14 La espada
U na determinación que no le sorprendió se había apoderado de Misaki.
Lo que sí que la desconcertó fue que Setsuko también parecía haber caído presa de ella.
La pescadera corpulenta empezó a ir de un lado a otro de la casa, impulsada por una firmeza vigorosa, y se puso a tapiar todas las puertas y ventanas para combatir el viento que arreciaba.
Después de haber visto a su marido bajar la montaña, no había derramado ni una sola lágrima más.
Los temblores abandonaron su respiración y sus manos, reemplazados por una concentración feroz que le hizo abrir los ojos de par en par.
—Vale. —Empujó una mesa contra la última puerta y volvió hacia Misaki—. ¿Y ahora qué hacemos?
—Tenemos que llevarnos a los niños al sótano y escondernos —indicó Misaki.
—Parece que el viento está amainando —declaró Setsuko mientras echaba un vistazo a su alrededor a las paredes, que habían dejado de chirriar. La tormenta todavía aullaba, pero ya no parecía como si estuviese a punto de arrancar de sus cimientos el recinto de los Matsuda.
—Es verdad… —Misaki abrió las manos contra el viento intermitente en busca del rugido aterrador que había percibido antes.
No estaba ahí—. ¡El tornado ha desaparecido!
—exclamó. ¡Lo habían conseguido! Una esperanza vacilante creció en el pecho de Misaki.
Si los hombres habían logrado vencer al tornado, tendrían una posibilidad.
—Entonces, si no tenemos que preocuparnos por el tornado, ¿no es más lógico que nos cobijemos aquí, cerca del patio principal? —preguntó Setsuko.
—Ay, Setsuko. —La pescadera era tan inteligente y sabía tantas cosas que Misaki a veces olvidaba que no tenía ni idea sobre pelear.
—¿Qué?
—Defender este recinto en una pelea jiya contra jiya sería factible si tuviésemos una comitiva entera de guardias, pero estas paredes no nos servirán de mucho contra los fonyakalu.
—Setsuko todavía parecía confusa—. Los koronu ranganeses pueden saltar como nunca hayas visto —explicó Misaki—.
Estas paredes no detendrán a un fonyaka decidido y, sinceramente, tampoco a un puñetero jikaka que se precie y sepa escalar.
—¡Kaa-chan ha dicho una palabrota! —exclamó Nagasa.
—Pero ¿sabes qué? —preguntó Misaki mientras apartaba una de las mesas, deslizaba la puerta para abrirla y salía al porche que daba al patio—.
Es una buena observación. —Se cambió a Izumo a la cadera izquierda, alargó su mano derecha dominante y puso en marcha su jiya.
Se apoderó de la nieve que cubría el patio y creó unas lanzas de hielo de un brazo de largo que apuntaban al cielo—. Veamos qué opinan de aterrizar aquí.
Conforme trabajaba, Misaki se sorprendió al percibir el jiya de Setsuko alzarse a su lado. Setsuko levantó la nieve y creó su propia lanza.
—Setsuko, no tienes por qué…
—Quiero que mueran —gruñó, y empujó su jiya para formar una segunda lanza.
No se le daba demasiado bien. Los pescadores jijakalu solían emplear su poder principalmente para acorralar a los peces y que entrasen en las redes y luego destriparlos una vez atrapados.
Apenas tenían motivos para crear lanzas con las que matar humanos, y las de Setsuko acabaron siendo bastante irregulares.
Un fonyaka tendría que caer con bastante fuerza sobre una de ellas para que le saliese un buen moratón.
Aun así, Misaki no dijo nada al respecto.
Sabía lo que era no sentirse útil cuando estabas entre guerreros poderosos que necesitaban ayuda.
En gran parte, por eso había empezado a entrenar en serio para pelear.
Mientras lo pensaba, sintió un latido de jiya tenso y frío a la altura del codo.
Hiroshi estaba detrás de ella. Tenía las manos apoyadas en los hombros de Nagasa como si quisiese tranquilizarlo, aunque clavaba la vista en el cielo desvaído.
De los pequeños, Hiroshi era el único lo bastante mayor como para entender más o menos lo que estaba pasando.
—Hiro-kun, sé bueno y échale una mano a tu tía —indicó Misaki.
—Sí, Kaa-chan. —Hiroshi se dispuso a obedecer de inmediato, por lo visto aliviado de tener algo que hacer.
Misaki volvió a ponerse manos a la obra y a crear más lanzas que apuntasen al cielo; las formaciones se fueron volviendo más altas y sólidas a medida que su jiya ganaba velocidad.
Para ser sincera, lo más probable era que las lanzas no surtiesen ningún efecto, ni siquiera aunque algunos fonyakalu fueran lo bastante imprudentes como para saltar directamente en mitad del recinto.
De todas formas, así tenía algo que hacer con el estrés que llevaba poniéndola de los nervios desde el último waati.
Era una buena forma de calentar las extremidades, de comprobar lo que su jiya podía hacer… por si tenía que usarlo en serio.
—¿Así está bien, Kaa-chan? —preguntó una vocecilla monótona.
Misaki se giró y se quedó boquiabierta. No había esperado mucho más de Hiroshi que de Setsuko.
Y, aun así, con cinco años, el niño estaba a la altura de su apellido.
Las lanzas que había creado eran casi tan altas y afiladas como las suyas.
Si se daba el caso, hasta podían hacer sangre. Puede que incluso matar.
—Sí —respondió, desconcertada—. Está muy bien, Hiro-kun. Gracias.
Le apartó a Hiroshi el flequillo de la cara y bajó la vista para mirar al niño.
—¿Puedo hacer algo más, Kaa-chan? —Había un extraño deje de emoción en la voz de Hiroshi. Frustración.
A su edad, era muy posible que Hiroshi solo comprendiese una cosa sobre su existencia: que había nacido para pelear.
Su tío, su padre y su hermano mayor habían bajado la montaña para cumplir con ese propósito.
Pero Hiroshi era demasiado joven. Debía ser una posición espantosa: era lo bastante mayor como para entender lo que pasaba, pero demasiado joven como para poder hacer algo al respecto.
—Hoy, no —contestó Misaki a la vez que le apoyaba una mano en la mejilla helada.
—Pero, Kaa-chan…
—Hoy, no —repitió Misaki, pero fue incapaz de soportar la expresión tensa que puso su hijo, así que añadió—: Pero algún día sí.
En ese momento decidió con una certeza feroz que ese día llegaría.
Tenía que hacerlo. Todavía podía notar cómo se le escapaban de las manos los hombros de Mamoru, el momento en el que lo dejó marchar.
Porque era un guerrero. Y una parte de ella entendió que no había nada más cruel que negarle la pelea que había nacido para librar a un guerrero.
Eso, en cierto modo, era peor que la muerte.
Por las venas de esos niños discurría la misma sangre, el mismo poder, la misma necesidad. Pero seguían a años luz de cumplirlo. Si no podía negarle a Mamoru su lucha, ¿cómo podía permitir que esos niños muriesen sin tener la oportunidad de librar la suya? ¿Qué clase de madre sería?
—Sois buenos chicos —afirmó—. Los tres. Creceréis fuertes.
—Le dio una palmadita de consuelo a Nagasa en la cabeza—.
Daréis con un motivo por el que merezca la pena luchar y tendréis vuestra oportunidad de pelear por él.
Algún día, Kaa-chan se asegurará de que así sea.
—Luego, se incorporó—. Setsuko, voy a necesitar que te lleves a Izu-kun.
Setsuko pareció vacilar al aceptar al bebé de su cuñada. Seguía llevando a la pequeña Ayumi bien atada a la espalda. Abrió la boca para preguntar cuando escuchó un ruido que la hizo detenerse.
Un estruendo. Sonaba cerca. Demasiado cerca.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó.
—Ese es el sonido del fonya al chocar contra las casas —contestó Misaki cuando los gritos perforaron el estrépito—. Están en la aldea.
—E-eso quiere decir que… los hombres…
—No pienses en eso ahora —respondió Misaki, aplastando sus propias emociones antes de que se descontrolasen. Hizo entrar a sus hijos, cerró la puerta de golpe y la congeló para atrancarla—. ¡Llévate a los niños y escondeos en el sótano! ¡Ya!
—Espera… ¿a dónde vas? —preguntó Setsuko cuando Misaki dio media vuelta y entró corriendo en casa.
—¡No te preocupes por mí! —gritó Misaki por encima del hombro—.
¡Vosotros escondeos! —Esa vez, Misaki no vaciló en el umbral del dojo.
Hizo una reverencia antes de entrar, echó a correr hacia el estante de las espadas y agarró la primera que encontró.
Demasiado pesada. Sabía sin llegar a desenvainarla que solo la ralentizaría en combate.
Sería mejor combatir a mano desnuda; al menos así podría moverse.
La dejó a un lado, pasó a la siguiente arma y la desenvainó.
También era demasiado pesada. Se mordió el labio a medida que más gritos perforaban el aire.
En su época dorada quizá podría haber combatido con una de esas armas, pero eso quedaba muy, muy lejos.
Se le había atrofiado el instinto y tenía los músculos blandos de no usarlos.
No podía permitirse que algo la obstaculizara.
Misaki dio media vuelta y salió corriendo del dojo a la cocina.
—¡Misaki! —Setsuko la sorprendió, esa vez estaba sola. Debía de haber metido a los niños en el sótano—. ¿Qué haces?
—No te preocupes por mí. —Misaki no bajó el ritmo y obligó a Setsuko a perseguirla—. Tú escóndete con los pequeños. —Cuando llegó a la cocina, se arrodilló sobre los tablones del suelo y se frustró un poco al ver que su cuñada seguía a su lado—. ¡He dicho que te vayas!
—¿Las puertas del sótano de verdad van a protegernos? —preguntó Setsuko, y dio un respingo cuando el fonya golpeó algo no muy lejos del recinto.
—No. —Misaki se congeló los nudillos—. Yo lo haré.
—¿Qué?
Misaki echó el puño hacia atrás y, con un estallido de jiya concentrado, atravesó los tablones de un puñetazo.
Le resultó tan fácil que podría haberse echado a reír.
Había atornillado los tablones con una sensación de irrevocabilidad hacía todos esos años.
Sin embargo, gracias a sus garras y a una sensación de apremio, solo tardó dinmanu en atravesar la madera.