La espada de Kaigen 17 El final
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17 El final

– ¿ M isaki? —preguntó una voz desde arriba. ¿Por qué tenía el pecho lleno de cuchillos? Dioses, ¡qué dolor!—. ¡Misaki!

Pestañeó para abrir los ojos y le sorprendió darse cuenta de que, en realidad, no tenía varios cuchillos hundidos en el torso. Estaba de una pieza y solo le sangraban los cortes irregulares que llevaba en los antebrazos.

Setsuko la estaba mirando con lágrimas en los ojos.

—¡Misaki! Ay, alabada sea Nami, ¡menos mal que estás bien!

—Antes de que pudiese reaccionar, la otra mujer la había estrechado en un abrazo aplastante que le provocó más pinchazos de dolor en las costillas.

Entonces, Misaki lo recordó: el destello de las cuchillas del abanico, un brazo despellejado, el Lanzou Linghun arrebatándole el aire de los pulmones.

¿Qué haces?, intentó decir Misaki. ¡Vete! ¡Márchate y escóndete! No obstante, cuando abrió la boca, de esta solo salió un gruñido sibilante.

—Yosh, yosh —la calmó Setsuko mientras le frotaba la espalda—. Te recuperarás.

—¿C-cuán…? —susurró Misaki, y notó que se le anegaban los ojos de lágrimas por el dolor. ¿Cómo era posible que pronunciar un solo sonido doliese tanto?—. ¿Cuánto… ti-tiempo…?

—¿Cuánto tiempo has estado inconsciente?

—terminó Setsuko—. Creo que solo un par de dinmanu.

Oí esos gritos tan espantosos; sé que me dijiste que me quedase en el sótano, pero tenía que…

Lo siento. Lo siento —balbuceó—. Tenía que asegurarme de que estuvieras bien.

Perdiste el conocimiento justo cuando entré.

¡A-además, hay un montón de sangre! ¡No sabía de quién era y c-creí que estabas muerta, Misaki! ¿Qué ha pasado?

Misaki negó con la cabeza en silencio. Se suponía que Setsuko no debía enterarse. Se suponía que no debía enterarse de nada.

—Entonces, a esa chica de ahí… —empezó a decir Setsuko mientras señalaba el desastre medio decapitado y medio despellejado que había sido la fonyaka de los abanicos—.

¿La has matado tú? —Misaki cerró los ojos con fuerza para soportar el dolor y asintió—.

¿Y todos esos hombres del pasillo? ¿También son cosa tuya?

—Setsuko habló despacio, como si tuviese miedo de saber la respuesta.

No obstante, no tenía sentido mentirle, así que volvió a asentir—. ¡Santa Nami, Misaki!

Misaki mantuvo los ojos cerrados, no quería ver la expresión horrorizada de Setsuko. Esperó angustiosamente a que su cuñada retrocediese y la apartase; pero en su lugar, Setsuko la estrechó con más fuerza.

—¡Menos mal que estás aquí! —La voz de Setsuko se quebró en llanto—. ¿Qué habríamos hecho? ¿Qué habríamos hecho sin ti?

En ese momento, Misaki lo percibió: una sensación vaga de que todavía quedaba un fonyaka vivo cerca. Le sujetó los hombros a Setsuko y apretó los dientes en un intento por pronunciar unas palabras.

—Vete… ya… —consiguió decir. Setsuko no estaba a salvo.

—Lo siento —contestó Setsuko cuando la sensación de Misaki se convirtió en una certeza. En algún lugar de la habitación de al lado, un fonyaka se estaba preparando para atacar—. Sé que me dijiste que me escondiera, pero cuando escuché los gritos, no pude…

—¡Apártate! —Misaki empujó a Setsuko con todas las fuerzas que le quedaban justo cuando la pared de al lado estalló.

El viento hizo que Misaki saliese dando vueltas por los tablones de madera. Se cubrió la cabeza con las manos y esperó haber empujado a Setsuko con la fuerza suficiente para alejarla de los escombros que le magullaron los antebrazos y repiquetearon por el suelo a su alrededor.

¡Levántate! Chilló su mente mientras el entumecimiento de la conmoción y del impacto hacía latir sus extremidades. ¡Levántate y lucha!

Su cuerpo era incapaz de hacerlo. Todo le dolía una barbaridad.

Lo único que quería hacer era quedarse tumbada y dejar que el nuevo atacante la asesinara.

Que todo acabara. Pero su vida no era la única que estaba en juego.

Sin embargo, como Setsuko estaba ahí, y quizá justo por eso, apoyó las manos contra el suelo e intentó levantarse. No llegó a ponerse en pie.

En su lugar, una mano le agarró el pelo suelto y tiró de ella hacia arriba, arrancándole un grito a sus pulmones magullados.

Era el fonyaka de las cicatrices. Al ver la sangre goteándole de la cabeza al hombre, Misaki agradeció no haber sufrido toda la fuerza del ataque de la guerrera de los abanicos como él.

Seguramente, el golpe lo había dejado fuera de combate durante unos siiranu, aunque no parecía haberlo debilitado.

Lanzó a Misaki por la cocina con un movimiento de brazo y sin apenas esfuerzo.

Misaki aterrizó en la mesa en la que Mamoru y Chul-hee habían estado estudiando, dio vueltas, destrozó tazas e hizo que los pergaminos saliesen volando.

Cuando cayó en el tatami al otro lado de la mesa, parecía como si el cuerpo entero le estuviese latiendo con moratones incipientes.

Le escocía el cuero cabelludo y sintió un dolor agudo en el cuello que rivalizaba con el de los pulmones.

Intentó librarse de las estrellas que le nublaban la vista, se aferró al borde de la mesa y trató de levantarse, pero le temblaba tanto el cuerpo que no pudo.

Pestañeó, incapaz de discernir al fonyaka de las cicatrices que avanzaba en su dirección a zancadas.

—¡Detente! —chilló una voz, y Misaki se dio la vuelta para ver a Setsuko blandiendo un cuchillo de cocina—. ¡Déjala en paz!

—¡No! —A Misaki se le abrieron los ojos de par en par y el pánico la hizo levantarse—. ¡Setsuko, no!

Demasiado tarde. Setsuko ya estaba arremetiendo contra el soldado, con el cuchillo en ristre, listo para apuñalar. El revés despreocupado del fonyaka la hizo atravesar la puerta trasera de la cocina.

—¡No! —gritó Misaki—. ¡No! ¡No! —Salió disparada hacia delante, ¿para ir hacia Setsuko? ¿Para atacar al hombre?

Tenía la mente tan conmocionada por el impacto que ni siquiera ella misma estaba segura, pero el fonyaka fue más rápido.

La sujetó por la garganta y volvió a estrellarla contra el suelo.

A esas alturas, Misaki ya no sabía si matarlo cambiaría algo.

Viviría, sí, pero en cuanto los próximos soldados entrasen en la casa, estaría demasiado débil como para plantarles cara.

Tuvo la tentación de rendirse, de dejar que la matase; pero le había pegado a Setsuko, así que iba a morir.

No se resistió cuando se sentó a horcajadas sobre ella y le puso las dos manos alrededor del cuello para estrangularla.

En vez de eso, Misaki concentró su jiya en dos dedos. Cuando el soldado le echó todo su peso sobre la tráquea, se acercó lo bastante como para despejarle el camino a su ojo izquierdo.

Echó la mano hacia atrás con la Aguja de Sangre preparada y…

Una espada negra se le clavó en el cuello.

Misaki se quedó pasmada. Lo primero que pensó fue que Setsuko había recobrado el conocimiento y había ido a ayudarla. Pero cuando su mirada fue del extremo de cristal de Siradenyaa hasta la empuñadura, no fue a Setsuko a quien se encontró allí.

Era Hiroshi.

El niño de cinco años apenas era lo bastante grande como para sujetar la espada ligera con las dos manos, pero tenía una postura firme y estaba centrado.

Encima de Misaki, la cara del fonyaka se contrajo en una mueca.

Le había hecho daño, pero no lo había matado.

La sangre salió a propulsión de forma grotesca del corte del cuello a medida que se levantaba y se daba la vuelta para enfrentarse a su atacante.

Hiroshi ni siquiera se inmutó cuando las gotas le salpicaron la cara y el pecho.

—Hiro… —empezó a decir Misaki, pero el fonyaka le puso un pie en el pecho, estampándola contra el suelo con tanta fuerza que se mareó.

Sin apartar la bota con la que sujetaba a Misaki, el soldado bajó la vista hacia Hiroshi, atónito.

Casi ofendido. A Misaki se le desbocó el corazón del pánico, pero el rostro de Hiroshi no mostraba ninguna clase de miedo o de vacilación.

Ni siquiera se detuvo para ajustar el agarre del arma antes de soltarle otro tajo y hacerle un corte desde la cadera hasta la clavícula al hombre.

El fonyaka soltó un ruido extraño y alargó la mano como para sujetar a Hiroshi.

Misaki se apartó la bota del pecho con un empujón y se puso en pie trabajosamente para defender a su hijo.

Sin embargo, el hombre solo trastabilló y se desplomó en el suelo.

Su fonya se alzó durante un instante, se precipitó por la habitación con un aullido de negación y luego cesó.

Hiroshi lo había matado.

La sangre descendió por su rostro impasible cuando se volvió para mirar a Misaki.

—Ahora estás a salvo, Kaa-chan.

Con una especie de sollozo, Misaki le arrebató la espada de las manos y la lanzó a un lado. Sujetó a su hijo por los hombros con torpeza, jadeando, casi histérica.

¿Por qué has hecho eso? , quería gritar, zarandearlo. ¿Por qué lo has hecho?

Pero Hiroshi no tenía más que cinco años.

Se había limitado a hacer lo que le habían enseñado sus maestros, su padre distante y el monstruo que era su madre.

Habían creado a un niño pequeño dispuesto a sacrificar su vida para matar a sus enemigos.

Era un Matsuda de la cabeza a los pies; Misaki apoyó la cabeza en el hombro diminuto de Hiroshi.

El monstruo se desmoronó y se convirtió en solo una mujer, una mujer que le había fallado a su hijo.

—Hiroshi… —se le quebró la voz—. Ven aquí.

Rodeó a su hijo con los brazos y lo estrechó con fuerza, y lo quiso, lo quiso con todas sus fuerzas, con la esperanza de que con eso pudiese borrarlo todo.

Hiroshi, como de costumbre, estaba frío.

MAMORU

El matadragones retrocedió y tiró a un lado la espada sin nombre, en ese momento roja con la sangre de su propietario.

Mamoru se tambaleó.

Las gotas de sangre que le bajaban por los muñones de los dedos cayeron al suelo helado.

Era una sensación rara, notar cómo la sangre que albergaba su nyama lo abandonaba para regar la montaña.

Se le nubló la vista. Pero no podía acabar así.

Era imposible. Si podía obligarse a moverse, a aguantar, todo saldría bien.

Dio un paso… y luego otro… e hincó una rodilla en el suelo. Su mano mutilada golpeó la nieve…

Y entonces, el mundo cobró nitidez de golpe.

El dolor era agudo, pero pequeño, y de algún modo, no importaba.

De repente, fue como si no le faltase ningún dedo.

Sus dedos eran la nieve. Eran los ríos que iban hasta abajo de la montaña para hundirse en el océano y asir el poder de los dioses.

No se estaba desangrando. Mamoru era la montaña.

Por primera vez en su vida, se sentía absolutamente pleno.

Sonrió.

Una década más tarde, un Hiroshi de quince años se haría famoso por ser el espadachín más joven del mundo en dominar la Espada Susurrante. Lo que el mundo no llegaría a saber jamás es que él era el segundo más joven.

Para cuando el soldado ranganés se percató del destello rojo sangre del hielo, ya le había atravesado el cuerpo. La espada era puramente Matsuda, la mitad hecha de la nieve de Takayubi y la otra de la propia sangre de Mamoru, y atravesó al matadragones como si no fuese más que aire.

En la ladera desierta, una Espada Susurrante atrapó los últimos rayos del sol del atardecer.

Refulgió una sola vez, levantada en dirección al cielo, mientras su primera y única víctima se desplomaba en la nieve.

Después, cuando su trabajo hubo terminado, la espada se desmoronó y se convirtió en niebla. El sol se hundió en el mar.

Mamoru no notó cómo el jiya se le escapaba del cuerpo, no notó la caída. Lo único que sabía era que su mejilla descansaba entumecida en el suelo helado a medida que los últimos vestigios rojos abandonaban el cielo.

Lo he conseguido , pensó, y la sangre que se acumulaba a su alrededor parecía no tener importancia. Tou-sama, Kaa-chan, ¡lo he conseguido! Se moría de ganas por contárselo.

Si una parte de él tuvo la suficiente lucidez como para entender que jamás volvería a ver a sus padres, hizo caso omiso.

El poder que acababa de invadirle era demasiado grande como para ignorarlo.

Había tocado la divinidad, la había sostenido en las manos.

No escuchó el rugido de los aviones que se aproximaban ni los altavoces que anunciaban la llegada de los refuerzos.

Durante la pelea con el matadragones, los pies de ambos habían revuelto la nieve que los rodeaba hasta formar olas, como el océano en los albores de los tiempos.

La sangre que le salía a Mamoru de los dedos serpenteó entre las olas para mezclarse con la que manaba poco a poco del cadáver del otro hombre.

La sangre se convirtió en nieve, que se convirtió en sangre, que se convirtió en océano…

y Mamoru se dio cuenta de que no podía cerrar los ojos, que estaban fijos en la cara del matadragones.

No era un rostro que infundiese temor, ni siquiera uno especialmente extranjero: tenía la piel clara, ojos negros y unas facciones afiladas, muy parecidas a las de Mamoru.

Si llevase un uniforme distinto, ese hombre podría haber sido un profesor joven o alguien de algún curso superior al suyo en la Academia Kumono.

La gente siempre decía que los ranganeses eran demonios, que pertenecían a una raza distinta a la de los kaigeneses, pero ahí tumbados, dejando que su sangre se mezclase, parecía la misma.

Habían nacido del mismo océano en los albores de los tiempos, ¿no?

El matadragones no parecía haber sentido dolor alguno.

Si acaso, parecía algo sorprendido, con los ojos abiertos de par en par y los labios entreabiertos.

No era más que un humano. Ahí, con Mamoru, en el umbral del mundo de los vivos.

A medida que se le iba calentando y entumeciendo el cuerpo, se preguntó si ese fonyaka tendría a alguien que lo recordase al otro lado del océano: un padre, una madre, alguien a quien lo enorgulleciese escuchar que había muerto en la Espada de Kaigen.