11 El patriarca #5
Se le resbaló la mano por la muñeca de Misaki y ella casi deseó poder quedarse ahí plantada y relamerse al ver la expresión de conmoción absoluta de Takeru.
—¿Eso era…?
—La Aguja de Sangre —contestó con una sonrisa sin aliento. Más concretamente, era una combinación de la Aguja de Sangre tradicional de los Tsusano con la acupuntura medicinal que había aprendido de Ya-li—. Recuperarás la movilidad dentro de cinco siiranu, cuatro si te relajas. —Fue hacia la puerta.
—Misaki… —La voz de Takeru era hielo puro—. Tú…
—Ah, y yo en tu lugar no usaría mi jiya mientras tanto —añadió—. A menos que quieras causarles un daño permanente a los músculos de ese valioso brazo con el que empuñas la espada.
—Te arrepentirás de…
Antes de que pudiese terminar, Misaki estampó la puerta y la cerró con una capa gruesa de hielo.
Lo de que no usase su jiya había sido una mentira que se le ocurrió en el momento, de las que siempre se le habían dado bien.
Daba igual si Takeru veía el farol y se liberaba con su jiya, si echaba la puerta abajo o si esperaba cuatro siiranu a que se le pasasen los efectos de la Aguja de Sangre. Misaki solo disponía de unos momentos.
Se levantó el kimono y echó a correr por el pasillo. Frenó en el cuarto de los niños y sacó a Izumo de la cuna. El movimiento repentino, junto con el jiya desbocado de su madre, despertó al pequeño, que se echó a llorar, pero Misaki no tenía tiempo para preocuparse por eso.
— Yosh, yosh, Izu-kun. Tranquilo, no pasa nada —canturreó tanto para el bebé como para sí misma mientras salía disparada al salón—. Kaa-chan lo solucionará.
—¡Kaa-chan! —exclamó Mamoru en cuanto Misaki irrumpió en el salón alterada y con su jiya irradiando pánico—. ¿Estás…?
—Ayuda a tus hermanos a ponerse el abrigo —indicó Misaki—. Nos vamos.
—¿Que qué? —preguntó Mamoru sin comprender—. Kaa-chan…
—Chul-hee-kun. —Misaki se dirigió al norteño, que seguía arrodillado sobre la mesa de estudio al lado de Mamoru—. Más vale que vayas corriendo a casa, busques a tu padre y salgáis de esta montaña.
—Matsuda-dono, ¿qué está pasando? ¿Ha escuchado algo…?
—Ya habrá tiempo de hacer preguntas más adelante —dijo. Y, dioses, ojalá fuese verdad…—. ¡Ahora, limitaos a obedecer!
—¿Qué está pasando? —Setsuko apareció en la puerta.
—Tú también, Setsuko. Ve a buscar a Ayumi y vámonos.
—¿Qué?
—No hay tiempo para explicaciones —respondió Misaki conforme terminaba de ponerle el abrigo a Izumo y se lo pasaba a un Mamoru confuso—. Tenemos que largarnos de aquí, de esta montaña.
—¿Cómo? ¿Y a dónde iremos?
—No lo sé… A casa de tus padres. —Misaki soltó lo primero que se le ocurrió—. Pararemos allí primero. —La familia de pescadores les daría cobijo si lo necesitaban; además, Misaki sabía que Setsuko no estaría dispuesta a abandonar Kusanagi sin ellos.
—¿Por qué? —exigió saber Setsuko—. ¿Estamos en peligro?
—Más o menos… sí. —La respuesta era «sí». Misaki se abstuvo de mencionar que el peligro más inminente era su marido.
—Bueno, pues no puedo irme sin Takashi —protestó Setsuko—. Todavía no ha vuelto.
—Es rápido —afirmó Misaki—. Podrá seguirnos si hace falta. Con los pequeños, iremos más lentas. ¡Tenemos que salir ya!
Misaki nunca había visto a Setsuko tan asustada.
—V-vale —respondió—. ¿Y tu marido? ¿Dónde está Takeru?
—Vendrá en un par de siira.
Si Misaki de verdad hubiese querido ganar el tiempo necesario para huir con los niños, debería haber hecho algo más para incapacitar a su marido.
En ese instante de sorpresa, debería haberle partido las rodillas o haberlo dejarlo inconsciente de un golpe en la sien.
Pero todavía no había llegado a ese extremo en el que estuviese dispuesta a atacarlo directamente, ¿no?
¿No?
Ahora que lo pensaba, Takeru los seguiría.
Seguro que estaría furioso. No había muchas posibilidades de que Misaki pudiera convencerlo de que se pasase a su bando después de haberlo desafiado abiertamente.
Acabaría alcanzándolos. Trataría de obligarlos a volver.
¿Misaki le haría daño entonces? ¿Lucharía contra él de verdad?
De ese hilo de pensamiento emergió otra pregunta más sombría: ¿acaso cambiaría algo?
Misaki había peleado contra bastantes theonitas aterradores; no obstante, Takeru era más poderoso que cualquiera de ellos. ¿Debería volver e incapacitarlo en condiciones? Puede que esa fuera su única oportunidad en ese momento, cuando no podía usar el brazo derecho y dudaba de si emplear su jiya.
—Kaa-chan. —La voz de Mamoru la sacó de sus pensamientos—. Hiro-kun y Naga-kun ya tienen puesto el abrigo. Chul-hee dice que no se marchará hasta que alguien le dé alguna clase de explicación. ¿Qué hago?
—Mamoru… —dijo Misaki mientras se daba la vuelta poco a poco para observar a su hijo.
Con la inquietud que sentía de que Takeru los persiguiese, no se había planteado que, en todos esos supuestos, Mamoru también estaría allí…
Mamoru, que era lo bastante fuerte como para inclinar la balanza hacia cualquier lado.
Si tenía en cuenta el nivel de habilidad, fuerza y experiencia de todo el mundo, lo más probable era que la pelea se redujese al progenitor con el que Mamoru decidiese aliarse.
Pero eso no podía pasar.
A Mamoru, que era sincero, leal y se preocupaba por su padre y por su madre, no podía ocurrirle algo así.
Ningún hijo debería tener que tomar esa decisión.
Pero la realidad era que, si Misaki y Takeru empezaban a luchar delante de él, tendría que elegir.
Si se marchaba con los niños ahora mismo sabiendo que Takeru los seguiría, condenaría a Mamoru a cometer el pecado de levantarle la espada a uno de sus padres.
No podía hacerle eso.
La decisión estaba tomada.
—Mamoru.
—¿Sí, Kaa-chan?
—¿Sabes esos trineos de hielo que sueles hacer para Nagasa y Ryota? ¿Puedes crear uno lo bastante grande para tu tía y los cuatro niños?
—Eh… sí. Eso creo.
—Bien. Vas a hacer el trineo, vas a conseguir que todo el mundo se suba y lo vas a bajar por la montaña tan rápido como puedas sin que se choque con nada.
—¿Qué? ¿Ahora?
—Sí, ¡ahora! ¡Vamos!
—¿Y q-qué hay de ti, Kaa-chan?
—No tardaré. —Misaki cuadró los hombros y se volvió hacia el pasillo—. Tengo que ocuparme de una cosa más.
Antes de que Mamoru pudiese protestar, ella ya estaba recorriendo el pasillo con una determinación que se convirtió en hielo.
Decidió que debía ir a por la cabeza de Takeru.
Él no era como los enemigos a los que se había enfrentado en el pasado, a los que podría dejar fuera de combate solo con cortarles el tendón o asestarles un buen golpe en la rodilla.
Su marido poseía un nyama tan poderoso que podía mover agua solo con la mente.
Un Takeru con todas las extremidades destrozadas seguía siendo peligroso.
Un Takeru que todavía podía contraer algo seguía siendo poderoso.
Se le aceleró el pulso conforme su mente se apresuraba a prever cualquier reacción posible de su marido, cualquier ataque con el que pudiese acometer y las formas de contrarrestarlo.
Dobló la última esquina, pero algo le cerró el paso.
Estaba tan obcecada en su inquietud que ni siquiera había sentido el torbellino del nyama de Takashi cuando entró en el recinto.
—Misaki, por el amor de Duna, ¿qué está pasando? —exigió saber Takashi—. ¿Por qué está congelada la puerta del despacho de mi hermano? ¿Por qué todo el mundo ha entrado en pánico?
El hielo de Misaki se hizo añicos. Su corazón amenazaba con salírsele del pecho. Takashi estaba ahí. Takashi estaba ahí. Eso lo cambiaba todo. Si ya tenía pocas posibilidades de vencer a un Matsuda, las de derrotar a dos serían prácticamente nulas.
—¿Qué está pasando? —repitió Takashi con más insistencia.
El jiya de Misaki hirvió en su interior, consciente de que debía pasar a la acción y sin saber muy bien qué hacer.
—Yo… —A Misaki le dio vueltas la cabeza. No le salían las palabras.
—Tu jiya se está comportando de un modo muy extraño, hermanita —contestó Takashi con el ceño fruncido por la preocupación—.
¿Estás bien? —Alargó el brazo hacia ella.
Si lo atacaba ahora, antes de que pudiese preverlo…
pero no. Si le levantaba la mano a Takashi, Setsuko jamás se lo perdonaría, y mucho menos la seguiría para ponerse a salvo.
No podía irse sin Setsuko…—. Contéstame, Misaki.
Misaki abrió la boca, pero antes de que le diese tiempo a mentir, se escuchó un estruendo.
La puerta del despacho de Takeru estalló y unos trozos de madera y de hielo salieron despedidos en todas direcciones.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó una voz, y Mamoru entró corriendo al pasillo, con Setsuko y Chul-hee pisándole los talones—. Kaa-chan, ¿estás…?
Pero todas las voces se acallaron en cuanto Takeru apareció en la entrada del despacho. La fuerza de su enfado era tan poderosa que nadie se atrevió a hablar o a respirar. Avanzó para salir al pasillo y todo el mundo retrocedió, menos Misaki, que había perdido la capacidad de moverse.
El brazo derecho de Takeru seguía colgándole al costado, flácido, pero no lo necesitaba para sujetarla. Su mirada la dejó clavada en el sitio, como si una espada le hubiese atravesado el estómago. Su voz podría haber congelado al mismo sol cuando habló.
—Misaki…
Y, con esas tres sílabas, por primera vez tuvo la certeza de que su marido podía sentir una emoción: odio.
Esperó tensa a que la mirada fulminante de Takeru se volviese tangible en forma de hielo y le arrebatase la vida.
Cerró los ojos, incapaz de mirarlo a la cara.
Sabía el sonido que emitía una espada al atravesar un cuerpo humano.
Conocía el frío letal de la Espada Susurrante.
Sabía lo que era albergar ese hielo en su interior. Estaba lista…
No obstante, el siguiente sonido que llegó a sus oídos no fue el crujido enfermizo del hielo atravesando hueso.
Fue el repicar de una campana. Lo que sintió después no fue hielo duro perforándole el abdomen, sino el suave roce de una brisa en la mejilla.
Débil. Muy débil, pero claramente vivo. Y en un instante, algo extraño, algo más ligero y veloz, aunque igual de poderoso acabó con el jiya de Misaki, Takeru, Takashi y Mamoru.
Misaki abrió los ojos de golpe con una claridad nueva y aterradora. El mundo cambió de dirección. El temor se expandió como una pupila dilatada cuando la amenaza pasó de los dos Matsuda a algo mucho más grande, algo mucho peor…
La mirada de Takeru la liberó cuando se centró en el sonido repentino.
—¿Eso es la campana del templo?
—Eso parece —dijo Setsuko con la cabeza ladeada.
—¿Por qué la están tocando los finawu? —preguntó Mamoru—. ¿Se avecina tormenta?
—Debe ser —respondió Takashi—. Las noticias nos han estado advirtiendo de que había tormentas azotando la costa.
—Eso no es una tormenta costera, director. —Chul-hee expresó en voz alta el descubrimiento que Misaki estaba demasiado petrificada para desvelar—. Eso es fonya.
—Kwang-kun —empezó a decir Takashi, exasperado, pero un ruido como nunca antes habían escuchado se tragó cualquier palabra de consuelo que fuese a decir; un rugido que no era del todo animal, humano o divino, sino algo estremecedor a caballo entre todos ellos.
El ruido sacudió la montaña e hizo temblar los tablones bajo sus pies.
La campana fina, que debía repicar constantemente con el transcurso de los años, aumentó el ritmo, se entrecortó, y un aullido tan salvaje y hueco que bien podría haber sido un bostezo salido de la boca del mismísimo Laaxara ahogó el sonido.
Cuando el viento le azotó la piel, Misaki supo sin lugar a dudas que la carta de Ya-li había llegado demasiado tarde.
—Ya están aquí.