La espada de Kaigen 13 El dragón #2
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13 El dragón #2

Entonces, el primer soldado amarillo sobrevoló la barrera…

Y se quedó petrificado.

A Mamoru nunca le había costado moverse.

Siempre era el primero en reaccionar, el primero en pasar a la acción.

Pero de pronto, en el momento más decisivo, fue como si no fuese él mismo.

Como si no fuese más que un cascarón de sí mismo que observaba a un soldado ranganés fornido descender frente a él y cargar.

Desenvainó la espada de un tirón por puro instinto y eso hizo que el fonyaka se alejase de un salto. De haber estado centrado y listo, Mamoru podría haberle asestado un corte letal sin dificultad, pero no estaba listo. Solo le rozó la parte delantera del uniforme con la punta de la espada.

Cuando su enemigo trastabilló, las manos diestras de Mamoru giraron la espada para colocarla en posición y hacer un corte de arriba abajo, pero su cabeza no conseguía terminar el ataque. Era incapaz de blandir la espada.

Ese instante de duda fue lo único que necesitó el fonyaka para propinarle una patada en el estómago y hacer que un dolor estremecedor le recorriese el esqueleto.

Chocó de espaldas contra la barrera de Yukino Sensei, se golpeó la cabeza con el hielo de detrás y vio las estrellas.

Pestañeó e intentó ponerse en guardia, pero era demasiado tarde.

El fonyaka ya se estaba preparando para arremeter y, a esa distancia, lo más probable era que lo matase.

La cabeza le daba vueltas, su jiya era un caos y no conseguiría defenderse ni contratacar a tiempo.

El fonyaka levantó una mano.

Entonces, su cuerpo dio una sacudida. El filo curvo de Nagimaru le sobresalía del pecho. En otro abrir y cerrar de ojos, el compañero más corto de la espada, Namimaru, le cercenó la cabeza al hombre.

Extrajeron la katana y ambas partes del fonyaka cayeron al suelo con un ruido sordo para revelar al tío Takashi manchado de sangre, empuñando una espada en cada mano y con una expresión iracunda.

—¿Qué estás haciendo, chico?

—L-lo siento, tío. Yo…

—¡Si no vas a pelear en condiciones entonces quítate de en medio! —El tío Takashi le pasó la empuñadura ensangrentada de Nagimaru detrás de la cabeza para apartarlo de la barrera y echarlo hacia atrás justo cuando otro grupo de fonyakalu la saltaba.

A diferencia de los Matsuda, que por lo general eran diestros, el tío Takashi era ambidiestro. Blandiendo la katana, Nagimaru, con la derecha y el wakizashi, Namimaru, con la izquierda partió a los cinco fonyakalu de un solo giro.

Cuando Mamoru trastabilló para apartarse del reguero repentino de sangre, se topó con una mano firme en el hombro.

—Cúbreme —le pidió Yukino Sensei con la misma firmeza y calma que de costumbre.

—¿Q-qué?

—Quédate aquí —ordenó Yukino Sensei, y lo alejó más de la barrera de un empujón—. Vigílame las espaldas. Ocúpate de acabar con los fonyakalu que se nos cuelen a mis primos o a mí.

—S-sí, Sensei —consiguió responder Mamoru, pero Yukino ya se había dado la vuelta para enfrentarse a los fonyakalu con la katana desenvainada.

La espada de Yukino Sensei era Takenagi, la Segadora de Bambú.

Un arma elegante con una empuñadura trenzada de color verde salvia y una guarda de hojas de bambú plateadas.

Era el arma Kotetsu más antigua de las que seguían en uso, legada a través del linaje de los Yukino durante varias generaciones, aunque Mamoru no podía pensar en alguien más apropiado para blandirla que Yukino Dai.

Más corta que la Kyougetsu de Tou-sama y más ligera que la Nagimaru del tío Takashi, Takenagi estaba diseñada para ser veloz, igual que su portador.

En su mejor momento, Yukino Sensei había sido uno de los espadachines más veloces de la historia.

Ahora, con el doble de la edad de Mamoru, su rapidez seguía sin tener parangón entre los guerreros de Takayubi.

La destreza del maestro no se basaba en técnicas complejas ni en trucos deslumbrantes, sino en ejecutar los movimientos básicos a la perfección a una velocidad tres veces superior que la de un espadachín promedio.

Resultaba extraño lo bien que parecía dársele a Yukino Sensei cuando Takinagi rebanó a los primeros fonyaka desafortunados que pintaron la nieve con su sangre.

Mamoru había peleado y entrenado con ese hombre desde hacía tantos años que a esas alturas conocía sus movimientos como si de los pasos de un baile se tratase.

Era fascinante observar esos pasos y acometidas tan tranquilizadoramente familiares separar cabezas de cuerpos, amputar órganos y lanzar arcos de sangre en la blancura.

Yukino Sensei, que llevaba un kimono y un hakama gris claro, se mimetizaba con la nieve.

Es posible que muchos de los fonyakalu que se dirigiesen hacia él cayesen por su espada sin percatarse siquiera de su presencia.

Tenía un juego de pies rápido y eficaz y se colocaba de forma que no tuviese que enfrentarse a más de dos enemigos a la vez, convirtiendo las peleas de uno contra varios en un uno contra uno.

Y en esos uno contra uno no había más que un par de guerreros vivos que pudiesen enfrentarse a Yukino Dai.

Mamoru se dio cuenta con asombro de que el espadachín nunca necesitaba más que un único corte para acabar con un soldado. No desperdiciaba ni un golpe.

El blanco de la ladera de la montaña dio espacio al supurante rojo.

Pese a sus números, los fonyakalu peleaban contra una desventaja letal.

Al no poder atravesar la barrera que repelía el viento de Yukino Sensei, tenían que saltarla para aterrizar en una posición peligrosa; delante de unos jijakalu y con un muro de hielo irrompible detrás.

Entre la barrera y los espadachines, los ranganeses contaban con los dos bounds de distancia necesarios para lanzar sus ataques de viento a máxima potencia, y no estaban preparados para pelear contra los hombres de Takayubi en las distancias cortas.

Cada soldado ranganés blandía lo que parecía ser una espada de tamaño normal y una daga corta; no obstante, su acero era inferior. Sus armas se rompían con tanta facilidad contra el acero Kotetsu de los jijakalu que bien podrían haber estado peleando con palos.

Algunos de ellos quizá podrían haber llegado a impulsarse más arriba de la montaña para atacar a los jijakalu desde la distancia; sin embargo, el tío Takashi había escogido ese sitio por un motivo.

Detrás de ellos había una pendiente pronunciada recubierta de hielo.

Al carecer de jiya que les brindase un punto de apoyo para anclar los pies, los pocos fonyakalu que intentaron dar el salto acabaron resbalándose y volviendo a la zona de peligro, si es que el hielo de un Matsuda o de un Yukino no se levantaba antes del suelo para empalarlos.

Decenas y decenas de soldados vestidos de amarillo cayeron en esa trampa mortal, y los cadáveres empezaron a amontonarse sobre la nieve sangrienta.

A medida que Yukino Sensei se deshacía de sus enemigos metódicamente con un tajo bien dado tras otro, el tío Takashi iba masacrando de forma despiadada a los fonyakalu casi con la misma rapidez que ellos lo atacaban.

Dio un giro con un gruñido y una sonrisa a la vez, y arremetió con una espada y luego con la otra, como si estuviese intentando comprobar cuánta sangre podían derramar de una tacada.

Cuando Nagimaru se quedó atascada en la caja torácica de un fonyaka, el tío Takashi soltó el arma sin más.

El pobre que se había abalanzado para aprovechar su desaceleración acabó ensartado en el extremo de una Espada Susurrante.

El tío Takashi giró mientras se reía, volvió a partir a un soldado en dos con la espada de hielo y le lanzó a Namimaru al pecho del fonyaka que se acercaba.

Terminó el giro empuñando una Espada Susurrante en cada mano.

El tío Takashi era el único hombre de la historia capaz de empuñar dos Espadas Susurrantes a la vez.

Por lo visto, su maestro, Matsuda Mizudori, se había opuesto, quejándose de que las dos Sasayaibas de Takashi no eran manifestaciones inmaculadas de la técnica, no eran tan afiladas como podían haberlo sido si concentraba su jiya en una sola.

Sin embargo, parecieron cumplir con su papel con creces y cercenaron músculos y huesos sin inmutarse.

El patriarca de los Matsuda rugió y la energía de su voz no pareció en absoluto de odio.

De hecho, por la sonrisa que esbozaba, Mamoru hasta podría haber pensado que su tío adoraba a los invasores ranganeses más de lo que amaba a su esposa, a su pequeña o a cualquier cosa perteneciente al reino de Duna.

—¡Vamos! —aulló tras acabar otro giro sangriento con ese brillo maníaco en la mirada—. ¿Eso es todo lo que tienes, Ranga? ¡Vamos!

Pero ningún fonyaka más saltó la barrera para ir a su encuentro.

De repente, todo se quedó en silencio.

Los únicos sonidos fueron los de los jadeos de los espadachines de Takayubi y los de la espantosa respiración borboteante del par de ranganeses moribundos que tenían a sus pies.

Los ojos de Mamoru barrieron la nieve teñida de rojo tratando de calcular cuántos cadáveres ranganeses habría.

Había muchísimos, decenas y decenas de ellos; de todos modos, los soldados que se habían abalanzado por la montaña hacia ellos habían sido cientos.

Entonces, ¿por qué habían dejado de venir?

—¿Qué están haciendo? —preguntó Mizumaki Hyousuke con inquietud.

—Están alterados —contestó Yukino Sensei—. Lo más probable es que creyesen que podrían aplastarnos con facilidad. Si son listos, se replegarán y se replantearán su estrategia. —Se volvió hacia el tío Takashi—. Podríamos hacer lo mismo, Matsuda-dono.