La espada de Kaigen 13 El dragón #6
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13 El dragón #6

Mientras Mamoru lo observaba, el fonyaka se agachó para ponerse en guardia y se colocó una mano en las costillas para acumular todo su fonya en el torso y liberarlo con un estallido.

Una de las primeras cosas que había aprendido Mamoru de Yukino Sensei era que no se podían lanzar varios ataques pesados seguidos como ese.

El fonyaka tenía que afianzar bien su postura para aunar todo ese poder, lo que le impedía moverse.

Entre esos abrumadores golpes con la palma, capaces de partir roca, se presentaba una oportunidad…

Mamoru solo tenía que acercarse lo suficiente para aprovecharla.

Los fonyakalu son más peligrosos a media distancia, a unos dos o tres bounds. No te quedes plantado entre medias, al alcance de sus ataques.

Mamoru calculó a ojo los bounds que lo separaban del fonyaka. Estaba a poco más de tres de distancia, lejos de la zona de impacto óptima. El fonyaka estaba esperando a que se acercase.

Perdóname, Kaa-chan.

Mamoru se adentró en la zona de impacto.

El fonyaka acometió de inmediato, pero el ataque solo había sido un farol y Mamoru saltó hacia la izquierda.

Bastó con el refilón del movimiento para que se cayese.

En lugar de malgastar un tiempo valioso en intentar mantenerse de pie, Mamoru se movió al compás del viento y dejó que lo lanzase hacia delante con una voltereta.

Cuando terminó de girar, clavó los talones en la nieve.

Dio un salto propulsado por las piernas y el jiya y salió despedido hacia delante con un solo pensamiento: Recorta la distancia.

Recorta la distancia lo más rápido que puedas.

El ranganés ya había adoptado una postura firme y estaba cargando el segundo ataque con la palma.

Cuando echó la mano hacia atrás, Mamoru giró la katana para blandirla con una sola mano y estiró la que le quedaba libre para levantar la nieve que el hombre tenía bajo los pies.

No disponía del control suficiente para crear una lanza a la vez que corría a toda velocidad, pero sí que podía crear un hielo simple.

Mamoru se abalanzó hacia la derecha y esquivó el segundo ataque por los pelos, a un bound del fonyaka.

El viento volvió a desequilibrarlo, pero no permitió que esa perturbación física lo desconcentrase.

Trastabilló sin dejar de controlar la nieve, que convirtió en hielo para rodearle las botas a su enemigo.

El hielo se endureció justo cuando Mamoru se plantó detrás del fonyaka.

El hombre intentó darse la vuelta para enfrentarse a él, pero claro, como tenía las botas congeladas en el suelo, no pudo hacerlo.

Empezó a menear un brazo hacia atrás para darle un puñetazo, un codazo o lanzarle alguna clase de ataque de viento a Mamoru, era imposible de averiguar su intención.

Mamoru dio un tajo hacia arriba. El acero golpeó carne, atravesó hueso y el brazo del fonyaka salió despedido de su cuerpo.

Kaa-chan tenía razón; con un corte limpio era muy fácil.

Mamoru siguió el arco que había trazado la espada y giró el cuerpo para hacer un segundo corte que le rebanó la parte situada bajo las costillas al fonyaka inmovilizado.

El hombre hizo un sonido espantoso de asfixia y el aire que lo rodeaba se sacudió como si sufriera cuando él intentó respirar y fracasó. Mamoru le dio la espalda mientras limpiaba la sangre de la katana y la devolvía a la vaina.

Acababa de derrotar a su primer enemigo de verdad en un combate singular.

Su espada sin nombre había saboreado la muerte por primera vez.

Tendría que haber sido un momento de orgullo, pero Mamoru no sintió nada por el estilo al darse la vuelta y echar a correr por la pendiente hacia Yukino Sensei, solo el martilleo enfermizo de su corazón.

Sabía de sobra antes de llegar al cuerpo que era demasiado tarde.

El espadachín tenía un nyama fuerte y peculiar; sin embargo, no hubo ni rastro de él cuando Mamoru cayó de rodillas al lado de su profesor.

Yukino Sensei estaba de costado y Takenagi todavía descansaba con suavidad en sus manos.

El viento lo había golpeado con tanta fuerza que le había hundido el cráneo.

Se le había salido parte el ojo de una de las cuencas.

Si Mamoru hubiese sido un guerrero de verdad, digno de su apellido, puede que se hubiese tomado un momento para rezar.

Puede que hubiese pensado que ese hombre era el último espadachín de verdad de los Yukino, que su muerte acababa con un linaje que se remontaba a los antepasados fundadores de Takayubi.

Puede que hubiese dado con algunas palabras de respeto para facilitarle el camino al Laaxara a su profesor.

—Lo siento, Sensei —dijo con una voz entrecortada y pequeña en su lugar, y se estremeció—. Lo siento mucho. —Alargó el brazo y le tocó las manos a su maestro, las mismas que le habían enseñado a sostener una espada—. No se vaya.

No se planteó la suerte que había tenido de que ningún fonyakalu lo tomase desprevenido y lo atacase por la espalda. Ni siquiera se inmutó cuando el torbellino de viento y el choque de espadas remitieron a su alrededor. Ni siquiera se movió cuando alguien le apoyó la mano en la cabeza con suavidad.

El tío Takashi.

Debería decir algo. Debería girarse hacia su tío y comandante, pero era incapaz de moverse.

—Mamoru —dijo una voz, y él pestañeó sorprendido al darse cuenta de que aquella voz no pertenecía a su tío, sino a su padre. No sabía si su padre le había tocado la cabeza alguna vez de esa forma… con cariño—. Es hora de levantarse.

—Sí, señor —contestó Mamoru por inercia, aunque no consiguió que su cuerpo obedeciera. Sus manos permanecieron inmóviles sobre las de Yukino Sensei, incapaces de soltarlo.

Esperaba que su padre se impacientase y lo regañase, puede que incluso tirase de él para ponerlo en pie. En vez de eso, Tou-sama habló con ternura.

—Murió peleando, Mamoru. Nació para eso.

Mamoru agachó la cabeza para asentir, pero se dio cuenta de que no podía volver a levantarla.

—El fonyaka responsable…

—Lo he matado —respondió Mamoru con apatía.

—Entonces has hecho lo correcto por tu profesor —declaró Tou-sama con una certeza que Mamoru deseaba compartir—.

Puede irse en paz, pero nuestro trabajo aún no ha terminado.

Los ranganeses empezaron a llevar sus barcos a tierra en cuanto el tornado despejó la aldea pesquera.

No dejarán de llegar oleadas de soldados.

Tendremos a la próxima encima dentro de un siira.

—Murió protegiéndome. —Mamoru no sabía por qué necesitaba que su padre lo supiera—. Si no hubiese parado para salvarme, él seguiría…

—Entonces te ha legado lo que queda de esta lucha —respondió Tou-sama—. ¿Vas a decepcionarlo?

Mamoru cerró los ojos. Tou-sama tenía razón, claro.

Deslizó las manos de las de Yukino Sensei y apretó los puños sobre la nieve.

¿Qué hacía ahí llorando de rodillas? Sin duda, Yukino Sensei le había enseñado a ser mejor que eso.

Sin duda, había esperado más cuando sacrificó su vida para salvar a su alumno…

—En pie —repitió Tou-sama.

Y esa vez, Mamoru obedeció por Yukino Sensei.