13 El dragón #5
Cinco guerreros se dirigieron hacia Mamoru, quien levantó la espada en ristre, pero Yukino Sensei se colocó delante de él y liberó una granizada de proyectiles pequeños a corta distancia.
Al primer soldado le acertó en el ojo y se desplomó, pero los otros cuatro o bien los esquivaron o los desviaron.
En esos movimientos dispersos, uno de ellos se las ingenió para lanzar un contrataque que impactó contra el brazo derecho de Yukino Sensei y le hizo soltar a Takenagi.
Pero eso no detuvo al espadachín. Puede que no tuviese una Espada Susurrante a la que recurrir, pero no estaba ni por asomo indefenso en una pelea cuerpo a cuerpo.
Le estampó un codo en la sien al primer fonyaka que lo dejó inconsciente y después arrojó su cuerpo flácido al guerrero más cercano para que le diese tiempo de recuperar la espada de la nieve.
Se dio la vuelta, Takenagi en mano, y se enfrentó a los otros dos, pero el quinto lo esquivó y fue directo a por Mamoru.
El fonyaka empuñaba un sansetsukon, un bastón ranganés de tres partes; un arma de la que Mamoru había oído hablar, pero que nunca había visto en acción.
El extraño aparato estaba compuesto por tres varas cortas, cada una de un antebrazo de largo, cuyos extremos estaban unidos por un par de argollas metálicas.
Mamoru atacó primero con la esperanza de que su velocidad bastase para poner punto final a la pelea en un solo movimiento, pero el fonyaka respondió con la misma rapidez y bloqueó el ataque con una de las partes del bastón antes de mover el arma entera a su alrededor como si fuese un látigo.
Cuando estaba completamente estirado, el sansetsukon abarcaba demasiada distancia como para que Mamoru pudiese permanecer fuera de su alcance con solo retroceder rápidamente un paso.
Se agachó y casi se aplastó contra la nieve para evitar que le arrancase la cabeza.
El bastón de tres partes siseó por encima de él y levantó una ráfaga de nieve.
En cuanto pasó, Mamoru se levantó de un salto y se abalanzó hacia delante para aprovechar el final del movimiento.
Si hubiese estado combatiendo contra un espadachín podría haber funcionado, pero el sansetsukon no era una espada rígida que se moviese en una sola trayectoria.
Cuando Mamoru intentó apuñalar al fonyaka justo debajo de las costillas, el bastón rodeó el cuerpo de su portador y uno de los extremos dio un latigazo que impactó contra la empuñadura de su katana y volvió a desviarla.
Antes de que pudiese recobrar el equilibrio para volver a atacar, el sansetsukon se desplegó hacia él y dio un fuerte latigazo, como una serpiente al ataque.
Lo bloqueó, pero no estaba acostumbrado a rechazar un arma con varias partes.
Cuando se apoderó de la parte central, la vara del extremo dio la vuelta, aterrizó en la mano libre del fonyaka y Mamoru se dio cuenta de que había caído en la trampa de su enemigo.
El sansetsukon se tensó sobre su presa y se le atascó la espada.
El fonyaka giró el cuerpo con fuerza y tiró de ambos extremos del arma en direcciones opuestas para tratar de partir en dos la espada de Mamoru, pero hacía falta más que eso para romper una espada Kotetsu; el movimiento tiró del brazo del chico y casi se lo dislocó, pero la espada permaneció intacta.
Cuando el fonyaka se dio cuenta de que no iba a poder romperla, pareció conformarse con intentar quebrar a su portador.
Con un gruñido siniestramente agudo, el atacante echó la cabeza hacia delante y la estampó contra la de Mamoru.
Unas estrellas se extendieron frente a sus ojos como la sangre y el mundo se puso patas arriba.
A pesar del mareo, vio que iba a recibir una fuerte patada contra la rodilla una fracción de dinma antes de que impactase.
Como no podía esquivarla ni contratacar, dobló la rodilla hacia dentro y dejó que cediese con la fuerza del golpe.
Lo puso en una posición espantosamente vulnerable, con una rodilla hincada en el suelo y la espada atascada, pero al menos el golpe no le había reventado la rótula.
Cruzó los dedos mientras sujetaba la espada con ambas manos y la estampaba contra su prisión y, puede que, por milésima vez a lo largo de la historia, un Matsuda tuvo que agradecerle a un Kotetsu que le salvase la vida.
Aunque el golpe fue torpe y no estuvo bien alineado, el acero superior de Mamoru cortó las argollas del sansetsukon del fonyaka.
Una vez que la katana estuvo libre, Mamoru hizo un giro en un intento por amputarle las piernas al fonyaka; sin embargo, el soldado vestido de negro fue más rápido. Blandió el sansetsukon roto como un nunchaku y le estampó el arma a Mamoru en la cara.
Cuando la espalda de Mamoru tocó el suelo, su sangre se esparció a su alrededor por la nieve, junto con al menos uno de sus dientes.
No sentía la boca. Antes de que pudiera ponerse en pie, el fonyaka volvió a cernirse sobre él y le sujetó el brazo con el que empuñaba la espada con una rodilla.
El metal repiqueteante se le deslizó por el cuello.
Como estaba mareado, Mamoru no se dio cuenta de lo que pasaba hasta que la cadena se tensó y no pudo respirar. El sansetsukon le rodeaba el cuello y el fonyaka estaba tirando de él con todas sus fuerzas para estrangularlo. Lo asaltó el pánico y empezó a sacudir el cuerpo en vano contra el suelo.
Arañó al fonyaka con la mano que le quedaba libre, pero sus movimientos fueron desesperados y caóticos.
Sabía que la única oportunidad que tenía era echar mano de la nieve que había debajo para contratacar, pero la sangre le rugía en los oídos y eso lo confundió.
Creó un hielo que dio una sacudida y se quebró antes de que pudiese utilizarlo para atacar.
El fonyaka tiró con más fuerza y soltó una risa. Incluso a pesar del mareo, ese sonido hizo pestañear a Mamoru y un pensamiento confuso le atravesó la mente: Kaa-chan?
Pero su madre no estaba ahí. ¿Por qué le habría recordado a ella esa risa?
Mamoru volvió a pestañear y, en un inusual momento de claridad, su mirada se topó con la del fonyaka.
Había estado tan preocupado por el color del uniforme y esa arma extraña que no se había fijado en la cara de su oponente.
En ese momento, se topó con una cara suave y redonda con rasgos delicados.
Qué belleza , pensó antes de que la oscuridad se arremolinase en los extremos de su campo visual para engullirlo.
De repente, apareció una espada plateada.
Takenagi atravesó la silueta negra que estaba sobre Mamoru y le perforó la columna a su oponente.
El viento le apartó el pelo a Mamoru. Cuando de pronto se liberó del estrangulamiento, se puso a toser y a resollar, y una conciencia cristalina como el hielo regresó a sus pulmones.
Yukino Sensei le apartó el cadáver de encima a su estudiante de una patada y lo observó desplomarse con tranquilidad.
Entonces, algo en su rostro cambió. Su expresión pasó del estupor absoluto al horror al darse cuenta de lo que había visto Mamoru unos instantes antes:
Ese fonyaka era una mujer.
Tenía un rostro suave, hermoso aún con las mejillas desprovistas de color y la mirada empañada. Parecía tener unos treinta, no era mayor que la esposa de Yukino Sensei, Hyori, y, aunque esa carcajada sombría le había recordado a la de su Kaa-chan, lo cierto era que se parecía a Hyori…
Las manos que empuñaban a Takenagi comenzaron a temblar.
—No… —empezó a decir Yukino Sensei en voz baja—. No he…
Sensei , trató de decir Mamoru, pero se atragantó y tuvo que apoyarse sobre los codos para toser unas motas de sangre en la nieve.
—No he… —susurró Yukino Sensei, y Mamoru no sabía que su profesor podía parecer tan confuso. El espadachín no vio a otro soldado vestido de negro avanzar por el rabillo del ojo, no se inmutó con la ráfaga de viento.
Incluso aunque Mamoru hubiese podido hacer que sus pulmones funcionasen, la advertencia habría llegado demasiado tarde.
El aire a presión se estampó contra Yukino Sensei con un crujido de huesos espantoso. Salió despedido varios bounds de distancia por la fuerza de golpe, hasta impactar con una oleada de nieve en la parte superior de la pendiente.
—¡No! —Mamoru se puso en pie con dificultad.
Estuvo a punto de cometer el mismo error que su profesor, pero vio que el fonyaka se estaba preparando para atacar justo a tiempo para esquivarlo.
La ráfaga de viento concentrada se estrelló sobre la parte de la pendiente donde él había estado hacía un instante, despejando la nieve y resquebrajando la roca que estaba debajo.
— Ni hao kuai —soltó el soldado ranganés a la vez que le cerraba el paso.
Una parte infantil y aterrada de Mamoru no conseguía olvidar el crujido que había emitido el cuerpo de Yukino Sensei al recibir el ataque. ¡Corre! , exclamó la voz de Kaa-chan mientras jadeaba para meterse aire en los pulmones y le martilleaba el corazón. Si ves negro, entonces quiero que huyas.
No obstante, ese hombre se interponía entre él y Yukino Sensei.
Mamoru volvió a soltar aire poco a poco, despejó la mente para deshacerse de cualquier emoción y evaluó a su oponente.
Sin lugar a dudas, ese era un hombre, más corpulento que el resto de los soldados de élite que había visto Mamoru.
No llevaba armas, lo que indicaba que su especialidad eran los ataques a mano desnuda.
Con ese cuerpo de armario, era imposible que tuviese mucha movilidad.
Mamoru supuso que su lance principal sería el golpe con la palma que había producido esa ráfaga de aire a presión capaz de causar una conmoción cerebral.