14 La espada #3
La montaña había pasado del óxido al rojo.
Cuando desaparecieron las últimas nubes de fonya, el cielo volvió a despejarse; no obstante, lo que se abrió paso no fue la brillante luz del día.
En su lugar, el atardecer tocó cada koyin de nieve que aún no estaba empapado de sangre y bañó de rojo la ladera repleta de cadáveres.
En mitad del amasijo de los cuerpos vestidos de amarillo y de negro, Mamoru encontró dos siluetas encogidas de color azul cielo; los Mizumaki, y otras dos de gris claro, los primos de Yukino Sensei.
El tío Takashi estaba a dos bounds de distancia, con un aspecto mucho más agotado que antes, aunque no había perdido la sonrisa.
Tou-sama y él eran los únicos guerreros que seguían en pie.
—Habéis… habéis acabado con todos —murmuró Mamoru, sorprendido—. Con todos los soldados de élite.
—Nuestros camaradas Yukino y Mizumaki también echaron una mano antes de perecer —dijo Tou-sama—. Sus familias pueden estar orgullosas.
—¿Y qué hay de ese tan rápido? —preguntó Mamoru—. El matadragones.
—Conque «matadragones», ¿eh? —El tío Takashi soltó una risita.
Un deje de frustración se ocultaba tras su sonrisa, pero Mamoru creyó que un guerrero que había vencido a Yukino Sensei en combate singular y que había mantenido a raya a los dos hermanos Matsuda se merecía el título con creces—.
Tu padre se ocupó de él —afirmó el tío Takashi a la vez que le dedicaba una sonrisa de agradecimiento a Tou-sama.
—Casi. —Tou-sama dobló los dedos de la mano derecha con una expresión distante y un tanto irritada—. Sigue vivo.
—¿En serio? —preguntó el tío Takashi—. Pero si parecía un impacto directo.
—Lo esquivó en el último instante —replicó Tou-sama—. La lanza acertó, pero no le atravesó el corazón.
—Bueno, aun así, salió volando a bastante distancia —dijo el tío Takashi para restarle importancia—. Basta con que estuviese aturdido, la caída se habrá encargado de rematarlo.
Mamoru distinguió movimiento a lo lejos en la montaña. Unas siluetas vestidas de amarillo trepaban por las ruinas de la aldea occidental y se dirigían hacia ellos.
—Tomaos unos siiranu para recuperar fuerzas —indicó el tío Takashi a su hermano y a su sobrino—. A partir de ahora, la pelea no hará más que empeorar.
En ese momento, un movimiento de alguien arañando las rocas cercanas captó la atención de Mamoru. Su tío y él se llevaron las manos a las armas y alzaron su jiya por instinto, pero Tou-sama levantó una mano.
—Es uno de los nuestros.
Y, por supuesto, la silueta que apareció sobre las rocas llevaba puesto un kimono y un hakama. Empuñaba un arco largo de bambú con fuerza.
—¡Katakouri Senpai! —exclamó Mamoru, sorprendido.
Katakouri Hakuzora era el arquero más joven de los que habían ido a defender el paso del norte; un chico desgarbado y callado de un curso superior a Mamoru en la Academia Kumono.
—¿Por qué has abandonado tu línea? —exigió saber el tío Takashi.
—Y-ya no quedan líneas, Matsuda-dono —anunció el chico. Le temblaban las manos con las que sujetaba el arco.
—¿Cómo?
—Soy el único que… —Se le quebró la voz y las lágrimas le bajaron por la cara a raudales—. Perdóneme, Matsuda-dono, soy el único que queda.
—¿Qué?
—Se abrieron camino en cuestión de siiranu. Mi padre me envió para que se lo comunicase… La línea ha desaparecido.
—¿A qué te refieres, Senpai? —El pánico se apoderó de Mamoru—. ¿Te refieres a que están en la aldea?
—Intentamos detenerlos…
—Takeru —espetó el tío Takeshi de golpe—. Vuelve a casa.
—Nii-sama… —Tou-sama se quedó helado y un inusual destello de duda le atravesó el rostro.
—¡Ahora! —gruñó el tío Takashi—. Tienes que proteger a Setsuko y a los demás.
—Pero todavía tenemos que acabar con los ranganeses que están de camino —dijo Tou-sama—. Debería quedarme y ayudarte a retenerlos aquí. El que tendría que volver es Mamoru.
—No podemos arriesgar el futuro de la familia y ponerlo en manos de un chico de catorce años, por hábil que sea. Eres el guerrero más fuerte, así que irás tú. Asegúrate de que nuestra familia sobreviva.
Era lógico. Mamoru jamás había visto a Tou-sama negar algo lógico… o cuestionar órdenes. Aun así, no hizo amago de obedecer. Echó un vistazo a Mamoru y luego a su hermano.
—Nii-sama… por favor.
—¿Qué? —espetó el tío Takashi, listo para sacudirle a su hermano.
—Tampoco soy tan fuerte…
—Lo eres. —De algún modo, el tono del tío Takashi fue más áspero que alentador—. Tienes tus órdenes.
El jiya de Tou-sama se alzó durante un instante como si tratase de rebelarse, y luego volvió a adoptar su serenidad de siempre. Una tensión invisible abandonó su cuerpo.
—Sí, Nii-sama —contestó sin emoción, y agachó la vista. Ni siquiera se dignó a mirar a su hijo cuando le dijo—: Defiende la línea.
—Sí, señor —respondió Mamoru.
Tou-sama dio media vuelta y empezó a subir la montaña sin echarles una última mirada a su hermano o a su hijo. No había tiempo para verlo marchar. La siguiente oleada de ranganeses casi se les había echado encima.
La mayoría de esos soldados iban de amarillo, pero una silueta de negro que empuñaba un par de espadas lideraba la carga.
—L-lo siento, tío —se disculpó Mamoru al ponerse en guardia—. No sé cómo echarte una mano con ataques avanzados o…
—Ni falta que hace —contestó el tío Takashi a la vez que echaba un vistazo a los soldados que se acercaban—. Tú ocúpate de los cuatro que están más a la izquierda. Déjame a mí el resto.
—Sí, tío.
Katakouri Hakuzora también se había puesto en posición. A pesar de que tenía el carcaj vacío, creó una flecha de hielo y la colocó en la cuerda.
—No te molestes, Katakouri-kun —dijo el tío Takashi.
—¿Matsuda-dono?
—No podrás con esta pelea. Sube la montaña y haz lo posible por proteger a las mujeres y a los niños.
A diferencia de Tou-sama, el joven Katakouri no necesitó que se lo repitieran.
—Sí, Matsuda-dono. —Hizo una reverencia y se dio la vuelta para subir corriendo la montaña.
Los fonyakalu se cernieron sobre ellos.
Esa vez, Mamoru no se quedó petrificado.
Algo en su interior se había endurecido cuando Yukino Sensei murió; como si el espadachín le hubiese legado una parte de su fuerte y sosegado nyama.
Su espada ya había saboreado la sangre. Ahora que Mamoru conocía esa sensación, le resultó más fácil moverse.
El primer fonyaka recibió un golpe en el estómago con la katana que lo partió en dos.
El segundo fue listo, guardó las distancias del alcance de sus tajos y echó el brazo hacia atrás para atacar.
Demasiado lento. Mamoru le disparó una lanza de hielo a la garganta.
El siguiente par de fonyaka lanzaron ráfagas de aire a presión a la vez.
Saltó para esquivar un ataque solo para que el otro le diese de lleno en el pecho y le cortase la respiración.
Trastabilló y uno de sus enemigos lo aprovechó, salió disparado para sujetarle el brazo con el que empuñaba la espada y se lo inmovilizó con mano de hierro.
Buena jugada, pensó Mamoru con pesar. Él era más rápido que fuerte; no podía zafarse del agarre de un soldado adulto.
El fonyaka echó la espada hacia atrás para darle el golpe de gracia. E incluso aunque Mamoru hubiese tenido la fuerza suficiente para pelear contra un theonita consumado, no tenía tiempo para liberar el brazo de la espada. Pero lo que le faltaba de fuerza lo compensaba con velocidad.
Antes de que el hombre terminase el ataque, Mamoru le estampó un puñetazo con los nudillos congelados en la cara.
El golpe fue más que nada una distracción.
No le partió la nariz al fonyaka y ni siquiera consiguió que aflojase un poco el agarre.
Pero lo que sí hizo fue darle un momento a Mamoru para extraer las moléculas de agua que lo rodeaban y prepararlas.
Acumuló el agua en la mano izquierda para formar un arma igual a la de metal que empuñaba con la derecha.
Entonces, hizo un corte hacia arriba. No era una Espada Susurrante.
Él lo sabía. El hielo no era lo bastante afilado como para atravesar metal, pero sintió un subidón salvaje de orgullo al corroborar que sí que era lo bastante afilada como para cercenar músculo humano.
El fonyaka chilló y soltó la espada cuando el hombro empezó a chorrearle sangre.
Por frustrante que fuera, no liberó el brazo de Mamoru.
Entonces el chico levantó un pie y le propinó una patada al hombre que sangraba en el estómago para tumbarlo.
El fonyaka se empeñó tanto en sujetarlo que acabó arrebatándole la katana de la mano al caer.
Daba igual. Mamoru colocó la mano derecha con la izquierda en la empuñadura de la espada de hielo que acababa de crear, salió disparado hacia delante y degolló al hombre.
El siguiente soldado avanzó hacia él con la espada desenvainada.
Mamoru echó un vistazo a su katana de acero, que yacía a menos de un bound de distancia en la nieve.
Quizá tuviese tiempo de recuperarla… pero se sentía tan fuerte estando en el apogeo de la pelea.
Puede que… Giró la espada de hielo para encontrarse con la espada de metal del fonyaka y el estallido hizo que una onda expansiva le recorriese los brazos.
Las dos armas se partieron.
No es suficiente . Mamoru apretó los dientes con frustración. No es lo bastante buena. El fonyaka tambaleante estaba tan desconcertado por que se le hubiese roto la espada de acero que fue incapaz de oponer la menor resistencia cuando el hielo de Mamoru se recompuso y le atravesó el pecho.