La espada de Kaigen 12 Los ranganeses #3
39%

12 Los ranganeses #3

—Ven. —Takeru le sujetó la parte delantera del kimono a Mamoru con la mano izquierda y lo sacó a rastras por la puerta—. Tu madre está diciendo tonterías.

MAMORU

Mamoru se movió sin pensar. Su cuerpo sabía qué hacer.

Cada hombre y chico sabía qué hacer cuando sonaba la campana de alarma, igual que sus antepasados durante la Keleba: los hombres de la aldea antigua se reunirían en las puertas y después bajarían la montaña para aunar fuerzas con los guerreros de la aldea occidental.

A medida que los Matsuda se dirigían hacia las puertas a toda velocidad, Yukino Sensei se sumó a ellos, acompañado de sus primos mayores y de los guerreros de la casa Mizumaki.

Bajaron a toda prisa la montaña al unísono para encontrarse con sus enemigos.

Mamoru había reproducido esa escena mil veces cuando estaba soñando despierto en clase, al mirar el techo oscuro antes de quedarse dormido y luego en sueños…

Desde que era lo bastante mayor como para tenerlos.

Se había pasado toda la vida preparándose para ese momento, temiéndolo, deseando que llegase.

Pero, aun cuando sus piernas le hacían bajar la montaña, no podía creerse que fuera real.

El cielo de cobre tiñó toda la aldea e hizo que las casas que le resultaban familiares se le antojaran ajenas y distantes.

Parecía como si un sonido ensordecedor, semejante al de mil cazabombarderos, pudiese rasgar la frontera entre este mundo y el siguiente.

Ni siquiera su propia piel le parecía del todo real.

El viento le iba ralentizando y aligerando el cuerpo por turnos más de lo normal.

Le rugió por la piel, se la adormeció y le hizo cosquillas, haciendo que se asemejase más a la de un espíritu, como si su cuerpo perteneciese a ese guerrero adulto de sus sueños: lejos, muy a futuro, en ese día que quizá no llegase nunca…

—¡Necesito números, Takeru-kun! —gritó el tío Takashi por encima del viento mientras corrían—. ¿Cuántos hombres con edad para luchar tenemos entre esta aldea y la occidental?

—Doscientos cuatro —contestó Tou-sama al instante.

—¡Ja! —El tío Takashi soltó una risa—. ¡Tenemos de sobra!

No obstante, la imagen que los recibió al llegar al borde de la aldea los hizo frenar en seco, los tabi derraparon hasta detenerse en la nieve. Al tío Takashi se le esfumó la sonrisa del rostro.

Masculló una palabrota y se volvió hacia Tou-sama.

—¡Tu mujer tenía razón! ¡Esa monstruosidad está subiendo por la montaña!

Y no solo eso; el tornado avanzaba a más velocidad de la que Mamoru había visto a ningún theonita moverse por tierra. Ya había devorado los bosques de las laderas más bajas. En unos instantes, estaría en el borde de la aldea occidental.

—¡Tenemos que bajar hasta allí, Matsuda-dono! —chilló uno de los Mizumaki—. ¡Ahora!

Aunque todavía no habían llegado todos los hombres, ya era demasiado tarde.

—¡No! —Mamoru hizo amago de salir corriendo hacia la aldea occidental antes de que desapareciese, solo para que tirasen de él.

Yukino Sensei le sujetaba la parte trasera del kimono en un puño.

—Espera a recibir órdenes —dijo el espadachín.

—Pero ¡tenemos que ayudarles! —Mamoru sintió un chute de adrenalina que se mezcló con un lamento tenso de dolor cuando el viento alcanzó las casas más bajas—. ¡Itsuki-kun está ahí abajo! ¡Yuuta-kun! ¡Su familia…!

—Ahora mismo no podemos hacer nada para ayudarlos.

—Yukino Sensei tiró de él hacia atrás y, durante un instante, Mamoru sintió una punzada insoportable del dolor del espadachín.

Aunque no fue más que algo pasajero. Yukino Sensei tenía el control suficiente para disimular lo que sentía—.

Lo único que podemos hacer es vengarlos.

Yukino Sensei tenía razón, claro. Aunque bajasen la montaña a toda velocidad sin toparse con ningún obstáculo, jamás llegarían a la aldea hermana a tiempo.

Los hombres de la aldea antigua solo pudieron quedarse mirando a medida que arrancaban a la mayor parte de la población de Takayubi de la ladera de la montaña.

Mamoru trató de apagar su jiya para sentir lo menos posible, pero la adrenalina que le recorría las venas se lo impidió.

No podía bloquear la muerte menos de lo que podía apartar la vista de la destrucción.

Los koronu pelearon. Incluso desde lejos, Mamoru sintió su jiya rechinar como unos dientes contra el viento.

Unas lanzas de hielo aparecieron de pronto entre los edificios antes de hacerse añicos junto con todo lo demás.

Aunque, por supuesto, no solo quienes pelearon murieron.

Arrancaron a madres e hijos de sus hogares y los estrellaron contra las rocas.

El templo donde siempre había rezado Mamoru en vacaciones y donde había aprendido los nombres de sus dioses se hizo pedazos; las tejas de arcilla se desperdigaron hasta quedar reducidas a nada.

Aunque el viento parecía nyama, Mamoru no podía creer que fuese humano. ¿Qué clase de humano con un alma hecha de nyama podía asesinar a koronu y acto seguido a civiles? Eso era cosa de demonios.

Cuando el sufrimiento disminuyó, Mamoru se dio cuenta de que Yukino Sensei no lo había soltado.

El viento no había hecho desaparecer solo a Yuuta y al resto de los primos de Yukino Sensei.

Casi todos los alumnos de Yukino Sensei en Kumono venían de la aldea occidental.

Mamoru era el único que quedaba. A su alrededor, algunos hombres gritaron de rabia.

Otros derramaron lágrimas. Otros cayeron de rodillas.

Yukino Sensei no se arrodilló ni lloró. No gritó como había hecho Setsuko.

Permaneció completamente inmóvil, con los hombros echados hacia atrás y la vista clavada al frente; pero, de alguna forma, nunca había parecido tan frágil.

Fue como si se hubiese vuelto de hielo. Si se movía, se quebraría.

—Sensei… —empezó Mamoru con la voz temblorosa, aunque no sabía qué podía decir.

Pestañeó y notó que unas lágrimas le resbalaban por las mejillas.

Había crecido con los chicos de la aldea occidental y su pérdida le abrió un agujero en el pecho.

No obstante, Yukino Sensei era su profesor.

Había dedicado años de su vida a criarlos, a animarlos y a verlos crecer.

Estaba orgulloso de ellos. Ver que todo eso se desvanecía en un instante…

Mamoru solo podía imaginar cómo debía sentirse.

—Takeru-kun… —La voz del tío Takashi se había serenado—. Números. ¿Cuánta gente nos queda? ¿Cuántos de cada familia?

—Doce Ikeno; nueve Katakouri, contando al chico de trece y al tullido; nueve Ginkawa, contando al de doce; seis Ameno; cinco Mizumaki; cuatro Yukino; y en cuanto a los Matsuda… —Tou-sama pasó la vista de su hijo a su hermano—, solo nosotros tres.

—Entonces, ¿cuántos quedamos en total?

—Cuarenta y ocho, Nii-sama.

—Bien. —El tío Takashi se dio la vuelta para colocarse delante de los hombres allí reunidos.

A pesar de la destrucción que acababan de presenciar, ni uno les había dado la espalda—.

Ameno, Ikeno, Ginkawa, ¡al paso del norte!

Formad una fila por parejas, los Ameno y Ginkawa al frente, los Ikeno detrás.

Katakouri, vigilad desde el acantilado. Disparad a cualquier fonyaka que trate de escalar las rocas.

Era imposible que la voz del tío Takashi llegara a todos los hombres por culpa del viento, daba igual lo mucho que la levantase, pero en unos instantes los guerreros se pusieron a repetir sus órdenes por el grupo.

—Un momento… —dijo Mamoru a medida que los espadachines Ameno, Ginkawa e Ikeno y los arqueros Katakouri se apresuraban a acatar las órdenes—. ¿Quién protegerá el paso del sur?

El paso del sur era la ruta más amplia de las dos que subían la montaña, y el tío Takashi había enviado a más de dos tercios de sus fuerzas de combate en la otra dirección.

—Nosotros —contestó el tío Takashi—. Yukino, Mizumaki, ¡conmigo! —llamó, y los once guerreros restantes lo siguieron para bajar por la pendiente hacia el paso occidental.

Mamoru había recorrido ese camino prácticamente cada día de su vida.

Era el que atravesaba cada vez que iba a visitar a los Kotetsu en la aldea de los herreros, cada vez que quedaba con Yuuta e Itsuki antes de subir a la Academia Kumono.

Sin embargo, en ese momento le pareció distinto, manchado con la luz de color óxido de la tormenta.

La nieve y el polvo azotaban como espectros intermitentes, como si el Laaxara se levantase para raptar a los guerreros conforme se abalanzaban para enfrentarse a sus enemigos.

—¡Hyousuke! —gritó el tío Takashi al Mizumaki que tenía más cerca cuando cruzaron la aldea numu—. ¡Ve a decirles a los herreros que no salgan de casa y que cierren las puertas!

El hombre asintió y se separó del resto del grupo.

El tío Takashi les gritó que se detuvieran en el punto más estrecho del paso. Con un movimiento del brazo, despejó una línea recta por la nieve que se extendía desde las rocas escarpadas a su derecha hasta la base de la pendiente que llevaba a la Academia Kumono a la izquierda.

—¡Los retendremos aquí! —rugió—. ¡Que ningún fonyaka cruce esta línea!

La línea que había trazado parecía tener al menos treinta bounds de largo. Mamoru se imaginó que un general que tuviese la intención de defender esa área habría mandado por lo menos a cincuenta y tantos soldados.

Ellos no eran más que doce.

Los hombres se ordenaron automáticamente por habilidad, los Mizumaki más jóvenes se colocaron en los bordes más defendibles y los Yukino más fuertes cubrieron la parte más despejada en mitad del paso por donde era más probable que los ranganeses se aventurasen.

Al darse cuenta de que se había puesto entre su tío y Yukino Sensei, Mamoru retrocedió, pensando que debería cederle su puesto a un guerrero con más experiencia.

—Quédate donde estás, Mamoru-kun —dijo Yukino Sensei con firmeza, pero con suavidad—. Eres un Matsuda, ¿no?