16 El alma
P or segunda vez aquel día, Misaki se encogió ante los ranganeses que estaban en su umbral, pero esa vez, el miedo era real.
Ni siquiera en su mejor momento físico se le habría pasado por la cabeza retar a un miembro de las fuerzas especiales ranganesas a un combate. En ese momento tenía a dos delante.
El más alto era un hombre descomunal con unas cicatrices de metralla que le salpicaban la mitad de la cara, una señal de que ya había sobrevivido a otras batallas en el pasado.
La más bajita era una mujer que tenía esa clase de piernas por las que Misaki habría matado cuando estudiaba en la Academia del Alba: largas y fornidas.
A simple vista, ninguno de los fonyaka llevaba armas, pero Misaki se percató de que la mujer tenía un par de cuchillos rectos y extraños abrochados al cinto, uno en cada cadera.
No, Misaki se dio cuenta de que no eran cuchillos. Eran abanicos.
Una vez, Misaki se había burlado de Ya-li por pelear con un abanico, pero le había callado la boca en cuanto observó cómo un abanico blandido con destreza podía amplificar el fonya y duplicar su alcance y su fuerza.
Para un jijaka, un abanico no era más que un accesorio para aristócratas que conjuntaba con piedras de tinta elegantes y artículos de papelería perfumados.
Para un fonyaka hábil, suponía la diferencia entre un ataque fuerte y uno devastador.
Los ranganeses vestidos de negro dieron un paso adelante y Misaki dio uno atrás.
Solo con el fonya que irradiaban y la poderosa elegancia de sus movimientos, supo que enfrentarse a ellos en combate no era una opción.
Lo único que podía hacer era intentar alejarlos del sótano donde se ocultaba su familia.
Misaki dio media vuelta y se metió en el pasillo más cercano.
La fonyaka salió corriendo tras ella y la alcanzó con una velocidad pasmosa.
Malditas sean esas piernas. El fonyaka atravesó una pared para cortarle la retirada.
Misaki trastabilló y se detuvo con el corazón desbocado, atrapada entre dos luchadores mucho más fuertes que ella.
El hombre avanzó un paso amenazante en su dirección y la mujer se sacó los abanicos del cinturón.
Misaki pensó rápido y absorbió toda el agua que pudo del aire que la rodeaba.
Se colocó el líquido a ambos costados como si estuviese preparada para crear dos escudos gemelos de hielo, como si su jiya fuese lo bastante poderoso como para resistir con lo que fuesen a arremeter.
La fonyaka soltó una risita de desprecio. Uno de los abanicos se abrió y atacó.
En lugar de levantar las defensas, Misaki se deshizo de ellas.
Cuando el agua cayó, ella la imitó y se aplastó contra el suelo.
Hubo una época en la que podía hacer un split al instante; en ese momento, el mero hecho de agacharse le dio un tirón en los músculos e hizo que una oleada de dolor ardiente le subiese por la cadera, pero consiguió esquivar la trayectoria del aire a presión.
Es posible que el fonyaka hubiese podido esquivar el ataque de su camarada si estuviesen peleando al aire libre, pero el agua de Misaki le había ocultado a la mujer que blandía los abanicos hasta que fue demasiado tarde.
La oleada de fonya amplificado se le estampó contra el cuerpo con todas sus fuerzas y lo hizo atravesar la pared más cercana y, a juzgar por el estrépito, puede que también las dos siguientes.
— Aiya…! —La fonyaka soltó un grito ahogado de pánico.
Misaki sintió el impulso de aprovechar ese momento de sorpresa y de angustia para acortar la distancia que la separaba de su enemiga, pero una punzada de dolor en la cadera le indicó que eso no iba a ser posible.
En vez de eso, le rodeó los tobillos a la mujer con un látigo de agua revestido de hielo.
Demasiado lenta. La fonyaka hizo un movimiento rápido de pies y evitó el arco del ataque de un salto. El salto impulsado por viento la mandó dando vueltas por los aires hacia Misaki. Una de esas piernas largas se levantó hacia el cielo y después bajó con el talón por delante, como un martillo.
La época de Misaki de ir por ahí con esa clase de flexibilidad ágil ya había pasado, así que intentó hacerse a un lado con torpeza para esquivar el ataque.
La patada descendente aterrizó con una fuerza aterradora, que astilló la madera e hizo temblar toda la casa.
Si el pie de la mujer no hubiese atravesado los tablones del suelo, probablemente Misaki no habría sobrevivido al próximo par de dinmanu.
En el momento que tardó la mujer en sacar la pierna de los tablones, Misaki pudo ponerse en guardia con dificultad.
Aun así, apenas tuvo tiempo de esquivar el siguiente corte.
Las hojas del abanico se le engancharon en la manga y rasgaron la tela azul.
A medida que la fonyaka terminaba el ataque fallido, Misaki giró el cuerpo para dar un corte hacia arriba y apuntó a la arteria braquial situada bajo el brazo extendido de su adversaria.
Pero en vez de repetir el movimiento, la mujer giró aprovechando la velocidad del ataque fallido.
Retorció el cuerpo antes de que la espada llegase a rozarlo y le arrebató el blanco a Misaki.
El corte de Misaki le rozó la parte trasera del uniforme sin llegar a tocar carne, pero ahí residía la belleza de una espada pequeña como Siradenyaa: podía cambiar de rumbo en un abrir y cerrar de ojos.
Nada más fallar el corte, giró la espada para asestarle un golpe desde arriba en el cuello a su oponente.
Cuando la mujer terminó de dar el giro, un abanico cerrado chocó con un ruido metálico contra el lateral de Siradenyaa y la desvió.
Misaki volvió a colocarse a la Hija de la Sombra contra la cadera y la fonyaka hizo lo mismo con el abanico cerrado.
En un extraño momento de espejo, las dos mujeres echaron el pie hacia atrás y se dispusieron a apuñalar.
Menuda estúpida , pensó Misaki, casi decepcionada con su joven oponente.
Parecía que la velocidad y la fuerza estaban de parte de la fonyaka, pero no importaría; el rango de apuñalamiento de Siradenyaa era mucho mayor que el de un abanico, y no había forma de que el ataque de la ranganesa impactase primero.
Siradenyaa se dirigió hacia el pecho de su víctima, apuntó más allá del uniforme negro abotonado, más allá del pecho y en dirección al corazón latente que había debajo.
Pero por culpa de las prisas por zanjar la pelea, Misaki se había olvidado del otro abanico.
Se interpuso en su camino antes de que la espada pudiese dar en el objetivo.
Siradenyaa, por supuesto, atravesó el fino metal, pero desvió la puñalada, que no le perforó el corazón a la mujer y solo le desgarró la manga de forma inofensiva.
Misaki intentó liberarla de un tajo, pero antes de poder cambiar de posición para hacerlo, el abanico se cerró y atrapó la espada de cristal zizalen entre sus pliegues.
La mujer sujetó el abanico cerrado con fuerza, lo torció para arrebatarle la espada de las manos y ambas armas salieron despedidas dando vueltas.
Nada más darse cuenta de que iban a desarmarla, Misaki soltó la espada y cambió de postura para colocarle los dedos a la mujer en el cuello, listos para llevar a cabo la Aguja de Sangre.
Pese a la apertura, no fue lo bastante rápida.
La fonyaka se inclinó para zafarse del ataque con facilidad y le hizo una llave a Misaki.
Si hubiese estado peleando con un contrincante menos flexible, habría intentado relajar los músculos para liberarse, pero esa mujer era tan flexible que bien podría haber intentado escapar de los anillos de una pitón.
Estampó a Misaki contra el suelo en un abrir y cerrar de ojos, le retorció el brazo dolorosamente contra la espalda y le aplastó una rodilla entre las escápulas.
Hacía quince años, se habría recubierto las suelas de los zapatos de hielo y le habría soltado una patada de escorpión en la cara a la mujer, pero sabía sin necesidad de intentarlo que ya no disponía de la flexibilidad de columna suficiente para que funcionase.
La mujer le retorció el brazo a Misaki con todas sus fuerzas y eso arrancó un grito de dolor a la jijaka.
Piensa, Misaki, piensa. ¡Piensa antes de que te rompa el brazo!
Esa fonyaka era lista. Notaría cualquier movimiento perceptible, ya fuese en el cuerpo de Misaki o en el agua que las rodeaba.
Por suerte, la Aguja de Sangre de los Tsusano no era la única aguja que Misaki tenía su arsenal.
Aunó un haz de moléculas de agua con dos dedos a una zancada de distancia de ella y de la fonyaka: una versión en miniatura de las poderosas lanzas de hielo a las que tanto cariño tenían los hombres de Takayubi.
La mayoría de los guerreros escogerían una lanza imponente antes que una aguja, pero lo bueno de las agujas era que podían deslizarse a través de la ropa, la carne o el aire sin ser vistas y solo requerían un leve movimiento para apuntar.
La mujer ranganesa no notó el haz de agua de Misaki al congelarse.
Le tiró del brazo con más fuerza. A medida que el dolor aumentaba, Misaki flexionó los dedos rápidamente hacia adentro. La aguja salió despedida hacia ellas.
El alarido fue tan gratificante como espantoso; informó a Misaki de que su ataque había dado en el blanco y se le había clavado en el ojo a la fonyaka. Cuando ese agarre serpentino la soltó, rodó para liberarse y se puso en pie tambaleándose.