La espada de Kaigen 13 El dragón
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13 El dragón

L os ranganeses tenían varios bounds de nieve por delante, pero avanzaban con rapidez.

Al haber desaparecido el rugido del tornado, el tío Takashi logró hacerse oír de nuevo.

—¡Defended la línea!

De los doce hombres que la componían, dos estaban desaparecidos en combate; el viento fuerte se los había llevado. De los que consiguieron quedarse clavados en la nieve, solo algunos se levantaron.

—¡Defendemos la línea! —volvió a aullar el tío Takashi, y quienes todavía podían levantarse repitieron su grito por todo el paso.

—¡Defendemos la línea!

El tío Takashi solo parecía un poco irritado porque sus fuerzas hubiesen mermado.

—Vosotros tres —dijo, dirigiéndose a Tou-sama, a Yukino Sensei y a Mamoru—. Separaos más. Sustituid a quienes hemos perdido.

Cuatro, pensó Mamoru a medida que ojeaba la línea con la mirada. Hemos perdido a cuatro guerreros. Ya solo quedaban ocho: los tres Matsuda, Yukino Sensei, dos de sus primos y los dos Mizumaki más poderosos. ¿Cómo iban ocho hombres a defender ese paso contra todo un ejército?

El tío Takashi levantó ambos brazos a modo de respuesta.

Una oleada de nyama tan poderosa que le sacudió el cuerpo a Mamoru se alzó a su vez.

Echó las manos hacia delante e hizo que su nyama bajase por la montaña en una sola ola descomunal.

La nieve se levantó, impulsada por su poder, y creó un ejército de lanzas que salieron disparadas hacia arriba en dirección al ejército de hombres que se aproximaba.

Si Tou-sama era el paradigma de la precisión de los Matsuda, el tío Takashi era la personificación de la fuerza. Mamoru jamás había visto un nyama como el de su tío, que pudiese reverberar el romper y arrastrar del mismísimo océano.

Las lanzas del tío Takashi se toparon con la vanguardia de los fonyakalu en una explosión de hielo y carne.

Fue como observar el nacimiento de una cresta blanca sobre una ola rompiente, salvo que la cresta era roja.

La sangre estalló por la vanguardia a medida que las lanzas empalaban o hacían pedazos a los fonyakalu, pero algunos de ellos consiguieron esquivarlas.

Al principio, Mamoru no entendió cómo lo habían hecho, ya que las lanzas del tío Takashi abarcaban prácticamente cada koyin de terreno plano.

De algún modo, estaban saliendo disparados por encima del bosque de hielo.

—¿Pueden volar? —escupió con una mezcla de asombro y de terror.

—No —respondió Yukino Sensei mientras su vista audaz estudiaba los movimientos de los fonyakalu—. Se mantienen en el aire arrojando su fonya contra el suelo.

A medida que los soldados se iban acercando, Mamoru vio que tenía razón.

En realidad, los ranganeses no carecían de gravedad.

Cuando empezaban a precipitarse hacia las lanzas, daban un golpe con la palma o una patada en dirección al suelo para liberar una ráfaga de aire concentrada que los volvía a levantar en el aire.

—Son como hojas… —soltó Mamoru. Una oleada de hojas amarillas zarandeadas por la brisa que nunca llegaban a tocar suelo.

—Bueno, pues se han equivocado de estación. El otoño muere en las fauces del invierno. —El tío Takashi le hizo un gesto con la cabeza a su hermano—. Vamos a pintar un poco más de rojo sobre ese amarillo.

A medida que uno de los fonyaka más adelantados del grupo empezaba a descender entre dos de las lanzas del tío Takashi, una tercera salió disparada del suelo y lo empaló por el estómago.

Un instante después, tres fonyakalu más intentaron tocar la superficie, solo para acabar perforados por tres lanzas tan limpias y rectas que solo podían provenir del jiya de Tou-sama.

Así era como solían trabajar juntos los hermanos; el tío Takashi lideraba gracias a su personalidad decidida y a su poder abrumador. Tou-sama lo seguía y rellenaba los huecos sirviéndose de su precisión característica.

Los hermanos empezaron a sincronizarse. El tío Takashi levantaba muros de lanzas que atrapaban a los fonyakalu más torpes al bajar y Tou-sama erigía más en las aberturas cuando los adversarios más precavidos trataban de aprovecharse de ellas.

Yukino Sensei adoptó un enfoque distinto, comenzó a crear y a disparar lanzas que acabaron con los soldados enemigos en el aire.

Algunos jijakalu intentaron imitarlo, pero el problema de disparar a objetivos fonyaka era que se movían usando corrientes para cambiar bruscamente de dirección en el aire.

Puede que Yukino Sensei estuviese acertando los golpes; sin embargo, los Mizumaki, que carecían de su control impecable, no estaban teniendo tanta suerte.

Daba igual a cuántos soldados vestidos de amarillo matasen, el ejército seguía avanzando.

Por cada soldado que se caía por su hielo, aparecía otro detrás.

Los fonyakalu más cercanos estaban a meros bounds de distancia, lo suficiente como para contratacar.

La primera ráfaga de viento tiró al suelo a uno de los Mizumaki. Mamoru estaba echando un vistazo a los fonyakalu que se acercaban, intentando averiguar de dónde había venido el ataque, cuando de pronto se estampó de espaldas contra la nieve.

Que te golpease algo que no podías anticipar con la vista o el oído era desconcertante. Si el fonya que llegaba desde el otro lado dejaba un rastro en la atmósfera, a Mamoru le resultó demasiado difícil distinguirlo del torbellino de aire confuso que lo rodeaba. No le habían enseñado a detectarlo.

—¡En pie! —rugió la voz del tío Takashi—. ¡No aflojéis!

Mamoru rodó para ponerse a cuatro patas y empezó a levantarse con una lanza de hielo preparada, solo para que otra ráfaga de viento volviese a tumbarlo, esa vez más fuerte que la anterior; entonces, recordó la advertencia de Kaa-chan: Los fonyakalu son más peligrosos a media distancia, a unos dos o tres bounds.

Ahí es donde sus ataques impactan con más fuerza.

Los fonyakalu más cercanos aún estaban a varios bounds de Mamoru y del resto de los espadachines. Cuando se acercasen, sus ráfagas de viento invisibles harían más que tumbar a los hombres. Serían letales.

En un golpe de genialidad, alguien —a juzgar por la eficacia silenciosa de la maniobra, Tou-sama— levantó la nieve que tenían bajo los pies y creó un velo de partículas de agua.

La niebla hecha con jiya no era tan densa como para ocultarlos de los soldados que se aproximaban.

Al contrario, trajo consigo una claridad maravillosa.

El siguiente ataque de un fonyaka ondeó entre las partículas de agua y creó una brecha visible en el velo. Mizumaki Hyousuke, al ver venir el viento, lo esquivó y devolvió el ataque, atravesándole el pecho al fonyaka con una lanza.

Mamoru evitó una ráfaga de viento y concentró su jiya para contratacar, pero nada más crear una lanza tuvo que esquivar otra peligrosa ráfaga de viento.

Incluso con el velo de nieve dejando entrever los movimientos del aire, era demasiado.

Los fonyakalu estaban alcanzando la distancia perfecta de tiro demasiado rápido.

—¡No aflojéis! —repitió el tío Takashi.

Pero con tantos fonyakalu asediándolos, sobrevolando las lanzas, esquivándolas y trepando las formaciones de hielo, defender y atacar a la vez era imposible.

Al percatarse, el tío Takashi cambió de orden:

—¡Haced un escudo! —gritó a la línea—. ¡Haced un escudo y manteneos en posición!

Mamoru levantó la nieve que tenía delante para crear un muro grueso de jiya justo a tiempo.

Dos ráfagas de aire golpearon desde el otro lado.

El hielo se resquebrajó y Mamoru se apresuró a repararlo.

Apoyó las manos contra el escudo y recubrió el exterior de una capa de nieve más fina con la esperanza de amortiguar el impacto del próximo ataque, pero resultó que protegerse del viento no era como resguardarse de espadas o de objetos romos.

El siguiente ataque hizo estallar la nieve y estuvo a punto de quebrar el hielo que había debajo.

Solo la fuerza obstinada del jiya de Mamoru evitó que se rompiese en mil pedazos.

Los escudos de hielo se quebraron y se hicieron añicos por toda la línea, pero Yukino Sensei se pasaba los días enseñando y entrenando en el saliente de Kumono, el sitio de la montaña donde más soplaba el viento. Sabía cómo crear un escudo que resistiese el vendaval.

Mamoru sintió el jiya de su profesor alzarse frente a él para convertir su escudo deficiente en una cuña pensada para desviar hasta el viento más fuerte.

—Bien pensado, Dai —dijo el tío Takashi, y levantó la mano.

Los dos maestros jijakalu combinaron su jiya y fueron erigiendo escudos en forma de cuña por toda la línea para proteger a sus compañeros.

—¡Quedaos tras la barrera! —rugió Takashi—. ¡Preparaos!

—¡Preparaos! —corearon las voces de los hombres por la línea—. ¡Preparaos!

Solo cuando una mano le agarró la parte trasera del kimono y Yukino Sensei repitió la orden, Mamoru se dio cuenta de que estaba ahí.

Yukino Sensei lo empujó contra la barrera y Mamoru apoyó las manos sobre ella.

Fue solo gracias a un reflejo instintivo que consiguió fijar su jiya en la pared que tenía delante y transmitirle su fuerza al hielo.

Los estallidos de viento habían adquirido fuerza, pero con ocho jijakalu fuertes para respaldar la barrera bien diseñada de Yukino Sensei, la defensa no cedió.

No fue hasta que Mamoru intentó hablar cuando se dio cuenta de que estaba temblando.

—¿Y a-ahora qué? —preguntó.

—Nos quedamos aquí y esperamos al enemigo —indicó el tío Takashi.

—¿O sea que vamos a dejar que vengan? —contestó Mamoru, desconcertado—. ¿Vamos a permitirles atravesar la barrera sin más?

—Que se acerquen. —El tío Takashi asintió. Movió la mano hacia la empuñadura trenzada de azul de su wakizashi, Namimaru—. Que vengan adonde los queremos.

Los fonyakalu casi se les habían echado encima. Mamoru podía escuchar el silbido desconocido de su fonya y el crujido de sus pies por el suelo helado. Respiró hondo y empuñó su espada. Notar el arma en los dedos solía darle fuerzas, tranquilizarlo…