La espada de Kaigen 16 El alma #4
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16 El alma #4

El próximo golpe con la palma del fonyaka chocó contra el escudo de hielo que había creado Mamoru.

La capa externa reforzada se hizo añicos, pero el cojín de nieve que estaba debajo absorbió el impacto y mitigó la fuerza del embate antes de que llegase hasta la hoja de hielo interno que le protegía los brazos a Mamoru.

Las técnicas se habían anulado la una a la otra, lo que provocó que ambos guerreros retrocediesen un par de pasos en lugar de salir despedidos hacia atrás.

Mamoru recobró el equilibrio y le lanzó lo que quedaba del escudo al fonyaka.

En el dinma que el hombre vestido de negro tardó en apartar de un manotazo la capa interna del escudo, Mamoru levantó las manos y bloqueó su jiya en las partículas inmóviles de la capa exterior que estaban por el aire.

El hielo se había roto por donde había previsto y había soltado unas esquirlas afiladas.

A ver cómo esquivas esto, pensó Mamoru mientras tiraba de sus manos hacia adentro para que esos cientos de fragmentos afilados se precipitasen hacia el fonyaka. Ni siquiera el guerrero más veloz podría esquivar una lluvia de proyectiles así de copiosa.

Al ver el brillo del hielo aproximarse, el fonyaka soltó un breve sonido de sorpresa.

Luego, hizo un giro. ¡Maldita sea! A Mamoru se le había olvidado que podía hacer eso.

La rotación creó un torbellino de viento protector alrededor del ranganés.

El ciclón lo envolvió al igual que un capullo, atrapó los cientos de proyectiles diminutos de Mamoru y los lanzó por el aire.

Algunos fragmentos de hielo salieron despedidos a lo lejos.

Sin embargo, la mayoría voló directamente hacia Mamoru, impulsados por una combinación letal de su jiya con el fonya de su enemigo.

Tuvo que dar un fuerte empujón de jiya para evitar que le acertasen sus propios proyectiles. Sus reflejos lo salvaron de sufrir una herida mortal, aunque algunos fragmentos de hielo se le clavaron en los hombros y en los muslos. Su contrincante no le dejó tiempo para sentir dolor.

Los pies giratorios del fonyaka eran tan meticulosos como veloces.

Mamoru no habría conseguido percatarse del movimiento solo con la vista, pero en ese momento era tan consciente del agua que lo rodeaba que sintió la nieve desplazarse bajo las botas del soldado.

A pesar de saber que iba a dar una patada giratoria y de haberla visto en acción, casi no tuvo tiempo de agacharse para esquivarla.

Soltó un suspiro de alivio cuando la patada pasó sobrevolando su cabeza y falló de lleno.

Pero no había contado con la segunda patada.

Se dio cuenta de que una bota negra iba derechita hacia su cabeza demasiado tarde como para esquivarla.

Lo único que pudo hacer fue levantar un brazo para protegérsela.

El golpe giratorio se estrelló contra su antebrazo, luego este contra su cabeza y lo tumbó.

Le martilleaba la cabeza como si le hubiesen dado una patada con todas sus fuerzas y el brazo …

estaba seguro de que se le había roto algo.

Pero, por extraño que fuese, no le dolió.

Al estar preso del frenesí del combate, no sentía ningún dolor.

Se alejó de golpe con un giro y una sonrisa y levantó los puños con los nudillos cubiertos de hielo.

El frenesí del combate debió de darle velocidad, porque se las apañó para esquivar la técnica de mano serpentina que el fonyaka le dirigió al cuello.

Hizo amago de darle un puñetazo en la cara con una mano mientras que con la contraria le asestó otro en el hombro herido.

Si Tou-sama ya le había dejado la mitad del trabajo hecho, quizá…

El matadragones lo previó. Apenas se molestó en esquivar el amago y dejó que el golpe débil le rozase la mejilla a la vez que bloqueaba el puñetazo más fuerte que Mamoru le lanzó al hombro.

Al percibir que se echaba hacia atrás, Mamoru le agarró el uniforme negro en un puño.

No podía permitir que el matadragones se alejase y dejasen de pelear cuerpo a cuerpo.

Ya había visto los ataques que podía lanzar a la distancia ideal y no tenía ninguna intención de dejarle hacer otro. Tiró del hombre hacia él.

Al matadragones no pareció importarle, echó el brazo hacia atrás para asestarle un puñetazo, un movimiento extraño para un guerrero tan diestro. Mamoru levantó la mano derecha para bloquearlo, pero, de algún modo, inexplicablemente, el puñetazo del fonyaka pasó por debajo.

Mamoru recibió el golpe en el estómago y el mundo frenó en seco.

Un latido sordo le recorrió el abdomen y una sonrisa le torció las comisuras de los labios al matadragones.

—Te pesqué —dijo en un kaigengua chapurreado.

Por un momento, Mamoru se quedó tan sorprendido de escuchar esas palabras, unas que comprendía, al salir de la boca del demonio que solo pudo pestañear.

Después notó la sangre empaparle el hakama y se percató de que el ataque que había recibido no había sido un puñetazo en absoluto. La impresión se transformó en temor cuando bajó la vista.

El pulgar y los dos primeros dedos con los que empuñaba la espalda habían desaparecido, cercenados por la segunda falange.

Tenía una espada atascada por debajo de las costillas, larga, brillante y extrañamente familiar.

Mamoru era incapaz de entender de dónde había salido esa arma hasta que sus ojos se toparon con un trenzado verde azulado y los anillos de unas serpientes.

Era su espada. El matadragones la había atrapado al caer.

La mente de Mamoru tartamudeó; confusión, negación y un estupor rencoroso se entrechocaron como unas placas de hielo rotas por un río.

Su propia espada… ¿Significaba eso que el fonyaka había planeado ese intercambio de golpes desde que se la había arrebatado de la mano?

¿Tan hábil era? De ser así, entonces Mamoru nunca había tenido una oportunidad.

Aunque quizá la herida no fuese tan profunda como parecía.

Quizá todavía pudiese pelear. Todavía podía…

El matadragones liberó el arma y Mamoru observó cómo se le salían las entrañas del cuerpo. La realidad lo asaltó como las aguas de un río destrozando los últimos vestigios del hielo invernal.

Estoy muerto, se percató con una claridad escalofriante.

Estoy muerto.