15 Los asesinos
L os ranganeses vacilaron en el umbral del recinto de los Matsuda y observaron a Misaki con unas expresiones que iban de la aprensión a la diversión.
Si se hubiesen topado con un hombre o con una mujer más imponente, seguro que a esas alturas ya habrían atacado, pero se quedaron inmóviles, al parecer desconcertados de ver a un ama de casa diminuta frente a ellos.
El pasillo era demasiado estrecho como para que cupiesen los cuatro uno al lado del otro.
Alguien tenía que dar el primer paso. Su víctima dio un paso al frente sin saber que había sellado su destino.
Parecía casi de mediana edad, como si estuviese a finales de los treinta o a principios de los cuarenta, aunque seguía llevando los colores de un soldado raso.
No debía de haber sido especialmente hábil o fuerte como para haber transcurrido tanto tiempo sin que lo ascendiesen.
Con una sola mirada a la cara, Misaki lo caló de lleno y pudo ver hasta los mecanismos internos que lo impulsaban.
Era un hombre inseguro en busca de una forma fácil de sentirse poderoso sin esfuerzo, como atormentar a un ama de casa indefensa.
Robin habría visto humanidad en esa clase de crueldad, incluso aunque la volviesen en su contra. Él habría visto una forma de mejorar a ese hombre. Lo único que vio Misaki fueron las cuencas de unos ojos, una garganta, una ingle sensible y cien puntos para atacar entre los que elegir.
En vez de echar los hombros hacia atrás cuando el fonyaka se acercó, se acobardó. Fue como lanzar un cebo al agua delante de un pez inconsciente. Él sonrió… Era la sonrisa de un pusilánime al ver una oportunidad muy inusual de sentirse poderoso.
—No me haga daño —lloriqueó en el dialecto de Shirojima. Sabía decirlo en ranganés, pero ¿por qué iba a permitirles saber que hablaba su idioma? ¿Por qué desvelarles parte de ella antes de que fuera demasiado tarde?—. Por favor, no me haga daño.
El hombre mordió el anzuelo y acortó la distancia que los separaba con una mirada voraz.
Misaki esperó casi hasta que se le echó encima y después escogió el punto de ataque más simple.
¿Por qué iba a desperdiciar sus mejores trucos con ese imbécil?
Le asestó una patada en la ingle. En fonyaka se dobló con un gruñido.
El golpe no lo incapacitó ni por asomo, pero le concedió el tiempo necesario para cubrirse las puntas de los dedos de hielo.
Antes de que el hombre pudiese incorporarse, ella ya lo tenía sujeto por la garganta.
Misaki tenía unas manos tan delicadas que su agarre tampoco era que fuese especialmente peligroso.
Por eso había invertido tanto tiempo practicando con las garras.
Eran esos hombres o sus hijos. Robin la perdonaría.
Cinco uñas de hielo se le hundieron con fuerza en el cuello al ranganés.
Se le abrieron los ojos de par en par. Abrió la boca como para gritar y unas burbujas de sangre le salieron de los labios y le descendieron por la barbilla. Misaki dobló los dedos todo lo que pudo y sacó la mano de un tirón. La tráquea del hombre se hizo trizas entre sus dedos.
Y así, se convirtió en una asesina.
El resto de los atacantes soltaron gritos de alarma cuando su camarada se desplomó, pero Misaki no les dejó tiempo a evaluar la situación.
Antes de que el cuerpo cayese al suelo con un ruido sordo, ya estaba en movimiento; salió disparada hacia el soldado más cercano, descalza.
Fue ganando velocidad y observó la cara de su enemigo para identificar su expresión.
Lo engañó. Creía que era lo bastante estúpida como para abalanzarse sobre él.
Echó el brazo hacia atrás con seguridad y dio un golpe con la palma.
Justo antes de que la ráfaga de fonya abandonase su mano izquierda, Misaki giró de repente hacia la izquierda y corrió por la pared.
Al final, no llegó a averiguar si sus piernas tenían la fuerza suficiente como para dejarla terminar su antigua maniobra.
El viento periférico de la ráfaga le empujó el cuerpo y la hizo caer de pie justo detrás del fonyaka.
Al darse cuenta de su error, el soldado intentó darse la vuelta, pero era demasiado tarde.
Siradenyaa estaba desenvainada. De un solo tajo, le cercenó la médula espinal.
En el mismo giro, Misaki se dio la vuelta y atravesó al próximo soldado, que solo iba un par de pasos por detrás de su camarada y lo más seguro era que ni siquiera hubiese visto lo que ocurrió antes de que la Hija de la Sombra le separase el torso de las piernas.
Solo quedaba uno.
Misaki blandió la espada, pero el último soldado era un hombre joven, rápido, que dio un paso atrás y se alejó de su alcance.
La recorrió con una mirada cautelosa y reparó en su estatura, en el arma, en la postura, para evaluarla.
No podía permitírselo, así que ella siguió avanzando y la espada negra arremetió rápidamente en un segundo ataque para obligarlo a ponerse contra la pared y arrinconarlo.
Volvió a esquivarla de forma exasperante, retrocedió por el genkan, salió un poco por la puerta y desenvainó su espada inferior.
Chico listo. La parte agresiva de Misaki ansiaba perseguirlo, pero sabía que, si le permitía llevar la pelea fuera, al aire libre, era mujer muerta.
Así que, en lugar de eso, giró hacia la derecha, entró en el pasillo más cercano a toda velocidad y desapareció como solía hacer.
El pasillo sin ventanas estaba tan oscuro que bien podría haber sido uno de los callejones de Livingston, y así seguiría.
Misaki congeló el interruptor con un bloque de hielo.
A medida que iba avanzando deslizó todas las puertas para abrirlas y recubrió los marcos con hielo.
Después, se aplastó contra la pared para fundirse con las sombras y esperó.
El soldado cruzó el pasillo con cautela.
Si era listo, entonces estaría con los oídos y las manos bien abiertos, intentando percibir su aliento al perturbar el aire.
Pero Misaki podía aguantar la respiración durante bastante tiempo.
Cualquier fonyaka estaría en grave desventaja en la oscuridad: a pesar de su agudeza auditiva, los fonyakalu eran incapaces de percibir el calor corporal de una persona o su flujo sanguíneo, lo que les impedía detectar a un contrincante lo bastante sigiloso.
Misaki, por otro lado, podía sentir cada centímetro de su presa conforme se acercaba; un entramado latente de arterias, capilares, médula y líquido cefalorraquídeo.
En cuanto el fonyaka se acercó hacia donde estaba, Misaki chasqueó los dedos y usó el hielo con el que había congelado una de las puertas para cerrarla con un estruendo. El hombre se dio la vuelta rápidamente hacia el ruido por instinto y le dio la espalda.
Misaki se alejó de las sombras y apuñaló.
Se escuchó un crujido, acompañado de un gruñido ahogado de sorpresa cuando Siradenyaa dio en el blanco.
El fonyaka no sufrió mucho tiempo. La oscuridad dotaba de una precisión incomparable a los ataques de Misaki.
Sin la distracción que suponían la ropa, la piel y otras características visibles podía acertar justo en la parte interna del cuerpo a la que apuntaba.
Al carecer del obstáculo que habrían supuesto los huesos a una espada inferior, Siradenyaa lo había apuñalado directamente en el corazón.
Misaki sacó poco a poco la espada del pecho del soldado y notó que su sangre se vertía en el suelo al desplomarse. Permaneció inmóvil durante un instante para asimilar la sensación. Siempre se había preguntado qué sentiría al atravesarle el corazón a alguien, pero eso era… decepcionante.
Por algún motivo, había supuesto que le costaría matar a otra persona.
Pero no fue así. Estaba claro que, cuando estabas acostumbrada a cercenar tendones, partir a un hombre por la mitad iba a ser fácil.
Cuando te habías entrenado para atravesar arterias principales, por supuesto que perforar un órgano iba a ser sencillo.
Con una espada como Siradenyaa, claro que matar sería más fácil que no hacerlo.
Debería haberlo entendido; sin embargo, fue incapaz de explicar el vacío que la abrumó de repente.
La línea entre herir y arrebatar una vida había estado muy clara para Robin y Elleen, era innegociable. Y, aun así, Misaki la había traspasado sin sentir un tirón de resistencia siquiera. Había querido sentirla. En lo más hondo de su corazón, había esperado tener algo de Robin dentro.
La sangre del hombre joven se fue extendiendo hasta colársele entre los dedos desnudos de los pies, todavía inquietantemente tibia al salir de una vida acabada.
Ese soldado había sido hijo de alguien. ¿Por qué era incapaz de sentir nada?
Como madre, como mujer, como ser humano , ¿cómo era posible que no sintiese nada?
Se llevó la mano libre a la cadera sin poder evitarlo.
¿Cómo era posible?
Un movimiento por el pasillo captó la atención de Misaki.
En cuanto dejó de sujetarse el estómago para empuñar a la Hija de la Sombra, abrazó el vacío.
No dio espacio al miedo cuando se dispuso a enfrentarse a sus próximas víctimas.
Tres fonyakalu vestidos de amarillo se colocaron delante de ella en el vestíbulo principal.
Y, por un momento, Misaki se permitió dar gracias por ser lo que era.
Al fin y al cabo, una dama no habría sido capaz de cercenarle las piernas a un hombre y luego clavarle la espada en la boca cuando la abrió para gritar.
Una madre no habría sido capaz de separarle la cabeza de los hombros a una mujer.
Un ser humano no habría sido capaz de darle la espalda a sus cadáveres desmembrados sin sentir una sola punzada de culpa.
Gracias a los dioses, ella era un monstruo.