La espada de Kaigen 12 Los ranganeses #4
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12 Los ranganeses #4

Mamoru tragó saliva y asintió. Notó que alguien le apoyaba la mano en el hombro y se giró para ver a su tío sonriéndole.

—Parece que al final no vas a oxidarte, sobrino. —El tío Takashi le dio un apretón en el hombro y Mamoru sintió una descarga desconcertante de euforia absoluta. Su tío no sonrió solo para levantarle el ánimo al resto de los hombres. Estaba emocionado.

La montaña tembló bajo sus pies cuando el tío Takashi se puso en posición entre su hermano y su sobrino.

El tornado había devorado la aldea occidental y el bosque colindante por completo sin desacelerar y estaba a menos de cien bounds de donde se encontraban; doce hombres contra una columna de viento descomunal.

—¡Defendemos la línea! —bramó el tío Takashi.

—¡Defendemos la línea! —corearon los demás guerreros con la misma ferocidad.

—¡Somos la Espada de Kaigen!

—¡Somos la Espada de Kaigen!

—¡Defendemos la línea!

El viento se levantó como para responder a sus voces, intentó ensordecerlos y arrancarles la piel de los huesos. Aun así, los hombres de Takayubi se mantuvieron firmes y plantaron los pies en la nieve.

—¡Fuego a discreción! —rugió el tío Takashi contra el viento.

Mamoru alzó su jiya y trató de crear una lanza, pero con el viento intentando arrebatarle la nieve era complicado.

E incluso aunque pudiese formar un proyectil en condiciones, ¿a qué se suponía que debía disparar?

Se estaban enfrentando a un muro de viento sólido.

Era imposible distinguir nada con el torbellino de nieve.

Yukino Sensei fue el primero en atacar. Sacó una lanza de un bound de largo de la nieve y arrojó tres, una detrás de otra, con todas sus fuerzas y precisión.

Hasta donde Mamoru pudo distinguir, lo único que hicieron los proyectiles fue desaparecer en el vórtice; sin embargo, cuando echó la vista atrás hacia su profesor, Yukino estaba sonriendo.

—Le he dado a algo.

—¿En serio?

—Sí. —Yukino Sensei dobló los dedos encallecidos y levantó otra lanza de hielo de la nieve—. Aunque no lo bastante fuerte como para hacerle daño. No es fácil distinguir un objetivo y atacar a la vez. Me vendría bien un poquito de poder Matsuda.

—¿Cómo?

Yukino Sensei hizo un movimiento con las manos y colocó la lanza de modo que quedase suspendida frente a Mamoru.

—Echa a correr, Mamoru. Luego, gira.

Tardó un momento en entenderlo. Cuando lo hizo, sonrió.

—¡Sí, Sensei! —Retrocedió contando los pasos; después salió disparado hacia la lanza de hielo.

Saltó desde el suelo cubierto de nieve, hizo un giro en el aire y estampó el pulpejo de la mano contra el proyectil a la vez que canalizaba todo su jiya a través del brazo.

En el último momento, sintió el jiya de Yukino Sensei unirse al suyo en un increíble estallido de poder.

El jiya de su profesor, que tenía más control, se entrelazó con el de Mamoru y guio la lanza por el viento hacia su objetivo.

Mamoru se sobresaltó al notar cómo impactaba contra algo sólido.

Los sentidos de Yukino Sensei eran tan agudos que podían distinguir los cuerpos a través del torbellino de nieve, tal y como había dicho Kaa-chan, como peces en un arroyo.

—¡Otra vez! —gritó Yukino Sensei antes de que Mamoru pudiese quedarse embobado más tiempo.

—¡Sí, Sensei!

Mamoru había practicado su lanzamiento giratorio los meses posteriores a cuando Yukino Sensei le había indicado cómo perfeccionarlo. Todavía tenía trabajo por hacer respecto a la puntería, pero podía disparar proyectiles con todas sus fuerzas durante un waati sin cansarse.

Otros jijakalu habían replicado su técnica a lo largo de la línea, y se pusieron por parejas para disparar proyectiles al remolino.

Solo Tou-sama y el tío Takashi eran lo bastante poderosos como para alinearse y lanzar sus ataques sin ayuda.

En cuestión de un siira, un aluvión constante de hielo certero llovió sobre el tornado que se aproximaba.

Mamoru sabía que estaban dándoles a cuerpos. Incluso aunque estuviese dependiendo por completo de la puntería certera de Yukino Sensei, su jiya pudo distinguir la vaga sensación del hielo golpeando piel… una y otra vez. Estaban derribando fonyakalu, pero, de algún modo, el viento no desaceleraba.

Cuando el tío Takashi hizo un gesto con la mano, Tou-sama, Yukino Sensei, los Mizumaki más mayores y Mamoru se acercaron a él. Incluso de cerca, era difícil hacerse oír con el rugido del viento.

—Estamos dándoles a los fonyakalu —dijo el tío Takashi—. ¿Por qué no se detienen?

—Deben de tener refuerzos —respondió Yukino Sensei—. En cuanto un soldado cae, otro lo sustituye.

—¿Qué hacemos? —preguntó Mizumaki Hyousuke.

—Tenemos que deshacernos de los irreemplazables —contestó Tou-sama—. Tenemos que destruir la fuente que alimenta la tuba.

—¿Cómo? —preguntó el hermano mayor de Hyousuke, Toki.

Tou-sama murmuró algo en voz tan baja que Mamoru apenas fue capaz de escucharlo con el viento.

—Agujas.

—¿Se refiere a lanzas, Matsuda-dono? —contestó Toki—. ¡Ya lo hemos intentado! ¡El viento sopla con demasiada fuerza! Apenas conseguimos atravesar el viento que rodea la tuba.

—Misumaki-san tiene razón —afirmó Yukino Sensei—. ¿Cómo se supone que vamos a perforar el centro?

—Ninguno de vosotros puede. —Tou-sama se estaba masajeando el brazo derecho con la vista clavada en el tornado que se acercaba—. Yo me encargaré.

—¿Qué?

—No dejéis de arrojar lanzas —dijo Tou-sama—. Acabad con tantos fonyakalu como podáis. —Le dio la espalda al tornado, hincó una rodilla, apoyó las palmas abiertas contra el suelo y cerró los ojos.

—¿Qué hace? —preguntó Mizumaki Hyousuke—. ¡Matsuda-dono! —Alargó el brazo para tocarle el hombro a Takeru.

—¡No, espere! —Mamoru le agarró la manga a Hyousuke para detenerlo—. Está meditando.

—¿Meditando? —respondió Hyousuke con incredulidad—. Rezar no va a servirnos de nada en este momento. ¡Necesitamos que pelee!

—Usted espere —insistió Mamoru.

Mamoru tardaba un par de waatinu en llegar a su nivel más profundo de meditación, pero, cuando lo hacía, podía sentir cada gota de agua y cada copo de nieve que se movía por la montaña.

Si la concentración legendaria de su padre bastaba para alcanzar ese estado en ese valioso par de momentos, quizá tuvieran una oportunidad.

El tío Takashi pareció estar de acuerdo.

—Volved a vuestros puestos. Quedaos ahí plantados hasta que el viento cese —indicó.

—¿Hasta que cese? —preguntó Hyousuke, incrédulo.

—¿Es que no confías en tus señores, Mizumaki-san? —lo retó Yukino Sensei.

Hyousuke vaciló, pero asintió y se alejó para retomar su puesto junto a Toki y el resto de los Mizumaki.

Mamoru y Yukino Sensei trataron de disparar más proyectiles al tornado, pero el viento había arreciado tanto que ningún jijaka podía dar un paso adelante sin arriesgarse a que lo tirasen.

Yukino Sensei gritó algo que Mamoru no logró oír por culpa del rugido ensordecedor, pero por el movimiento de sus labios sonaba a: «¡Planta los pies!».

Mamoru obedeció, levantó la nieve que lo rodeaba hasta cubrirse las rodillas y la endureció, transformándola en hielo para quedarse clavado en la ladera de la montaña. Ya no oía nada. El pelo le azotaba la cara con tanta fuerza como para dejar cortes.

Por muy fuertes que fueran su postura y su hielo, Mamoru se dio cuenta de que, si permanecía un instante más de pie frente al viento, se le acabarían partiendo las espinillas.

Empleó todas sus fuerzas para doblar el cuerpo hacia adelante y ponerse de rodillas.

Acurrucado en la nieve, creó un manto protector de hielo a su alrededor.

Tou-sama seguía sin moverse, tan inmóvil como la montaña frente al viento.

La tuba casi se les había echado encima.

Mamoru se preguntó cómo sería morir por un tornado.

¿Lo arrancaría de la nieve como un árbol de sus raíces y después lo estamparía contra la ladera?

¿O sería más lento? ¿Y si se obcecaba? Y si se negaba a despegarse de la ladera, ¿el viento le arrancaría la carne de los huesos?

Estaba seguro de que pronto lo averiguaría…

Y entonces, Tou-sama se movió.

Fue un movimiento físico apenas perceptible, una fuerte contracción de los dedos. Sin embargo, fue como si se hubiese cercenado un hilo. Algo cambió. El viento siguió dando vueltas, pero de pronto había amainado y perdido su furia sobrenatural.

Cuando Mamoru se atrevió a levantar la cabeza, se dio cuenta de que la tuba se estaba desmoronando, disipándose en jirones de nubes dispersas. Unos escombros llovieron por la ladera.

La mayoría de los hombres pareció no comprender lo que había pasado, pero el tío Takashi se giró hacia su hermano con una sonrisa.

—¡Bien hecho, Takeru-kun!

Más abajo, en la nieve, Mamoru apenas pudo distinguir dos cuerpos vestidos de negro hechos un guiñapo en el suelo. Un momento después, un tercer cuerpo se desplomó frente a ellos e hizo que Mamoru se sobresaltase.

A medida que Mamoru se alejaba del fonyaka caído, el tío Takashi se dirigió hacia él.

Puso un pie debajo de la silueta flácida y le dio la vuelta para revelar la herida que había acabado con su vida.

El pinchazo apenas era visible; no obstante, Mamoru percibió la sangre saliendo del pecho del fonyaka y empapándole los botones de tela negros del uniforme.

La cara del hombre había quedado irreconocible tras la caída, pero seguía teniendo el pelo recogido de forma pulcra hacia atrás con la trenza larga característica de los guerreros ranganeses.

Mamoru se dio cuenta de que era incapaz de apartar la vista del cuerpo destrozado, de la carne, la sangre y el pelo. Daba igual lo mucho que lo mirara, era un hombre. Tan solo un hombre. Ese viento que había oscurecido el cielo y rugido como un dios… había tenido un corazón humano.

—¿Así los has matado a todos? —preguntó el tío Takashi mientras contemplaba el agujero en el pecho del fonyaka.

—Solo había tres en el centro de la tuba. —Tou-sama se puso en pie con suavidad y se alisó el hakama—. Lo siento, Nii-sama. He tardado un poco en localizar todos los cuerpos a la vez.

A Mamoru le costó procesar lo que acababa de hacer su padre.

Para perforarle el pecho a esos fonyakalu, no solo había tenido que rastrear los movimientos de un millón de copos de nieve moviéndose a una velocidad pasmosa, había tenido que dominarlos.

Era sobrehumano. Por eso se decía que por las venas de los Matsuda discurría la sangre de los dioses.

—Sigo sin saber cómo lo haces —confesó el tío Takashi mientras meneaba la cabeza con admiración.

—Escucho a la montaña.

—¿Y qué te ha dicho, hermanito? Además de a dónde atacar.

—Nos superan en número —contestó Tou-sama—, veinte a uno.

Mamoru se quedó mirando a su padre boquiabierto. No solo había asesinado a los fonyakalu que estaban creando la corriente ascendente; cuando estaba absorto en ese estado de meditación, había tenido la capacidad mental suficiente como para contar el número de cuerpos desconocidos en la ladera.

—¿Veinte a uno? —resopló Takashi—. Los ranganeses son estúpidos si creen que pueden desafiarnos con esos números.

—No me preocupan los números —contestó Yukino Sensei—. Todo se reduce a la calidad de los guerreros que hayan enviado.

—¡A vuestros puestos! —gritó Takashi a los Yukino y a los Mizumaki que se ponían en pie tambaleándose en la nieve que los rodeaba—. La pelea no ha terminado. ¡Se acercan enemigos!

—Tampoco veo tantos —dijo Mamoru, entornando los ojos para escudriñar la blancura.

Tou-sama levantó la mano a modo de respuesta y disipó la niebla y la nieve que tenían delante.

Frente a las ruinas de la aldea occidental se alzaba un muro amarillo; eran cientos de soldados rasos en formación.

Llevaban los estandartes desplegados, que revelaban el dragón negro de Ranga sobre los cuartos traseros delante de un sol rojo sangre.

Esos hombres debían de haber seguido el tornado al subir por la montaña, pisoteando cuerpos y casas derruidas.

Un escalofrío le subió por la columna a Mamoru al darse cuenta de que, en cuanto ellos pudieron ver a los ranganeses vestidos de amarillo, sus enemigos también lo habían hecho.

El contacto visual creó un momento de quietud absoluta.

Entonces, un sonido se alzó desde los ranganeses. Un grito de guerra, puro y humano, que lo hizo estremecerse más que el rugido del tornado. Por primera vez, su sueño de color óxido se había solidificado hasta hacerse realidad.

Los ranganeses echaron a correr por la montaña.