagasa y los bebés—, dale la mano a tu hermano y no se la sueltes. Asegúrate de que no se quede atrás.

—Sí, Kaa-chan. —Hiroshi deslizó la mano manchada de sangre sobre la de Nagasa y se la sujetó con fuerza, tirando de él detrás de Misaki conforme ella se dirigía a la entrada.

Misaki los guio por los pasillos traseros de la casa y evitó pasar por la cocina y el pasillo principal, donde descansaban los cadáveres masacrados. Nagasa no tenía por qué verlos.

Cuando salieron al genkan, Takeru los estaba esperando, con la silueta flácida de Setsuko echada al hombro como si la mujer corpulenta no pesara nada.

—¿Está…?

—Se pondrá bien —contestó Takeru—. Vámonos.

Fuera, la noche era un caos. Las mujeres chillaban y trastabillaban en busca de otros.

Los niños no sabían a dónde correr. Misaki echó un vistazo con inquietud en busca de soldados ranganeses, pero los únicos que vio ya estaban muertos, inmóviles sobre la nieve blanca mientras la escena en torno a ellos daba vueltas con el caos que habían creado.

—¿Ha acabado con todos los ranganeses de la aldea? —preguntó.

—Todos los que han llegado a posar un pie en la nieve —replicó Takeru.

Pues claro. El poder de un Matsuda discurría por la nieve de la montaña.

Ningún soldado que estuviese sobre la nieve podría haber escapado al hielo de Takeru.

Pero eso significaba que seguro que se le habrían escapado algunos soldados, los que habían irrumpido en las casas para deshacerse de las mujeres y los niños.

Los aviones rugieron más cerca de la ladera en la oscuridad; el estruendo chirriante que emitieron al descender era tan fuerte que parecía existir en varias dimensiones a la vez. Nagasa se quedó mirándolos con los ojos abiertos de par en par mientras Hiroshi tiraba de él.

—¿Pájaros? —preguntó con curiosidad, como si no se percatase del pandemónium de adultos que lo rodeaban.

—Aviones —lo corrigió Hiroshi—. El emperador ha mandado a sus pilotos.

—¿Para qué?

La respuesta de Hiroshi fue simple, pero cierta:

—Para matar.

—¡Vosotras dos! —les dijo Takeru a dos mujeres Mizumaki, una madre y una hija, que estaban cerca—. Mi mujer está herida. Ayudadla a llevar a sus hijos al refugio.

—¿Qué? —Misaki empezó a resistirse cuando las mujeres se dispusieron a obedecer—. ¿De qué hablas? No estoy…

—No hagáis caso de nada de lo que diga —les dijo a las mujeres Mizumaki sin mirarla—. Sufre una conmoción.

Una silueta se acercó cuando las mujeres le quitaron a Izumo y a Ayumi, inconfundible porque estaba bajando la montaña en lugar de subir en dirección al refugio.

Takeru lo reconoció antes que ella.

—Kwang Chul-hee —dijo.

El norteño todavía conservaba el wakizashi que le había dado Takashi atado a la cadera, pero no parecía haberse topado con ningún ranganés. Salvo por estar sin aliento, parecía sano y salvo.

—Matsuda-dono —jadeó—. ¿Están todos bien?

—Estamos bien —respondió Takeru—. Por cierto, buen trabajo al avisar a los refuerzos. Te estamos agradecidos.

—Mi padre ha encontrado un censo en el despacho del alcalde y ha estado tachando personas conforme llegan al refugio —dijo—.

He venido a buscar a las familias que nos faltan.

—Echó un vistazo a su dispositivo de comunicación, que le iluminó la cara en la oscuridad creciente, y tocó la pantalla—.

Ahora que estáis de camino, puedo tachar a vuestra familia…

salvo por… —Levantó la vista para volver a mirar al grupo pequeño.

Una expresión de dolor le atravesó el rostro—. ¿Dónde está Ma…?

—¿Quién más nos falta? —exigió saber Takeru mientras iba subiendo la pendiente hacia el refugio—. Además de los guerreros.

—Mmm… No tenemos noticias de la mitad de los Mizumaki —indicó Chul-hee—. Todavía nos faltan todos los Katakouri salvo uno y nadie ha visto a ni un solo miembro de los Yukino.

—¿Cómo? —Misaki frenó en seco—. ¿Estás seguro?

—Lo siento —respondió Chul-hee—. Nadie ha visto a Yukino Hyori ni a su hijo.

—¡No! —Misaki se llevó una mano a la cadera solo para que sus dedos rozasen la abertura de una vaina vacía. Se había dejado a Siradenyaa en casa. Desarmada, se volvió de forma suplicante a su marido, que todavía empuñaba a Kyougetsu—. ¡Tenemos que volver! ¡Tenemos que encontrarla!

—Mi hermano me ordenó que fuese a buscaros a ti, a Setsuko y a los niños y que os pusiese a salvo. Vamos. Tenemos que avanzar.

—Es nuestra amiga. ¿Cómo puedes…?

—Esas son mis órdenes —espetó él—, y yo acabo de darte las tuyas.

—Sí, señor. —Misaki apretó la mandíbula. Entonces, se tambaleó y se llevó una mano a la cabeza—. Lo siento, estoy… estoy. Kwang-san, ¿te importaría darme el brazo?

—Claro —respondió Chul-hee, que se apresuró a ayudarla.

Takeru debió de percatarse de que su mirada iba a parar al wakizashi que Chul-hee llevaba a la cadera.

Avanzó un paso para detenerla. Como sabía que no era lo bastante rápida para vencerlo, Misaki dio un giro.

En vez de lanzarse directa a por el arma, giró el cuerpo hacia el de Chul-hee e hizo un movimiento que puso al muchacho entre ella y su marido.

—E-espera, ¿qué? —tartamudeó el norteño, sorprendido.

Cuando la mano de Takeru agarró el hombro de Chul-hee en lugar del de Misaki, ella aprovechó para apoderarse de la empuñadura del wakizashi.

Entonces, empujó al chico hacia atrás contra Takeru a la vez que ella se echaba hacia delante. El wakizashi se deslizó de la vaina y echó a correr, arma en mano, hacia el recinto de los Yukino.

No miró atrás para ver si Takeru la seguía.

Podía dejarle a Setsuko a Chul-hee con la esperanza de que el chico pudiera llevarla a salvo hasta el refugio o bien perseguir a Misaki con su cuñada al hombro. De cualquier forma, el recinto de los Yukino estaba lo bastante cerca como para que la alcanzase antes de llegar.

Las puertas dobles de la entrada estaban abiertas, arrancadas de los goznes por la misma fuerza bruta de fonya que había atravesado el recinto de los Matsuda.

Misaki se encontró con un cuerpo diminuto en un kimono gris claro no muy lejos de la entrada.

Ryota. El niño de cuatro años descansaba bocabajo en el escalón del genkan.

La sangre le había empapado la espalda, que manchó el copo de nieve del emblema de los Yukino, pero Misaki percibió que el flujo en sus venas se había detenido.

Apartó la vista rápidamente, a sabiendas de que no podía hacer nada por el agradable pequeñín.

—Lo siento, Ryota-kun —murmuró, y trató de no pensar en su sonrisa alegre ni en su risa contagiosa mientras avanzaba. Tenía que encontrar a Hyori.

Lo primero que vio Misaki del soldado ranganés fue su espalda. Estaba encima de Hyori, sentado a horcajadas. Ella tenía el kimono desgarrado, que le dejaba las piernas blancas al descubierto.

Misaki se abalanzó sobre él antes de que pudiera darse la vuelta. Puede que el wakizashi de sobra de Takashi no fuese tan ligero y afilado como Siradenyaa, pero Misaki le asestó un corte limpio que sajó músculo, tráquea y columna vertebral de un solo golpe.