12 Los ranganeses #2
Aunque el alcalde fuese el gobernante oficial de la aldea, el patriarca de los Matsuda era lo más parecido que había tenido Takayubi a un comandante militar.
No solo Mamoru y Takeru, todos los guerreros de la montaña responderían a Takashi antes que a cualquier otra persona.
Así se habían hecho las cosas en su pueblo mucho antes de que Jungsan hubiese mandado a sus burócratas a supervisarlos.
—Ese tornado no puede subir la montaña —empezó a decir Takashi.
Era una suposición razonable; los tornados naturales solían darse en el desierto ranganés al oeste y en las planicies abirias, no en la escarpada costa kaigenesa—.
En cuanto llegue a la base de la montaña, el terreno irregular lo disipará.
Quienesquiera que estén detrás tendrán que obligarlo a tocar tierra, y allí estaremos nosotros para recibirlos.
—Yo no estaría tan seguro, director —respondió Chul-hee.
—Kwang-kun, no es momento para tus historias de…
—Tiene razón, Nii-sama —interpuso Misaki—.
Eso de ahí fuera no es una tuba de viento natural.
—Era incapaz de hacerse una idea de la cantidad de precisión y de trabajo en equipo que requeriría no solo generar un tornado de esas dimensiones, sino además controlarlo.
No tenían a una panda de mercenarios ni tampoco de hijos de campesinos sin entrenamiento en sus puertas; se trataba de una unidad militar muy organizada—.
Un ejército de fonyakalu con la fuerza suficiente como para manipular todo ese viento también la tiene para hacer que suba por la montaña.
—No le cabía duda—. El tornado llegará a la aldea en cuestión de siiranu.
—Mejor me lo pones —respondió Takashi, y Misaki se quedó un tanto horrorizada al darse cuenta de que estaba sonriendo.
—¿Cómo?
—Así nos ahorramos el tener que llevar la pelea hasta ellos.
—Takashi se volvió para ponerse delante de Takeru y de Mamoru; parecía más animado de lo que Misaki lo había visto nunca—.
Esos ranganeses se atreven a atacar al pueblo de mi mujer, a nuestros pescadores, en nuestras costas.
Se atreven a mofarse de los dioses de nuestro océano.
Mostrémosles el verdadero poder de los dioses.
Y tú, chico de ciudad. —Señaló a Chul-hee.
—Pero ¿es que todavía me llamáis así?
—¿Tienes esa cosa de la que no dejan de hablar Takeru y Mamoru, ese telefonillo rectangular?
—Sí, director —contestó Chul-hee a la vez que se sacaba el dispositivo de comunicación del bolsillo.
—¿Puedes usarlo para llamar al gobierno?
—Eh… desde aquí, no. Por ahora, de las torres que instalamos solo funcionan las que están más arriba de la montaña.
—Entonces más vale que subas allí ya mismo —dijo Misaki—. Asumiendo que el viento no tumbe las torres, puede que ese rectángulo sea la forma más rápida de hacerle saber al emperador lo que está ocurriendo.
No se fiaba ni un pelo del gobierno kaigenés, pero en ese momento era la única oportunidad que tenía Takayubi de conseguir refuerzos.
—Sube la montaña —ordenó Takashi—, y llévate esto. —Sacó un wakizashi de sobra del estante y le tiró el arma envainada a Chul-hee, que la atrapó de milagro—. Por si te topas con problemas.
—¿Me toca una espada de chica?
—Te he visto pelear, Kwang-kun. Nuestras katanas largas serían demasiado para ti. —Takashi se rio por la nariz.
—Ah. —Chul-hee echó un vistazo a la espada de Mamoru y luego a la Aguja Lunar de Takeru, aún más grande—. Touché. Aunque si necesitamos que alguien llegue cuanto antes a las torres, ¿debería encargarme yo? Quiero decir, Mamoru es más rápido, ¿no?
—Mamoru es mucho más rápido —coincidió Takashi—. Pero también es un Matsuda. Nació para enfrentarse al enemigo, no para huir en dirección contraria.
—¿Enfrentarse al enemigo? —repitió Chul-hee con incredulidad—. Por si no se ha dado cuenta, director, el enemigo es un tornado. ¿Qué piensan hacer?
—Acabar con él —contestó Takashi—. ¡Ahora, vete!
—Vale —respondió Chul-hee de manera despreocupada, a pesar de estar aferrándose con tanta fuerza a la vaina del wakizashi que los nudillos se le habían puesto blancos—.
Ha estado bien… M-me alegro de haberos conocido.
—Su mirada se cruzó con la de Mamoru durante un instante antes de agachar la cabeza para hacer una profunda reverencia—.
Gracias por todo. Y no os preocupéis. —Se enderezó—.
Os conseguiré esos refuerzos. Vosotros aguantad.
—Dio media vuelta, se alejó corriendo de la casa y les gritó a los Matsuda—: ¡Aguantad!
Cuando Chul-hee hubo desaparecido, Takashi se volvió para abrazar a Setsuko una última vez.
—Basta de lágrimas, mi amor —dijo mientras le tocaba la cara con ternura—. Tus padres, hermanos y hermanas están a punto de descansar en paz. Pienso despedirlos junto con los cadáveres mutilados de todos sus enemigos.
Setsuko asintió con una ferocidad que Misaki nunca había visto en la mirada.
—Hazlo —susurró.
—Voy a lanzar tantas almas ranganesas a sus pies que podrán usarlas como puente para entrar al Laaxara. No temas, cariño —le dijo a Ayumi, que lloraba en brazos de Setsuko—. Tu papá te protegerá.
Y se pusieron en marcha. Se estaban yendo. Misaki sintió como si el mundo se le escapase de las manos.
—¡Esperad!
—No tenemos tiempo, Misaki —respondió Takashi.
Lo ignoró y le sujetó el brazo a Mamoru. ¡Quédate! , quiso suplicarle. ¡Quédate donde pueda protegerte! No obstante, era una idea absurda. Mamoru era un guerrero fuerte. Si él no podía protegerse a sí mismo, entonces ella tampoco podría ayudarle.
—Presta atención a las distancias —dijo en su lugar—. Los fonyakalu son más peligrosos a media distancia, a unos dos o tres bounds. Ahí es donde sus ataques impactan con más fuerza. Quédate bien lejos o acércate con la espada. No te quedes plantado entre medias, al alcance de sus ataques.
Pese a la impaciencia de su tío, Mamoru la escuchó con atención.
—Sí, Kaa-chan.
—Y fíjate en el color de los uniformes —añadió Misaki—. Los soldados rasos ranganeses van de amarillo. Los guerreros de élite van de negro. Si ves amarillo, tienes posibilidades. Si ves negro, entonces quiero que huyas.
—Kaa-chan, sabes que no puedo hacer eso.
—Pero… — Quiero que lo hagas no era motivo suficiente.
—Kaa-chan. —Mamoru le sujetó los hombros con firmeza, ¿cuándo se habían vuelto sus manos tan grandes y fuertes?—. Soy un Matsuda. ¿Acaso no nací para esto?
La respuesta era «sí». Era la razón de que ella hubiese abandonado todo cuanto amaba para casarse y entrar en esa familia, la razón de que hubiese soportado el abuso de su suegro y la indiferencia de su marido durante todos esos años, para que la familia Matsuda tuviese un heredero poderoso, para que Kusanagi contase con el filo de su espada.
Ese era un propósito tan válido como el de cualquiera de sus vidas, y ahora era el momento en el que se suponía que Mamoru debía cumplirlo y que todo cobrase sentido. Misaki no podía arrebatárselo.
Así que se limitó a contestar:
—Sí. —Y le apretó los brazos a su hijo con el corazón henchido de dolor—. Sí, hijo mío. Estoy orgullosa de ti.
—No sé si merezco tu orgullo —contestó Mamoru con una sonrisa—, pero me lo ganaré. Tú espera.
Mamoru se alejó de ella, pero las piernas de Misaki la siguieron llevando detrás de su hijo y de su marido; estiró las manos, no estaba preparada para dejarlo ir, no estaba preparada para…
Tenía que haber algo más, alguna forma de que pudiese salvarlos.
Era la única que se había topado con los fonyakalu.
Se había pasado años observándolos, entrenando con ellos.
Se sabía la teoría detrás de las tubas, aunque nunca hubiese visto que nadie consiguiese ponerla en práctica. Tenía que haber algo en sus recuerdos…
Piensa, Misaki. ¡Piensa!
—No intentes ir a por al viento en sí —soltó, y le agarró la manga a Mamoru—. Es más fuerte que cualquier theonita por separado.
—Misaki —dijo Takashi—. De verdad que no tenemos tiempo. Despídete…
—¡No! —gruñó Misaki, ya no le importaba el decoro—.
¡Escuchad! —No sabía de nadie que hubiese podido detener un tornado una vez que había comenzado.
Si alguien podía lograrlo, eran esos hombres, pero solo si entendían el funcionamiento de aquello a lo que se enfrentaban—.
Las tubas de viento están formadas por dos equipos.
Uno mantiene el aire frío circulando por la parte externa del tornado, mientras que el otro echa el aire caliente en el medio para seguir alimentando la corriente ascendente.
—¿Cómo ibas a saber…? —Takashi la miró desconcertado.
—No vais a detener el tornado si acabáis con los fonyakalu del exterior —prosiguió Misaki—.
Lo único que hacen es volver más aerodinámico el aire que ya está en movimiento.
La corriente ascendente es lo que potencia el ciclón.
Ahí es donde estarán los fonyakalu más poderosos, dentro de la tuba, forzando que el aire caliente vaya hacia arriba.
Si queréis parar el tornado, es a ellos a quienes tenéis que dejar fuera de combate.
Vais a tener que buscarlos dentro del viento.
—Vale… —contestó Mamoru, pero, por la cara que puso, Misaki vio que no lo estaba entendiendo.
—El viento es más veloz que la sangre o que el agua, más intermitente, y aun así, todavía podéis distinguir los cuerpos en el interior, como pececillos dentro de un arroyo…
—Es suficiente —dijo Takashi, y tiró de Mamoru para alejarlo de ella—. Tenemos que avanzar.
Desesperada, gritó lo último que se le ocurrió:
—¡Takeru-sama! —Su marido no se dio la vuelta. No tenía derecho a esperar que la escuchase, como tampoco a dirigirle la palabra… pero esa era la última oportunidad que tenía de salvar a su hijo—. Tiene puntos vitales, igual que el cuerpo humano… Igual que tu brazo.
—¿Qué…? —Mamoru se giró y la miró con una expresión de confusión absoluta.