La espada de Kaigen 15 Los asesinos #3
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15 Los asesinos #3

Lo mejor que podía hacer era dar con los supervivientes y sacarlos de ahí.

Cuando entró corriendo a una zona de la aldea menos aquejada por las llamas, un grito captó su atención.

Sollozos. Los sollozos se detuvieron de golpe con un crujido de huesos.

Mamoru rodeó una casa en llamas para ver a un soldado ranganés de pie junto a una mujer tumbada bocabajo.

Tenía la cara tan ensangrentada que tardó un momento en reconocer a Kotetsu Saori, una de las primas de Kotetsu-kama.

Era quien se encargaba de lacar las vainas.

Se había pasado más de un año diseñando el costurero de su madre y sufriendo al colocar cada pétalo iridiscente.

Tenía la bota del fonyaka contra el cuello, que por lo visto no advirtió la presencia de Mamoru y volvió a levantar el pie para darle otro pisotón.

Mamoru no había creado y disparado una lanza de hielo tan rápido en su vida.

El agua se abalanzó y se transformó antes de que sus pensamientos se solidificasen en un ataque impulsado por pura rabia.

El fonyaka apenas tuvo tiempo para levantar la cabeza antes de que la lanza lo empalase por el pecho.

En cuanto el proyectil de hielo salió por la espalda del soldado, Mamoru ya se había puesto a correr.

—¡Kotetsu-san! —Se desplomó de rodillas junto a la mujer y le tocó el hombro—. Kotetsu-san, ¿me oye? —Pero la sangre se le había ralentizado en las venas. Su nyama no se movió. Había muerto.

Su hija pequeña descansaba a un bound de distancia, tenía la columna retorcida en un ángulo espantoso, partida.

Más abajo, por el camino transitado que llevaba al centro de la aldea, había otros cadáveres, grandes y pequeños, de hombres y mujeres.

La hija mayor de Kotetsu Saori, Kasumi, yacía junto a un cuerpecillo arropado diminuto.

Su hijo recién nacido. Un bebé. Un bebé que no era mayor que el pequeño Izumo.

Hacía unos siiranu, Mamoru no habría creído que hubiese nada peor que contemplar los dedos inmóviles y el cráneo aplastado de su profesor.

Pero Yukino Sensei era un guerrero. Había vivido para combatir.

Una cosa era matar a un koro que se enfrentaba a ti espada en mano.

Pero, para un numu, morir en combate no significaba nada.

Lo que habían hecho era impensable. Imperdonable.

Al lado de Mamoru, el fonyaka se retorció en el suelo y tosió sangre.

No estaba muerto. La rabia se apoderó de los miembros del chico y bajó la espada hasta darle un tajo en la garganta expuesta al hombre.

El ángulo extraño y la técnica torpe hicieron que la espada se le atascase en la columna vertebral.

Mamoru la liberó de un tirón con un gruñido y se levantó.

Por un momento, sintió un impulso abrumador de levantar el pie y estampárselo al fonyaka para sentir cómo se le quebraba el cuerpo bajo el talón. Aplastarlo. Machacarlo hasta que estuviese tan destrozado como la mujer y el bebé a los que había matado.

Pero había más numuwu en esa aldea y, aunque solo uno de ellos siguiese respirando, Mamoru debía protegerlos.

Pasó por encima del cadáver del fonyaka con los puños apretados y siguió avanzando en busca de supervivientes.

Escudriñó cada escombro a medida que andaba, pero no vio movimiento alguno salvo el del azote infernal de las llamas.

Parecía que los ranganeses que habían estado allí se habían marchado tras asegurarse de haber acabado con sus víctimas.

El asesino de Kotetsu Saori debía de haberse quedado rezagado.

Cuando llegó a la mitad de la aldea, Mamoru se topó con un muro grueso de hielo.

Estaba prácticamente derretido, pero había logrado alejar las llamas de la mayor parte de las casas al este de la aldea.

Recorrió el hielo resbaladizo con la palma y notó que se le calmaban los nervios que tenía de punta.

Conocía ese hielo, reconoció las estructuras sólidas que había debajo.

Dobló la esquina del muro y por fin vio movimiento humano entre los escombros.

Su rostro se dividió en una sonrisa de alivio al ver la cara manchada de hollín de su mentor.

—¡Kotetsu Kama! —se le quebró la voz—. ¡Está vivo!

El muro de hielo había evitado que las llamas alcanzasen el hogar de madera de los Kotetsu; sin embargo, los fonyakalu habían diezmado la estructura, reduciéndola a un montón de escombros.

—Matsuda-dono. —El herrero levantó la vista cuando Mamoru fue corriendo hacia él—. ¡Tienes que ayudarme!

—¿Qué ocurre? —preguntó Mamoru.

—Es mi hijo. —Las manos normalmente firmes de Kotetsu temblaron y Mamoru se percató de que las tenía manchadas de sangre de haber estado hurgando entre los escombros—. Atsushi está atrapado bajo la casa.

—¿Y el resto de la familia? —preguntó Mamoru.

—E-ellos… —Kotetsu Kama tragó saliva. Mamoru jamás había escuchado que le costase controlar la voz—. Los pequeños pudieron salir arrastrándose y huyeron cuando… —Tragó saliva—. C-cuando los soldados se fueron. Creo que han podido ponerse a salvo.

—¿Y su esposa? —preguntó Mamoru—. ¿Y su madre?

—Ocurrió muy rápido. —Kotetsu negó con la cabeza—.

Solo eran un par, pero sacaron el fuego de las forjas.

Entonces, cuando la gente huyó de sus casas, los mataron.

Kaa-san lo sabía. Desde el principio, nos dijo que no nos quedásemos dentro…

—Se llevó una mano a los ojos. Mamoru nunca había visto a su mentor así, como un marido y un hijo, como alguien que no supiese qué hacer.

—Kotetsu Kama. —Mamoru no tenía ni idea de cómo pudo evitar que le temblase la voz—. Tiene que salir de aquí. Hay más ranganeses subiendo la montaña. El tío Takashi dijo que los entretendría, pero no sé durante cuánto tiempo…

—No pienso irme sin mi hijo.

Mamoru se dio cuenta de que quería asentir y darle la razón.

Algo en su interior quería que Kotetsu no se fuese.

El numu siempre había sido una fuente de consuelo y de guía para él, pero era un herrero.

No tenía el poder necesario para frenar la amenaza que subía por la montaña y tampoco era responsabilidad suya, sino de Mamoru.

—Yo protegeré a su hijo —le prometió—. Pero necesito que se ponga a salvo. No soy más que un guerrero. No sé si podré protegerlos a los dos.

—No es posible que estés solo —contestó Kotetsu.

—Todos los Yukino y los Mizumaki han caído. A mi padre le ordenaron regresar a la aldea principal para proteger a las mujeres y a los niños, y mi tío… —Mamoru fue incapaz de entender cómo, de pronto, lo supo—. Mi tío está muerto —murmuró.

—¿Cómo? —La expresión afligida que puso Kotetsu le recordó a Mamoru que antaño el herrero había entrenado a un joven Takashi en las forjas. Llevaban siendo amigos desde pequeños—. No puede haber…

A pesar de la negación de Kotetsu, Mamoru lo sabía.

Aunque no estaba muy seguro de cómo. Puede que la certeza proviniese de su percepción inconsciente del nyama que lo rodeaba.

Puede que simplemente fuese lo lógico después de toda la sangre que había perdido el tío Takashi, de a cuántos enemigos se había enfrentado y de cuánto tiempo había pasado.

—Los ranganeses estarán aquí en cualquier dinma —le dijo a Kotetsu con una impaciencia renovada—. Tiene que desaparecer antes de que lleguen. Yo me ocuparé de Atsushi. ¡Márchese!

—Pero…

—¡Obedezca! —rugió Mamoru, sorprendido por la fuerza de su propia voz.

En la forja, él era el pupilo de Kotetsu, pero las forjas habían desaparecido. La aldea se había convertido en un campo de batalla, y en el campo de batalla prevalecía la orden de un koro.

Kotetsu solo vaciló un momento y observó a Mamoru como si lo estuviese viendo por primera vez.

—Eres un buen koro, Matsuda Mamoru. —Hizo una reverencia con la cabeza a modo de aceptación—. Te encomiendo a mi hijo.

Mamoru asintió para aceptar la responsabilidad en silencio.

—Que el nyama sea contigo, Matsuda-dono —se despidió Kotetsu, y huyó montaña arriba.

Mamoru se puso a cuatro patas de inmediato y escudriñó la oscuridad bajo los escombros.

—¿Atsushi-kun? —Llamó a su amigo. Al principio, le tembló la voz, pero se lo tragó con una sonrisa—. ¿Atsushi-kun? —preguntó con voz más alentadora—. ¿Puedes oírme?

No consiguió distinguir ninguna palabra, pero se escuchó una respuesta amortiguada bajo la madera y las piedras derruidas. El viento azotó las llamas al otro lado del muro de hielo de Kotetsu. Los fonyakalu estaban a punto de llegar.

—Aguanta, ¿vale? Voy a sacarte de ahí. Pero primero tengo que ocuparme de unos cuantos fonyakalu. Aguanta.

Mamoru empuñó su espada y echó a correr hasta el borde de la aldea, lejos de las llamas, donde podría enfrentarse a sus enemigos con el poder gélido de su jiya a máxima potencia.

Si había albergado la más mínima esperanza de que su tío sobreviviera para echarle una mano, esta desapareció en cuanto alcanzó la cresta que daba a la ladera.

Siempre había escuchado que el nyama de un theonita podía hacer cosas raras al morir. Él había sentido cómo el aire daba una sacudida al matar a los fonyakalu, pero la imagen horripilante con la que se topó ahí abajo no se parecía a nada de lo que hubiese oído nunca.

Era como si cada gota del nyama divino del tío Takashi se hubiese manifestado en forma de hielo al final, como una especie de desafío definitivo. La formación resultante no tenía el contorno discernible de una katana ni tampoco el de un dragón. Era algo primitivo y crudo.

Matsuda Takashi, que en vida tuvo una personalidad arrolladora, se había convertido en algo arrollador al morir; unas ramas y unas cuchillas congeladas le salían del cuerpo en un estallido en todas direcciones; hielo cristalino veteado de sangre.

Los fonyakalu incautos que habían sido demasiado lentos para apartarse de un salto quedaron ensartados por las extremidades, el pecho y el abdomen con unas lanzas producidas por la fuerza de su jiya moribundo.

A algunos los levantaron por el aire, creando así un árbol de cadáveres rojo que brillaba a la luz del atardecer.

Quienes habían sobrevivido a la masacre subían la montaña en dirección a Mamoru para atacar.

Mamoru respiró hondo y levantó la espada.

Atsushi y Kotetsu Kama estaban detrás de él, confiaban en que los protegiera.

Más allá, su madre y su padre contaban con él.

Más allá de esa montaña, los pescadores de las islas de Shirojima y los granjeros de Yuwei y Hakudao contaban con él. Su Imperio contaba él.

Divisó a sus enemigos: uno, dos, tres, cuatro y cinco fonyakalu, a medida que subían la pendiente a toda velocidad.

Cualquiera de esos soldados que rebasase ese punto mataría a Kotetsu Kama en el camino.

Mataría a Atsushi, y después, seguiría avanzando hacia la aldea principal para continuar asesinando.

Al acabar, cuando todos los habitantes de Takayubi hubiesen muerto, los soldados seguirían avanzando por tierra para concederles el mismo destino a cientos de personas más.

Salvo que la Espada de Kaigen cumpliese con su propósito.

Yo también lo cumpliré.

Con ese pensamiento, a Mamoru parecieron aligerársele las extremidades, animadas por una nueva energía.

Yukino Sensei había sacrificado su vida para que él siguiese peleando, y el tío Takashi había sacrificado sus últimos momentos para facilitarle la tarea.

La fuerza de ambos le recorría las extremidades, le salía del corazón hasta las venas.

Ya no había ambigüedades confusas ni elecciones difíciles.

Solo restaba aquello para lo que habían criado y entrenado a Mamoru desde que era lo bastante mayor como para empuñar una espada de entrenamiento: bajar la montaña a la carga y matar a sus enemigos.

Matar.

Matar.