13 El dragón #3
—Sí —admitió el tío Takashi, aunque tenía la mirada salvaje y algo empañada, y parecía mirar más allá de Yukino Sensei en vez de verlo.
Seguía con la cabeza en otra parte, perdida todavía en el fragor de la batalla.
Estaba empapado de sangre—. Sí, podríamos hacer eso.
—Pestañeó para deshacerse del frenesí del combate, se limpió parte de la sangre en la ropa y se volvió hacia sus hombres—. Seguimos siendo ocho, ¿no?
—Sí, Matsuda-dono —respondió Yukino Sensei.
Mizumaki Toki estaba herido, pero todo el mundo seguía en pie.
—Mamoru-kun —espetó el tío Takashi a la vez que echaba un vistazo a la hoja limpia del chico—. No has matado a ningún fonyakalu. —Su tono era más bien de sorpresa.
—No me habéis dejado ninguno —contestó Mamoru en voz baja.
El tío Takashi se rio, fue un sonido fuerte y medio desquiciado que solo hacía cuando estaba borracho.
—Tienes razón —se burló—. Supongo que eso ha sido irrespetuoso por nuestra parte, ¿ ne , Takeru-kun?
Tou-sama levantó la vista para mirar a su hermano, pero no se dignó a responder al chiste.
Parecía haber masacrado a una cantidad ingente de fonyakalu a su manera calmada y eficiente.
A juzgar por el número de cadáveres a sus pies, había acabado con tantos como su hermano; no obstante, de alguna forma se las había apañado para hacerlo sin mancharse tanto de sangre.
El combate había cambiado al tío Takashi y a Yukino Sensei, y había hecho que al tío Takashi se le desorbitasen los ojos y que el jiya de Yukino Sensei estuviese en alerta máxima, pero Tou-sama parecía seguir siendo él mismo.
Salvo por las gotitas rojas y la subida y bajada rápida del pecho, no distaba de la versión inmaculada de siempre.
Fue como si haber segado a un ejército pequeño no le hubiese afectado en absoluto.
Sublimó su Espada Susurrante, fue hasta donde la Aguja Lunar sobresalía del cadáver de un fonyaka y tiró de ella para sacarla. Limpió la sangre de la hoja y le devolvió al arma el brillo celestial antes de introducirla en su vaina.
El problema de las espadas de acero, incluso de unas tan buenas como esas, era que solo podían atravesar cierta cantidad de cuerpos antes de perder el filo.
Una Espada Susurrante no presentaba esa clase de inconvenientes.
Para un Matsuda, lo normal era cambiar a la Sasayaiba tras acabar con diez hombres.
Mamoru supuso que, a esas alturas, Nagimaru, Namimaru y Kyougetsu ya habrían rebasado por mucho el límite de los ocho cuerpos. Había tantos cadáveres…
Mamoru había visitado ese campo de batalla muchas veces en sus sueños; sin embargo, en esos sueños infantiles no había tenido en cuenta la sangre.
Estaba acostumbrado a sentirla en todas sus consistencias, pero no estaba preparado para un mundo bañado en ella.
Parecía pesada, asquerosa. Aquello era Takayubi, un lugar despejado, un lugar limpio de manantiales cristalinos y nieve blanca y pura.
El hierro pesado de tanta sangre hundiéndose en él parecía estar fuera de lugar y, por primera vez en su vida, Mamoru creyó entender por qué el abuelo Susumu siempre había tildado de «inmunda» la sangre y la manipulación que se hacía de ella.
—Retomad vuestros puestos —ordenó el tío Takashi.
Mamoru tuvo que pasar por encima de un brazo cercenado y un amasijo de órganos que no logró identificar cuando su tío hizo un movimiento para que recuperase su sitio en la línea.
Los finawu decían que los jijakalu y los fonyakalu habían hervido en el mismo mar primordial antes de que la lanza de Nagi tocase las aguas y las removiese para otorgarles un cuerpo humano.
¿Ese era el aspecto que tenían todos en los albores de los tiempos, antes de que el poder de Nagi los convirtiese en humanos?
¿El de un burbujeo desordenado de carne en la espuma del mar?
Mamoru trazó las serpientes celestiales que formaban la guarda de su espada con el pulgar sin prestar atención.
Nami. Nagi. ¿Esto es todo lo que somos? ¿Mera carne y hueso? Cuánta sangre…
—Mamoru-kun. —Esa voz lo sacó de golpe del trance teñido de rojo.
Yukino Sensei lo miraba preocupado, pero, de alguna forma, lo único que pudo distinguir fueron las salpicaduras de sangre en la cara pálida de su maestro—.
Somos muy pocos como para que pueda seguir protegiéndote.
Eres un guerrero lo bastante fuerte para enfrentarte a estos soldados.
Te lo digo en serio. Pero tienes que estar preparado para…
A Yukino Sensei lo interrumpió un estruendo que los sobresaltó a los dos. Unas esquirlas de hielo salieron disparadas en todas direcciones y Mamoru vio a su maestro abrir los ojos de par en par. Alguien había atravesado la barrera.
—Pero… —empezó a decir uno de los Yukino—. ¿Cómo?
Antes de que pudiese terminar, se escuchó un segundo estallido.
Fue una ráfaga de viento tan fuerte que no solo destrozó un bound entero de la barrera, sino que también hizo retroceder un par de pasos a Mamoru.
Unos trozos de hielo llovieron a su alrededor.
Con la mitad de la barrera caída, Mamoru y los demás volvieron a ver la montaña.
Yukino Sensei había tenido razón cuando dijo que los fonyakalu se habían replegado. Los soldados de amarillo, cuyo número había menguado de forma considerable, habían retrocedido varios bounds por la montaña, pero ya no estaban solos. Los acompañaban otros soldados. Soldados vestidos de negro.
Un escalofrío de temor le bajó por la columna a Mamoru al recordar las palabras de su madre. Los soldados rasos ranganeses van de amarillo. Los guerreros de élite van de negro. Si ves amarillo, tienes posibilidades. Si ves negro, entonces quiero que huyas.
Empuñó la espada con más fuerza.
—Se supone que los de negro son fuertes, ¿no? —preguntó el tío Takashi con una mirada voraz.
—Han atravesado la barrera de Yukino-dono —contestó uno de los primos Yukino a medida que las filas recompuestas de los ranganeses comenzaban a cargar—. Y, además, desde una distancia así… son monstruos.
—Han cambiado de estrategia —musitó Yukino Sensei cuando los fonyakalu vestidos de negro se separaron de sus inferiores de amarillo—. Están enviando primero a sus mejores guerreros para allanarle el camino al resto. Esto está a punto de convertirse en una pelea justa.
¿En una pelea justa? Las siluetas de negro se movieron a tanta velocidad que fue imposible contarlas, pero había más de ocho.
Tou-sama y Yukino Sensei levantaron otro velo de partículas de nieve justo a tiempo.
Los fonyaka que estaban a la cabeza dieron una vuelta en el aire como solía hacer Mamoru de vez en cuando para ganar fuerza y arremetieron.
De no haber visto el viento perturbar la niebla, habría sido incapaz de esquivarlo.
Consiguió apartarse de un salto por los pelos, antes de que el viento se estrellase contra la ladera.
El fonya restante del ataque bastó para mandar a Mamoru dando vueltas en una rociada de nieve.
Rodó para ponerse de pie y no pudo evitar preguntarse si los fonyaka serían conscientes, incluso desde lejos, de que estaban apuntando al eslabón más débil.
El tío Takashi y el primo de Yukino Sensei, Shiro, dispararon al fonyaka principal. El hombre vestido de negro esquivó ambos golpes antes de que una flecha de hielo más pequeña de Yukino Sensei le atravesase la garganta y se desplomase.
A medida que los soldados de negro se fueron acercando, Yukino Sensei se convirtió en un borrón de movimiento que arrojó lanzas con una rapidez que Mamoru apenas pudo seguir con la mirada.
El espadachín con la velocidad de un relámpago sacrificó el impresionante tamaño habitual de sus lanzas en favor de proyectiles más pequeños que llovieron sobre los atacantes como flechas.
A pesar de su velocidad y de sus reflejos, Mamoru fue incapaz de imaginarse a sí mismo arremetiendo tan rápido.
No obstante, los hombres vestidos de negro no dejaron de avanzar, esquivando y siguiendo adelante incluso tras recibir flechazos en las extremidades y los hombros.
—¿Qué opinas, Takeru-kun? —preguntó el tío Takashi mientras echaba un vistazo a su hermano—. ¿Vemos si estos monstruos son lo bastante fuertes como para enfrentarse a un dios?
—Estoy listo, Nii-sama —respondió Tou-sama tras asentir.
En ese momento, Mamoru se dio cuenta de que estaba a punto de ver en acción una de las técnicas más avanzadas de la familia Matsuda.
A diferencia de los entresijos de la Espada Susurrante, la teoría detrás de esa técnica no era ningún secreto.
Se trataba de una estructura compuesta por trozos de hielo conectados, cuyas juntas estaban unidas por una argamasa de agua.
Si se hacía bien, daba lugar a un arma con la fluidez del agua y la fuerza del hielo.
Muchos maestros jijakalu podían ejecutar la técnica con una pequeña cantidad de agua. La llamaban la Serpiente de Hielo.
Sin embargo, cuando dos Matsuda consumados combinaban su poder, la criatura resultante era más grande que cualquier serpiente.
El poder del linaje Matsuda pasó a la acción cuando el tío Takashi se apoderó de los restos de la barrera de Yukino Sensei y los transformó en agua.
Tou-sama fue después y recubrió el arroyo del tío Takashi con hielo para crear unas escamas duras como el acero y unas púas afiladas como espadas.
La furia del tío Takashi se entrelazó con la precisión fría de Tou-sama para crear otra criatura lo bastante alargada como para abarcar la mitad del paso.
Era la dentellada del invierno. Era poético. Era un dios en forma de agua.
El dragón Matsuda se levantó sobre los cuartos traseros para alzarse sobre sus enemigos y sus ojos hechos de trozos de hielo brillaron con un poder superior que iba más allá del simple jiya. Rechinó los dientes y el sonido de varios miles de escamas al rozarse emitió un siseo voraz.
Los fonyakalu frenaron en seco.