12 Los ranganeses
E l mundo de Misaki se puso patas arriba.
Pasar de pensar que quizá podía morir a la certeza de que todos ellos iban a hacerlo fue un bandazo extraño.
Hacía unos siiranu, había atacado a su marido con la Aguja de Sangre, había estado dispuesta a levantar su jiya contra su cuñado y Takeru le había lanzado una mirada asesina.
Pero en cuanto el viento golpeó la casa, el mundo se inclinó como la cubierta de un barco y todos remaron a una.
Mamoru fue el primero en recobrar la compostura en mitad del quejido de la madera y del nyama desconocido.
Dio media vuelta y atravesó el pasillo a toda velocidad hacia el porche delantero.
Misaki lo siguió, con Takeru y Takashi pisándoles los talones; unos guerreros que habían estado a dinmanu de volver las espadas los unos contra los otros pero que entonces salieron corriendo en la misma dirección, pues, de pronto, ninguna de sus peleas importaba.
Nada tendría sentido si todos estaban muertos.
Cuando Mamoru abrió la puerta de golpe, una ráfaga de viento cortante se abalanzó sobre ellos.
—¡Ah! —exclamó; por lo visto se había dado cuenta de que llevaba a un bebé en brazos cuando Izumo empezó a llorar—. Perdona, Izu-kun. —Envolvió a su hermano con las mangas a toda prisa para resguardarlo del viento.
El cielo no tenía el color que debería, no era del azul crepuscular o del gris neblinoso característicos de Takayubi. Poseía una oscuridad desconocida, lóbrega como el óxido, veteada de sangre seca del día anterior.
—Pásale el bebé a tu madre, Mamoru-kun —ordenó Takashi cuando el resto de la familia y él salieron al porche.
—Sí, tío. —Mamoru le tendió a Misaki a su hermano berreante con cuidado.
Le dio unas palmaditas a Izumo en la espalda en un pobre intento de tranquilizarlo con la vista clavada en el horizonte.
Mar adentro, a un universo de distancia, Misaki divisó un retazo del cielo iluminado por el sol, pero esa ventana estaba desapareciendo rápidamente tras un muro de nubes.
Conforme el frente tormentoso se iba acercando, el viento fue ganando fuerza e hizo que las vigas de la Academia Kumono se doblasen y emitiesen un quejido tan intenso que el sonido reverberó por la montaña.
El lago Kumono, que solía estar en calma, se retorcía con olas, y, más abajo de la montaña, los pinos que rodeaban la aldea occidental se sacudían débilmente como briznas de hierba.
Nagasa salió al porche dando tumbos, solo para que el viento lo tirase al suelo.
—¡Cuidado! —exclamó Mamoru mientras levantaba a su hermano que lloraba y le daba un empujoncito para que volviese a entrar en casa.
Hiroshi fue lo bastante listo como para no salir directamente al viento como Nagasa; sin embargo, se quedó en el umbral, agarrándose al marco de la puerta para no caerse, con la mirada clavada de forma inquietante en las nubes que se arremolinaban.
—Setsuko, Misaki, llevaos a los niños dentro —declaró Takashi—. Cerrad todas las puertas y ventanas.
Cerrad todas las puertas y ventanas . Misaki podría haberse echado a reír como una loca. ¿De qué iba a servir eso?
—¡Mirad! —exclamó Chul-hee a la vez que señalaba la parte baja de la montaña.
—Alabada sea Nami, ¿qué demonios es eso? —chilló Setsuko.
Las nubes más oscuras se estaban agolpando en la orilla, cerca de la aldea pesquera en la base de la montaña. Misaki se percató de lo que estaba viendo antes de asimilarlo…
—No… —masculló Chul-hee, que pareció pensar lo mismo—. No es posible…
En la Academia del Alba, todo el mundo sabía que era imposible emplear tubas de viento en una batalla.
Ningún fonyaka era lo bastante fuerte para generar una por sí solo, y no existía ningún equipo con la coordinación suficiente para controlar una cuando había empezado.
Muchos fonyakalu hábiles, incluidos algunos de los compañeros de clase de Misaki, habían salido heridos o habían muerto intentando convertir las tubas en armas.
Y aquellas habían sido pequeñas, de menos de una docena de bounds de largo.
A juzgar por la forma en la que el amasijo de nubes empequeñeció la aldea pesquera que tenía debajo, esa era mucho más grande.
—No pensarán… —La voz de Chul-hee había adquirido un deje horrorizado—. No .
Aun así, las nubes se arremolinaron ante su mirada incrédula para formar una tuba sobre la orilla. Pese a que Misaki sabía que era fonya humano, pese a que no creía en dioses celestiales, aquello parecía el oscuro dedo de un dios extendiéndose hacia el suelo.
—No —soltó Setsuko en cuanto se dio cuenta de lo que estaba pasando—. ¡Un momento! ¡No pueden hacer eso!
Misaki se percató de que el ataque había sido planeado de forma estratégica.
Los fonyakalu habían creado la tormenta mar adentro, donde no llamaría la atención de inmediato; sin embargo, el tornado solo tocaría el suelo ahora que habían llegado a tierra firme.
De ese modo, evitaban sacar agua salada a la orilla y darles a sus enemigos más armas con las que luchar, como si de todas formas los pobres pescadores de la costa hubiesen tenido alguna oportunidad.
—¡No! —gritó Setsuko cuando la columna rugiente de aire se cernió sobre la aldea de su familia—. ¡Un momento! ¡Un momento!
Haciendo caso omiso de sus gritos, el dios celestial retumbó y apoyó la punta del dedo en la orilla.
Estaban demasiado alto como para ver las casas hacerse pedazos o para escuchar los gritos de los pescadores en su interior.
Pero Misaki lo sintió. La muerte de un solo theonita podía perturbar la atmósfera.
No obstante, la muerte de tantos y además de golpe fue como un puñetazo.
Normalmente, no podía sentir el nyama a tanta distancia, pero la nieve actuó como líquido espinal e hizo que el sufrimiento subiese por la escarpada columna vertebral de Takayubi a toda velocidad.
Sintió un estremecimiento, semejante a un sollozo, en las venas antes de que se desvaneciese.
Decenas de pulsos se esfumaron en un solo latido de su corazón.
Misaki no sabía que su cuñada podía emitir un sonido así.
—Setsuko… —empezó a decir Takashi con la voz tensa. Alargó los brazos hacia su mujer, pero ella se abalanzó hacia delante contra el viento, como si quisiese descender corriendo la montaña—. ¡Setsuko, espera! —La atrapó antes de que pudiese bajar de un salto del porche y la abrazó con fuerza.
Setsuko tembló en brazos de Takashi. Su jiya, que por lo general era suave como unas olas superficiales burbujeando sobre la arena, podría haber revuelto sangre.
Takashi la estrechó con fuerza. Tenía los ojos bien cerrados, como si pudiese sentir cada ápice del dolor de su mujer, como si pudiese absorberlo dentro del pecho si lo deseaba con la intensidad suficiente.
—No mires. —Le colocó una mano en la cabeza y la envolvió con su nyama a modo de un manto mientras el viento engullía las últimas casas al pie de la montaña.
Convirtió su poder en un muro sólido para proteger a Setsuko de los temblores de la destrucción, pero ella no dejó de estremecerse.
Hundió la cara en el pecho de Takashi y chilló.
Fue un sonido estremecedor y crudo que albergaba algo más que dolor.
Era rabia. Takashi agachó la cabeza y le susurró con suavidad contra el pelo antes de volverse hacia los demás.
—Misaki, llévatela dentro. Aquí fuera no estáis a salvo. Takeru-kun… —Echó un vistazo a su hermano—. Tenemos ranganeses con los que acabar. Tú también, Mamoru-kun. Vámonos.
La sangre de Misaki pareció detenerse en sus venas.
No.
Mamoru, no. Mamoru, no.
Abrió la boca para protestar: «es demasiado joven» o «debería quedarse aquí para proteger a sus hermanos», pero de pronto vio que ya estaba demasiado ocupada con los sollozos de Setsuko.
Se colocó a Izumo en un costado, le sujetó una mano temblorosa a su cuñada, le dio un apretón y la acompañó dentro.
Apenas habían atravesado la puerta cuando los hombres pasaron a su lado.
Para un guerrero de Shirojima, lo habitual era rezarle a su espada y a sus dioses antes de entrar en batalla.
Pero no había tiempo para rituales. Takeshi apenas se detuvo para hacerle una reverencia al umbral del dojo antes de dirigirse al estante de las armas a toda velocidad y sujetar dos espadas con cada mano, Nagimaru y Kyougetsu en la derecha, Namimaru y la espada de Mamoru en la izquierda.
Se dio la vuelta y les lanzó las katanas a su hermano y a su sobrino.
Nadie pareció darse cuenta de que Takeru había atrapado la Aguja Lunar con la izquierda.
Mantuvo la vaina perlada quieta a un costado mientras Takashi y Mamoru se apresuraban a atarse las espadas.
Le temblaban los dedos de la mano derecha.
No tardaría en poder usarlos de nuevo, aunque era evidente que todavía no se fiaba de que fueran a ser capaces de atar un nudo.
Las manos de Mamoru se movieron a una velocidad casi demencial, impulsadas por una energía que Misaki reconoció.
Ella también solía sentirla; era una mezcla de adrenalina, determinación y frenesí del combate capaz de sofocar cualquier miedo o sensatez, que sentía cada vez que se jugaba la vida contra un enemigo que la superaba.
Puede que ella también hubiese sentido ese mismo frenesí de haber sido la única que estaba en peligro.
Pero era su hijo. Su hijo, que tenía potencial y todavía estaba creciendo, y era mejor koro de lo que había sido ella jamás.
Su vida era demasiado valiosa como para arriesgarla.
—Mamoru… —empezó a decir, pero todo el mundo estaba prestando atención a Takashi mientras el patriarca de los Matsuda se ataba el wakizashi al lado de la katana y se volvía para soltar órdenes.