13 El dragón #4
Esos hombres podían crear tornados, pero hasta ellos titubearon al estar frente a un dios.
—Ji xu! —espetó uno de los fonyakalu de negro con aspereza, parecía que estaba ordenando a los demás que avanzasen—. Ji xu!
Uno de ellos dio un paso al frente… y el dragón atacó.
En un abrir y cerrar de ojos el fonyaka había desaparecido, dejando tan solo una mancha de sangre en la nieve a su paso.
Las siluetas negras se dispersaron y el dragón Matsuda se cernió sobre ellas.
El tío Takashi guio el agua y arremetió con los anillos del dragón con la velocidad y la imprevisibilidad que lo caracterizaban.
Tou-sama vino después e hizo girar las cuchillas para mantener la solidez y el filo de las escamas.
Un par de fonyakalu consiguieron evitar el mordisco del dragón, solo para acabar rebanados por la oleada de escamas que daban vueltas en la parte externa de su cuerpo de sierpe.
La cabeza, aunque era un arma formidable de por sí, servía sobre todo para que no prestasen atención a los anillos igual de peligrosos.
El poder del tío Takashi discurría con más fuerza por esos anillos y les otorgaba una velocidad letal a las púas afiladas como cuchillas de Tou-sama.
Mamoru resistió el impulso de dar un respingo cuando un fonyaka cometió el error de intentar saltar colocando los pies en el cuerpo de la criatura.
No le rebanó las piernas, sino que más bien se las desintegró y las convirtió en una suave rociada de sangre y trozos de hueso.
Varios fonyakalu atacaron al dragón con ráfagas de aire.
Eran fuertes, y algunas lograron arrebatarle algunos fragmentos del cuerpo, aunque eso apenas lo afectó en conjunto.
En realidad, el cuerpo del dragón estaba formado por la comprensión tácita existente entre el tío Takashi y Tou-sama.
Mientras los hermanos permaneciesen espalda contra espalda, envueltos en el jiya del otro, ninguna cantidad de fuerza bruta podría destruir su creación.
La mayoría de los ataques resultaron contraproducentes, ya que las escamas que salieron disparadas actuaron como metralla y acabaron partiendo en dos a los desafortunados fonyakalu que estaban al alcance de los estallidos.
Varios ranganeses trataron de rebasar al dragón para atacar directamente a los hermanos Matsuda, pero como los anillos centrales rodeaban a sus creadores, ni siquiera los guerreros de élite más veloces lograron hacerlo.
Esquivar las acometidas esporádicas del cuerpo del dragón no era suficiente.
La criatura estaba recubierta de escamas de hielo que Tou-sama podía disparar para atravesarle la carne a cualquiera que estuviese a varias zancadas de distancia.
Los poderosos ataques a larga distancia de los fonyakalu apenas surtían efecto y cualquier fonyaka que se acercara al dragón quedaba a merced de sus escamas que hacían de proyectiles.
Mamoru se dio cuenta de que había empezado a alejarse del dragón Matsuda mientras el dios se daba un festín con su presa. No porque lo temiese. ¿Por qué iba a temer el poder de su propia sangre? Sino porque ¿qué podía aportar él al lado de un poder semejante?
Más abajo de la línea, Yukino Sensei había seguido disparando la lluvia de lanzas con ayuda de sus primos, que consiguieron a duras penas mantener a raya a las otras filas de fonyakalu de élite.
Mamoru acababa de ponerse en posición al lado de los Yukino, preparándose para arrojar su propia lanza, cuando vio algo que lo hizo detenerse desconcertado: una silueta negra tan rápida que podría haberla confundido con la sombra de un halcón al precipitarse en picado, zigzagueando entre las lanzas de hielo.
Mamoru tardó un instante en darse cuenta de que la silueta era otro fonyaka y que no solo estaba pasando entre los proyectiles de Yukino Sensei, sino que los estaba rechazando con los talones para desviar su rumbo y a la vez usarlos como peldaños para subir la montaña.
—¡Qué velocidad! —exclamó uno de los primos Yukino, anonadado.
—Seguid disparando —les ordenó Yukino Sensei a sus primos a medida que detenía su jiya y alargaba la mano hacia la espada.
Puede que los fonyaka fuesen rápidos, pero estaban yendo derechitos a una muerte segura, al alcance de Takenagi. En un destello negro, el fonyaka se abalanzó sobre el espadachín. Takenagi salió de su vaina con una sacudida y Yukino Sensei asestó un corte rápido y limpio como un relámpago.
El fonyaka lo esquivó .
Mamoru sintió como si su cerebro hubiese cortocircuitado. Un guerrero de pies ligeros tenía muy pocas probabilidades de eludir a Yukino Sensei alejándose del alcance de sus cortes. Era prácticamente imposible esquivar su espada desde tan cerca. Era imposible.
Y, aun así, el fonyaka lo había logrado, había inclinado el cuerpo a la perfección para evitar el relampagueante golpe segador del bambú de la espada de Yukino Sensei.
Takenagi le cortó el extremo de la trenza al hombre cuando levantó el pie y le asestó una patada en el pecho a Yukino Sensei.
El espadachín salió volando hacia atrás, se apoyó en una mano y cayó de pie.
Nada más bajar el pie, el fonyaka se sujetó la trenza cuando esta se puso a menearse en todas direcciones.
Parecía no preocuparle el segundo espadachín Yukino que se dirigía hacia él, ya que se tomó un dinma para mirarse las puntas cortadas con el ceño fruncido.
Sin dedicarle siquiera una mirada de soslayo a su nuevo atacante, esquivó el primer corte de la espada de Yukino Kiyomu y Mamoru vio que se sacaba una goma de pelo de sobra.
A medida que lo observaba con una incredulidad absoluta, el fonyaka comenzó a atarse el extremo de la trenza.
Mamoru creó una lanza y le disparó por curiosidad.
El soldado ranganés la esquivó de forma despreocupada, sin apartar las manos o la vista de la trenza.
Un instante después, Yukino Kiyomu arremetió de nuevo.
Con un solo movimiento, el fonyaka esquivó el corte y le estampó una patada voladora en la mandíbula que lo tumbó en la nieve.
El fonyaka se irguió para terminar de atarse la trenza, se la echó hacia atrás por encima del hombro y se volvió para enfrentarse a Yukino Sensei.
—Ni qie le wo de tou fa. —Frunció el ceño y avanzó hacia el espadachín con determinación.
Mamoru y Yukino Kiyomu se apresuraron a pararle los pies.
Con un movimiento indiferente de muñeca, el fonyaka liberó una oleada de aire a presión tan fuerte que los tiró a los dos al suelo.
Al caer, Mamoru vio que el fonyaka echaba a correr con una velocidad inhumana.
Alargó la mano hacia la parte trasera del cinturón y sacó un par de dagas gemelas.
Yukino Sensei se puso en guardia con calma.
El blanco se encontró con el negro en un trueno vertiginoso.
Aunque a Mamoru le costó seguirle el ritmo al choque y al fulgor de las espadas, una cosa estaba terriblemente clara: Yukino Sensei iba perdiendo .
En realidad, Mamoru nunca se había planteado el hecho de que el relampagueante espadachín ya no estaba en su época dorada y había dejado atrás el apogeo de su destreza física.
Al igual que la mayoría de los soldados ranganeses, ese fonyaka parecía estar en la veintena, cuando más veloz iba a ser. Y eso marcó la diferencia.
Yukino Sensei cayó al suelo con una daga clavada en el hombro izquierdo. Había evitado la puñalada al corazón, pero ahora estaba de espaldas, sangrando, con Takenagi debajo de la bota de su enemigo. El fonyaka echó la daga atrás para darle el golpe de gracia.
—¡No! —Mamoru avanzó y levantó la mano para atacar…
La retaguardia del dragón Matsuda salió de la nada. Unas mandíbulas de agua y hielo se cerraron sobre el soldado vestido de negro para devorarlo entero. Yukino Sensei soltó el aire cuando el dragón volvió reptando para rodear a sus maestros y apoyó la cabeza entre Tou-sama y el tío Takashi.
—Eso ha sido un pelín dramático, Matsuda-dono.
—De nada. —Sonrió el tío Takashi.
—Nii-sama —espetó Tou-sama de repente con impaciencia—. Algo va mal.
—¿Qué? —El tío Takashi se giró hacia su hermano menor—. ¿A qué te…?
La cabeza del dragón estalló en gotas de agua y esquirlas de hielo.
El fonyaka salió milagrosamente del interior de la criatura temblando y empapado de agua y de sangre, pero todavía respiraba. Ese soldado ranganés no solo había vencido a Yukino Sensei en combate singular. Había destruido el dragón Matsuda… desde dentro .
Los hermanos Matsuda deberían haber sido capaces de reconstruir el dragón solo con pensarlo, pero el fonyaka había salido con un estallido de la cabeza situada en medio de los dos, y eso perturbó el flujo intrapersonal de jiya que mantenía intacta a la criatura.
Los dientes del dragón le habían hecho cortes por todo el cuerpo, aunque ninguno lo bastante profundo como para ser letal.
Al soldado le castañetearon los dientes de frío durante un instante antes de dar una sacudida y atacar.
El tío Takashi esquivó la ráfaga de viento, y su hermano y él contratacaron al unísono.
El fonyaka giró y, aunque debería haber sido imposible que un solo theonita pudiese crear un tornado, ese consiguió formar un torbellino de viento en miniatura lo bastante potente como para repeler los ataques del tío Takashi y de Tou-sama a la vez.
¡Era rapidísimo! Sin embargo, no había tiempo para quedarse mirando.
Como el dragón había desaparecido y el tío Takashi y Tou-sama estaban centrados en un solo oponente, el resto de los soldados ranganeses de élite avanzaron envalentonados. Yukino Sensei se levantó, se sacó la daga del hombro y arrojó una lluvia de lanzas sobre ellos, pero no se detuvieron.