14 La espada #4
Al haber cumplido con sus órdenes, se volvió para ayudar a su tío, aunque no había mucho que hacer.
Al menos una docena de soldados amarillos yacían a los pies de Takashi.
El único fonyaka que seguía con vida era el de élite, vestido de negro, y no parecía como si fuese a resistir mucho más.
Empuñaba una espada larga ranganesa con fuerza en la izquierda, pero se le veía el hueso del brazo derecho, que sangraba a borbotones.
El tío Takashi podría acabar con él de un solo tajo.
Sin embargo, al patriarca de los Matsuda pareció costarle un esfuerzo considerable dar un paso adelante y blandir la katana.
Y, cuando lo hizo, el corte fue débil. El fonyaka herido consiguió bloquearlo con la espada a la que se aferraba con la izquierda.
Nagimaru chirrió contra el arma ranganesa y se le clavó en el hombro al fonyaka.
Después, el tío Takashi empuñó Namimaru con la izquierda con un rugido primigenio y le hundió la espada más corta al soldado en el estómago.
El aire se retorció cuando el fonyaka se abalanzó hacia delante, gruñendo y tratando de golpear a Takashi con el asombroso poder de un theonita moribundo.
El acero le rozó el brazo al tío antes de que este se apartase y sacase sus espadas de un tirón para poner fin a la vida del fonyaka en un estallido de sangre.
La herida del hombro era superficial, pero cuando el tío Takashi trastabilló, Mamoru se dio cuenta de por qué se había movido tan despacio.
Mamoru no lo había notado en mitad de la neblina de sangre nueva, pero en ese momento lo vio: una herida profunda que iba desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha le recorría el torso y supuraba sangre.
—¿Sabes…? —El tío Takashi sonrió apretando los dientes a medida que su kimono azul oscuro se volvía de un tono aún más oscuro de rojo—. Nunca había luchado contra otra persona que empuñase dos armas. Ese cabrón me ha metido un buen tajo, ¿a que sí?
—¡Tío! —Mamoru se limpió la sangre de la espada a toda prisa, la envainó y fue corriendo hacia él. Lo alcanzó justo cuando el hombre se inclinaba hacia delante y se apoyaba en él.
—Estoy bien —protestó el tío Takashi cuando su sobrino lo atrapó; sin embargo, estaba echándole demasiado peso en el hombro como para que fuese cierto.
El tío seguía mascullando bobadas como que era un cortecito de nada, pero Mamoru sabía que tenía que hacer algo.
Se disculpó hasta la saciedad, le abrió la parte delantera del kimono de golpe y se dispuso a ponerle presión a la herida.
Hizo una mueca cuando se le resbalaron las manos por culpa de la sangre y se le empaparon las mangas del kimono rápidamente.
Era imposible que detuviese el flujo de la sangre solo con las manos.
Y Mamoru se dio cuenta de que tendría que volver a desobedecer a su madre.
Dio una respiración temblorosa.
—No seas niña, Mamoru —resopló el tío Takashi, arrastrando las palabras como si hubiese bebido demasiado sake—. Solo es un poquito de sangre.
Hacer algo que no fuese limitarse a asentir habría resultado inapropiado, así que lo hizo con entusiasmo.
—Claro, tío. Quédate quieto, por favor.
Con un movimiento de la mano le extrajo el exceso de sangre del pecho. Hay mucha sangre. Demasiada. Pero en ese momento no podía planteárselo. Colocó las dos manos en la parte más profunda de la herida y se concentró todo lo que pudo en las palmas.
—¿Qué haces, chico?
Mamoru no podía malgastar atención para responderle.
Nunca había coagulado tanta sangre a la vez.
Necesitó de toda su concentración para llevarlo a cabo.
El tío Takashi permaneció un instante en silencio, inmóvil, mientras notaba el jiya de Mamoru debatirse para solidificarle la sangre que le salía del pecho.
—¿Dónde has aprendido a hacer eso? —preguntó por fin, confundido.
Aunque hubiese querido, Mamoru no podía contestarle.
Le había prometido a Kaa-chan que nunca…
—. Misaki —susurró el tío Takashi cuando por fin llegó a la única conclusión lógica.
Los Matsuda y los Yukino jamás habían tratado de manipular la sangre.
Kaa-chan era la única persona que podría habérselo enseñado—.
Qué mujer tan curiosa es mi cuñada. Creo que… me habría gustado conocerla mejor.
Mamoru cerró los ojos con fuerza para acallar los murmullos de su tío y al resto del mundo mientras luchaba por dominar la sangre que tenía bajo las manos.
Eso no se parecía en nada a crear costras para curarse los nudillos magullados o para sanarle los cortes de las piernas a Chul-hee.
Mamoru nunca se había topado con una sangre que se opusiese con tanto ímpetu a su jiya, tan impaciente por salir de un cuerpo.
La espada del fonyaka debió de haberle acertado en una de las arterias principales cerca del corazón.
Al intentar detener el flujo, Mamoru estaba peleando contra el núcleo del que derivaba todo el poder de su tío, y aquello era irremediablemente una batalla perdida.
—Lo siento. —Mamoru abrió los ojos, a sabiendas de que la débil costra que se las había ingeniado para crear no resistiría—. No puedo hacerlo. No soy lo bastante fuerte. Lo siento.
Nagimaru cayó en la nieve a su lado y Mamoru se percató de que el tío Takashi le había apoyado la mano en la cabeza.
—Sí que puedes —murmuró en voz muy baja—. Te preocupas demasiado, Takeru-kun.
—No soy… —Mamoru dejó la frase en el aire al ver algo amarillo moverse más abajo de la montaña por el rabillo del ojo—. Oh, no.
—Se acercan más soldados, ¿verdad? —El tío Takashi sonaba tranquilo—. Hmm —suspiró—. ¿Llegas a ver cuántos?
—Eh… Parecen unos veinte. Puede que más.
Yukino Sensei y Tou-sama eran los jijakalu que tenían unos sentidos superiores a los del resto. Sin ellos, Mamoru y su tío herido ignoraban la mayor parte de la montaña que los rodeaba.
—Vale. Son más de veinte —anunció Mamoru cuando se fueron acercando.
—Eso espero. —El tío Takashi se agachó para recuperar a Nagimaru y un poco de sangre se escapó de una zona más débil de la costra—. Esta vez, intentaré dejarte unos pocos más, chico. Pero no prometo nada.
Mamoru desenvainó la espada, pero antes de poder ponerse en posición al lado de su tío, un sonido estremecedor bajó por la montaña. Gritos. Mamoru y Takashi levantaron la vista de golpe.
El chico se dio cuenta con un pavor abrumador de que esos no eran gritos de guerra. Eran gritos de terror… que venían de mujeres y niños. El sonido estaba demasiado cerca como para provenir de la aldea principal, pero…
—¡Los herreros! —Mamoru soltó un grito ahogado.
¿Cómo? ¿Acaso algunos ranganeses habían logrado burlarlos en medio del caos, cuando Mamoru estaba petrificado junto al cadáver de Yukino Sensei? ¿O habían atajado para llegar a la aldea numu desde el paso del norte tras haber superado la línea de allí? Daba igual. Los herreros corrían peligro.
—Vete. —El tío Takashi hizo un gesto con la cabeza en dirección a la aldea numu, de donde se elevaron unas columnas de humo contra el cielo que oscurecía.
—Pero… —Mamoru echó un vistazo al humo y después a los ranganeses que cargaban. La oleada de soldados estaría allí en un siira. Sin la ayuda de Tou-sama, el tío Takashi no podría crear el dragón de hielo, y además estaba sangrando mucho…
—Vete y protege a los herreros —le indicó el tío—. Yo me cargaré a unos cuantos de estos patanes.
¿Cargarse?
—Tío…
—¡Eh! —El hombre le sujetó la cara a Mamoru en un agarre devastador que hizo que una oleada de dolor le recorriese la boca; un fuerte recordatorio de que acababan de partirle un diente—.
No te preocupes por mí. Obedece. Esos numuwu están bajo nuestra protección.
¡Te necesitan! —Apartó a Mamoru de un empujón—. ¡Vete!
—Sí, señor. —Las piernas de Mamoru trastabillaron, se pusieron en marcha de forma obediente y echó a correr.
Una parte egoísta de él se alegró de que no quedase tiempo para hacerle una reverencia a su tío o desearle que el nyama fuese con él.
Si se hubiese quedado ahí un instante más, habría tenido que admitir la espantosa verdad que pendía en el aire:
Estaba dejando morir a su tío.