La espada de Kaigen 16 El alma #2
51%

16 El alma #2

La fonyaka también logró enderezarse de forma milagrosa mientras se tapaba el ojo que le sangraba con una mano.

Su grito de dolor aumentó hasta transformarse en uno de rabia y se abalanzó hacia Misaki.

El abanico que le quedaba salió disparado hacia delante y, de haber tenido una buena percepción de la profundidad, la mujer habría cortado a Misaki en pedacitos con el arrebato de tajos y gritos que le sucedió.

Al final, tuvo que desviar un par de ataques con los antebrazos, que le rasgaron las mangas y salpicaron el suelo con su sangre.

La mujer la obligó a retroceder por el pasillo y a entrar en la cocina.

Misaki sabía que tenía que acabar la pelea mientras siguiese llevando la delantera.

Se apresuró a echar un vistazo hacia donde Setsuko y ella guardaban los cuchillos de cocina, pero su cerebro descartó la idea antes de arriesgar el pellejo e intentar abalanzarse sobre el cajón.

No había sido capaz de acabar con esa mujer con una espada de cristal zizalen, ¿de qué serviría un cuchillo de cocina pequeño?

Pese a estar herida, la otra se movía mucho más rápido que ella; para matarla tendría que inmovilizarla.

La resistencia de Misaki estaba llegando al límite, sus piernas cansadas estaban listas para ceder bajo ella, mientras que la furia de la fonyaka parecía darle más fuerzas a cada dinma que pasaba.

Trastabilló para alejarse de su enemiga trastornada y se cayó contra la encimera con cuidado de colocarse justo delante del fregadero.

La mujer blandió el abanico para liberar una ráfaga de fonya, Misaki se hizo a un lado para esquivarla y dejó que la presión del aire se estrellase contra el fregadero.

El agua estalló por toda la habitación, empezó a derramarse del grifo roto al suelo a borbotones, y salió volando por el aire.

La fonyaka emitió un grito de sorpresa cuando el chorro le dio en el ojo bueno.

Misaki se aprovechó de la ceguera momentánea de la mujer y se lanzó sobre ella.

No confiaba en que sus músculos temblorosos pudieran asestarle una patada que la derribase ni en ninguna de sus técnicas más avanzadas, así que le echó todo el cuerpo encima para placarla.

La guerrera alta estaba tan torneada que fue como si hubiese estampado el hombro contra una roca, pero la velocidad de Misaki logró tirarla.

Las dos mujeres se estrellaron contra el suelo a medida que el agua se extendía debajo de ellas y llovía desde arriba.

En vez de tratar de inmovilizar a la mujer más fuerte, Misaki colocó las dos palmas a ambos lados de ella y obligó a su jiya agotado a ponerse en marcha.

En cuanto el ojo restante de la fonyaka se abrió, sujetó el abanico con más fuerza y su fonya volvió a arremolinarse de forma vengativa, pero era demasiado tarde. La pelea había terminado.

El mismo hielo que Misaki había utilizado en el pasado para pegarse a las paredes también funcionaba a las mil maravillas para inmovilizar a un oponente.

Aunque a muchos jijakalu les hiciese falta una cantidad de agua bastante grande para inmovilizar el cuerpo de alguien congelándolo, Misaki tan solo necesitaba una fina capa.

Un instante después de golpear el suelo húmedo ya le había helado el pelo, la piel y el uniforme a la fonyaka contra los tablones con una capa tan fuerte como para dejar clavado a un humano en el lateral de un rascacielos.

El fonya dio vueltas y Misaki observó a la mujer abrir el ojo que le quedaba de par en par en cuanto notó la dentellada del frío y que no podía moverse.

Su cara se crispó en un gruñido. El fonya le azotó el pelo y el kimono a Misaki, pero sin las extremidades de su portadora para dirigirlo, el viento no era más que un soplido impotente.

Misaki alargó el brazo hacia la mano derecha de la mujer y le arrebató el abanico de los dedos.

Puede que fuese una herramienta de ejecución desagradable, pero tenía los músculos y el jiya tan hechos polvo que no creía que pudiese formar una lanza de hielo o levantarse siquiera para ir a buscar a Siradenyaa.

Abrió el abanico y trató de dar con una forma cómoda de sujetar la base con la izquierda; le habían retorcido el brazo derecho con tanta fuerza que no se fiaba de que pudiese empuñar un arma.

—Maldita babosa marina kaigenesa —escupió la mujer, recurriendo a insultos racistas como solían hacer tantos guerreros cuando perdían. Aunque no los buenos—. Has hecho trampas.

Misaki bajó la vista hacia la fonyaka y frunció el ceño, indignada.

—Intenta pelear limpio después de parir a cuatro hijos y luego me cuentas —jadeó en el dialecto de Shirojima, a sabiendas de que la mujer no podía entenderla.

En cuanto pronunció esas palabras, un pensamiento la hizo detenerse y observar a la fonyaka.

Era evidente que era más joven que Misaki, pero no tanto como para tener hijos propios…

Había dejado de forcejear. En vez de eso, se quedó tumbada debajo de Misaki, inmóvil salvo por el sube y baja de su pecho.

Tenía la mandíbula apretada con determinación.

Era la expresión de una mujer armándose de valor para morir, la expresión de una mujer que era consciente, que siempre lo había sido, de en lo que se estaba metiendo.

Si tenía hijos… bueno, entonces no debería haber atravesado el océano para asesinar a los de otra persona. La única culpable era ella misma.

Misaki levantó el abanico para atacar.

—Lo estás sujetando mal.

Las palabras inesperadas hicieron que Misaki se detuviese durante un dinma. Fue un error.

En ese momento de duda, la mujer se movió.

Un aullido animal rasgó el aire en cuanto despegó el brazo derecho del hielo, llevándose consigo la manga y la mayor parte de la piel.

Con una sacudida espantosa, Misaki se dio cuenta de que la mujer no se había estado preparando para morir, sino para sufrir un dolor inimaginable.

Con un rugido de agonía, la fonyaka le agarró la cara con mano de hierro, tenía los dedos resbaladizos por culpa de la sangre.

Misaki intentó echar la cabeza hacia atrás, pero la mujer más joven era demasiado fuerte.

Le clavó los dedos, la obligó a abrir la mandíbula, y la fonyaka tiró , no del cuerpo de Misaki, sino del aire que tenía dentro.

El aire se apresuró a salir de los pulmones de Misaki, hizo que se marease y un dolor punzante le atravesó el pecho como una cuchilla.

El pánico se apoderó de ella cuando se dio cuenta de lo que le estaba pasando; los ranganeses lo llamaban Lazou Linghun , el Tirón del Alma, una técnica ancestral tan inusual como la Espada Susurrante y tan temible como los Títeres de Sangre.

Se necesitaba una cantidad de poder descomunal para vaciarle el aire de los pulmones a otro theonita, pero con entrenamiento suficiente algunos miembros de ciertos linajes podían lograrlo.

Y, con la rabia avivada por el dolor, el poder no parecía suponer un problema para esa mujer.

Misaki intentó zafarse del tirón, intentó expandir los pulmones al respirar hondo, pero en cuanto lo hizo, sintió un dolor que pareció quebrantarle las costillas y estuvo a punto de desmayarse.

En cuestión de dinmanu, le vaciaría los pulmones, que quedarían reducidos a un tejido arrugado.

Como no pudo apartarle la mano de la cara a la theonita más fuerte a arañazos, le rajó la garganta con las hojas del abanico.

La sangre chorreó del cuello y su cuerpo convulsionó contra su prisión gélida.

Dio unos últimos coletazos horripilantes y la agarró con más fuerza , les sacó sangre a las mejillas de Misaki y el tirón se intensificó.

Fue como si la mismísima alma de la fonyaka le hubiese clavado las garras cuando estaba en proceso de salir del mundo de los vivos, decidida a arrastrarla con ella.

El dolor estalló en el pecho de Misaki y en sus costados conforme los pulmones le empezaron a colapsar.

Volvió a arremeter, cegada por el dolor, y le hundió el abanico en el cuello con tanta fuerza a la mujer que le llegó a la columna y se quedó ahí atascado.

La mano que le sujetaba la cara a Misaki se tensó, se crispó… y por fin, por fin la soltó.

Es demasiado tarde , pensó Misaki conforme el mundo se difuminaba. Es demasiado tarde . Se le abrió la mandíbula dolorida de par en par, pero no consiguió tragar aire. Solo hubo una oscuridad asfixiante.

MAMORU

Mamoru acabó con los cinco fonyakalu con tanta rapidez que no pareció verdad.

¿Así se sentía el tío Takashi?, se preguntó mientras daba un giro y cortaba a dos soldados vestidos de amarillo con un solo tajo.

Si era cierto, si sentaba así de bien, entonces supuso que se alegraba de que su tío hubiese caído luchando.

Los cuerpos se desplomaron en la nieve y se quedaron inmóviles.

Mamoru permaneció de pie entre ellos, con los hombros echados hacia atrás, jadeando con una mezcla de agotamiento y de euforia.

Después de confirmar que ya no había más fonyakalu subiendo la pendiente, fue corriendo hasta la casa de los Kotetsu y se puso a cavar entre los escombros.

Extendió su jiya y no tardó en encontrar a Atsushi.

—Mamo… ¡Matsuda-dono! —exclamó el chico con alivio.

Atsushi siempre había tenido un jiya despierto para ser un numu, y eso le había salvado la vida. Había alejado los escombros de su cuerpo con un par de columnas gruesas de hielo. No tenía la fuerza necesaria para apartarlos del todo, pero Mamoru sí.

—Atsushi-kun. A la de tres, vamos a empujar juntos. Ichi… ni… san! —La combinación de sus jiya levantó los escombros y Atsushi salió gateando de debajo.