11 El patriarca #4
Si de verdad hubiese querido, Misaki podría haberse negado, haber dado con una forma de apoderarse de las cartas antes de que lo hiciese Takeru; aunque, en cierto modo, era un gesto de bondad.
Así era más fácil olvidarse de la vida que había dejado atrás…
o, por lo menos, empujarla hasta lo más recóndito de su mente.
Quizá debería haber estado agradecida de que, después de una década, su marido por fin confiase en ella lo suficiente como para darle una carta del extranjero sin haberla ojeado antes. Pero cuando hurgó en su pequeño y amargo corazón para dar con un ápice de gratitud, salió con las manos vacías.
—¿Por qué ibas a recibir correo de Kolunjara? —preguntó Takeru.
Misaki no distinguía ningún atisbo de sospecha en su voz, pero su presencia valía más que mil palabras: confiaba en ella lo bastante como para darle su correo, pero se quedaría para supervisarla mientras lo leía.
—No lo sé —admitió.
—¿Conoces a alguien de allí que haya podido mandártelo?
Lo último que había oído Misaki era que Koli Kuruma seguía viviendo en la capital yammanka, pero la letra del pergamino era demasiado pulcra para ser suya. Negó con la cabeza.
—Sinceramente, no tengo ni idea de quién es.
Rompió el sello con curiosidad y desenrolló la carta. Estaba escrita en yammaninke… No. No del todo. Las letras pertenecían al yammaninke, pero las palabras en sí estaban en lindés, una lengua que Misaki llevaba sin ver u oír desde que había ido al colegio.
Los únicos nagiji del kajiri eran una serie de caracteres familiares: una firma al final del texto. Misaki se escuchó dar un grito ahogado.
—¿Qué pasa? —preguntó Takeru—. ¿De quién es?
—Es… de mi antigua compañera de habitación —contestó Misaki. Se le olvidó mencionar que era ranganesa.
Querida Misaki:
Ha pasado un tiempo. Sé que me dijiste que lo mejor para tu matrimonio era que cortásemos el contacto, así que lamento romper esa promesa.
Me estoy arriesgando más de lo que me gustaría admitir al mandarte este mensaje, pero me sería imposible vivir conmigo misma de no hacerlo.
Soy leal a mi país, pero tú eres mi amiga y no quiero que tú ni tus seres queridos sufráis ningún daño.
Si ya no vives en la península de Kusanagi, entonces no recibirás esta carta y daré gracias a los dioses por que no corras peligro.
No obstante, si estás leyendo esto, asumiré que sigues en tu casa en Takayubi.
Si es así, no estás a salvo. No sé qué información os habrá transmitido el gobierno kaigenés sobre el estado de Ranga o sobre la posibilidad de que estalle una guerra; de todos modos, sin importar si os lo han dicho o no, corréis un grave peligro.
Llévate a tu familia y salid de Takayubi lo antes posible.
Y, si sobrevivís a las próximas semanas, intenta mandar una carta a esta dirección para que sepa que estás bien.
Que el nyama sea contigo. Un millón de veces, que el nyama sea contigo.
Ojalá Nami quiera que esta no sea la última vez que hablemos.
Tu fiel amiga,
Guang Ya-li
Misaki sintió como si se hubiese convertido en piedra.
—¿Qué pasa? —preguntó Takeru al ver el estupor en su rostro—. ¿Qué pone?
—Takeru-sama, siéntese, por favor —murmuró.
—¿Cómo?
—Tiene que oír esto.
Misaki se arrodilló enfrente de su marido y tradujo la carta en voz alta. Takeru la escuchó inexpresivo.
—¿Y quién es esa Guang Ya-li? —dijo.
—Ya se lo he dicho, es una amiga de la escuela —contestó Misaki con la inútil esperanza de que Takeru no siguiese indagando.
—¿De dónde es?
Gwang era un apellido bastante común en Namindugu. Había casi tantos Guang al norte de Kaigen como en cualquier otra parte de Ranga; no obstante, Misaki respondió:
—Ya-li es ranganesa.
—Entonces hay que destruir la carta y olvidarse de ella —declaró Takeru con calma—. No podemos fiarnos de nada de lo que diga.
—Era muy buena amiga mía… —protestó Misaki.
—Misaki, estás diciendo sandeces. Aunque esta Guang Ya-li de verdad fuese amiga tuya, ¿cómo puede saber una mujer los planes del ejército ranganés? Es imposible.
—Es muy posible —respondió Misaki a la vez que intentaba que la indignación no se filtrase en su voz—. El año que Ya-li y yo nos graduamos, a su hermana la ascendieron a general del ejército ranganés.
—¿Cómo que a su hermana? —Takeru soltó un sonido despectivo que provocó que Misaki apretase los dientes—. Pero ¿qué clase de ejército de pacotilla tienen los ranganeses?
—Ya-li lo sabría, y da igual lo que usted opine, ella no me mentiría. Sobre esto, no. Entiendo que no quiera confiar en la palabra de una ranganesa, pero no es la única. Kazu, lord Tsusano, también nos lo advirtió a su manera.
—Lo único que dijo tu hermano es que deberíamos irnos de vacaciones a Jungsan.
—Sonaba raro. Pretendía decirnos algo.
—Era una coincidencia.
—Con todos mis respetos, Takeru-sama, conozco a mi hermano. Y conozco a esta mujer. Creo que los ranganeses de verdad están planeando algo.
—¿Y qué más da si lo están? Si los ranganeses están de camino, entonces se encontrarán con la muerte. —Habló con la misma confianza estúpida por la que parecía estar poseído todo el mundo en Takayubi—. Esto es la Espada de Kaigen. Atacarla significa la muerte.
—Suena bonito —contestó Misaki—, pero usted no ha visto lo que hay ahí fuera.
—No tiene importancia —afirmó Takeru, levantándose para estar por encima de su mujer—. El Imperio depende de que repelamos cualquier amenaza del oeste, algo que llevamos haciendo sin falta desde hace siglos.
—Lo sé. —Misaki se quedó de rodillas con la esperanza de que, si mantenía su temperamento a raya y no levantaba la voz, podría hacerlo entrar en razón—.
Usted y el resto de los hombres son guerreros excepcionales, pero no son un ejército.
Esta península ya no es la potencia theonita que era la última vez que atacaron los ranganeses.
—Puede que no —admitió Takeru—, pero si nos marchásemos sería mucho peor. ¿Se te ha pasado por la cabeza que quizá tu vieja amiga esté intentando convencerte de que cometas traición?
—¿Cómo?
—Sabe con quién estás casada, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces es un buen plan, ¿no crees? —continuó Takeru—. Conseguir que abandones la península con tu familia, puede que también con el resto de los Matsuda, cuando el Imperio más necesita que nos quedemos. Los ranganeses son arteros.
¿Qué sabrás tú sobre los ranganeses?, quiso soltarle Misaki. Nunca has conocido a ninguno, pero no dio rienda suelta al enfado. Una mujer no podía hablarle de esas formas a su marido.
—No creo que fuera eso lo que pretendía… —empezó a decir Misaki sin alterarse, solo para que Takeru volviera a interrumpirla.
—¡No quiero seguir escuchando tus suposiciones!
—Levantó la voz en un inusual momento de rabia—.
Es evidente que no tienes ni idea de lo que estás diciendo.
Da igual si esa ranganesa miente o dice la verdad.
Huir cuando nuestro país más nos necesita sería traición, así que no pronunciarás ni una palabra más al respecto.
Somos la Espada de Kaigen. Si hemos permitido que se oxidase, entonces merecemos morir en ella junto con nuestros enemigos.
—¿Sus hijos también? —exigió saber Misaki—. ¿Los pequeños?
—Sí —contestó Takeru sin titubear y sin sarcasmo—. ¿Con quién crees que te has casado?
Misaki apretó los puños. Era el momento de disculparse con su marido y pedirle perdón.
Era el momento de agachar la cabeza con deferencia y vergüenza.
Pero en su lugar, se levantó, alzó la vista y miró a Takeru a los ojos.
En un abrir y cerrar de ojos, la rabia que había reprimido durante quince años se le acumuló en el pecho, le hizo elevar la barbilla y echar los hombros hacia atrás.
—Voy a llevarme a los niños.
—¿Disculpa?
—Voy a llevarme a mis hijos y a irme… a Ishihama, a ver a mis padres —decidió a medida que lo pronunciaba.
—No seas ridícula. Tus padres se han quedado sin una casa que visitar. Si acaso, deberían ser ellos los que se quedasen con nosotros…
—Si quieres, puedes venir con nosotros —contestó Misaki—, pero me los voy a llevar.
—Misaki. —Takeru dio un paso adelante e intentó intimidar a su esposa con una mirada fulminante que habría conseguido hacer temblar a tipos duros—. No te corresponde a ti tomar esa decisión.
Misaki le sostuvo la mirada sin achantarse. Llevaba demasiado tiempo sin tener la valentía para luchar por algo. Si no luchaba por sus propios hijos, ¿entonces quién era? ¿En qué se había convertido?
—Puedes intentar detenerme —dijo, y fue hacia la puerta.
—Misaki… —Takeru le agarró el brazo. Ella se convirtió en agua y se deslizó entre sus dedos antes de darle la oportunidad de que la sujetase con puño de hierro.
Pasó por debajo del brazo de Takeru y se dirigió a la puerta a toda velocidad, pero él fue más rápido. En cuanto el agarre magullador de su marido se cernió sobre su muñeca, Misaki supo que no podría zafarse; de todos modos, no estaba indefensa.
Se movió por instinto, centró todo su jiya en la mano que tenía libre y, después, le hundió los dos primeros dedos a Takeru en el brazo.
Salvo en el mito de los Titiriteros de Sangre, era imposible que un jijaka controlase buena parte de la sangre que contenía el cuerpo de otra persona.
No había ningún otro sitio donde el nyama de un theonita fuese tan fuerte como en sus propias venas.
Sin embargo, hacía siglos, los Tsusano habían aprendido que una cantidad minúscula de sangre, manipulada con una precisión meticulosa, podía convertirse en el arma más letal de todas.
El poder de Misaki se redujo hasta convertirse en la punta de una aguja.
La fuerza del cuerpo de Takeru y la fuerza aún mayor de su jiya dificultaban atravesarlo, pero Misaki se las ingenió para lograrlo.
Durante una fracción de dinma, la sangre de Takeru se convirtió en su aguja y le golpeó uno de los puntos de presión en lo más hondo de la carne.
El brazo de Takeru dio una sacudida, se tensó durante un instante y luego quedó completamente flácido.