15 Los asesinos #2
El tercer soldado se las apañó para acertarle en el brazo a Misaki con una ráfaga de fonya y arrebatarle a la Hija de la Sombra de la mano.
En Livingston, siempre había podido recurrir a sus dagas si la desarmaban, aunque el arma que mejor ocultaba jamás estuvo hecha de acero o de cristal; era su formidable inventiva.
Se sacó una de las pinzas largas que llevaba en el pelo y se dirigió hacia el último fonyaka a toda velocidad.
Él arremetió con la palma, pero fue previsible.
Misaki lo esquivó y le clavó la pinza en el lateral del cuello, hundiéndole el accesorio hasta la flor decorada que tenía en el extremo.
Se atragantó, se le manchó la boca de sangre y se arañó la garganta.
Como no quiso que sufriese más de lo necesario, Misaki le asestó un golpe de jiya concentrado en un ojo con la punta de los dedos.
La Aguja de Sangre le perforó el cerebro y lo mató al instante.
Soltó el aire cuando el cuerpo del hombre se desplomó.
El pelo, que ya no lo llevaba recogido en un moño apretado, se le pegó al cuello y se dio cuenta de lo mucho que estaba sudando.
En Livingston, noquear a siete enemigos no habría sido más que un calentamiento.
En ese momento respiraba como si hubiese recorrido una ciudad entera esprintando.
Intentó ignorar el ardor en los músculos y la punzada de dolor en el costado y fue abriéndose camino entre los cadáveres para recuperar a Siradenyaa.
No dejó de mirar las puertas rotas con cautela mientras limpiaba la sangre de la hoja, pero no aparecieron más soldados.
Acababa de colocarse el extremo de Siradenyaa contra el nudillo izquierdo para devolver el arma a la vaina cuando el aire le rozó la piel y la hizo detenerse.
Fonya. Fonya del fuerte . Volvió a empuñar la espada con ambas manos justo cuando un par de siluetas uniformadas aparecieron en la entrada.
—Ay, xuro . —A Misaki se le cayó el alma a los pies.
Esos soldados iban de negro.
MAMORU
Corrió más rápido que nunca. No tenía tiempo para recorrer el camino más fácil entre las rocas cubiertas de nieve, así que emuló a su padre y fue creando peldaños de hielo a medida que avanzaba.
Se topó con un cuerpo desplomado en la nieve y estuvo a punto de tropezarse y caerse encima de él por culpa de las prisas para llegar a la aldea de los herreros.
Era Katakouri Hakuzora, muerto en la nieve.
El arquero debió de haber escuchado los gritos o visto el humo y se desvió para echarles una mano a los herreros de camino a la aldea antigua. El arco astillado yacía a su lado y tenía los ojos ciegos algo entornados, como si se hubiese estado preparando para disparar cuando murió.
No había tiempo para arrodillarse y llorar.
Mamoru ya había llorado bastante sobre el cadáver de Yukino Sensei.
Lo más probable era que fuese entonces cuando los fonyakalu hubiesen conseguido llegar a la aldea numu, cuando Mamoru estaba arrodillado, llorando como un niño.
Hincó una rodilla rápidamente, le sostuvo la mano a Katakouri y se la envolvió alrededor del arco, donde debía estar.
—Que el nyama sea con tu alma, Senpai —murmuró, volvió a ponerse en pie y a echar a correr.
A medida que se acercaba a la aldea numu, notó, por segunda vez aquel día, como si se le fuese a desprender la piel, aunque esa vez no fue por culpa del viento, sino del calor.
Estaba acostumbrado al calor distante de las forjas, a cómo crecía al acercarse a la pequeña aldea; no obstante, las oleadas de aire seco por culpa del fuego que se precipitaron hacia él eran mucho más ardientes de lo que deberían haber sido.
Saltó la última cresta que conducía a la aldea y se topó con una oleada tan caliente que pareció capaz de volverlo a tirar por la ladera.
Cuando vio las descomunales columnas de humo, supo que habría algo ardiendo, pero nada podía haberlo preparado para el infierno que se extendió ante sus ojos.
Por un momento, solo fue capaz de quedarse ahí clavado, embelesado y aterrado mientras el humo le arrebataba la respiración y el calor le absorbía la humedad de la piel.
—El fuego es como un animal —le había dicho siempre Kotetsu Kama—. Si lo alimentas, lo calmas y lo cuidas, no tendrá la necesidad de morderte.
Las primeras veces que el maestro herrero le había hecho atizar el fuego, Mamoru lo había sofocado sin querer cuando su jiya se levantó de un salto como respuesta al calor.
—Calma, koro —había espetado Kotetsu tras apartarle la mano golpeándosela con un par de tenazas—. No estamos en una pelea, ¿lo entiendes?
—Sí, Kama. —Mamoru se frotó los nudillos escocidos, extrajo la humedad que acababa de verter sobre la leña y tomó los pedernales para volver a empezar.
Pero cada vez que las llamas crecían, su jiya se apresuraba a contratacar como reflejo, como el agua que se dispone a rellenar rápidamente el hueco que deja una piedra al arrojarla a un estanque.
—¿De qué tienes miedo? —le preguntó Kotetsu a Mamoru después del cuarto intento fallido.
—Yo no… —empezó a protestar. Para un koro, no era apropiado admitir que tenía miedo, pero él se detuvo en seco en cuanto vio una mirada de complicidad en el rostro de su mentor—. Es solo que… ¿el Infierno no está hecho de llamas?
—No solo de eso. En el Infierno también hay mares hirvientes —señaló Kotetsu.
—Ah. —Mamoru no se lo había planteado—. No creía…
—Malinterpretas el orden del mundo. El Infierno está compuesto por fuego que carece de la influencia tranquilizadora de Nagi y Nami. Un fuego que no cuenta con el poder de los dioses que lo equilibren. Y ¿qué es nuestro jiya?
—El poder de los dioses —contestó Mamoru.
—Soy consciente de que a los koronu os gusta enmarcar las relaciones entre opuestos en términos de conflicto —declaró Kotetsu mientras extraía un trozo de metal candente de los carbones—.
Fuego versus agua, luz versus oscuridad, día versus noche, pero quien espera crear algo debe entender que los opuestos existen para equilibrarse y complementarse.
Por eso, la luna que trae las mareas sigue al sol que seca, el día sucede a la noche y los hombres se casan con mujeres.
Creo que precisamente por eso los imperios más grandes son Yamma, que se construyó gracias al poder del fuego, y el nuestro, Kaigen, que se construyó gracias al poder del agua.
Los dos existen en este reino, no para destruirse, sino crear un equilibrio entre el jiya y el taya.
—Hizo una pausa para empapar el hierro candente con agua—.
De ese equilibrio, nace la creación. —El vapor siseó al salir del metal y se dispersó para revelar las serpientes retorcidas que un día se convertirían en la guarda de la espada de Mamoru—.
Como guerrero que pretende valerse de las artes numu, es fundamental que lo entiendas.
—¿Y qué pasa con el fonya? —preguntó Mamoru con la vista clavada en las serpientes hechas de distintos metales, pero bien enroscadas la una en la otra—. Los finawu dicen que los fonyakalu nacieron de este océano, al igual que nuestros ancestros. Ellos también descienden de los dioses.
—Creo que los fonyakalu… —empezó a decir Kotetsu tras emitir un sonido pensativo—, sea cual fuere la divinidad que alberguen, ha sido corrompida para alcanzar un tipo de poder que no debería haber existido nunca. No en el reino de Duna.
—No lo entiendo.
—Según lo que sé del viento, lo que le provoca al fuego, a los océanos y a los imperios, diría que el fonya es el poder del caos. Quienquiera que porte el poder del viento, lo sepa o no, es una especie de demonio.
En aquel momento, Mamoru no entendió la lógica de su mentor.
Los fonyakalu dominaban el aire, una parte esencial del agua y del fuego.
El mismísimo Kotetsu le había enseñado a Mamoru a utilizar los fuelles para que el fuego estuviese bien oxigenado.
Todo ser humano, incluidos los jijakalu y los tajakalu, respiraban aire para sobrevivir.
Nunca había conseguido entender cómo algo tan fundamental para toda la vida del reino de Duna podía ser una fuerza infernal.
En ese momento, lo entendió.
Los fonyakalu no podían haber llegado hacía más de un par de siiranu, pero la aldea de los herreros ya estaba arrasada.
Incluso con las forjas hechas pedazos, el fuego no habría podido propagarse con tanta rapidez ni haber crecido con tanta furia sin ayuda del viento.
Mamoru había llegado a conocer el fuego como un animal que podía domarse con jiya, pero ese fuego era indomable, como un animal que habían alimentado hasta reventar, al que sus guardianes habían azotado hasta entrar en estado de rabia y después habían liberado.
Ese era el poder que había hecho estragos en el orden mundial, que había desestabilizado las colonias de Yamma en Namindugu y dividido el Imperio kaigenés en dos… Era el poder del caos.
Con una sensación nauseabunda en el estómago, Mamoru recordó que el tío Takashi les había ordenado a los numuwu que no abandonaran sus casas. Se preguntó cuántos de ellos habrían podido librarse de las llamas y, de esos, cuantos habrían escapado de los soldados ranganeses.
Trató de ir corriendo directamente hasta la casa de los Kotetsu, pero en cuanto se aproximó a la estructura más cercana, las llamas se abalanzaron sobre él como demonios hambrientos, que le azotaron la piel y evaporaron su único método para defenderse a la vez.
Siguió adelante y alzó su jiya para lanzar nieve al fuego en un intento por despejar un camino entre las llamas.
No sirvió de nada. La mayoría de lo que arrojó se evaporó con un siseo inútil.
El propio dragón Matsuda hubiese tenido que pelear contra esa criatura con uñas y dientes.
Abrumado por el calor, Mamoru no tuvo más alternativa que retroceder y rodear la parte más peligrosa del fuego.