La espada de Kaigen 14 La espada #2
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14 La espada #2

Lo había olvidado, intentó decirse. Lo había olvidado, igual que había hecho con todo lo que pertenecía a mi antigua vida. Pero no se había sacado la pequeña espada de la mente ni del corazón. Sus manos se encontraron con la vaina con la misma facilidad que si la hubiesen dejado allí ayer mismo.

—¿Qué es eso? —preguntó Setsuko cuando Misaki se arrodilló y le quitó el polvo a la vaina.

—Esta… —A pesar de todo, Misaki esbozó una sonrisa—. Es la Hija de la Sombra.

La vaina, rodeada por unas enredaderas y unas flores delicadas, parecía de madera bruñida, aunque en realidad estaba hecha de un material mucho más fuerte.

—Se parece a ti —le había dicho Koli, complacido—. Por fuera está hecha de flores bonitas.

—¿Y por dentro? —preguntó Misaki, mirando al numu con la ceja levantada.

—Por dentro… —contestó él con una sonrisa de oreja a oreja—. Es clavada a ti.

Misaki sujetó la empuñadura con reticencia y desenvainó la mitad de la espada. Se le abrieron los ojos de par en par. Notó que se le cortaba la respiración.

—¿Esto es…? —dijo, su voz apenas era un susurro—. Koli, ¿¡no será lo que creo que es!?

—Ya te dije que tenía contactos.

—Así que… soy guapa por fuera, pero dura y oscura por dentro. —Misaki se esforzó por mantener una expresión impasible. Le echó una mirada a Koli, aun cuando sus dedos traicioneros se aferraron al arma de forma posesiva—. Creo que debería sentirme insultada.

—Siendo una dama de Shirojima, sin duda deberías. Pero, como guerrera, no tienes derecho.

—¿Tiene nombre? —preguntó Misaki en voz baja, temerosa de que si la levantaba Koli podría escucharla temblar de emoción.

—Cuando estábamos trabajando en ella, la apodamos Misaki-denyaa. En cuanto empieces a usarla en las calles, puede que ese nombre ponga en peligro tu identidad secreta. Pensé que podíamos ponerle tu nombre en clave y llamarla Sirawu-denyaa. ¿Puede que Siradenyaa para acortar?

—¿La Hija de la Sombra? —Misaki enarcó una ceja—. Es un pelín dramático, ¿no te parece?

—Me conformo con un «gracias». —Koli se cruzó de brazos con petulancia.

—Koli… no puedo aceptarla.

—Pues qué pena. Está hecha para ti.

—Pero… es un arma impresionante…

—Es única en su especie —respondió Koli con orgullo.

—¿No deberías ofrecérsela a un koro que vaya a darle más uso? Quiero decir… se supone que ni siquiera debo pelear… —Dejó la frase en el aire cuando Koli puso los ojos en blanco—. ¿Qué pasa?

—Eso es como decirle a un cuchillo que se supone que no debe cortar.

Misaki observó al numu durante un instante.

—A veces me pregunto si eres humano, Koli. —Era consciente de que, en parte, por eso se llevaban tan bien.

—¿A qué te refieres? —No sonaba ofendido. Ya había retomado su trabajo trasteando con la maquinaria que tenía desperdigada por el escritorio.

—¿Ves a la gente como algo más que como su función física? ¿O para ti solo somos… objetos ? Meras herramientas, armas y fábricas de bebés.

—Soy un numu. —Se encogió de hombros y se calentó los dedos para soldar dos componentes—. Los dioses me programaron para ver el mundo en términos de materias primas.

—Bueno pues mis dioses me programaron para ser guapa, casarme bien y tener hijos —dijo Misaki.

—Si tú lo dices —soltó Koli, y se rio por la nariz—. Aunque esa afirmación hace que tus queridos Nami y Nagi parezcan unos artesanos torpes.

—¿Disculpa?

—Un dios competente jamás crearía a un ama de casa con tu destreza y voracidad. Quizá parezcas un florero bonito, pero te asemejas más a una espada que a cualquier otra cosa.

—Y dale —dijo Misaki, señalándolo con un dedo acusador—. Otra vez diciéndome que soy un arma.

—Una eficaz —contestó Koli—. Era un cumplido.

—Yo no… no estoy segura de poder aceptarlo. —No sabía si el cumplido o el regalo.

—Pues no lo hagas —respondió Koli con impaciencia—.

Lo único que digo es que sería un desperdicio terrible.

Cuando te metas en la próxima pelea y, seamos realistas, Misaki, pasará, lucharás mejor con esa espada que con cualquier otra.

Te repito que está hecha para ti. Ninguna otra mano será capaz de blandirla mejor.

—Pero…

—La espada era un regalo, no una invitación para mantener una conversación soporífera —declaró sin más—. Si quieres debatir sobre religión y filosofía, búscate a un jaseli. Todo lo que tengo que decir lo tienes en las manos. Haz lo que consideres oportuno con ello.

—Misaki, ¿e-eso qué es? —tartamudeó ahora Setsuko con una mezcla de miedo y confusión y la vista clavada en Siradenyaa—. Pero ¿qué estás…?

—No te preocupes. —Misaki se ató la espada de obsidiana a la cadera y se dio cuenta de cuánto había echado de menos sentir su peso. Un bebé no era lo mismo—. Sé lo que me hago.

—Te refieres a que… ¿sabes pelear? ¿Cómo?

Misaki observó a Setsuko atar cabos igual que había hecho Mamoru.

Solo que esa vez no podía esperar en un silencio inquieto a recibir su aprobación.

Lo que Setsuko y los demás opinasen sobre ese conjunto de habilidades impropias de una dama ya no tenía importancia.

Lo único que importaba era que Misaki y la deshonesta espada negra eran lo único que se interponía entre su familia y una muerte segura.

Se escuchó un estruendo proveniente de la parte delantera de la casa y las dos mujeres se sobresaltaron. Alguien estaba intentando echar abajo las puertas.

—¡Tienes que esconderte! ¡Ahora! —siseó Misaki con impaciencia—. Intenta hacer el menor ruido posible. Los fonyakalu tienen un oído excepcional. Me será más fácil alejarlos de vosotros si no saben que estáis aquí.

—¿Alejarlos de nosotros? —Setsuko tenía una expresión afligida en el rostro—. Misaki… no puedo… No quiero dejarte aquí sola.

—Tienes que hacerlo.

Otro estruendo sacudió la casa. A Setsuko se le salieron los ojos de las órbitas. Estaba aterrada. La depredadora que Misaki llevaba dentro veía que se moría de ganas de salir corriendo para ponerse a salvo. Pero, por frustrante que fuera, no lo hizo.

—Misaki, no puedo dejarte aquí sola —susurró—. Sé que no sirvo de mucho en una pelea, pero…

—No es por eso —contestó Misaki con la vista bajada hacia sus rodillas.

Existían razones obvias por las que Misaki había mantenido su pasado como guerrera oculto bajo los tablones de la cocina: la violencia no era una afición apropiada para una dama de alta cuna, y su marido le había prohibido terminantemente que hablase del tiempo que había pasado en el extranjero.

No obstante, si el decoro y la obediencia fueron los que la obligaron a atornillar los tablones, fue algo más fuerte lo que los mantuvo donde estaban, una vergüenza más honda.

La cosa era que, incluso aunque ella hubiese sido un hombre de sangre pura y mucho poder, seguiría sin ser la clase de guerrero con la que un Matsuda respetable quisiera codearse.

Los espadachines de Takayubi eran guerreros honorables que se enfrentaban cara a cara con sus enemigos en campo abierto y poseían el poder y la disciplina puras para respaldar su reputación.

Misaki era justo lo opuesto: una depredadora de emboscada, débil y artera, sin la decencia para otorgarles a sus víctimas una pelea limpia. Porque en una pelea limpia, perdería.

Lo que hacía era un insulto para los koronu que sí eran honorables de verdad. Quienes la habían conocido a fondo pudieron perdonarla… aunque Misaki tampoco estaba segura de si deberían haberlo hecho.

—Setsuko… preferiría que no vieses lo que estoy a punto de hacer.

—No tengo miedo —mintió Setsuko, a pesar de que el siguiente golpe contra las puertas la hizo estremecerse—. H-he destripado a un montón de peces; imagino que la sangre de los fonyaka no será muy distinta.

—No es por eso. Lo que no quiero que veas…

es a mí. —No quería que viese cómo era en realidad.

No quería que viese en lo que se convertiría en cuanto Siradenyaa probase el sabor de la sangre.

Las personas con las que había luchado codo con codo en el pasado la contuvieron, evitaron que matase indiscriminadamente, pero si tenía que hacerlo…

—No lo entiendo.

—Tú… —A Misaki se le atragantaron las palabras y tuvo que tragar saliva—. Crees que soy buena persona. —Le tocó las manos a Setsuko—. Y eso me salvó la vida.

—¿Qué?

—Nunca llegué a admitirlo porque soy orgullosa y una estúpida… —Se estaban quedando sin tiempo. Misaki pestañeó con rapidez. No era momento para las lágrimas—. Tú me salvaste. Voy a devolverte el favor, pero para eso necesito que confíes en mí y que te escondas.

Setsuko vaciló durante un instante. Entonces asintió, le dio un apretón en el brazo a Misaki y se inclinó hacia delante.

Sus frentes se tocaron en un momento de apoyo silencioso.

Después, se separaron; Setsuko se apresuró a volver al sótano y Misaki se dio la vuelta para enfrentarse a la amenaza.

Quizá no fuese digna de pertenecer a esa familia, pero pensaba protegerla con cada gota de veneno, sed de sangre y truco taimado que tuviese bajo la manga.

El fonya se estampó contra las puertas y las quebró en cuanto Misaki entró al vestíbulo.

No había nada que odiase más que encontrarse frente a sus oponentes.

Todos sus instintos le gritaban que se escondiese y les tendiese una emboscada, pero tenía que alejar a los soldados de Setsuko y de los niños, y para eso necesitaba que se centrasen en ella.

Las puertas dobles se abrieron de golpe.

Cuando las astillas de madera cayeron estrepitosamente contra el suelo, Misaki se topó cara a cara con cuatro hombres vestidos con uniformes amarillos.

Bueno, tampoco cara a cara. Tenía el cuerpo algo ladeado para ocultar la espada que le colgaba de la cadera y parecer un ama de casa diminuta.

En cierto modo, eso era mejor tapadera que cualquier sombra.

MAMORU