16 El alma #3
Mamoru le dio la mano y tiró de él para ponerlo a salvo.
Antes de volver a dejar caer la carga, estiró el brazo bajo la casa una última vez y alargó los dedos para percibir el pulso de la sangre.
Si Atsushi había sobrevivido al derrumbe, puede que alguien más también lo hubiera hecho.
Puede… pero Mamoru no sintió ningún pulso en las puntas de los dedos.
Solo el discurrir de un líquido lento y cargado de hierro que reconoció como la sangre abandonando un cadáver.
Cerró los ojos, apartó el brazo y liberó su jiya para dejar que los restos de la casa se desplomasen.
Atsushi se aferró a su manga y tembló.
—¡Mamoru! —El pequeño herrero soltó un grito ahogado y se olvidó de las formalidades en una mezcla de enfado e histeria—. ¡Mi madre sigue ahí abajo! Mi abuela…
—Escúchame, Atsushi-kun. —Mamoru lo sujetó con firmeza por los hombros—.
Tu madre está… —Se le hizo un nudo en la garganta.
Era incapaz de pronunciarlo. No podía imaginarse cómo sería escuchar esas palabras, así que escogió otras—: Lo único que hubiese querido tu madre es que siguieses con vida.
—Y eso fue peor… porque no tuvo que imaginárselo.
Había visto la expresión de Kaa-chan al apartarse de sus manos, cómo sus dedos habían tratado de sujetar el aire donde Mamoru había estado—.
Es lo único que querría. Tu abuela también. Lo sabes.
Atsushi estaba moviendo la cabeza para negarlo, con los ojos brillantes por las lágrimas. Y, quizá porque de pronto él también sintió cómo las lágrimas amenazaban con salir, Mamoru rodeó a Atsushi con el brazo y estrechó al pequeño herrero contra su hombro.
—Hazlo por tu madre, Atsushi-kun. Sube la montaña.
Alcanza a tu padre si puedes. Si no, encuentra un lugar donde refugiarte.
Conoces esta montaña mejor que los fonyakalu.
Si te escondes… —Mamoru dejó la frase en el aire cuando algo captó su atención: un destello negro en las rocas más arriba, demasiado veloz para ser un pájaro que pasaba por allí.
Se le cayó el alma a los pies—. ¡Corre, Atsushi-kun!
—¿Qué…?
— ¡Corre! —Mamoru alejó al chico de un empujón.
Apenas logró apartar su propio cuerpo cuando el fonya arremetió. La oleada de aire a presión golpeó la nieve donde Atsushi y él habían estado con un sonido más parecido al de un trueno que al del aire.
Mamoru dio una voltereta al caer al suelo. Entonces, se puso de pie y se irguió, y los tabi derraparon por la nieve. Atsushi seguía tambaleándose por la fuerza del ataque. El viento los había lanzado a varios bounds de distancia.
El fonyaka de élite aterrizó en cuclillas entre los dos mientras los jirones de la ropa negra revoloteaban a su alrededor como plumas antes de acomodarse en su silueta.
Mamoru no le había echado un buen vistazo a la cara, pero, cuando le recorrió el cuerpo poco a poco con la mirada, sus peores temores se confirmaron.
Llevaba la trenza que se había rehecho con torpeza después de que el primer tajo de Yukino Sensei se la cortase.
Tenía unos pequeños cortes donde los dientes del dragón Matsuda le habían cortado la ropa y se le habían clavado en la carne.
Llevaba una herida punzante en el hombro izquierdo de cuando Tou-sama había intentado acabar con él… y había fracasado.
El matadragones se enderezó con una elegancia perezosa.
Al otro lado del fonyaka, muy lejos del alcance de Mamoru o del de su jiya, Atsushi luchó para ponerse de rodillas.
El numu de diez años estaba conmocionado y desorientado.
Era presa fácil. Mamoru vio con impotencia cómo la mirada del matadragones pasaba de él a Atsushi con una indecisión juguetona, como si todavía no hubiese escogido a su víctima.
Si las heridas lo habían debilitado, la postura no lo delataba, y, si el fonyaka conservaba sus fuerzas al máximo, Mamoru supo que no habría nada que pudiese hacer para proteger a su amigo.
—¡Corre, Atsushi! —chilló mientras este intentaba levantarse—. ¡Corre!
Para ser un numu, Atsushi era rápido. Por supuesto, eso no lo salvaría de ese demonio que parecía moverse a la velocidad del sonido.
Si echo a correr, pensó Mamoru de forma frenética, si Atsushi y yo salimos disparados en direcciones opuestas, igual puedo conseguir que el fonyaka me persiga.
Sabía que salir corriendo le costaría la vida. No podías darle la espalda a un guerrero superior y esperar salir con vida, pero esa no era la cuestión. Mamoru era rápido. Quizá podría concederle tiempo suficiente a Atsushi para ponerse a salvo.
Entonces recordó su primer encuentro con el matadragones, recordó cómo el demonio vestido de negro había pasado de él y de los primos Yukino y había ido derechito a por Yukino Sensei.
Ese fonyaka era como el tío Takashi: tenía tal sed de una buena pelea que eclipsaba todo lo demás.
Si los depredadores menores se veían atraídos hacia los débiles y heridos, a ese le atraía la fuerza.
Se percató de eso justo cuando Atsushi lograba ponerse en pie y empezar a correr. El fonyaka, al igual que un tigre impulsado por una manada de ciervos en desbandada, salió disparado tras él.
—¡No! —El pánico le otorgó velocidad al jiya de Mamoru cuando levantó la nieve y disparó un par de lanzas al fonyaka. No debió de impresionar mucho al matadragones, ya que desvió los ataques con una ráfaga de viento sin dignarse a mirar en su dirección y avanzó otro paso hacia Atsushi.
—¡NO!
El poder de una docena de jijakalu pareció apoderarse de los miembros de Mamoru. El muro de hielo fue más grande que cualquier cosa que hubiese creado de golpe. Estalló de la nieve como un géiser y se alzó sobre el matadragones, obligándolo a frenar en seco.
Mamoru era muy consciente de que el fonyaka podía atravesar la pared o saltarla si quisiese. No era más que una simple demostración de poder, algo para desviar la atención de Atsushi.
Funcionó.
El fonyaka se giró hacia Mamoru como si lo estuviese viendo por primera vez. Adoptó una expresión extraña, como si no supiese muy bien si estaba impresionado o tan solo molesto.
—Si se te ocurre seguirlo, te acribillaré la espalda con lanzas. —Mamoru sabía que el fonyaka no hablaba el dialecto de Shirojima, pero estaba seguro de que la amenaza había sido palpable en su voz.
El fonyaka enarcó una ceja como si quisiese decir: ¿En serio? ¿Seguro que no quieres huir?
No nací para huir, pensó Mamoru.
—Pelea conmigo, fonyaka.
Siendo realista, Mamoru no podía hacerle frente a ese hombre, que había peleado contra Yukino Sensei, Tou-sama y el tío Takashi hasta el final.
Aunque por eso precisamente tenía que ganar.
Nadie de más arriba de la montaña sería capaz de detener a esa criatura.
Si lo dejaban seguir con su camino, decenas, puede que hasta cientos de inocentes acabasen muertos.
Igual no puedo asesinarlo , pensó Mamoru mientras desenvainaba la espada. Igual no puedo matarlo, pero puedo hacer algo. Puedo causarle suficientes heridas para que mis padres no tengan problemas para rematarlo.
—Hao. — El fonyaka giró el cuello con un suspiro que parecía decir: Vamos a acabar con esto rápido.
Mamoru dobló las rodillas, listo para apartarse de la trayectoria de un ataque de largo alcance que tanto parecían gustarles a esos fonyakalu.
Entonces, recordó la voracidad con la que ese fonyaka en concreto había engullido la distancia que lo separaba de Yukino Sensei, no una, sino dos veces.
Empuñaba un par de dagas, antes de que perdiese una en el hombro de Yukino Sensei y la otra en las fauces del dragón Matsuda, que funcionaban mejor en un combate cuerpo a cuerpo.
Por lo que fuera, ese hombre prefería combatir en las distancias cortas.
Pero eso no implicaba que no pudiese disparar ataques a larga distancia.
Mamoru tenía que estar preparado para esquivar una acometida desde cualquier distancia.
El fonyaka arremetió contra él, salió disparado con tanta rapidez por la nieve que sus pies parecieron no tocar el suelo. Más que un hombre, era una flecha.
El primer impulso de Mamoru fue retroceder y ponerse en guardia para buscar el punto de ataque perfecto, como Tou-sama.
Acabar con la pelea de un solo corte, como Yukino Sensei.
Pero tanto Tou-sama como Yukino Sensei ya habían fracasado al intentar acabar con ese hombre, y Mamoru estaba a años luz de ellos.
Carecía de la precisión y la astucia que el guerrero no hubiese visto ya en Tou-sama, al igual que de la velocidad o la pureza de técnica que no hubiese visto ya en Yukino Sensei o de la furia bruta que no hubiese visto ya en el tío Takashi; si de verdad tenía una mísera oportunidad, tendría que pensar rápido, atacar a ese hombre con algo que no se esperase.
Así que Mamoru salió corriendo a su encuentro.
A diferencia del resto de los soldados de élite a los que se había enfrentado, el matadragones no necesitaba plantar bien los pies antes de atacar.
Lanzó un ataque con la palma en mitad de un esprint.
El ataque, veloz como un rayo, no aterrizó con la fuerza suficiente como para desequilibrar a Mamoru o destrozarle los huesos, pero en cuanto lo hizo y el chico se dio cuenta de lo que pretendía…
ya era demasiado tarde. El viento le había acertado en el brazo derecho, despojándolo de la katana y haciendo que saliese dando vueltas por el aire.
Perder la espada lo habría desconcertado, pero ya había ganado demasiada velocidad como para permitir que algo lo frenase.
Era un Matsuda. Su espada no estaba hecha de hielo o de metal, sino de su alma.
La niebla y la nieve se precipitaron hacia sus manos cuando terminó de recortar la distancia que lo separaba de su enemigo.